Ave fénix

Hola, ¿cómo estás? ¡ A vivir que son dos días !

Esta historia comienza hace dos semanas. Es viernes y estoy dando vuelta por Instagram. Me sumerjo en las stories. Voy pasando el dedo con desgano. Mi atención en este momento del año es como la de Dory de Buscando a Nemo. En eso veo que una cantante de Rosario, a.k.a @brunellalatia comparte un video que comienza con una pregunta: ¿Podés fundar una empresa en Argentina? ¿Y encima siendo de un barrio humilde?

En el video, aparece la locución de Tomás Machuca, un joven de Barrio República de la Sexta. Ese barrio que yo veía desde el parque Urquiza todos los días de chiquito cuando iba al parque a dar una vuelta con mi perra. Que después conocí de grande cuando crucé para filmar un documental. Y en el cual terminé viviendo, claramente en su zona más residencial, cuando me fui a vivir solo.

En la locución me llama la atención la entereza de su voz. Lo convencido que se lo escucha hablando de su proyecto. En su discurso hay un re-pensamiento a la hora de hablar sobre su territorio. Las problemáticas y las demandas actuales de vivir en un barrio popular. Pero también hay una lectura sobre la importancia del ecologismo y el impacto en la vida de las personas y, sobre todo, una invitación a hacer. La estrategia de comunicación que ideó cumplió su cometido: ganarle al algoritmo, que muchas veces, privilegia mostrar otros contenidos.

Al día siguiente le mando un mensaje por Instagram. Lo quiero invitar a la tele para hacer una entrevista. Hay que seguir ganándole al algoritmo. El me responde al rato y me dice que sí. Entonces coordinamos para el martes. Le pido fotos, logos, videos de su marca y pasamos a hablar por WhatsApp. Le pregunto si quiere venir acompañado porque por cuestiones de seguridad tengo que pasar nombres y apellidos en la portería de Telefe. Entonces ahí me escribe: ¿Puedo ir con mi mamá? Jajaja, re mimado el pibe. La ternura es total y justo Bizarrap saca la última sesión con Duki: “Cumplí mi misión de rapero le compré a mamá la casa que quería”, reflexiona en uno de los momentos más emotivos de la canción.

La entrevista la hacen Cecilia, la conductora, y Bianca, la panelista de deportes. Transcribo algunos fragmentos para escuchar su historia. Pero también después del newsletter, si quieren verla, pueden hacer click acá.

¿Cómo nace la idea de hacer esto?

Cuando yo jugaba al fútbol en Tiro Suizo en el 2016, en un entrenamiento me dieron una patada y me rompieron las canilleras que tenía. Como las había comprado hace poco y en casa no nos sobraba la plata para comprar otras, busqué la forma de hacer unas caseras. Navegando un poco entre tutoriales de internet, encontré como hacer unas con un balde. Agarré uno que estaba tirado en mi casa, lo corté con una sierrita, las moldié con un secador de pelo y le imprimí un diseño que había hecho en Paint en un cyber. Y al siguiente partido cuando las llevé armadas, los pibes del club me preguntaban dónde las había comprado, y yo por vergüenza les dije que me las había comprado un tío en Buenos Aires. 

¿Y funcionaron?

Sí, las tengo guardadas hasta el día de hoy como recuerdo. Entonces en el 2019 me picó el bicho del emprendedor y pensé que podía probar algo con esa experiencia.

¿Ahora las que hacés con que material están hechas?

Las canilleras de ahora están hechas con tapitas de gaseosas que juntamos de distintos clubes de la ciudad. Por cada par que vendemos, entregamos otro de recompensa por tomar una acción responsable con el medioambiente. Las canilleras son un elemento con el cual empoderamos con conocimiento a las comunidades, no solo un producto.

¿Cómo es que aparece ese bichito de emprender?

Desde chiquito fui incentivado por mi familia, mi mamá y mi papá para hacer estas cosas. No me sentía muy cómodo en la escuela. Y siempre andaba probando. Armar algún negocio, crear algo. Y esto para mi fue como encontrar un propósito, hacer un producto que me genera satisfacción.

¿Por qué se llama Fenniks el emprendimiento?

