Dibu Martínez hace terapia

Muy buen lunes. Nos remontamos a un par de semanas atrás. 

Termina el segundo partido de la selección argentina en Qatar. Acabamos de ganarle a México. Un dos a cero que fue como una cantimplora de agua helada en el desierto.

El verbo escrito en plural me hace pensar en algo: ¿Somos plural en la victoria y en la derrota? En el entretiempo dejamos las uñas en paz un rato. Nos aferramos como sea a ese momento en el que aún todo podía suceder. Lo malo y lo bueno. Como estar al borde del abismo. Una amiga, víctima del estrés habitual en todo estudiante en estos tiempos de finales, me dice: “Si yo estoy sufriendo así por tener que presentarme a una mesa de examen no quiero pensar en ellos que tienen a millones en todo el mundo esperando que los hagan felices”

Casi sin querer nuestro arquero, el que junto con otros nos sostuvo en ese abismo, comentó a un movilero que había tenido que hablar mucho con su psicólogo porque después de los dos goles de Arabia Saudita había quedado mal.

Rápidamente las redes sociales replicaron la frase del Dibu. De repente, una de las personas mas importantes del país en este momento y encima hombre, había dicho que iba a terapia. Y así, miles de personas se sintieron avaladas en su demanda, multiplicando los “viste que tenés que hacer terapia”.

Pero, ¿todos pueden? 

En una reunión con promotoras de género comentan que en los centros de salud barriales es imposible conseguir un turno para un psicólogo. Que te dan solo uno por mes y que se trata de sesiones de media hora. Es decir, quienes no pueden pagar la terapia, difícilmente pueden acceder a ella.

Argentina es el país que un estudio realizado en 2018 lo posicionó en lo más alto del ranking de personas psicoanalizadas. También tiene la mayor cantidad de psicólogos per cápita. La palabra “ansiedad” lidera en buscadores de la post pandemia. Así y todo, una sesión de terapia oscila entre los 2000 y los 2500 pesos. ¿Quiénes son los que acceden? Ahora que la salud mental está en agenda porque La Scaloneta la hace entrar al campo de juego, quizás sea hora de hacer entrar a otros jugadores: a les militantes de la salud mental popular de Casa Pueblo.

Maira me responde con respuestas elaboradas y extensas. No nos vimos, hablamos por WhatsApp. Veo como se prende la pantalla del celular con cada mensaje.

Es sábado a las nueve de la noche. Yo estoy esperando que toque La Renga. Ella, en la previa del Festival de Casa Pueblo que el día posterior deslumbrará en el parque Alem. ¿De la salud mental de los militantes quién habla?, pienso. No paran de trabajar nunca. Le pregunto sobre Casa Pueblo, los espacios de atención y acompañamiento comunitario que fueron abriéndose en los últimos años bajo la órbita del Movimiento Evita. Por ahora cuentan con 73 casas en todo el país. 

Hablo con Maira Cisterna, la Directora de Casa Pueblo en Rosario y con la psicóloga Sofía Chapot y el equipo de Casa Pueblo de San Lorenzo. Me intriga cómo empezar a desandar la denominación de popular que incluyen a la hora de hablar de salud mental

“El acceso a la salud y a las terapias se ve coartado en los barrios populares, hay un modelo de salud hegemónica que no tiene en cuenta las distintas problemáticas que atraviesan los territorios. El Estado pone pocos profesionales y con cantidad de horas insuficientes para la población. Pagar para una terapia psicológica es algo que está pensado para la clase media”, es una de las primeras cosas que me dice Maira. 

Argumentan además que: “Hablamos de salud mental popular porque entendemos que nuestros dispositivos no pueden ignorar las distintas problemáticas que atraviesan les pibes en el territorio. Nos paramos en un paradigma que tiene que ver con tareas de cuidado y reducción de daños. Articulamos para construir comunidad”.

Les consulto qué es de lo que más se habla, qué es lo que ven en los abordajes que hacen en éstos dos territorios distintos pero que al mismo tiempo comparten algo. Porque si bien en los índices de búsqueda, al argentino promedio le preocupa la ansiedad, quizás en los sectores populares las dolencias son afectadas por otros aspectos.

Desde Rosario, Maira me dice: “La violencia en los sectores populares está a la orden del día, son distintas las vivencias en un barrio de la periferia que en el centro de la ciudad. En el abordaje de los consumos problemáticos, tenemos en cuenta sujeto, contexto y sustancia y es a partir de ahí que se construye el acompañamiento. Cada casa cuenta con un equipo interdisciplinario.

Por su parte, Chapot aporta: “En esta configuración actual de diversos malestares y de profundas desigualdades psicosociales, creemos que es fundamental reflexionar sobre una salud mental que suponga resistencia y lucha, que devenga comunitaria y popular; con plena participación de los usuarios/as, quienes tienen que incluirse necesariamente en las acciones y decisiones que los afecten directamente”.

«Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados», dijo el Papa Francisco en medio de la pandemia. “Al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente».

En Pichincha, en una de sus calles más transitadas, hay una pintada que dice: Terapia junto a un corazón. En los barrios populares, no se grafitea esa palabra. Pero en algunos, se traduce en “potrero”, “amigos”, “familia”, “comunidad”. Y también ahora “Casa Pueblo”.

Reflexiono sobre esto. En las mesas que he compartido este año con amistades y colegas, la palabra terapia sobrevoló más de lo habitual. Y también registro que se ha comenzado a hablar en otros espacios, convirtiéndose en una demanda cada vez mayor. Para bregar por un derecho, primero hay que reconocer la necesidad. ¿En todos lados se reconoce a la terapia como algo necesario para salir? Quizás hay que aprovechar el momento en el que el arquero de la selección argentina la reconoce como necesaria para no caer en la trampa de la derrota.

Volviendo a Francisco. El “Nadie se salva solo” con la pandemia se convirtió, además, en un motivo de comunión y una motivación para seguir construyendo desde lo colectivo.

“Lo comunitario es fundamental para que una persona pueda desarrollarse plenamente, ya que sin la construcción de lazos vinculares no se puede concebir prácticamente nada”, expresa el equipo de Casa Pueblo de San Lorenzo. «Nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes, corrientemente olvidadas, que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show, pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia», decía el Papa al final de ese discurso.

Eso intenté hacer en Uganda. Contar las historias de aquellas personas que tejen y sostienen. Que preparan la cancha, para que cuando sea el momento, podamos transformarlo todo, o al menos algo. Así como el Dibu se apoya en su psicólogo, así como el equipo se apoya en Messi, así como todos nos apoyamos en esa ilusión. Todos necesitamos a alguien a quien llamar para contarle nuestras suerte o nuestra desgracia. En la victoria y en la derrota.

Nos vemos la próxima, cuidense.

Del mundo mundial

Buen lunes. Espero que estés teniendo un buen lunes. Entre el fin de semana largo, la lluvia y el arranque del Mundial.

Durante el del 2006 pegábamos faso en la zona de Grandoli y Gutiérrez, a la vuelta del famoso tanque que corona la postal de la zona y que aloja, a sus pies, un destacamento policial.

Nos atendía un petiso grandote apodado el Gordo, de ojos criollos y achinados. El tatuaje de una telaraña se expandía en su torso —por lo general desnudo— y le quitaba protagonismo al resto de sus tintas. Todavía no había bunkers. Trabajaba en lo que parecía haber sido un almacén, una suerte de habitación vacía con un mostrador desnudo y, en el vidrio de la ventana enrejada, un desteñido cartel de chicle Cowboy.

La puerta sí estaba fortificada con varios candados, pero se cerraba desde adentro. Íbamos al mediodía o a la tarde. Esa mañana, soleada para la ocasión, el kiosco del puntero era una fiesta. Desde la habitación de atrás, donde te cortaba los bochas de 5, 10 o 25 y de la que solo se escuchaban los ruidos de las cintas empaquetando los pedidos, esta vez llegaban las voces del jolgorio. ¿La caravana venía de anoche? ¿O recién se iniciaba?

El tono ronco y chispeante de la charla parecía subir al techo, bajar y alimentarse a sí mismo con el correr de los segundos. No era un día más. En unas horas jugaba Argentina y el kiosco del Gordo era una fiesta.

¿Contra quién jugábamos? No me acuerdo. Lo que sí conservo con claridad es la imagen del patrullero pasando por delante nuestro, mientras el Gordo nos despedía. Los canas saludaban de reojo al puntero y nosotros aguantábamos una espantosa paranoia que, una vez concluido el asunto, se trasformó en éxtasis.

Teníamos fasos y la tarde libre, jugaba nuestra querida selección y la ciudad había decidido olvidarse por un rato de sus problemas, de sus rencores y sus quilombos.  

Por calle Urquiza, desde San Martín hasta Mitre, nos arrastramos despacio con el partido ya empezado. Íbamos por el medio de la calle, vacía de autos, vacía de motos y vacía de bicicletas, dueña de un silencio que la volvía un lugar de ensueños. Las ventanas de los departamentos estaban abiertas —quizás no, pero es lo que recuerdo— y desde abajo veíamos a sus habitantes frente al televisor, conectados, en comunión, esperando el gol.

“Uuuuuuuuhhhhhh…”, se escuchó de golpe, y nos estremecimos de ansiedad. ¿Cómo mierda se nos había hecho tarde? ¿Y si en vez de ir de Adrián nos metíamos en el primer bar que se nos cruzaba?

“Uuuuuuuuhhhhhh…”, volvió a sentirse, y Francisco disparó:

—Chicos, es cinematográfico esto. ¿Se dan cuenta? Tenemos que conseguir una cámara para el partido que viene…

—¿Qué decís, mogólico? —le contestó Iván, enojado con el grupo por el retraso. Era el más cinéfilo de todos, pero también el más futbolero, y pensar en ese momento en Roman Polansky o Martín Scorsesce, nuestros ídolos, le parecía una pelotudez.

¿Aquella caminata fue la continuación de la visita al gordo? Se me mezclan las tardes, las anécdotas y los delirios adolescentes que nos atrapaban. Sé que antes de llegar a nuestro destino Argentina ya iba ganando y eso calmó las ansiedades y los ánimos.

—¿Qué te pasa, qué hacés? —le preguntó Adrián a Francisco, al verlo asomado por el balcón de un primer piso que daba a Mitre. 

—Estoy observando, boludo. Observando. Acaba de pasar un colectivo vacío, y el chofer iba despacito, con la radio pegada a la oreja, levantaba la cabeza hacia los costados como buscando un televisor… 

Ahora no fumo ni en pedo, le doy dos pitadas a un faso y durante horas lo único que hago es escaparme de las ideas desgraciadas que me persiguen desde que el humo intercepta los cables de mi pensamiento. Pero en esos años disfrutaba de la marihuana. Me volvía un ser contemplativo.

La Buena Medida todavía no había sido remodelada y sus mesas eran uno de los tantos lugares a los que íbamos a leer y a espiar la vida adulta de la ciudad —una vida que era ya desplazada por nuevas costumbres—.

Jugábamos un partido de la primera ronda y el bar había cambiado su disposición. Básicamente: las mesas se amontonaron contra una punta y las sillas en un círculo que rodeaba al televisor, a fin de optimizar la visión. Habría 40 personas en ronda, agrupadas en unos pocos metros, y el resto del bar se veía vacío de muebles y de gente.

Yo llegué sobre la hora, fumadísimo. Serían las diez de la mañana. Mis amigos estaban ubicados privilegiadamente en las sillas y decidí acodarme en la barra, flotando en ese estado casi alucinógeno al que muy rara vez —pero con la fuerza de una trompada— te lleva la marihuana.

Veía los movimientos de los espectadores en cámara lenta o, mejor dicho, llegaban a mí gritos, movimientos de brazos, el ruido de una silla que chirriaba contra el piso, y entre los estímulos visuales y auditivos y las palabras que debían nombrarlos y darle forma, había uno o dos segundos de distancia.

Hicimos un gol y el estruendo de los festejos, que tiro varia sillas para tras, producto de los saltos y los brincos, hizo que me largue a llorar. No fue miedo ni emoción, más bien una extraña avalancha de percepciones apenas sostenidas en la idea de que la selección la había embocado.

Unos minutos después terminé la Pepsi que había pedido, y el azúcar y todas las otras cosas que le ponen a las gaseosas y que ni idea que son, me normalizaron. Ese día ganamos y fuimos a mirar el río, tras encarar por Rioja al bajo,  y mientras encendíamos el tercer faso, hablábamos de lo gloriosa que es la Argentina.

¿Quién no recuerda dónde estaba y qué hacía mientras murió Maradona? Los hechos que conmuevan a las mayorías siempre te encuentran a vos por ahí, haciendo tu vida. Y un mundial nunca es un mundial más.

Podés haber visto cualquiera de los partidos importantes mientras comías un asado con tu familia o te ponías en pedo con tus amigos, hacías una pausa en el laburo o te ibas  a un bar y te hermanabas con el prójimo desconocido. Van a pasar cuarenta años y te vas a acordar dónde estabas y hasta lo que sentiste.

Todavía me interpela el silencio que nos envolvió a mi abuelo y a mí en la eliminación de Japón 2002 —la traición de algunos que todavía hoy dan vueltas por el fútbol, es algo que supe después—.

Aquella madrugada, que continuó con un rápido sueño y la ida al colegio, porque jugamos a mitad de la noche, fue de mucha tristeza. ¿Perder así? ¿Nosotros? Luego almorzamos juntos al mediodía y hablamos con mucha gravedad del tema. El con sus setenta años y yo con mis doce.