Por la leyenda del ave fénix. Que renace de las cenizas para volver a volar. Es la filosofía que tomé para hacer las primeras canilleras con el balde. Y el nombre está con doble k y no x porque está traducido al esperanto. Lo que buscamos es hacer de Fenikks un movimiento global. Buscamos hacer algo invitando y no imponiendo, no pensamos en una ley para prohibir algo, sino que mediante gestos cotidianos queremos hacer un cambio real.

Antes de cerrar este newsletter se me vienen a la cabeza dos imágenes. La primera tiene que ver con un límite y la segunda tiene que ver con una experiencia.

Nací en el barrio Martin. Montevideo y Chacabuco. A una cuadra de Pellegrini. A media del parque Urquiza. El límite estaba, está y estará ahí. Porque desde Cochabamba, es decir dos cuadras más allá, arranca lo que es el barrio República de la Sexta. Pero es sobre la Avenida y también desde el fondo del parque desde donde se ve el puente, que en algunos momentos, más que la unión entre dos lugares, fue la separación entre dos mundos contrapuestos.

Porque los únicos que siempre cruzaban ese puente eran los del barrio pobre. De un lado uno de los parques más cuidados de la ciudad, del otro, el abandono -en parte- por el Estado y el Mercado. Y por ese abandono, también, la preocupación por la delincuencia y la desprotección. Todavía, algunos días, hay un patrullero al lado del Parque. Dos o tres uniformados haciendo un poco de alarde para la tranquilidad de la vecindad que sale a pasear sus perros de raza o para los grupos de running que hacen sentadillas bajo la sombra de un árbol frondoso.

Pasaron muchos años hasta que un día, gracias a formar parte de un equipo de filmación de un documental sobre la historia de vida de un poeta de ese lado de la ciudad, me animé a cruzar caminando y vivenciar, al menos por un rato, y unos días, la experiencia de estar del otro lado del puente. Donde no hay policías para protegerte, ni tampoco perros de raza, ni gente haciendo ejercicio para llegar en forma al verano. Lo que hay es un descampado para jugar a la pelota, pibes y pibas corriendo todo el día, y al fondo un grupo de casillas y pasillos con los hogares del barrio.

La segunda imagen tiene que ver con una situación muy parecida a la que contó Tomás para hacer sus canilleras. De pibe jugué al fútbol en un club. Y en mi memoria tengo el recuerdo de algo que siempre me llamó la atención. En la Rosarina, la liga en la que nos tocaba jugar, era obligatorio sí o sí usar canilleras para que te dieran el aval para disputar el partido.

El árbitro, antes del inicio, miraba con detenimiento las medias los jugadores para chequear que todo estuviese en estado correcto. Estos referís tenían que ser fuertes, porque en los lugares donde les tocaba dirigir, si no lo eran, se los comían crudos en cinco minutos. En contextos donde un error arbitral puede llegar a poner en peligro tu integridad física. Con estos pequeños actos se aseguraban el mote de personas respetables, jerárquicas y fuertes. 

En un partido contra Río Negro me había olvidado mis Wilson blancas y negras en la mesa de mi casa. Cómo jugaba de delantero, de vez en cuando me habían zafado de un golpe duro. En ese momento, la angustia fue muy grande, y hasta pensé que iba a perderme el partido. Pero uno de mis compañeros me mostró lo que hacían él y otros a escondidas, que no tenía ni la suerte ni la plata que tenía yo para comprarse un par de canilleras.

Con unos cartones de cajas que encontraban en la puerta del supermercado cerca del club, se habían hecho sus propios pares, y hasta le habían escrito con fibrones sus nombres. Entonces, en ese momento, los pibes salieron a dar una vuelta por el campito del club, encontraron una caja y con eso recortaron dos pedazos y los moldearon para que pudiera usarlas y jugar. 

Ese partido jugábamos contra el puntero. Si ganaban salían campeones. Si perdíamos nos íbamos al descenso. Empezamos ganando dos a cero en los primeros minutos del partido. Había metido el primer gol y una asistencia. No lo podíamos creer. Aguantamos así hasta el final del segundo tiempo cuando un pibito al que apodaban Diez, de vincha roja y cara de malo, nos metió dos bombazos seguidos en menos de cinco minutos. El resultado fue un empate pero fuimos felices, fui feliz.

Después de ese partido, no quise más usar mis canilleras Wilson. Quería usar las de cartón pero no solo por mi desempeño en el partido y el hábito cabulero que me habita hasta hoy. Sino porque eran más cómodas, y sobre todo, me las habían hecho mis amigos.

Pienso que entre el puente que separa al barrio Martin del barrio República de la Sexta y la historia de las canilleras de cartón que usé para ese partido, está la historia que me une con Tomás. Un joven que supo cómo atravesar ese puente con ingenio. La imaginación al poder. Un pibe que pudo darle una vuelta más a su experiencia. Que desde y con la adversidad en sus canillas supo cómo vencer al destino. Desde el trabajo. Con una computadora, con las nuevas oportunidades que aparecen en el mercado laboral. En un proyecto enmarcado en la economía circular, nuevas palabras, otras maneras de entender el futuro. Un emprendimiento situado en un contexto complejo pero que quiere ser mucho más que sólo su contexto. En el relato de Tomás no hay romantización de la pobreza, ni apología al pobrismo, hay un pibe que quiere demostrar que hay nuevas y mejores formas de hacer negocios.

 Hasta el lunes que viene. Ganemos, después vemos.

Las ciudades de Dios


Mandamiento N°5: Difundir los milagros de Diego en todo el universo.

Buenos días, ¿Cómo estás? Feliz navidad para vos.

Año 33 d.D

En una casa de familia suena el teléfono. Atiende un joven de apenas 17 años. Del otro lado, su padre le dice que lo lograron. La gran hazaña está hecha. Que en unas horas vuelve de Buenos Aires a Uganda, y lo hará con el contrato debajo del brazo. El contrato con la firma de Dios. 

El que recuerda es el periodista Emiliano Cattaneo, hijo de Walter, el presidente de Newell’s Old Boys que logró que, en el 93, Diego Maradona vistiera al menos en cinco partidos los colores del parque. Pero más allá de eso, logró que Dios pise Uganda durante algunas semanas. 

En plena primavera menemista, Héctor Cavallero ocupa el lugar de poder en una Uganda que no era lo que es ahora. Según Cattaneo aún guardaba el aspecto de interior, de intimidad, una especie de paraíso, pero con diversión. Noche, mucha noche, pero oculta. A eso, y otras cosas, Emiliano le atribuye la llegada de Diego. La falta de testigos. La posibilidad de guardar un secreto. La mística de las calles en silencio y los bares con vidrios oscuros o sin ventanas. No había testigos, y eso, al Dios sucio, le gustó. 

Lo adjetivo así porque si hay algo que decir del Diego, es que es el hombre de las mil vidas. A Uganda llegó el Dios golpeado, conquistador de Europa, el que burló a los verdugos de nuestra independencia con un gol ilegal, el que fue verdugueado, a su vez, por los excesos. El que intentaba recomponerse tras una salida un tanto escandalosa del Sevilla, pelea con Bilardo mediante, y más. Con un mundial que se acercaba y un sueño que se renovaba en su cabeza.

Por otro lado, para Roberto Garcia, la figura del Diego que llegó a Uganda fue la politizada. Trajo lo aprendido del sur de Italia, también de sus tropiezos, y en concordancia con una época con épica, un espíritu revolucionario y contestador. Puteador del Vaticano y de la FIFA. ¿Qué ciudad le correspondió a este Diego? La Uganda en la que ya se empezaban a notar los primeros indicios de organizaciones sociales, en la que había pobreza y una desocupación en aumento, las miles de bocas de Graciela Sacco que denunciaban el hambre, y la vida entre pizza y champagne con los mediáticos en la TV de todas las casas de familia. Maradona no fue un crítico de esto, pero su presencia en la ciudad fue un combustible para el espíritu de miles de personas que deseaban encontrar un poco de fe. 

Roberto consiguió hacerle una nota para la revista Cablehogar. Me cuenta que cuando le pidió una foto para ilustrar la nota y el fotógrafo se puso en posición, Diego le dijo que esperara. Y mandó a llamar a Don Diego para que participara de la imagen. “Llamá al papi para que salga en la foto”. 