El Loco Mastrocola, un amigo más grande, siempre me cuenta la misma historia: la del día que Argentina, con el gol de Cani tras la gambeta de Diego, le convirtió a Brasil en Italia, en 1990.

Mastrocola y sus amigos habían salido la noche anterior, temprano, para acostarse y poder dormir al menos algunas horas, pero siguieron de largo y terminaron en un bodegón que había bajado las persianas, ya que la familia que lo manejaba ocupó sus mesas y solo le dio lugar a los clientes más fieles.

Así que se pidieron unas cervezas y se quedaron tranquilos, papeados y borrachos, tratando de no llamar la atención… y con la percepción endemoniada por la cocaína, advirtieron, sin embargo, que la cosa se iba poniendo espesa: no eran los únicos que estaban de pala, y la bronca que había entre dos ramas de primos empezó a hacer notar cada vez más.

El bar era de esos bares de burros y billar; y las ventanas cerradas, los vasos que “por un error” caían al piso y se estrellaban, las puteadas al árbitro y las indirectas familiares condimentaban la escena.  

“Termina y arreglamos lo que me debés”, dice Mastrocola que dijo uno, y que el destinatario del mensaje respondió abriéndose la camisa, quedándose en cuero y frotándose las manos con fuerza.

“Mirá que no sale nadie, acá sea cómo sea la cosa se resuelve”, atinó a decir quien parecía el capo familiar; dado el grado de quilombo interno, ordenaba que la cosa, sino quedaba otra, se arreglara a los cuchillazos.

¿Cuchillazos? Hoy día parece algo entre inocente y prehistórico, una brutalidad que puede costar una vida porque que es eso, una brutalidad, pero que nada tiene que ver con la fría y fantasmal manera de matar y morir que se instaló en Uganda en los últimos diez años. 

“¡La concha de la lora, es Dios, es Dios, la puta madre! Viejita, es Dios…”,  irrumpió de golpe, y de forma polifónica, la larga mesa familiar, cuando en esa jugada inmortal el  Diego bailó a los brazucas.

“GOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLL, brasileros hijos de mil puta, GOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLL”, se escuchó al instante tras el tanto del Cani, y la tensión de los córneres y las llegadas al arco, las gambetas y los segundos largos que hacen a los partidos importantes, se transformaron en alegría y expectativa.

¿Existe ese bar hoy? No. Está cerrado y probablemente levanten en su lugar una torre de departamentos. Una vez fui, por el año 2014, y ya casi no tenía clientes.

Pero volvamos a nuestra historia: cuando el árbitro finalizó el partido y la celeste y blanca, otra vez, llenaba de alegría el castigado pecho de los argentinos, los primos se levantaron de un salto llenos de júbilo. Y en un abrazo prolongado, llorando, se dijeron lo mucho que se querían, y las persianas se alzaron y la luz de la tarde los envolvió a cada uno de ellos.

El bar se pagó una ronda de cerveza para  los presentes —incluidos Mastrocola y sus amigos—, y todos, todos, todos, lagrimearon como nenes por ese mágico gol que, supongo, en algún lugar del cosmos todavía sigue sucediendo en tiempo presente, haciéndonos sentir vivos… con todo en contra nuestro, vivos.

Progresismo putarraco

Buen feriado. 

Hoy vamos a hablar del progresismo, sobre cuya entronización y tiranía se conversa ávidamente en bares y redes sociales. 

No se trata de una autopsia: aunque agonizante, el progresismo no ha bajado aún a la tumba. Lo que realizaremos, en la siesta temprana de hoy, va a ser su biopsia. O, para referirlo en el intricado lenguaje de espejos que se ha inventado este monstruo, lo que haremos será su deconstrucción. 

Lo progre nace, como Minerva, de un estado de la mente. Que se encuentra en las 95 tesis de Lutero y en la conferencia de Bretton Woods. En julio de 1789 y en mayo de 1968. En Thoreau y Obama. En Rivadavia y Rodríguez Larretta.

Sólo en Occidente puede existir. Porque sólo acá existe la idea de un antes y un después. 

El progresismo, su nombre lo dice, reivindica que hoy estamos mejor que ayer pero peor que mañana. Es una concepción de mundo evolucionista, donde naturalmente triunfan los más aptos. Por eso no se interesa en discutir las estructuras hondantes de la realidad: las da por sentadas. Y sencillamente se dedica, como la TVA en la serie Loki, a vigilar que nada altere el normal flujo del tiempo.  

El catolicismo, el marxismo y nihilismo individualista también creen en la continuidad de la Historia. Pero su modelo se asemeja más a una espiral. Que se re-cicla, que tiene avances y retrocesos. Y que tendrá por fin un fin, dado por un hecho vertical, ahistórico: la Segunda Venida del Cristo, el triunfo del proletariado, la interrupción de la actividad cerebral. 

Para el progresista, en cambio, los hechos se dan en una línea que transcurre, horizontal e infinita, hacia adelante. Niega así el sentido trágico, agónico, de la realidad. Y como no puede esconder el sol con las manos, se tapa los ojos. 

Probá ahora, lector, cerrar los tuyos. Apretá tus párpados con la yema de los dedos. Vas a ver a figuras dibujándose en la negrura. Manchas informes escurriéndose. Algunas, incluso, de singular belleza. Pero inexistentes. 

Ahora abrí los ojos.

Unas semanas atrás se realizó la Feria del Libro en Uganda. Alfombras rojas recibieron visitantes de todas partes. Escritores, libreros, editoriales y ganapanes de la cultura pudieron mostrar lo suyo. Fue un lindo evento, que la ciudad, asediada por balas y humo, necesitaba. Pero hubo una ausencia. 

El Cazador del Libro es una librería local que funciona de nodo de pequeñas y medianas editoriales catalogadas ambiguamente de derecha. Su dueño, Carlos Bukovac, fue forjando en el último tiempo una sólida y creciente clientela entre distintos vectores ugandeses. Por eso decidió participar de la Feria.

Como no le terminaban de cerrar los números, se reunió con dirigentes del Partido Vida y Familia, que le propusieron organizar, dentro del marco de la Feria, la presentación de distintos libros. Entre ellos el de Javier Milei. Los eventos garantizarían el flujo de gente y ventas para cubrir los costos que representaba el stand. Carlos aceptó gustoso.

Pero le fue imposible inscribirse. Le dieron mil vueltas hasta que llegó el ”disculpe pero no hay más lugar”

Era, claro, una mentira. El día antes de la inauguración el director de la Biblioteca Argentina -y articulador del emprendimiento público privado que significó la Feria- se ufanó de haber vetado a El Cazador por ofrecer libros en contra del aborto: “hay cosas que atrasan”.

Bukovac no se quedó cruzado de brazos. Organizó una contra feria: la Primera Feria del Libro Católico de Rosario.Me invitó a presentar mi última novela y ahí estuve. Éramos unas quinientas personas. Poca cosa si comparamos con las cien mil que asistieron a la feria “oficial”. Pero nada desdeñable teniendo en cuenta que “la católica” duró un solo día, que la organización y difusión del evento fue artesanal, casi boca en boca, y que Milei, claramente, no asistió.

Hace menos de diez años, a estas actividades disidentes eran organizadas por otros sectores. Recordemos la valiosísima experiencia de la FLIA en nuestra ciudad. En 2013 la contracultura ugandesa se encarnaba en Ioshua Belmonte recitando sus poemas de amor. En 2022 lo hace en la hermana Marie de la Saggesse, que cuenta sobre la pasión de Juana de Arco.

¿Qué pasó en el medio? Cuando termina la charla de la monja, me tomo un café con Nicolás Mayoraz, presidente del bloque Vida y Familia de la Cámara de Diputados de Santa Fe, para tratar de dilucidarlo.

—El progresismo parece haber llegado a una fase histórica histérica. Donde todo lo que se corra mínimamente de su línea, representa una amenaza y hay que borrarla.

—Para el progresismo siempre valieron todas las ideas, menos las que plantean que existe una verdad. Es una dictadura del relativismo. Eso explica lo que se llama cultura de la cancelación.  

—No sería llamativo si no fuera porque la pluralidad es uno de los valores que se dice sostener. 

—Eso es lo perverso. Es peor que 1984 de Orwell: es un disparate. Imaginate sacar pecho por dejar afuera a alguien de una feria de libros. No se animan a prenderlos fuego y por eso los esconden. 

—Integran sólo lo que conviene.

—A lo que no les representa riesgo, porque es algo de dos o tres. Mirá si no nuestro caso. Las ideas que sostiene mi partido tuvieron una ventana que se abrió con el debate del aborto en 2018. El establishment lo daba como una posición marginal, y por eso nos legitimaron, nos dieron voz. Les salió mal, y cuando se dieron cuenta que éramos más de lo que creían, nos quisieron borrar del mapa. Pero no nos pueden callar y ahora no saben qué hacer con nosotros, dónde ponernos.

—¿Eso explicaría que, como se dice, la rebeldía haya pasado a ser un patrimonio de la derecha?

-Los sectores de izquierda no pueden resolver una contradicción fundamental. Aceptaron sumarse al progresismo resignando viejas banderas. Pero no se puede combatir al Capital posicionándose al lado de Soros, Gates y la ONU. Hay un cierto facilismo. Se culpa a la gente por pensar lo que piensa y no se profundiza en el análisis de la realidad. Perón decía que hay dos clases de personas. Eso antes la izquierda, o parte de ella, lo entendía. Hoy se perdió en los pasillos relativistas. Y pasó a ser un lazarillo del globalismo.

El fragor de los días me hace olvidar estas reflexiones.

Ahora es domingo y son las elecciones en Brasil. Riego el patio mientras sigo el minuto a minuto por el celular. Los resultados no son los que se pronosticaban. En las redes sociales se encienden las alarmas.Empiezan a llover mensajes de gente desconcertada, enojada o atemorizada. El pueblo votando a la derecha: el Horror.

Mientras mojo los malvones, le doy vueltas al asunto. Banco a Lula, claro. Me gusta la idea de que un sindicalista gobierne. Donde sea. Pero volviendo a ver Segundo Turno, la miniserie ugandesa sobre el balotaje de 2018, entiendo por qué lo de Bolsonaro está lejos de ser una aventura de fin de semana. Doy gracias a Dios por no ser brasilero. 

Trato de pensar en otra cosa. Googleo precios de cubiertas para el auto. De ahí me pongo a leer una nota sobre el conflicto de los trabajadores del neumático, que encabezó el troskismo, y terminó con un acuerdo favorable para todas las partes. Entonces me acuerdo de mi charla con Mayoraz.

Le escribo a Irene Gamboa, referente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), para hablar sobre el tema. No tiene tiempo de juntarse porque está dedicada a organizar colectivos para el Encuentro Plurinacional de Mujeres. Así que intercambiamos audios de wasap.

—Vos te definís de izquierda, pero militantes del PS, de Ciudad Futura e incluso algunos del peronismo y el PRO también se definen así. ¿Cuál es la diferencia entre el troskismo y el progresismo?

—El progresismo, en tanto discute si hay más o menos mujeres en las delegaciones del FMI, no se merece el mote de izquierda. Ser de izquierda está ligado a valores que tienen que ver con distintas expresiones de la lucha de clases, que es la lucha de los trabajadores, las mujeres, las disidencias, los pueblos originarios. Mucha de estas peleas las compartimos con un montón de compañeros y compañeras que justifican el sistema capitalista.

—¿Qué pensás entonces cuando se le llama zurdos a los socialdemócratas? ¿No sentís que te roban algo que es de ustedes? 

—La derecha sube al ring al progresismo como una operación para omitir que la izquierda crece. Se le llama socialismo a planteos que no tienen que ver con valores colectivos, que buscan salidas individualistas, para bajarnos el precio. Pero no pueden hacerlo: en las últimas elecciones fuimos tercera fuerza a nivel nacional y vamos a seguir sumando. La victoria de los compañeros de SUTNA es un ejemplo. Los laburantes se dan cuenta que luchar sirve, y que los que defendemos sus derechos sin claudicaciones ni poniendo peros somos nosotros.

—El modo de producción cambió en los últimos treinta años, y los sectores que podemos llamar nacionales y populares todavía no le encontramos el agujero al mate. En ese campo, aparecen otros sectores a conducir los procesos que antes encabezaba el peronismo, porque tienen una respuesta prefabricada a la realidad. Y en política el que tiene la iniciativa, por más floja que sea, siempre se impone— me dice Mariano Romero. 

Me lo cruzo en una reunión de laburo y lo hago demorarse un rato para charlar. Romero es abogado y dirigente del Movimiento Evita. Acaba de publicar un libro: Las Válvulas de Escape, en el que bucea procesos de organización popular en la Argentina del siglo 21. Hablamos sobre el capítulo en el que analiza las políticas del progresismo en los últimos veinte años.

—Gran parte de estas iniciativas fallan porque toman a los sectores populares como un objeto y no como sujetos. La agenda del progresismo no es sólo agenda de minorías, como se quejan por ahí. Incluso, creo que reivindicar esos derechos no es algo negativo. Al contrario. Lo más grave que tiene el progresismo es su agenda económica. No da protagonismo a los sectores que dice representar. Esa visión de tutelar o cuidar a los humildes es una tontería. O directamente una cosa de malaleche.

—Pero eso lo hace todo el espectro político. 