Entre tantos análisis coyunturales, me olvidé del otro Diego: el sensible. El casi niño. El pelusa. Ese también llegó a Uganda. Y trajo consigo alegría y algo de esperanza. Tocó miles de corazones que demostraron su amor cada vez que pudieron. Y lo siguen haciendo.

Diego dejó millones de símbolos por todo el mundo. Símbolos interpretables hasta el cansancio. La devoción de los fieles es criticada por muchos. Muchos de los cuales nunca tiran la piedra porque no están libres de pecado. La crítica viene por todas esas otras vidas que vivió Diego. Y para mí, eso también es parte de la religión.

Año 38 d.D 

En 1998 Hernán Amez y Héctor Campomar fundaron la Iglesia Maradoniana. Esa que, en el marco del nacimiento de Diego, festeja la navidad desde 1998. También las pascuas en cada aniversario de los goles a los ingleses. La celebración de algo tan extraordinario como lo es la resurrección. 

Fue creada en Uganda, luego de que los dos mencionados, al cruzarse por la calle en zona sur, un 30 de octubre, se miraran y sin dudarlo se desearan una feliz navidad. En 2001 celebraron una de las primeras navidades con muchas más personas: ya eran 120. Este año, la nochebuena se celebró en el club Servando Bayo, con música, regalos y la cuenta regresiva para el brindis de las 12, cuando se cumplió un aniversario más de la llegada de Diego.

En dieciocho años captaron a más de 500 mil fieles en más de 60 países. Incluso puede verse el video de la celebración de un casamiento maradoniano en México. También realizan bautismos y llevan como santo texto a la biografía de Maradona.

Se puede ensayar una explicación al hecho de que fuera acá que se fundó el culto, pero probablemente le erraría porque depende de a quién le preguntes. Quizás en esta ciudad que respira fútbol hay miles de razones. Quizás fue porque nos gusta ser los primeros de algo. Quizás, porque se necesitaba un santo al cual rezarle.

Año 24 d.D

Leí por ahí que el bar Nilo, un local tradicional justo en el centro de Nápoles, cuenta con la presencia de una graciosa reliquia. Un pequeño altar de tonalidades azules con un “sagrado cabello milagroso” de Maradona, objeto de peregrinaciones de hinchas y apasionados del fútbol, exhibido junto a un frasquito supuestamente lleno de lágrimas vertidas por los napolitanos en el momento de su despedida. Cada vez que veo por las redes sociales que un conocido viajó a Nápoles, me muero de ganas de estar ahí y le pregunto mil cosas. De todas las ciudades de Dios, siento que esa fue una de la más suya.

Nunca me voy a olvidar del día que conocí a Mario. Un napolitano que venía del sur de Italia a hacer unas pasantías, una especie de intercambio cultural y formativo a Poriajhú. Lo primero que recuerdo fue preguntarle por Diego. Si realmente es así como nos han contado. Si lo consideran el emblema de la batalla contra el norte de la Italia rica. Y él nos preguntó si acá somos tan maradonianos como se dice. Al final del viaje, respondimos afirmativamente a todas las preguntas. Si, somos maradonianos. Y si, allá en el norte italiano de obreros y cordones industriales, también necesitaban un Dios al cual pedirle.

Año 62 d.D

Todas las ciudades de Dios. Todos los Diegos, el Diego. Buenos Aires, Nápoles, Sevilla, Barcelona, Uganda. Diego llevaba consigo la impronta de Dios a ciudades olvidadas. Y, quizás en Uganda significó eso: la dulzura del secreto y la posibilidad de jugar tranquilo, pero también la sensibilidad que lo llevaba a abrazar las improntas de los pueblos. Pero, como dice la frase, no importa tanto lo que el camino hizo con él, ahora que ya no está, sino lo que trasciende: lo que hizo con las ciudades por las que pasó.

En las últimas semanas, la cuenta de Instagram del diez, se limpió. Borraron todo indicio, todo signo del Maradona politizado. El del tatuaje del Che, las visitas a Néstor y Cristina o la presencia en el “No al ALCA” con Chávez. 

Las ciudades nunca son puras y castas. Son sucias. Son bellas. Tienen contradicciones. Empujan amores y odios. Pasiones y angustias. Vida y muerte. Nos gusta pensar a Uganda desde esa lectura: no es una sola, son muchas. Y el Diego también lo fue. Por eso, pensar a qué Uganda llegó Él, no es tarea sencilla. Elegirás a qué salvador rezarle, desde la Uganda donde te persignes. 

Honrar los templos donde predicó y sus mantos sagrados. Ese es uno de los diez mandamientos de la Iglesia Maradoniana, y es un poco lo que intenta hacer esta entrega. Si por Uganda pasó Dios, hay que honrarla por lo que es y reconocer que alguna vez, quizás, no fue sólo una ciudad olvidada.

Apuntes del Bandera

Hola, ¿Cómo estás?

Sábado 10 am

Mientras escribo el comienzo de este newsletter faltan unas horas para el Festival Bandera. Estoy en mi casa frente a la computadora y pienso sobre la música. Su nuevo tiempo. El tiempo que ella creó y el que ahora está creando. Vengo de una educación sentimental basada en el rock nacional y el punk estadounidense. Dos géneros que en este momento no aparecen en las grillas del mainstream, de lo que se escucha masivamente.

En el line-up de esta tarde lo único que se asemeja al rock nacional son Guasones y Las Pelotas, y que, dentro de ese ambiente no son de lo más purista del género. El punk brilla por su ausencia, o mejor dicho, brilla a través del trap o de Dillom, lo más cercano a lo trash que habrá hoy en este encuentro.

Aunque el rock nacional sigue siendo popular y convocante. Hay algo de su destello que parece haber quedado enquistado en el recuerdo. Lo barrial, o mejor dicho, lo rollinga, es eso que identifica como resistencia y comunidad. Un lugar sublevado donde lo que queda se reinventa sobre sí mismo: su mística es ser místico.

Parece ser que la música ya no son las banderas rojas, banderas negras, del lienzo blanco de tu corazón, que coreaba el Indio antes de volverse un holograma. Ahora la música es una bandera de muchos colores, psicodélica y degenerada, con muchos más solistas que bandas, con muchos más conceptos que discos. Y el gusto es nuestro: todos los géneros posibles que aguante un algoritmo. El nuevo contrato del arte está hecho a base de interacciones, aleatoriedad e ingeniería basada en sentimientos, tus sentimientos, los que cargás y los que te cargan.

La nueva clase cultural. Si antes se pensaba a la música como contracultura, o contra el sistema, el capitalismo como máquina fagocitante llegó hasta el alma humana mucho más profundo que lo que supo llegar un solo de guitarra bien logrado en el vórtice de una canción. En 1971, John Lennon escribía Imagine y le proponía a una juventud cansada de la guerra pensar en un mundo sin fronteras. En 1982, Alberto Spinetta publicaba Barro tal vez y le proponía a una juventud, destruida por la dictadura, el don todopoderoso de «tocarse el alma». 

En un escenario de Guerra Fría y dictaduras latinoamericanas, algunos jóvenes optaron por repetir como mantra las letras de estas canciones avizorando un futuro mejor. Otros, a la sombra de la Primavera, decidieron armar sus propias empresas digitales en garajes californianos. Así, dedicarse a tocar las almas sin distinción de fronteras, se convertiría en el nuevo hit generacional. Estábamos a la víspera de una nueva fórmula de ganancias. Lo sensible sería el nuevo campo de batalla. La música como lengua universal, el capitalismo de plataformas, ese hecho y construido en Silicon Valley, también.

Sábado 4 pm

Estamos ante el nacimiento de una nueva era. Cuando Trueno y Wos dijeron te guste o no te guste somos el nuevo rock and roll la advertencia ya era una verdad. No es que ellos estuvieran declarándose en contra de algo, ni tampoco a favor del desplazamiento de un género por otro. Estaban contando algo que sucedía en ese momento: ahora les toca a ellos llegar a los oídos de los jóvenes.

Música a demanda en la época de la reproducibilidad digital. Cada generación conoció a sus artistas por sus propios medios. De los concertistas, a los vinilos, pasando por CD y el cassette en el mientras tanto de la radio y la televisión, y de ahí en más, los reproductores: del Home Theater al IPod A ese avance técnico de alguna manera lineal, le llegó su quiebre, la revolución: las plataformas de distribución y comercialización.