 —Sí. En el tema de la inseguridad, por ejemplo, de un lado y del otro ven la misma imagen. En vez de seres malvados que hay que asesinar, los delincuentes son víctimas que hay que entender. Nadie parece interesado en analizar cómo el crimen atraviesa toda la pirámide social, ni en preguntarse por qué algunos que están en las mismas condiciones socioeconómicas no delinquen. Porque en una villa el 99,9% es laburante. Pero está invisibilizado. Conservadores y progresistas parten de la misma visión, y es porque no están entroncados en una base social de los sectores populares. Son una vanguardia iluminada de sectores medios y altos. 

—¿Qué hay de cierta en la idea de que los pobres se hicieron de derecha?

—La que se derechizó es la clase media, y no los sectores populares. Si vamos a los números, en los barrios más humildes de la ciudad gana el peronismo. Incluso cuando en la global pierde por goleada, en la villa sigue ganando. Los que se inclinan a la reacción son los sectores medios. Pero, una vez más, la culpa es de los pobres. 

Rumeo esta última frase, que me recuerda a una viñeta de Hor Lang. Se ve a un tipo fumando su pipa mientras un té se enfría al costado. Sobre la mesa hay pilas de libros, de esos escritos para nada. El hombrecito progresista se frota las sienes, lamentándose: Por dios, estos negros votan como el culo. No saben nada del goce.

Tipeo este mail. Bajo las luces de nuestra mesa de operaciones, está recostada la bestia que estamos deconstruyendo. Su cuerpo es etéreo, sus fluidos gaseosos. En su afán relativista, el progresismo se devoró a sí mismo y se volvió algo insondable. Su plasticidad es la clave de su éxito. Y también lo que lo perderá.

Es un bicho parecido a los Aliens de Ridley Scott. Se infiltra en todas las demás ideologías, toma lo que necesita de ellas, las hace mutar, y luego intenta eliminarlas.

Para los conservadores, se trata de un veneno inoculado por la sinarquía. A la vez que piden por favor, como cualquier adlátere de Open Society, por el derecho a la libertad de expresión. 

Para los marxistas, es parte del neoliberalismo individualista. Y enseguida empuñan las banderas de nuevos derechos civiles para la penúltima minoría.

Y para los peronistas, el progresismo es un problema. Que, contrario a su costumbre, en vez de resolver termina explicando.

Trato de darle un cierre a la nota. Pienso en mis amigos más furiosamente antiprogres. Los que se indignan ante cada resolución oficial que recomienda hablar con e. Todos vienen de familias de profesionales, que iban a ver Les Luthiers al teatro. En cambio, los que se encogen de hombros y dicen, confiados, ya pasará, son los que se criaron a VHS de Midachi. Mientras los padres se quedaban en la mesa haciendo números.

Se sabe: progresistas podemos ser todos, sólo hace falta darse cuenta.

República de la Secta

«Las personas captadas por sectas caen porque están teniendo un problema. Y suelen caer a través de alguien a quien le cuentan ese asunto, y que en vez de recomendarle ver un psiquiatra o algún profesional, le dicen: te voy a llevar a un lugar donde yo voy».

Al entrar a la Bella Nápoli encuentro a Sandro Galasso atacando un plato de sorrentinos con salsa bolognesa. Me siento junto a él y pido un bife con ensalada. Levanto la botella de vino Colón, que deja un círculo violeta sobre el hule del mantel. Lleno mi vaso. Miro en la tele de tubos que cuelga sobre la puerta. Cristina Kirchner lee a cámara un diálogo entre dos empresarios corruptos. Escancio. Alrededor, la gente ha terminado su almuerzo y se estira debajo de las mesas. Uno pide un café con un gesto. Llega mi plato. Galasso no ha detenido en ningún momento el flujo de palabras que desató tras mi saludo.

«Se piensa que alguien que entra en una secta es alguien ignorante, con poca cultura. Pero no es así. Hace poco tuvimos un caso en Córdoba, en Río Cuarto. Matrimonio de origen aristocrático, conformado por un hombre grande, que era médico, y la mujer ama de casa. El hijo es ingeniero agropecuario y la hija arquitecta. Mucho campo. Mucha guita. 

Son llevados por un amigo de la familia a casa de un charlatán que decía ver vidas pasadas. El tipo era un polígamo: vivía con cuatro, cinco mujeres, en un lugar que decía que era un templo. La socia principal era una de sus esposas, una mina que se hacía llamar Timei. Hacían sesiones espiritistas, y en uno de esos encuentros terminan captando bien captada a la arquitecta, a la hija de esta familia. Le hicieron creer que en su vida anterior había matado a su hijo. Que para pagar ese delito, para cambiar el karma, y que esto y que lo otro, le tenía que ceder la mitad de los campos de la familia al maestro. 

Ahí entramos nosotros. El doctor Navarro, que es un abogado experto en el tema, y yo, que soy detective privado. Nos contrata el hermano, que en una de las sesiones ya se había dado cuenta que el vidente era un chanta. Pero termina de convencerse cuando en el campo aparece un auto con cuatro o cinco tipos, y le preguntan a los peones: “¿qué tal acá? ¿cómo está rindiendo? Somos empleados del nuevo dueño”. Los peones llaman al ingeniero y este nos llama.

Empecé el trabajo investigativo. Hago una retrospección, voy juntando información dispersa, y determino que el tipo, el líder, había dejado un tendal de estafas en distintos pueblos. La búsqueda me hace llegar a la puerta de un caserón en barrio Jardín, de Córdoba Capital. Una vecina me dice que se escuchaban sollozos de la planta alta, los gritos de una chica joven.

Al mismo tiempo el doctor Navarro tenía todo listo y estaba presentando la denuncia contra el chanta y su mujer, la tal Timei. Lo llamo a Navarro y le digo que agregue que podría haber una persona en cautiverio. La policía nos dio bolilla y al otro día allanan la vivienda. Encuentran en una pieza a una nena de unos dieciséis años atada con cadenas, como si fuera un animal. No, ni a un animal se lo ata así. Ella era la que gritaba. Era hija de Timei, y la tenían encerrada ahí hacía años, con un cuadro de esquizofrenia galopante. 

Logramos que vayan todos en cana, que la familia recupere el campo. También pudimos hacer que la chica cautiva vaya a un lugar donde la contengan. Y logramos que la arquitecta sea desprogramada, que fue lo más difícil».

***

«Se llama desprogramación al proceso por el cual una persona que fue captada por una secta, y tiene el cerebro lavado, puede recuperar su propia mente y se da cuenta que fue estafada.

Existen herramientas técnicas para llevar a cabo este proceso, que es largo. Apurarlo sería un error. Hay puertas que no pueden abrirse a las patadas. Darse cuenta no le gusta a nadie. Creo que era Melville, o no sé si fue Twain, el que dijo que es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que fue engañado

Por eso, no es para hacerme el canchero, pero por eso, la policía no es idónea en estos casos, y las familias nos buscan a nosotros. En el Estado no hay nadie preparado para investigar y atacar sectas, mucho menos para desprogramar gente captada. El que diga que sí, miente. La policía y la justicia entran recién una vez que nosotros tenemos todo el trabajo hecho, para poder tomar las medidas necesarias. Si es que se toman. 

Una vez en Mar del Plata, vamos a rescatar a una chica a la que le hicieron creer que estaba poseída por el diablo. Le hicieron firmar un boleto de compra y venta por su casa, y a ella la tenían como esclava. Lo que se llama penalmente reducción a la servidumbre. La tenían viviendo en un baño de tres por dos, limpiando, cocinando. Nosotros pudimos sustraer a la chica, y ayudamos a la familia con la desprogramación. Pero no logramos que las pruebas que reunimos sean consideradas. 

En casos así, la sensación que nos queda es agridulce. Porque el trabajo para el cual nos contrataron fue cumplido. Lo que no pudimos fue desarmar la secta. Los estafadores siguieron operando». 

Esta es la primera vez que lo entrevisto formalmente, pero conozco a Sandro Galasso desde hace varios años. Una tarde estábamos con Leandro Di Paolo pensando en notas para la revista Apología y surgió la idea de contar la vida de un detective privado. El problema es que no conocíamos a ninguno. Hicimos entonces lo que haría cualquier persona que ignora algo: abrimos el diario, buscamos un anuncio y marcamos el teléfono indicado. Quedamos en vernos en el bar Blanco. No fui al encuentro. Lean sí. Y volvió fascinado. Pegaron tanta onda que volvieron a juntarse. Esa no me la perdí. Hablamos hasta que nos echaron del buffet del Social Lux. A partir de ahí con Sandro establecimos una amistad típicamente ugandesa, basada en conversaciones sobre nuestros respectivos oficios, borracheras, chistes verdes y una mutua y deliberada omisión de temas demasiado personales.

«El coeficiente intelectual de los líderes sectarios es muy bajo. Son tipos ignorantes, que no tienen nociones de lógica, que son incapaces de pensamiento abstracto. Pero son vivos. Tienen una personalidad trastornada del tipo histriónica. 

En mi experiencia, diría que la mayoría son simplemente charlatanes. No persiguen otra cosa que el lucro. No se la creen, en principio, pero tienen el problema que tiene cualquier mentiroso: en un momento se compran su propio cuento. Después hay otros, menos del veinte por ciento, que de verdad son místicos. Quieren ser líderes, disfrutan con oprimir a alguien, con pisarle la cabeza. Son los más peligrosos, y por suerte son minoría. 

¿Qué fachadas usan? Cualquiera les puede servir. Hay distintos tipos de verso. La imagen que uno tiene es que son todos adoradores del diablo. Que todas las sectas son satánicas. Pero no es así. Hay sectas umbanda, hay sectas evangelistas, espiritistas. Hasta de algo tan inocuo como el yoga, como en el caso que está resonando ahora. 

Todas funcionan igual: trabajan la culpa, te van haciendo entrar en un círculo vicioso, a través de falsas promesas. Hagamos la de Mariano Grondona para que se entienda bien. Religión viene de religare, que significa unir. Secta es de sectare, que es cortar, aislar. Y eso a vos te deja ver cómo funcionan las sectas. Separan a la gente de todo su entorno. Para poder aprovecharse».

***

«Los Niños de Dios operaban como secta evangélica en grandes urbes. Iban mutando de nombres y lugar pero actuaban siempre igual. Captaban chicos o chicas muy pobres, y los movían de ciudad. 

Investigando en Mendoza doy con un arrepentido, que había sido pastor en esta secta. Y logro que se ponga a trabajar con nosotros. Nos entrega material bibliográfico. Eran libros perversos, lo pienso y… Tenían fotos de todo tipo de degeneraciones. Había uno que se llamaba Libro de Davidito que… Un espanto. 

El curro económico de ellos era sacarle plata a las empresas. Caían con el verso de que eran una iglesia que ayudaba a los niños, y pedían donaciones. Y también había otra gente de negocios, que sustentaba con dinero a la organización, a cambio de poder tener sexo con los chicos captados. 

Acá en Rosario funcionaban en un chalet en Fisherton, que averiguando doy con que es propiedad de un famoso empresario, que tenía fama de pederasta. Hablé con distinta gente y me contaron que en grandes viajes de negocios, el tipo tenía desesperación por tener sexo con pibitos. Pibitos de hasta 14 años, más ya eran muy grandes para él.»

Mientras Sandro sigue hablando, yo me abstraigo. Pienso en cómo voy a darle forma a esta nota. Es algo que discutimos desde el día cero en nuestro newsletter. La forma en que abordamos un tema es, para quienes hacemos Uganda, tan importante como el tema en sí. Se trata de dar con un estilo pero también de crear un dispositivo periodístico distinto al usual. Porque son tiempos difíciles para el rubro. La inmediatez, la sobreinformación, la posibilidad que tiene cualquier hijo de vecino de hablar sobre cualquier cosa, hacen que nuestra tarea se desdibuje. Se entiende así que los colegas se refugien en el divismo. O se vuelquen a dar primicias de un minuto a minuto que no le importa a nadie. Encerrados en nichos hiper específicos para audiencias que cada vez son más parecidas a las sectas que combate Galasso, Mientras, afuera, la vida sigue transcurriendo. Y en vez de contarla, la recortamos.

«A mí me han amenazado. Legalmente, con intimaciones por acoso. Y también de muerte. Pero nunca me pudieron torcer el brazo.

Una vez en Chacabuco, mientras investigaba una secta que funcionaba dentro del Opus Dei, tuve llamados telefónicos turbios. Pero gracias a Dios no prosperaron. Olvidate. No me iban a correr. Y ellos sabían que no convenía complicarse más… 

En esta materia tenés que mantener la sangre fría, porque la otra opción es matarlos a todos y no podés hacer eso. El sentimiento de impotencia que sentís mientras vas investigando y te tenés que contener, se combate con pensar en la satisfacción que va a ser verlos presos. 

A veces puede parecer que uno tiene demasiado aplomo, y puede ser, pero no hay que olvidarse de que esto es un trabajo para mí. Un trabajo duro, pero eso es lo que más me gusta de ser un detective.

Imaginate que lo que generalmente se me encarga son cosas rutinarias. Me contrata una empresa porque un empleado la quiere cagar con la ART, o un marido porque la mujer se culea al vecino. Cuando viene alguien a pedirme que rescate a la hermana que está en una secta, para mí es como agua en el desierto.

Porque además de la adrenalina, además de sentirme un justiciero, me puedo ir tres semanas a otra ciudad, con todos los gastos pagos. Duermo en hoteles, salgo a comer afuera. Me siento un campeón. Y así disfruto más mi trabajo, y como lo disfruto lo hago mejor. 

En diez minutos me cambio de ropa, me pongo una prótesis en la cara, un aro falso, me cuelgo una bolsa de limones en la espalda y ya no soy Sandro Galasso. Soy otro. Lo principal para conseguir información es tu bajo perfil. Este no es un oficio para jetones». 

Canción del ocaso

«Había cosas maravillosas en el mundo, cosas maravillosas que no duraban, y eso las volvía más maravillosas.» – Canción del ocaso – Lewis Grassic Gibbon

Hola. Hay cosas difíciles de arreglar y arreglarlas siempre cuesta muy caro. Hoy no es que venga a contabilizar los platos rotos, la idea es juntar los pedacitos del piso. 

Es miércoles. Voy a ver Babasónicos con un amigo. El Metropolitano es tristísimo. Un galpón sin ornamentos. La banda es la mejor de todos los tiempos. En el recital, viajo. Cuando salimos, no hay taxis. Caminamos mucho hasta un bar. La moza nos dice que le queda una pizza y que en media hora cierran. Aceptamos. Comemos rápido, tomamos media pinta y una jarra de agua. Nos vamos.

Al otro día una amiga me pregunta: ¿Qué tal estuvo el recital? Respondo: Dárgelos es el único artista vivo en este país y Rosario está casi muerta, eso ya es mucho.

Es miércoles de nuevo. Después de presentar su libro en Casa Brava, Natalí Incaminato, en una ronda de puchos en la vereda, nos pregunta por la noche rosarina. Ella tiene un imaginario entusiasta de algo que no es. Algunos hacen una mueca, otras desvían la mirada, yo le respondo: si queda algo, es muy pocoEs la fragmentación, me responde. Antes era distinto, le digo. Alguien retruca: antes no existíamos. Le asiento. Apagamos los cigarrillos y volvemos a entrar al bar un rato más.

En medio de todo esto, se anuncia el cierre del bar Berlín. A los pocos días, un partido político, una organización social y el dueño del local,  deciden convertirlo en un museo del Che Guevara.  La idea me resuena: la relación entre museo y mausoleo está a la vista y es imposible hacer caso omiso. Hay algo de esas calles en desnivel que ya no es, ni será. El pacto con esta propuesta es sellar un recuerdo.

Cuando no sé cómo seguir abro WhatsApp. No es un eufemismo, ni un lema, ni una frase ontológica. Abrir una conversación siempre te lleva a otro lugar. En este mundo de puro convencimiento propio, abrir el diálogo parece la única salida para derribar certezas.

Primero mando un mensaje a un grupo de amigos generacionalmente diverso: ¿Qué piensan de la noche rosarina? ¿Cómo era antes? ¿Cómo está ahora? Pienso que nadie va a responder y al rato veo que tengo más de cincuenta mensajes, entre ellos algunos audios que exceden los cinco minutos. La amistad es sorpresiva. Recupero un testimonio:

“A la noche la han matado con el tiempo. Era por zona. La Chamuyera, La isla, Costumbres Argentinas, El Bar Olimpo, para los bohemios. En el centro también estaba Free Pass, Moore, Taura, hermosos boliches. Y estaba la zona de la Terminal donde estaba Década, Satchmo, Eme, una linda movida.  El consumo era de todo, mucha mariguana, rivotril y escabio berreta. Los lugares eran eso. Después todo se movió a Pichincha. Cerraron los cabarets, los centros culturales. Todo se hizo más caro y menos divertido. Yo voy a ponerle nombre. María Eugenia Schmuck fue una de las principales en matar la noche rosarina. Ahora lo único que te queda es tomarte una pinta e irte a un boliche carísimo, o te tomás un vermú y te vas a tu casa. Para salir, como base, con lo que me gusta a mí, necesitás seis lucas y para estar tranquilo. Y si querés una noche con biribiri y champán son diez. A la noche la mataron y la verdad que la extraño mucho”.

El audio lo manda un conocido que está más cerca de los treinta que los veinte. Un pibe que vivió el pico de su noche entre el 2005 y el 2015. La década gastada. Cada generación tiene su propio toldo, su circuito, sus anécdotas. Sus recuerdos que mienten un poco. El recorte para pensar esta nota es la noche rosarina post-democracia. Ochenta, noventa, dos mil y esas dos décadas voraces que le siguen.

La Rusa, una amiga que me hice hace poco tiempo, a la salida del trabajo me recomienda un libro en la parada de colectivo. Ciudades sin deseo, el capitalismo del yoLo compro y lo leo en un bar. Al rato, busco una entrevista donde Constanza Michelenson, la autora, relata: “Ciudades sin deseos es una frase que tomé del libro Eros de Anne Carson donde habla de la geometría del deseo. El deseo entendido como una distancia, una mediación. Una ciudad sin deseo es una ciudad sin distancias. Una ciudad donde no hay límites es una ciudad de autómatas”

La noche ugandesa se transformó es una noche sin zonas. Sin límites. Sin deseo. Fragmentada. Pienso en otro libro. Salón de billares, de Jorge Riestra. Una novela paranoica. Donde un grupo de tipos ven como su barcito de mala muerte es un peligro para el pudor de la época y poco rentable para el nivel y tipos de consumo que empiezan a establecerse como norma. Terminan perdiendo. Cada generación tiene su propio boliche cerrado. Su propia noche clausurada. No fue solo ayer, tampoco fue solo hoy, ni solo será mañana. En Rosario sucede algo estructural que en este momento, como todo, está acelerándose. Transcribo el mensaje de una periodista sub-50 que vivió El Bajo y la noche rosarina entre los 90’ y los 00’.

“La ciudad cambió al punto de convertirse en otra ciudad. Una completamente diferente. La sensación que tengo es que la ciudad de ahora, tapó a la otra. La borró, la desdibujó, se la comió por completo. Hace 25 años había peñas en el patio de Humanidades, un bar que se llamaba La puerta en Entre Ríos y San Lorenzo donde tocaban músicos casi todas las noches y donde escuché por primera vez a la primera banda local formada por mujeres: Las cambio de hábito. Había un programa de radio en la FM TL que se llamaba El Mañanero y casi todos los jueves hacía una fiesta donde se encontraban conductores y oyentes. Estaba el Berlín de la cortada y el sótano que se llamaba Zeppelin. Estaba Luna, y Tucumán abajo, llegando a Sargento Cabral, una esquina enorme que se llamaba El Barrilito. Había fiestas en pasillos antiguos donde uno o dos vecinos abrían las puertas de sus casas. Estaba el galpón okupa donde ahora está la Casa del Tango. La Biblioteca Anarquista, las distintas casas de Planeta XLa comedia de hacer arte en una planta alta de Tucumán y Entre Ríos.”

La noche es lo que se consume a través de ella. En el día uno ve mejor los límites, en la noche las cosas se tensan un poco más. Dice Dárgelos: la noche es un portal imaginario donde habitan los permisos que de día ni en pedo se dan. De los noventa para delante la cosa cambió mucho y rápido. Hay un reminder de okupas en cada ciudad cosmopolita. Toda city tiene su banda de reventados. Un amigo de un amigo me pasa el número de un pibe coetáneo, contrapuesto y complementario de esa noche bohemia. El hippismo y el yonkismo fueron la cara de una misma moneda que giró al rededor del país. Donde nada fue puro en sí. 

¿Qué fue la noche para vos?

La noche se va transformando. No hay un parámetro. La noche que vivió mi viejo, no es la misma que vivió mi hermano más grande o yo, o mi hermano más chico. Yo empecé a salir a mediados de los 90 con doce o trece años hasta el 2005 ponele, hasta que me junté. Yo no viví las piñas de los 80 ni tampoco las banditas de los 00, que fue otra cosa. Desde los 12 hasta un poquito más de los 20 años uno no tiene valor sobre la vida, le sobra vida y la malgasta. Esa fue mi noche”.

¿Qué pensás de las drogas en esa época?

“La noche se hizo para dormir. Por eso cuando uno no duerme necesita incentivos constantes. La noche y la droga van de la mano. O te tomas un whisky o te fumas el doble de cigarros que durante el día. Y si no vas a hacer nada de eso estás seguro que vas por una mina, o si sos una mina por un tipo, lo vas a seguir hasta desvelarte porque el estímulo en la noche siempre está. Hoy en día los pibes creen que están tomando cocaína y están tomando una metanfetamina mezclada con efedrina hecha en un laboratorio a la vuelta de la casa. Ya no se curte la cocaína que se curtía a pleno en los 90′. Menem hizo que la cocaína llegue a los barrios, antes los pibes se morían de HIV y gracias a Carlos entró por la nariz. Antes una bolsa salía 10 pesos, es decir 10 dólares. Vos ahora compras una a 500 pesos, que en cuestión de cambio son, no sé, me da miedo pensarlo. También hay algo con la cerveza. La lata es muy cómoda y hasta cool. Un día, hace poco, íbamos caminando para una radio y mi amigo me dice ¿vamos tomando un porroncito? y le respondo ¿Cómo vamos a ir caminando con un porrón re escrachados? Son las 12 del mediodía. A lo que me responde: ¿Qué tiene? ¡ Vamos con dos latas ! Y así fue,  salimos caminando y nadie nos miró. Antes 15 años atrás vos ibas en cana si ibas con una botella de porrón. Aunque el contenido es el mismo, a las 12 del mediodía un viernes en la peatonal tomando alcohol ibas en cana, ahora la gente ni te mira, ni se sorprende. Es el evolucionismo al nivel del primer mundo que son todos super alcohólicos. Ese fue Macri. Menem nos dio la merca, Macri la cerveza.”

En la nota hay un coro de voces. La primera una mezcla entre menemismo y kirchnerismo. La segunda un aire de primavera alfonsinista se mezcla con un menemismo disfrazado de humanidades. La tercera, es decir, la última es Menem en su estado mayor. Pero ninguna de todas esas es la mía. Si hoy en día tenés veinticinco años y empezaste a salir a los quince, (años más, años menos) agarraste más kirchnerismo que otra cosa. Y de yapa, te aventuraste en ese combo loco de macrismo más pandemia, dos tiempos que parecen no lograr desunirse. Esa sí es mi generación. Un conocido la bautizó: la generación del coma alcohólico con petaca de vodka Peters. Con ella me pregunto qué se hizo, qué se hace y qué se hará cuando sale la luna.

Es viernes y con unos amigos organizamos una comida. Hacemos unos ravioles al disco en la terraza y ponemos un tacho con brasas para pasar el frío, sentados en un sillón recuperado de la basura. En el pasar de la juntada hablamos mucho. Intento hacer el ejercicio de retener en mi memoria las conversaciones. Traigo el tema de la noche y dejo que los demás se explayen.

Hace unos días volví a ver Euphoria. Un poco soy esa generación que se ve ahí. Menos yanqui pero sí casi tan sensible. Una de las pibas dice antes de comer: somos el revival de los 90’ pero con menos entusiasmo y más tecnología. De la pandemia algunos salieron con 18 años de nuevo y otros parecen que ya tienen 40 años. La nocturnidad pasó de ser el anhelo mayor a ser real: la noche tiene partes muertas para algunos y llenas de vida para otros. Y entre medio, la pregunta por lo que fue es el escudo a la no respuesta por lo que será.

Mis amigas cuentan de sus noches entre éxtasis y música electrónica. Mis amigos hablan de la fiesta en la casa de tal hasta la madrugada y la cantidad de alcohol que entra en su cuerpo. La resaca al día siguiente deprime pero se pasa reviendo fotos y charlando sobre lo intensas que fueron las emociones en la vorágine. Entre medio: recitales, recitales y recitales. La sociedad entera sabe que estamos en crisis y por eso la maquinaria del espectáculo sigue y sigue imprimiendo tickets. A falta de oportunidades tenemos shows. Y de ahí, la repetición. Todos estamos tristes pero queremos que llegue el viernes.

Antes del encierro, si no compartías un cigarrillo o una jarra, eras mal visto. Remarca alguien. Estuvimos dos años haciendo la noche clandestina. Lo que pasó después: la clandestinidad se volvió un estado mental. La lógica está en sus detalles. Mi generación se la puso contra una noche sin épica y ahora está viendo cómo sobrevive y resignifica la prohibición, es decir, sus límites. La falta de dinero y el trauma del virus son nuestros enemigos principales. Somos de ese rango etario que se había acostumbrado a vivir con mucha plata y poca estructura. Hijos del final del kirchnerismo y el 2010. Una fantasía de conquista nocturna y oportunidades infinitas de consumo que se espantó cuando mataron a Gerardo “Pichón” Escobar y cerró La Tienda en el año 2015. Una felicidad hecha en vasos tubulares de plástico que se terminó de hundir cuando ahogaron en el Paraná a Carlos “Bocacha” Orellano y cerraron La Fluvial a comienzos del 2020. Lunes, otra vez en la ciudad, la policía y la inseguridad remataron la noche cuando esta ya estaba tirada en el piso. 

Y de ahí. La clausura sin fin. Los tarifazos, el aislamiento, el desfinanciamiento y la desaparición. De la precarización a la autogestión. La entrada a beneficio. El artista que presta su guitarra para que toque la otra banda porque le afanaron los instrumentos del baúl al representante. La DJ que lleva sus equipos para tocar y vuelve en taxi con un nudo en la garganta porque lo que le pagaron de suerte le alcanzó para tomarse algo en la barra y un poquito más. La noche es un remís trucho y cien personas bancando un recital con lo que queda entre alquiler y fin de mes. La cafetización de la existencia. En Uganda, y en gran parte del mundo, se pasó del Ya nadie va a escuchar tu remera al Vendé una remera para que te escuchen. Una época que nos pide ser ese producto o ese servicio que se consume con los ingresos golpeados y la necesidad de conectar.

Decir que vivimos en una ciudad es una contradicción. Desear una ciudad es el camino. Si la juventud no habla de este lío, ¿Quién lo hará?

Ya lo dijo Charly: será porque nos queremos sentir bien que ahora estamos bailando entre la gente.

Plaza de almas

Buen lunes. Hoy es 20 de junio, Día de la Bandera. Uno, capaz el único, de los feriados nacionales más nuestros. Porque fue acá donde Manuel Belgano, cuya vida recordamos en este día de su muerte, creó un símbolo de lo que somos.

El trapo es un elemento clave en cualquier grupo humano. Su creación tiene un poco de vértigo y un poco de tozudez. Y es siempre acto de una voluntad expansiva. Se resuelve operativamente transformar un color en algo más que un espectro de luz.

Hay otra clase de símbolos. Son los que no se deciden. Los que se arman al vesre: significantes que generan su propio significado. La pesadilla de los iconoclastas.

Esto viene a colación de la siesta de hoy.

Hace unas semanas me crucé a Rubén, churrero de oficio, ovniólogo de vocación. Después de intercambiar pareceres sobre las avanzadas de los reptiles globalistas sobre el tablero geopolítico, nos quedamos en un silencio cómodo. A veces las pausas en una charla son placenteras. Permiten reconcentrarse sobre uno mismo, descalzarse en el living del pensamiento. Son como un cigarrillo tras el sexo, como el piiiii en las orejas después de un recital.

Se acercó una señora. Mi amigo le entregó los tres churros rellenos que pedía. Cuando se hubo ido, Rubén, continuando una conversación consigo mismo, me dijo:

⸻Porque no puede ser. Mirá esto. ⸻y sacudió los brazos en torno a la Plaza 25 de Mayo, donde estábamos. ⸻Es la anarquía.

Giré, siguiendo el movimiento de su cuerpo. No entendí a qué se refería. En los bancos de la plaza había algunos estudiantes, gente paseando perros, dos o tres gordas que se habían quedado tomando mate después de una marcha de la FOB. Lo de siempre. Me encogí de hombros. Rubén se enojó.

­⸻ ¿No ves? ¿Vos estás despierto o es chamuyo? ¿En serio no ves?

Tuve que admitirle que no veía. Pedí que me explicara. Lo hizo, como se dice, con pelos y señales:

⸻La plaza es el centro del mundo artificial que representa una ciudad⸻ se exasperó. Después trazó un círculo en el aire y dibujó un punto en el eje imaginario. ⸻Y esta plaza⸻ marcó ahora con su índice un cuadrado⸻, la plaza central de la ciudad, es la nada misma. ­⸻hizo con sus manos y su boca el gesto de que algo se derrumba. ⸻Todo se hizo al tuntún. Es el “y bueee, después vemos” que nos tiene como nos tiene.

Yo seguía sin dar muestras de entender, así que, ofendido, se subió a la bicicleta. Traté de pararlo pero no me hizo caso. Antes de irse me gritó:

⸻Mirá los leones.

Al quedarme solo, me reí. Rubén está re loco. Pero un rato más tarde, masticando sus palabras, me acerqué a la sede de la Municipalidad. Los leones que custodian su puerta miraban con ojos tristes. Solos, esperaban. Oportuna, dramáticamente, las campanas de la Catedral dieron las doce.

Y entonces lo vi.

La Plaza tiene forma de cuadrilátero irregular, ubicado en el borde oriental de la ciudad, a algunas centenas de metros del Paraná. Sus calles internas ligan las esquinas con el centro ovalado, dándole forma de Cruz de Malta. Es, como dijo Rubén, el centro de un mundo artificial, cuyos límites son Buenos Aires, Santa Fe, Laprida y Córdoba. 

Detengámonos un poco en estas calles.

En nuestra primera nota tratamos de ubicar los ejes sobre los que se mueven los distintos actores que forman la Política en Uganda. Uno vertical, que recorre el Interior hasta el Puerto, y otro horizontal, que oscila entre Barcelona y Medellín. Los elementos tienden a ir hacia los confines: X es atraído fuera del tablero, pero la gravedad lo ata a un centro. Algunos dirán por la fatalidad, otros agradecerán a la Providencia. Lo político en Uganda es centrípeto.

En el caso de la Plaza, la fuerza es centrifugadora: se recibe un caudal que se expulsa hacia los márgenes y deja impresiones arquitectónicas más o menos acabadas.

¿Y de dónde entra ese torrente? Es remanido figurar una calle como un río. Y es clásica ya la imagen del mundo configurado por cuatro ríos. Pero los zapatos gastados son los de más fácil calce.

La Plaza tiene cuatro afluentes que conforman su espiral, contrario a las agujas del reloj. Buenos Aires, Capital Económica y por eso Ideológica; Santa Fe, Capital Política y siempre desafiada; Laprida, Prócer que sólo en la muerte pudo encontrar su destino sudamericano; y Córdoba, Capital Espiritual.

Estoy justo en el cruce de Buenos Aires y Santa Fe. En la esquina de estas dos capitales, se levanta la Municipalidad. Y resume la historia de nuestro humilde Estado: el flujo del tránsito llegará desde la Capital aspiracional, partirá hacia la Capital de la que se reniega. La entrada, obviamente, está sobre la Calle del Puerto. Veo a un funcionario, sin despegar los ojos de su celular. Sube sin errar ni un paso los peldaños de la escalera. Veo una guardia de control urbano que toma mate. Me saluda con un gesto.

Camino unos pasos. En la misma esquina, frente a la Muni, se abre la loma de la Plaza Sicilia. Nombre cuyas reminiscencias son tantas que necesitaríamos tres notas aparte.  Casi sobre la calzada, el dramaturgo Luigi Pirandello, vuelto piedra, se agarra la cabeza como no pudiendo creer los personajes que puso en juego. En los bancos del fondo, que cualquier ciudadano avispado evita, abundan linyeras gedientos y quinceañeros cogiendo con la ropa puesta. El palacio de Estado, con su orden centralista, tiene el reverso que merece: la isla ingobernable.

Tomo calle Santa Fe, la calle de la Tierra. Y en su cauce me cruzo con una de las famosas redundancias del Litoral, un sanguche de empanada: el Museo de Arte Decorativo. En esta casa, que fuera de contrabandistas de la alta sociedad, la ciudad explicita su modelo: ser vulgar, en Rosario, es un lujo. Hace años sobre su fachada se colgó un cartel, prometiendo una remodelación que nunca llega.

Justo al lado, está la embajada de España. España sobre Santa Fe: calcos. Metrópolis que los hijos prósperos miran de reojo. En este mismo edificio, Domingo Faustino Sarmiento, el único de los unitarios que tuvo un plan serio para el país litoraleño, imprimió el primer diario de la región.  

Llegamos a Laprida y, fiel a su onomástica, es la calle del Humano. Veo viviendas y comercios. Dan cuenta que esta es una ciudad de las personas. Esas mismas que hacen fila sobre las paradas de colectivos que se extienden sobre la calzada. 

En esta calle encontramos, en dos de sus esquinas, otro tipo de referencias. 

Sobre el cruce con Santa Fe hay una construcción abandonada, que promete ser sede del organismo que administrará la Hidrovía. Todavía no se destapió su puerta. 

Sobre la intersección de Laprida con Córdoba, calle del Espíritu, termina la peatonal. Y se levanta el Bola de Nieve, edificio bellísimo, el primero en altura que se construyó en la ciudad. Nos parece muy acertado que en la esquina de lo Humano y el Espíritu termine el peregrinaje horizontal y se busque lo alto. 

Guardamos esta imagen siguiendo ya por calle Córdoba. Y se nos baja el buen humor. Estamos ante el desierto del alma, personificado en el estacionamiento gigante que está a mitad de cuadra. Nos vemos tentados a darle la razón a Rubén. Y entonces llegamos al Correo.

El Palacio de Correos fue diseñado en principio por Ángel Guido. Se trataba de una torre descomunal. Guido, sobre la calle del Espíritu, quería darle a la Babel que era Uganda, su ícono fundamental. En mitad de la hechura, se puso en movimiento la otra calle de esta esquina: el gobierno nacional no quiso que el edificio del correo rosarino fuese más alto que el porteño. Se tiró abajo lo ya construido, y se levantó en su lugar el palacete que sigue en pie, y que fiel a su función, en cada marcha por lo que sea se llena de consignas.

En diagonal, también en este cruce entre las Capitales Ideológica y Espiritual, está la Catedral de Rosario. Dónde si no. Dicen que el edificio es ecléctico para no decir que es horrible. Una ensalada sin gusto. Sin embargo la cripta donde reposa la Virgen que dio nombre a la ciudad, es apacible. Es probable que sea una señal de la Madre de que lo Bello, Bueno y Verdadero está en las profundidades. Mensaje que se susurra, apenas audible entre el trajín cotidiano.

Sigo caminando y me golpeó la cabeza con la palma de la mano. Hay un quinto río: el Pasaje Juramento. Que se escurre entre la sede del Poder Temporal y la del Poder Eterno. Este camino peatonal liga al Monumento con el centro de la Plaza.

Siempre me gustó que al Monumento Nacional a la Bandera le digamos así: el Monumento. Y me gusta porque todo monumento es en el fondo monumento a una bandera. ¿Por qué si no todos los colores, futbolísticos, políticos, artísticos, van al Monumento con sus propios trapos? Es un caso de metonimia social: se toma al signo por la cosa significada.

Pasa algo similar con el concepto de Plaza como centro del mundo. Cada uno podrá tener su Plaza íntima. La mía es, por ejemplo, la Ciro Echesortu, frente a la vieja estación Rosario Oeste. Pero si llegaste hasta acá, sin dudas coincidirás en que la Plaza de Uganda es la 25 de Mayo. 

En la segunda nota de este newsletter hablé de otro fenómeno parecido a la metonimia: la sinécdoque, que es cuando una parte refleja el todo. Absolutamente todo lo que sucede a los ugandeses se pone en juego, en el texto, entre las cuatro paredes de la taquería. Encontraba así un concentrado de Ética ciudadana: qué nos impulsa, qué nos abroquela, qué nos atosiga.

La siesta de hoy, con su metonimia, vendría a ser un tercer colofón, después de la de los cuadrantes y la de la comisaría, que contribuye a nuestra idea, pitagórica y también reduccionista, de que la realidad es un fractal: una estructura que se repite a distintas escalas con leves y casi imperceptibles diferencias. 

Lo que vi en la Plaza 25 de Mayo fue una Estética de Uganda

Porque acá se produce una representación cabal de nuestro mundo. Que Rubén, racionalista como todo conspiranoico, no podía encontrar. Porque la Plaza no fue construida conscientemente como una alegoría, si no que fue y sigue acumulando data que uno debe hurgar para poder leer. Como quiere. Si quiere.

Cruzo la calle y vuelvo al centro, donde una Columna lo anuncia. Veo la Argentina alada en su cima, las figuras de los próceres que supimos conseguir. Sigo bajando y miro el suelo. Unas huellas marcan el lugar donde un grupo de viejas torcieron los ríos. Y encontraron el círculo a la cuadratura.


Antes de irnos, queremos aprovechar que ayer fue Día del Padre para mandarle un abrazo grande a todos. En este mundo revuelto, recuperar el verdadero sentido de la vertical paterna es fundamental. Y por eso sumamos nuestra voz al reclamo sindical de ampliar la licencia por paternidad en la Argentina.

Ahora sí, nos vemos la semana que viene.

Una utopía sin techo

Buen lunes. Espero que esta semana los y las encuentre bien. Yo solo espero que sea mejor que la que pasó.

La semana pasada tres ciudades del cordón industrial quedaron a oscuras por un incendio en la planta transformadora de Capitán Bermúdez. Cinco días sin luz. La cabeza piensa muchas cosas cuando lo único que puede hacer, ya caída la noche, es mirar la sombra que dibuja una vela en la pared. 

Muchas cosas. La mayoría son dramas cotidianos. Problemas de heladera llena, de corazones inquietos. 

¿Podré volver a comer el queso que dejé en la heladera o tendría que comerlo todo ya? ¿Podré usar esa leche para el café de mañana? ¿Cuánto tarda la carne en descomponerse? ¿Mis vecinos se preguntarán lo mismo? ¿Y los de más allá?

Porque más allá, en otros barrios, el corte de luz afecta el funcionamiento de las cosas de otra manera: el frío, por ejemplo, que es evitado en muchas de estas casillas mediante estufas eléctricas. ¿Dormirán abrazados?, ¿O correrán el riesgo de prender un fuego, jugando con la muerte para evitar el  viento que se cuela por las paredes? ¿Tendrán comida en la heladera pudriéndose? ¿Tendrán comida?

Volviendo a mi casa una de esas noches. Lejos de la avenida me invadió ese miedo que ya es casi cotidiano: el de la inseguridad. Recuerdo el día en el que vi por primera vez mi calle pavimentada. La gente no come con obras públicas, pero que cambia la vida tener alumbrado y cordón es innegable. Una no se siente tan a la deriva. Ese día entendí una nueva razón que motiva este pedido en muchos barrios. Una vez una vecina de Copello me decía entre lágrimas que estaba cansada de que a sus hijos los discriminen en la escuela porque llegaban con las zapatillas embarradas. El problema no es el barro. 

¿Qué se hace con una injusticia cuando se vuelve algo cotidiano?

El sueño metalizado

El mapa de los barrios populares en Argentina presenta un manchón azul entre Santa Fe y Buenos Aires, pero, al hacer zoom, los puntos azules se aglomeran uno sobre otro, hasta generar una franja, en Rosario y alrededores: puntos azules amontonados para señalar que ahí vive gente amontonada, sin agua, sin luz, sin gas.

Si hacemos más zoom, encontramos en Baigorria un barrio condenado desde el nombre: Camino Muerto. Al fondo de la calle Eva Perón, a metros del ex centro de detención La Calamita y la Circunvalación 25 de Mayo. Al oeste las vías del ferrocarril, como un peligro más. 

Camino muerto es un asentamiento nuevo. Los números no pintan la realidad pero ayudan a proyectarla: actualmente lo integran 300 familias. La mayoría de ellas se asentó desde el año 2016 a esta parte. En apenas cinco años el barrio creció pasando de cincuenta familias a las que son actualmente. Más de mil personas viviendo en un puñado de cuadras delimitadas por los vecinos. Dos espacios verdes para que los pibes y las pibas tengan donde jugar. Dos arcos y una pelota para olvidarse por un rato que el suelo que pisan está olvidado.

En el 2016 fueron relevados por primera vez por el Ministerio de Desarrollo Social. Desde ese momento hasta ahora, el barrio cambió de forma. Incluso los vecinos se organizaron y consiguieron engancharse al paso de agua más cercano para poder acceder al menos a ese servicio básico.

Camino Muerto es uno de tantos barrios que anhela su urbanización. Está proyectándose y  dentro de las prioridades. Las obras, a cargo de la Secretaría de Integración Socio Urbana (SISU) y, en este caso, la Universidad Nacional de Rosario, tienen como objetivo el desarrollo de la red de agua potable, desagües pluviales, cloacas, conexión eléctrica, alumbrado público, forestación con árboles nativos, entre otras cosas. Por otro lado, al estar incluidos en el RENABAP no pueden ser desalojados. El hecho de ser considerados barrios populares da por entendido que ahí viven ocho familias, o más, que en la mayoría de los casos no cuenta con un papel que diga que son dueñas de ese suelo.

En Santa Fe son un total de treinta y tres barrios con obras de urbanización con una inversión nacional de más de 6.400 millones de pesos. Treinta y tres barrios a la espera de una firma para ser urbanizados. Una firma para incorporar estos deseos a las acciones estatales, como realidad efectiva. ¿Qué es lo que esperamos del Estado cuando hablamos de integración socio urbana? 

En 1920 el sociólogo Robert Park escribió: “La ciudad es uno de los inventos más consistentes y, en última instancia, de sus intentos más exitosos de rehacer el mundo que habita a partir de los deseos de su corazón. Pero si la ciudad es el mundo que el hombre creó es el mundo en el que de ahora en más está condenado a vivir. Al hacer la ciudad, el hombre se ha rehecho a sí mismo”. 

¿Qué ciudades hemos creado y cuáles queremos crear?

Espero que coincidamos en que no queremos ser un sujeto creador de una ciudad en la que siga habiendo excluidos sin derecho al suelo, al espacio, a la comunidad.

Un cuarto propio

A mis casi 30 años muchas veces no me veo adulta. Hay algo en la idea de maduración que conlleva la conquista del espacio propio. Todavía en la casa de mis viejos muchas veces reniego, y muchas, la gran mayoría de veces, agradezco. Por el techo, por la comida, y por no lidiar con inmobiliarias. Releo: la casa de mis viejos. Dije bien. Es que ya estoy en ese momento de la vida en el que esa casa familiar no es del todo mía.

Sin embargo, he hecho de mi pieza ese espacio al que sí puedo nombrar como propio. Desde donde pienso ahora cómo harán tantas mujeres y hombres que tienen que compartir su espacio con otras personas. A veces hasta dos generaciones bajo el mismo techo metalizado. Los sueños mezclados.

El sueño de la casa propia, el derecho al espacio íntimo y personal, a cuatro paredes entre las cuales construir una vida, y sueños nuevos a su vez, es algo que parece cada vez más lejano. El último censo demostró que, al contrario de lo que se esperaba, no crecimos tanto. No nacieron tantos argentinos. En los grupos de WhatsApp se comenta el tema: “Estos millenials no quieren tener hijos. Ya no hay institución que se mantenga en pie”. Otro responde: “¿En qué parte de mi monoambiente pondría la cuna del bebé?”.

Daniel Santoro. "El sueño de la casa propia". - El Anartista

En el transcurso del armado de esta entrega, las conversaciones giraban en torno al tema de la vivienda. Me sorprendió cuántos estamos mirando ese sueño como a un abismo. Sin techo ni suelo. Aventurarse, ya no a comprar, si no a alquilar es, para muchos, un salto al vacío. Sin embargo, en la búsqueda de cuatro paredes, nos aferramos a algo. Porque donde hay un sueño, nace una necesidad. Y de las necesidades nacen los derechos.


Una de mis amigas me comenta: “El otro día tuve una reunión con mujeres de un barrio popular de Granadero Baigorria. Me preguntaron si no sabía de algún terreno para comprar, que tenía $30.000 ahorrados. Que el marido está con trabajo estable, y que cobran dos asignaciones universales. ¿Cómo hago para no quemarles ese sueño?”

Todo esto termina con un taxi de madrugada cuando el tachero me dice: “Ahora ni siquiera si te ganas el Quini podés hacer algo en este país. Más vale irse afuera con todos los billetes y listo. No hay futuro para ustedes los jóvenes”.

¿De repente nos robaron el sueño de ganar el Quini también?

La próxima seguimos. Que tengas buena semana.

Ah, me olvidaba, el ganador del sorteo del libro Linchamientos: la policia que llevamos dentro que hicimos por Twitter e Instagram es @guidofiora. Gracias a quienes participaron.

Tan freak y tan popular

Hola, es lunes. Pero el viernes toca Dárgelos. Cuando escribió Camarín, el tema de dónde sale este título, los frikis no eran populares. Ahora el mundo se resignifica y el capitalismo viste una revancha. Hay una hipótesis: los que sufrieron bullying ayer, serán la venganza del mañana.

La fiesta que nunca termina y la amistad artificial

Es sábado por la mañana y vuelvo de una reunión de trabajo. Camino por la peatonal Córdoba mientras voy con los auriculares escuchando Babasónicos. En la intersección con calle Sarmiento me cruzo con un banner del Partido Libertario. Freno. Saco el celular de la campera y hago una foto. Acto siguiente, un pibe con una remera blanca se acerca y me da un volante.

Si querés afiliarte nos podés mandar un mensaje al WhatsApp que aparece ahí – dice señalando el papelito.

Gracias, lo voy a pensar – le respondo y sigo mi camino.

Cuando miro el volante me quedo sorprendido por la precariedad del diseño. Igualmente funciona. Subo a las stories de Instagram la foto del banner y publico en Twitter otra del flyer con un pequeño comentario irónico.

El lunes después del fin de semana abro WhatsApp y mando mensaje. Buenas. Mi nombre es Andrés. Quisiera saber si esta tarde se reúnen a las 19 en Pellegrini 1784 para acercarme.

Silvia Malfesi, la coordinadora del Partido Libertario de Santa Fe, me manda un audio, un video de YouTube, un PDF con las bases de acción política y cuatro mensajes que parecen programados. Una hora antes de ir la llamo. Le aclaro que soy periodista y que mi idea es conocer sus propuestas, el lugar y la gente.

La casa donde está la sede es la casa de la mamá de ella. En la puerta hay una tímida bandera que indica el lugar para los desconocidos. Por dentro todo está oscuro y se ve una luz al final del pasillo. Toco el timbre y me abre un joven, muy joven. Me presento y me hace pasar hasta al quincho.

Cuando entro Silvia está sentada con dos muchachos. Detrás de ella hay un mapa político de la Provincia de Santa Fe. Me hace una seña y me pide que la espere. Mientras tanto escucho la conversación.

Los tipos se presentan como interesados en afiliarse. Le dicen que tienen peso en una comuna del interior. Hace un tiempo pusimos un candidato y llegó a presidente comunal por Cambiemos, ahora queremos hacerlo llegar con el partido de Milei. Ella se ríe sorprendida, antes de negociar cualquier cosa primero tienen que firmar los papeles de afiliación. Los muchachos aceptan y Silvia los deja con el chico de la puerta para terminar el trámite. 

Nos saludamos y me invita a pasar a su oficina. En el pasillo larga una risa con cierta simpatía y me dice.

Yo creía que esto era más fácil.

Las paredes están adornadas con un empapelado gris que se descascara yendo al techo. La luz es tenue, ambarina. Los muebles son de madera oscura, caoba. Sobre el escritorio hay una de esas lámparas con vidrio verde del estilo de las películas de época. Parece una escenografía de David Lynch. Hay muchos cuadritos con diplomas, cursos, cursitos, títulos serios y no tanto. Diferencio el de Abogada de la UNR. También veo que hay cruces y muchos libros de lomo ancho. En un estante lleno de biblioratos, al lado de la Constitución Nacional hay una réplica en miniatura de La Libertad iluminando el mundo.

Antes de empezar la entrevista alguien toca la puerta e irrumpe. Lo miro y lo reconozco al instante. Es el chico que atiende el minimarket 24 horas que queda abajo de mi edificio. Los dos nos quedamos sorprendidos. Él es el primero en hablar: sonríe y me pregunta qué estoy haciendo. Le digo que vine a hacer una entrevista. Silvia, que no soporta verse desplazada del centro de atención, lo señala y empieza a tirarle flores.

Este chico es el mejor que tenemos, nos está ayudando muchísimo para el armado. Es estudiante de Ciencia Política y se está encargando de la estrategia para llegar a los adherentes que necesitamos para constituirnos como partido.

El prejuicio de que los jóvenes que votan a Milei están despolitizados o no entienden nada se cae. Ahora cada vez que baje a comprar algo ya sé de qué voy a hablar con él, de política. El pibe se lleva unas hojas, nos saluda y se pierde por la puerta de atrás. 

Saco el grabador de la mochila y le pregunto a Silvia si puedo grabarla. Me dice que sí.

¿Cómo llegas a ser la coordinadora del Partido Libertario?

Una noche discutí en Twitter con un hombre que no quería que regresen los K pero que también estaba desencantado con Macri. Le dije que se acerque al Partido Libertario que ya existía en CABA. Al día siguiente me llega un mensaje privado: unos chicos que estaban en el armado de allá me invitan a armarlo acá. 

¿En cuántos lugares están?

Por ahora estamos en cuatro localidades de la provincia. Por ahora con peso estamos en Rosario, Avellaneda, Funes y Santa Fe.

¿No va en contra de lo que pregonan transformarse en un partido político?

Él (por Milei) habla de la casta. Yo lo llamo de otra forma. Para mí hay una buena política. Lo que no me gusta es el berretismo. Yo creo que tenemos que volver a las raíces, recuperar lo que era Argentina en 1890. Javier lo que tiene es que explica cosas difíciles en un lenguaje popular. Los beneficios de la libertad nos pueden llevar al primer mundo.

¿Puede la popularidad discursiva ganar por sí sola? ¿O van ir con otro partido a las elecciones del 2023?

Es muy importante hacer un partido propio. El partido prestado siempre es deber favores. Sin ir a un liberómetro yo creo que lo más importante es armar algo. Yo quiero un partido sólido, pero el liberalismo está fragmentado, estamos divididos. 

¿Rosario es un lugar para el Partido Libertario? 

Rosario es una ciudad perfecta para nuestras ideas. Una ciudad informal. Fruto de la libertad de comercio. Yo creo que es una ciudad emblemática para este proyecto. También es una ciudad que está muy mal y por eso creemos que podemos cambiarla. Mayormente en materia de seguridad.

Ser el vapor de fantasías no me dejará llorar

Después de esta pregunta. Silvia me pide un minuto para ir al baño. Siento que la entrevista ya está terminada. Cuando vuelve le digo que voy a apagar el grabador así charlamos más distendidos.

Ella mantiene en forma su discurso. Los libertarios aman el debate de ideas, las palabras. Me aclara que está en contra del aborto aunque sepa que no hay nada más liberal que el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Saltamos a hablar sobre el consumo de estupefacientes, ella plantea que cualquiera puede consumir lo que quiere sólo si no le hace daño a nadie. Por dentro pienso qué carajo pasa cuando uno se hace daño a uno mismo, ¿quién interviene?

No llegamos a ponernos de acuerdo en ninguno de los temas pero el respeto se mantiene en equilibrio. Ella insiste todo el tiempo con la importancia de la arbitrariedad de la ley. Cada rato repite que hay que quitar toda coacción posible sobre las personas. Le respondo que la ley siempre es arbitraria y toda nominación por más abstracta que se la proponga es una coacción sobre un sujeto o grupo social. Al final, hablamos de portación de armas para terminar con que la solución para ella es un Estado chico con una policía fuerte.

Miro el reloj, son casi las diez de la noche. Le digo que me tengo que ir. Abre la puerta, nos despedimos dándonos la mano. Antes de cerrar me invita a la charla debate del miércoles donde van a discutir sobre los piquetes y la libre circulación, el famoso artículo 81 sólo lo recordamos cuando aparecen las injusticias le respondo y se echa a reír.

Preguntándome en silencio en qué ciudad estaré:

Hace tiempo que vengo siguiendo las notas de Mariano D’arrigo en la sección política de La Capital. El 12 de mayo, su texto pinta el paisaje de quienes serán los encargados de armar los lazos con los viejos conocidos de la arena política provincial. José Bonacci, alias «tengo una AM, una FM, una remisería y un partido político» y “esta democracia no sirve” es el encargado del armado.

Bajo su ala, Romina Diez, la economista e influencer que habla de economía para no economistas es la segunda en esta estructura. Como satélite de interlocución aparece Nicolás Mayoraz, diputado provincial por el partido que encabeza Amalia Granata, quien este momento se encuentra en tensión con la líder, aparece como el conciliador, el apuntado para unir el partido por la vida con el partido de Milei.

Si uno analiza desde el punto de vista discursivo, la unión que se está dando por arriba es por lo menos polémica. Pero para hacer política y sumar voluntades es necesario hundirse en los pliegues. Soy una nave estrujada por dos vientos contrarios, dice Calímaco en La mandrágora de Maquiavelo. Los outsiders parece que irán al frente y por atrás, lo más Casta de la Anticasta se encarga de darle la otra pata a la potencialidad del mundo mediático y digital.

En el armado del Partido Libertario, aparecen tres lógicas distintas que tendrán que confluir necesariamente. En el juego de sus potencias, veremos qué lugar le queda a cada una. 

Por un lado, los halcones. Por el otro, las palomas. Y por último, los gorriones.

Los primeros, son los menos conocidos pero más palpables, esos que se encarnan en el pensamiento. La influencia de Milei en el discurso y su orquesta. La lectura del momento social. Él es el único que puede decir que todo es una mierda. Y al mismo tiempo proponer futuros irrisorios donde la gente venda órganos o compre armas al por mayor. Esa velocidad insoportable desconcierta, se viraliza y  alimenta dos polos: fanáticos e indignados, por derecha y por izquierda, son lo mismo. 

El punto a favor de esta moneda de cambio. Milei es el dueño de la exaltación en una época de exaltados. El resto sigue sus pasos.

Los segundos, son los necesarios. Esos que hay muchos, se pelean por lo poco y están en todas partes. Se reproducen con una miga de pan pero son menos expuestos por estructura, van tras el telón. Los expertos en sacar pecho para pelear por migajas y dividir el terreno. La refundación, cada cuatro años, del PDP en su máxima potencia. Las comunas donde todavía se vota a dedo. Los que oportunan. Entre ellos Bonacci y su círculo de influencia. El instrumento fundamental. Si los halcones se encargan del temor, las palomas se encargan de la conveniencia, que es de alguna manera, convivir. Los armadores son los encargados de transformar en cercanía todo aquello que parece lejos. Siempre convienen.

Los últimos, los gorriones, esos que sueñan con ideas. Una abogada retirada del ejercicio, profesora de la UNR, que pone la casa de su madre para armar un partido político. Un joven que trabaja en un minimarket y usa sus ratos libres para mapear la provincia y conseguir voluntades. Otro que abre la puerta y lleva los papeles de acá para allá. La cosa común. Ciudadanos de a pie. Gente que busca gente. En fin, la política. Eso que sigue pasando mientras todos gritan.

Dimas, el buen ladrón

Hola, buen lunes, ¿Cómo estás? ¿Y si salimos? 

La casa es el lugar del ser para uno mismo. El trabajo es el lugar de ser para los otros. La calle es ese espacio de ser para todos y, al mismo tiempo, para nadie. Si el hogar tiene sus códigos y el empleo también, lo que une esos dos lugares es una mezcla bucólica de todo eso y más.

El imaginario de una ciudad está en sus calles. Las paredes hablan. Si uno se pone a pensar, Rosario tiene todo. En los barrios profundosel peligro, la lucha por vivir: caras de pibes y pibas muertos (casi siempre en situaciones trágicas) se mezclan con pintadas de Central y Ñuls marcando y delimitando terrenos. En el centrola melancolía y el caos: el deterioro de una época comercial de oro, locales abandonados u obras en construcción intervenidas con publicidades, afiches, grafitis y pintadas. Cada cuadra tiene su propia consigna: el amor garpa, el patriarcado se cae, puto el que lee, hacé el censo virtual, pasate a Claro. El orden es el desorden. En la zona del río, lo naif, lo global, el arte que embellece la caída: silos pintados de colores, galpones intervenidos con murales, paredones llenos de pegatinas, un museo a cielo abierto. Donde antes había un imperio ahora habrá un cuadro. La nueva moneda de cambio: lo industrial ahora es creativo

Todos los lugares tienen un sentido que se conecta con el presente. Uganda no es pinta tu aldea y pintarás el mundo. Uganda es pinta tu aldea y pintarás tu mundo. Cada punto tiene sus propios códigos: la periferia pinta el peligro y el abandono, el centro pinta su deterioro y vende lo que le queda, el borde turístico de la ciudad embellece su presente mientras entierra su pasado.

Pero hagamos un flashback. Si te acordás, la última vez que nos vimos, te conté algunas historias entrelazadas sobre El Padre Ignacio. Hoy, voy a intentar reconstruir la historia de otro ugandés. Seguramente lo conozcas, o al menos, tengas en mente algún paredón intervenido con sus manos. Por eso, la introducción callejera.

Darío Nota, o Dimases un trabajador de la ciudad. Un artista. Él mismo lleva consigo todas esas marcas enumeradas anteriormente. Pintó todas las aldeas que componen la aldea mayor. Su perfil. El mismo día que nos juntábamos a conversar, mientras iba de casa al trabajo, conté al menos cinco de sus intervenciones por la zona del centro. Después, por la tarde, cuando iba específicamente al encuentro, conté cuatro obras en el trayecto de doce cuadras.

Quedamos en tomar un café. Lo veo venir. Lo reconozco desde lejos. Él va vestido con un jean tiro bajo, campera con capucha, remera ancha y gorra, salvo el pantalón, todo lo demás es negro. Lleva un bigote marcado, muy prolijo. Tiene una onda a lo NWA, muy gangsta rap. Seguramente escucha Cypress Hill, pienso. Lo saludo, nos sentamos, dos cortados. 

¿Por qué Dimas?

Es un seudónimo. Yo estuve detenido. En ese momento exploté y nació el nombre. Siempre estuve aferrado al arte igualmente, porque mi abuela era pintora y música. Pinto y dibujo desde chico. Lo tuve como hobby toda mi adolescencia. Pero de verdad comenzó ahí en la cárcel.

¿Qué te pasó?

Me comí tres años y medios en Ezeiza y en Devoto por una causa de narcotráfico. Ahí viene mi vieja y me dice: hacé lo que siempre hiciste porque no vas a salir de acá. Y empecé, fue todo muy obsesivo.

¿Cómo fue? ¿Qué hiciste en la cárcel?

En primer lugar arañaba las paredes, y en un momento la corté. Arranqué a pintar y dibujar, todo el tiempo. Y ahí la gente del penal empezó, ¿No me hacés un dibujito? ¿No me diseñás un tatuaje? ¿No me armás un cuadrito? Hay una anécdota muy graciosa: el que era en ese entonces jefe del penal de Devoto no entendía por qué la gente salía de las visitas con cuadros, o pinturas, y empezó a preguntar qué estaba pasando. Yo venía de un lugar de mierda, entonces me ofreció armar un taller para mí, un espacio para pintar para ellos. 

Un día le dije que me parecía que tenían que pagarme y entonces desde ahí lo entendí: podía hacer plata con el arte. Empecé a pintar para embajadas, iglesias, lo que salía. Pinté, hice plata y pensé. Si la pude hacer dentro de estas cuatro paredes, con todo este ambiente oscuro, con gente peligrosa en serio, afuera no me para nadie. Encontré una llave. Conocí la libertad estando encerrado.

¿Y qué hiciste cuándo saliste?

Cuando salí empecé a estudiar. Me anoté en Bellas Artes y me fui acomodando con algunas changas. Salís con una mano atrás y una adelante. Empecé a juntar algo de plata y empezó la dinámica. Compraba pintura y pintaba. La gente me decía que estaba re loco, que me buscara otra cosa, pero yo sabía que esto en algún momento, tarde o temprano, iba a ser mi fuente de ingreso.

¿Cómo fue que llegaste a vivir de esto?

Empecé a conseguir algunos trabajos con la Municipalidad. Después, me acerqué a la educación, soy docente del Ministerio Provincial, estuve tres años y medio dando clases en el IRAR y en el barrio Qom, daba talleres, ahora doy clases de arte urbano y muralismo en una escuela en Zona Sur. Hace 10 años que trabajo en esto. Yo salí en el 2012, y ya en el 2014 ya estaba a pleno. Arranqué muy de abajo: yendo a pintar con la escalera en mano y los bolsones de pinturas, después salté a la motito, y con la motito iba con la escalera haciendo equilibrio, un peligro. Al final conseguí un auto. Trabajar de esto es mi cable a tierra, una descarga.

¿Cuando salís a la calle a pintar por pintar, es trabajo o qué es?

Es una mezcla, ahí se juega el trabajo y la satisfacción. Un conjunto de cosas. La gente me dice eso, que estoy loco, porque en verdad capaz en un mural me gasto diez lucas. Cada vez que pinto es plata pero a mí me sirve. Es un combo triple: publicidad, trabajo y satisfacción.

Sé que pintaste en otros lugares también además de Rosario, ¿De esos lugares sacaste tus influencias? ¿Qué onda las temáticas que pintas? ¿Tu técnica es más yanqui?

Yo tiro mucho cotidiano. Temáticas de la vida. Personajes conocidos, populares, que la gente pase y diga: «Uh, mirá a quién pintó». Los pibes también se copan, le hago cosas a la juventud, a los grandes, a los no tan grandes. A todos. Ahora está aceptado. Me tuve que comer una época dura, donde nada de todo esto había llegado. En otros lugares ya era común, pero acá no. Todo era medio pueblo, te miraban raro, llamaban a la policía. Ahora es como un pueblo, pero mejor, te traen sánguches, se sacan fotos, te sirven algo para tomar, te sacan charla, está bueno. La gente cambió: los de control urbano, los zorros, los milicos, a veces pasan y me dicen que bueno que está eso. Fue en un par de años, muy rápido. El único código es no dañar la propiedad privada, la posta está ahí. Aunque cada vez quedan cada vez menos recovecos para pintar.

¿Cómo te las ingenias para encontrar esos lugares para pintar en la ciudad?

Estoy todo el día yendo y viniendo. Voy anotando, sacando fotos. Encuentro el lugar y salgo. Intento salir del centro, ir a los barrios, que toda la gente pueda disfrutar de mis dibujos. 

¿Y cómo es ese nuevo mundo de los murales como oferta publicitaria? 

Es novedoso acá en Argentina, pero afuera existe hace rato. Lo novedoso siempre llega tarde a nuestro país. Ya pasaron más de diez o quince años en Europa y Estados Unidos. Ahora acá es un auge. A veces me pregunto por qué no me fui, pero la respuesta es mi hija, tiene 8 años y estoy esperando a que crezca. Mi idea es dejar una huella en el mundo, no sólo en Rosario.

¿De Rosario qué pensás?

La ciudad me encanta. Conozco los recovecos. Desde la villa hasta el centro. Es una ciudad que me gusta. Cada vez que salgo conozco un nuevo lugar para pintar, pero el problema es que no hay mucho apoyo de parte del municipio para el arte local. El arte acá es para un grupo reducido, amigos de amigos. No dan subsidios, no hacen convocatorias abiertas, no abren el juego.

¿A quién le tocan las cosas grandes?

Te doy un ejemplo, y no es que tenga algo en contra de ese artista, pero ahora va a venir Martin Ron, un muralista a pintar los galpones y cobra en dólares, muy caro. Y no hicieron una convocatoria para acá, ni tiraron un poco de pintura, no lo ven por ese lado. Prefieren la careta, como hicieron con la escultura de Minujín, que fue tirar una millonada para comprar un pedazo de alambre. 

¿Por eso decidiste por lo privado?

Sí, yo me mantengo con los laburos para empresas, oficinas, estudios, locales, hamburgueserías, birrerías. Estoy medio cansado de hacer el lúpulo, el vaso de cerveza pero igualmente sigo super agradecido. A mi mucha gente del arte no me quiere porque dicen que soy un empresario. Yo no tengo el privilegio de andar haciéndome el artista, yo laburo.

¿Y quién más hace tu estilo acá? ¿Queda un legado?

Están los chicos de 337gato, que aprendieron a laburar conmigo, ellos mantienen ese juego pero igualmente se aferraron a la figura del gato, uno hace las letras y otro hace los dibujos. Son muy buenos.

Lo que pasa hoy en día es que es una fusión. Ya no es más muralismo y graffiti. El arte urbano, el street art como lo llaman, es un popurrí, una combinación de todo eso. Ahora podés tener unas buenas letras hechas con aerosol y atrás un paisaje hecho con látex. Hay pibes todavía que taggean, los que recién arrancan, pero que van combinados. El hip hop también, entró por todos lados. Los sentidos, los oídos, la ropa. Igual, el que hizo entrar esta cultura al museo fue Andy Warhol con Basquiat.  

A mi también me gusta hacer cuadros. Ahora estoy pintando un mural japonés para un encargo, y en la casa de Ernesto, un psiquiatra que es crítico de arte, haciendo El nacimiento de venus en un techo. Eso lo estoy haciendo los lunes a la mañana, cinco horas, me vuelvo con tortícolis. En la antigüedad lo pintaban con un andamio, acostado, más cómodo. Yo me subo a la escalera y lo hago dado vuelta. Imagínate que la Capilla Sixtina la hizo en seis años, pero ese tenía mecenas. Igual, Ernesto es mi mecenas también, es un caso único. Un tipo en Rosario que invierta y valore lo que uno hace.

A veces te gusta pintar cuestiones más picantes, como que jugas entre lo naif y lo brutal todo el tiempo.

Me gusta mucho agarrar los temas que en el momento generan polémica, de donde sale un problema, me fijo y lo hago. Messi erra un penal y lo pinto. El Dios Punk se suicida y lo hago a la vuelta del lugar donde pasó. Eso tuvo mucha repercusión, el papá me contrató. Ahora me llamó para que lo pinte de vuelta, así que voy a ver cuando lo hago. Me gusta pintar de todo, pero me gusta también abrir cabezas.

Pintando conociste la parte dura de la calle también.

Una época salía a pintar con miedo. No firmaba hasta lo último. La calle es eso. Cuando te tapan al principio renegás, pero después te das cuenta que eso es así. La calle tiene sus propios códigos.

¿Si la calle está llena de artistas no es que no hay lugar para el arte?

Yo lo propuse. Quise hacer como un espacio en los galpones para que vengan artistas de cada rincón de la ciudad, darle unas latas de aerosol y que se descarguen ahí. Hacer un lugar así. Pero como propuse eso también propuse lo de las persianas de calle San Luis, Córdoba y San Martín y se quedaron con mi idea. La última propuesta que tengo es una en el Patio de la Madera. Quería hacer unos murales de inmigrantes, de la gente que vino para acá. Tomaron el proyecto pero no me avisaron nada, así que andá a saber. Si el proyecto Persianas lo hicieron con porteños, con este no sé qué harán. 

Te vuelvo con la pregunta del comienzo porque no me respondiste pero no quise cortarte, ¿Por qué Dimas?

Para mi fue un click haber pasado por la cárcel. Si no me pasaba eso terminaba muerto o empleado de PAMI. De ahí saqué el Di+. Leí tantas veces la biblia, soy cero cristiano pero saqué cosas de ahí. Dimas era el Ladrón Bueno que estaba al lado de Cristo cuando lo crucificaron. Los tres ya se estaban muriendo y Jesús le dijo, el que crea en mí va a ser el primero en ascender al cielo. Y Dimas fue el primer perdonado, el primero que fue al cielo. Entonces pensé: salgo de acá como Dimas, un hombre diferente. Lo imposible existe pero hay que arriesgarse.

Lo que me empujó a escribir este texto fue mi obsesión por todo lo que tiene que ver con la generación hip-hop y sus cuatro elementos. El DJ, el MC, el breakdancing y el grafiti. El elemento del entrevistado sería el último. Dimas tiene 42 años y representa, de alguna manera, una generación global, en Rosario, es decir en Uganda, que es a su vez, una generación en el mundo. Esa generación está marcada por una época en común: los finales de los 80’, principio de los 90’. El mundo pasaba de ser dos a ser uno. Argentina se caía idealmente para adoptar las formas de la unidad globalizada que también se fragmentaba. Malestar con el mundo político y cultura del individualismo. La supervivencia, la competencia y el consumo. El no querer ser parte de un sistema y a su vez reproducirlo. Revival. Toda generación es una contradicción. El Hip-Hop es la música del fin de la historia. Su llegada a nuestro país fue la marca de una forma de aceptar el mundo.

El entrevistado hace todo a la vez. Es un fractal. Pinta un muerto en un barrio popular, una persiana de un local del centro financiada por un proyecto que le robaron, una publicidad para una agencia financiera de MasterCard, vende cuadros en librerías del centro, hace pinturas a domicilio, pinta murales porque sí, polemiza, publicita. En fin nos muestra de alguna manera la ciudad en la que vivimos, una ciudad que también se unió a ese mundo globalizado, fragmentado, donde todos queremos escapar mientras reproducimos.

Porque si las paredes son algo, las paredes son los cuerpos que cargan los síntomas de una sociedad. 

Nos vemos el lunes que viene. Te dejo una serie de recomendaciones.

Si te interesa saber un poco más de la historia del graffiti te invito a que mires este documental sobre sus inicios, (y si querés saber un poco más de su actualidad te invito a que veas este otro). De yapa, si querés armarte en la cabeza un paisaje de esos cuatro elementos de los que hablo te recomiendo que mires The get down, un serión. Para la vagancia, está en Netflix.

Y si querés meter una lectura un poco más profunda, hay dos libros: Generación Hip-Hop de Jeff Chang, o Ilustres raperos: el rap explicado a los blancos de David Foster Wallace. En cualquier librería amiga lo conseguís.

Ahora sí, chau.

En banda

Hola. Espero que ayer hayas disfrutado de nuestro día. Es bueno celebrar junto a los seres queridos las fechas que nos importan.

Y ya que hablamos de almanaques: se cumplió un mes de nuestro primer encuentro. Un mes, ¿podés creer? El tiempo es un flujo inestable. Algunas horas, algunos años, son más espesos que el resto. Tienen otra densidad. A veces el pasado sigue pasando después de haber pasado.

Eso nos lleva a la siesta de hoy. Que arranca en 2006.

Estamos en la plaza de la esquina de mi colegio. El Negro Salcedo, uno de 3er año, se la juró a unos rugbiers de 5to. Quedaron en encontrarse a la salida. Los rugbiers son cuatro, son más grandes y son rugbiers: en pocos minutos lo dejan en el suelo. Salcedo escupe y juramenta. A los dos días, un rumor corre en el recreo: El Negro conoce gente que conoce gente. Y mandó a llamar a unos de GSP. 

En la mente de cada alumno se cierran persianas imaginarias. Sin embargo a las 13.05 las escaleras de cemento de la plaza Florencio Sánchez están llenas. En el centro del foro, el Negro Salcedo, y a su lado, tres pibes de guardapolvo, pantalones anchos y visera. Son ellos, murmura alguien.

Los pibes de Gran Sensación Popular (GSP) eran los más célebres, pero no existían en soledad. Además de su banda, también estaban los de La Mafia Electrónica. Y los de La Fabela. Y la Banda del Cucha, Ciudad de Dios, El Mando, La Banda de Tablada, Los Ninios Populares… La lista es inagotable. Si tenés entre 25 y 35 años seguro te acordás de alguna otra. 

Eran grupitos de amigos y amigas que se embanderaban en chats y fotologs de Terra. Gedían en los pasillos de los shoppings. Robaban a los desprevenidos en los parques. Se amontonaban en las puertas de Sonic, Mediterráneo y Alto Pelado. Se cagaban a trompadas por broncas dudosas. Inspiraban admiración y repudio en partes iguales. Eran temibles. Eran inefables. Tenían un nombre además del propio. 

En la primera década del siglo, cientos de adolescentes se afiliaron a bandas así. Otros cientos no formaban parte pero decían que sí, porque pertenecer, incluso en apariencia, era una talismán y una llave para mandar.

Ese mediodía, por ejemplo, no pudimos saber si los que estaban con Salcedo eran o se hacían. 

Los rugbiers no aparecen. La multitud se disuelve. El recuerdo también.

Primero de Mayo y Alem. La Plaza de los Recuerdos.

Hasta que de golpe es abril de 2022. Fumo un cigarrillo en la puerta de mi trabajo. Estoy teniendo una buena mañana: los números de la nota de Sofía sobre Mundo Aparte andan muy bien. Por eso, cuando pasa Salcedo por la vereda, en vez de saludarlo con la cabeza y dejarlo ir, lo atajo. Le busco charla.

Sale a la conversación aquella pelea con los rugbiers. Pregunto por los de GSP. De dónde los había sacado, si sabe qué fue de la vida de esos pibes.

⸻Sí… No sé… De GSP nunca más curtí con ninguno. Al que seguí viendo de ahí es a J… que estaba en la banda X…⸻ responde, incómodo y se apura a agregar: ⸻Pero no va a querer hablar.

Hay un fusilado que vive. Una memoria que creía sepultada levanta sus orejas en la boca de mi estómago. Le pido el contacto. Al principio Salcedo se niega. Pero insisto tanto que cede. Me pasa un celular. Esa misma tarde llamo.

⸻¿Hola?

El Negro Salcedo me contó que J… tiene un negocio en Gálvez, frente a un frigorífico. Por eso apenas contesta miento. Digo que estoy haciendo una nota sobre el barrio. Quedamos en encontrarnos el sábado por la mañana.

Tengo dos días. 

Como un alzado que sale del boliche, empiezo a tirar mensajes para todos lados:

⸻¿Te acordás de esas bandas de pibes de mediados de los dos mil?… Che, vos que anduviste mucho en la calle siempre, ¿conocés alguno de la Mafia Electrónica?… ¿Sabés si los de La Fabela…?

El Elefante, a quien conozco de las tribunas de Argentino, dice no acordarse de nada pero sentencia:

⸻Según entiendo fueron las inferiores de la delincuencia de hoy.

Coincidiendo con él, Miguel Ángel, un ex integrante de La Hinchada Que Nunca Abandona, me cuenta que algunos pibitos de La Banda del Cucha terminaron en la barra de NOB. Después de la anarquía que significó la partida del Pimpi Camino, los pibes ascendieron. Y se constituyeron como la nueva dirigencia: si algo no tolera el poder es el vacío. Cuando le pregunto por algún contacto me dice:

­⸻En esa época que ellos eran giles, mandaba yo. Y cuando mataron al Pimpi y me corrí ya no me importaron. Por eso no me acuerdo de ninguno.

Carina, que desde chica anda por Zona Norte, me señala el carácter policlasista de las banditas. Contra el imaginario que quedó de aquella época, en los grupos convivían pibes de distintos sectores:

⸻ En 2008 anduve un tiempo con uno de La Mafia Electrónica. Vivía en una mansión de Alberdi, por calle José Hernández. Era medio piyi, ¿te acordás de los piyis? o sea era un banana bárbaro, pero de mucha mucha guita. Quiero decir que, al menos esos pibes, no eran todos negros cabezas. Había blancos cabezas también, je.

Consigo el número de Fernando, que militó en Ciudad De Dios. Me informa:

⸻Con tu mensaje me hiciste volver el tiempo atrás. Todo el asunto arrancó como en joda y después quedó. Y lo que era joda se volvió algo serio. Sinceramente no se me ocurre por dónde empezar. ⸻ y no me manda más nada.

La última que me responde es Juli, una docente. Me  manda un link de un blog que se armó durante un curso de informática: “Esta banda se dedica a ganar un respeto” dice la entrada firmada por un tal Sebastián, que se reconoce como GSP.

La lectura de aquel blog me inspira: si nadie más va a responder, googleo. Me paso horas en internet. Escarbo páginas a las que el algoritmo llega tarde o mal.

Leo notas policiales, como esta sin firma en La Capital, que asegura que “es complejo determinar cuáles son las diferencias que separan a estos grupos. La clave está dada en los sentidos implícitos y derivados del verbo mandar. Sólo basta decir: ‘LME manda’ para instalar las condiciones ideales para una pelea que puede ser verbal o ir más allá de las palabras”.. 

Me cruzo con canales de YouTube de los Ninios Populares. Ninio Juancito filma a sus amigos caminando por el parque. Ninia Maqi hace collages en Movie Maker con Brillante Sobre El Mic de fondo. Los veo joder. Ser pibes como cualquiera.

Llega el sábado. Estoy en Gálvez, frente al almacén de J… Inspiro, exhalo. Los pulmones se me llenan del aire pesado y rancio del frigorífico. Toco timbre. Alguien se asoma. 

El pibe debe tener mi edad pero parece más viejo. Tartamudea. Nunca me mira a los ojos.  Es, en una palabra, raro. Todos los que sobrevivieron a algo son así como es él: caminan arrastrando los pies. Aceptan todo lo que les pasa. Las costumbres, los saberes adquiridos, el instinto: nada parece funcionar en ellos. Sólo les queda la rutina. Gestos mecánicos. Como si su vida fuera la cáscara vacía de una vida anterior, más plena.

Me presento. Hablamos un poco del barrio. Enseguida desvío la conversación hacia el tema que me interesa. J… no se sorprende. Parece que nada podría hacerlo. Si un tiranosaurio pasara por la avenida no le causaría más sorpresa que mi pregunta:

⸻¿Cómo era estar en la banda de X….?

Apoya sus manos en el mostrador, estira los pulgares.

⸻Había pibes bu-bu-buenos pero ta-también había de los otros.

⸻¿Hablás con alguno?⸻ insisto.

⸻Muchos se resca-ca-cataron. Hay varios que están tra-trabajando de embarcados, porque es la única que-que encontra-traron. Irse y dejar todo⸻ sacude la palma sobre el hombro. ⸻En cambio, otros….

Dos tipos entran al almacén hablando a los gritos. J… se calla de repente. Vuelvo a la carga.

⸻¿Qué querés decir?

Niega con la cabeza. Y en voz baja me pide que me vaya. Sus ojos van de mi cara hacia los dos que esperan ser atendidos. Me persigo. Busco indicios de peligro. Pero es delirio de J… Los tipos sólo están ahí para comprar un poco de pan, tal vez una cerveza. No mucho más. Me encojo de hombros y me despido. Toda la charla me parece una pérdida de tiempo. 

Villa Gobernador Gálvez, aquella ciudad perdida entre galpones, baldíos y casas.

A la madrugada me llega un audio. Es J… Por el tono y el volumen de su voz, es obvio que está re puesto. Lo extraño es que, aunque arrastra las palabras, ya no tartamudea:

⸻ Nosotros fuimos unos capos porque tuvimos todo: fuimos los reyes de la ciudad, y después terminamos en la lona. Rosario hoy por hoy es un infierno y nosotros ayudamos a prenderlo. Y nos quemamos nosotros también, pero qué mierda me importa. Lo importante es que todo está prendido fuego…. A veces tengo miedo. Otras me da orgullo. Y otras me da miedo que me dé orgullo, no sé si me explico…

Que tengas un buen lunes. Nos vemos la semana que viene.