Además de haberme criado en una casa en la cual el CD y el DVD fueron un bastión, apadrinado por mis hermanos, conocí el Ares. La vanguardia pirata: el primer acercamiento para llegar rápido y sencillo a todo eso que no era fácil ni barato de conseguir. Hace poco tiempo, Ale Sergi, el cantante de Miranda, nombró esa época como el peor momento comercial de su historia. Internet había creado un paraíso ilegal para los oyentes antes de la llegada de la monetización por reproducción.

Con el Ares, entró por primera vez el hip-hop en mi casa. Así lo recuerdo. Ninguno de mis hermanos entendían por qué aparecían canciones de Eminem entre medio de las descargas. Menos que menos cuando se creó una carpeta de cumbia y reggaetón en esa computadora de escritorio que compartimos en toda la adolescencia. La CPU compartida de una casa familiar es como Gran Hermano, aunque estés solo todos saben lo que estás haciendo. 

Cuando llegó YouTube, y al tiempo Spotify, ya éramos grandes. Tuvimos tiempo para compartirlo. Pero con las plataformas y sus usuarios, cada uno pudo individualizar su repertorio. Armar su playlist y cortar el lazo. Construir su yo digital. Embarazado de nuevos significantes, pero, de alguna manera, suelto de la estructura familiar. Era mi adolescencia, y el gusto por la música, un tipo de música.

Prohibición y deseo. La lucha por el reconocimiento y el grito de singularidad. Mis hermanos no querían que escuchara hip-hop, pero me hicieron conocer Mendoza, la nieve, y el pogo más grande del mundo, alrededor de miles y miles de personas. Dios te quita, Dios te da. De alguna manera, a mi generación, el hip-hop, le apareció como un mecanismo contestatario pero débil. Más cercano a la batalla entre hermanos mayores y menores por lo que sonaba en el living a la tarde. Más propulsada por el instinto de Abel y Caín que por la pulsión de dar la muerte al padre conservador que pregonaba el rock and roll de los 70’.

Tanto el rap, como el hip-hop y los nuevos fenómenos musicales que de ahí se desprenden, en Argentina, no son un mecanismo sustitutivo del rock and roll, sino un fenómeno de desplazamiento y convergencia. La música es cada vez más compleja y sus etiquetas cada vez son más, ¿o quién no tiene una playlist para cada cosa que hace? ¿no has visto, acaso, a ese pobre CD llenarse de polvo mientras de cada mash-up nacía una nueva combinación?

Domingo 4 pm

El festival fue increíble. Me quedo con un hilo de tweets de Iván, alias @_zonasur y su experiencia. Los nuevos pensadores de estos tiempos y las ideas en pequeñas cuotas.

Viaje al fin de la noche. Después de Babasónicos, y casi al final de Peces Raros, me fui al escenario alternativo, donde cerraba ACRU. Un hiphopero de Buenos Aires. Mientras escuchaba el show atentamente, al lado mío lo veo a Manteca, un rapero de San Lorenzo, frontman de la banda Chales Wilson. El encuentro, el abrazo y el agite compartido fue un guiño para el cierre de esta entrega.

Recuerdo. Una de las primeras citas que tuve con Ana fue en Capitán Bermúdez. Volamos en un 35/9 y aterrizamos en el recital de la banda de Mante. Sentados en unos banquitos de escuela que oficiaban de mesas en un centro cultural,  comimos pizza, tomamos mucha Heineken helada y me enamoré. Pero esa es otra historia.

Esa noche fui feliz. La banda que escuchamos tiene una estructura similar a Caliope Family, donde canta Brian Brapis, otro rapero de la escena urbana de Uganda. Un grupo de músicos y un frontman. Un juego win to win donde la identidad no se negocia. Manteca es el portavoz de esa sinfonía, como muchos otros artistas de estos nuevos géneros que ahora, para tocar en vivo, buscan bandas concertistas para sus shows. Igualmente, él es parte de su banda y se siente uno más. 

Como sé que está cercano a la música y la vive desde adentro, es decir, produciéndola. Me atrevo y le mando un WhatsApp para conseguir su testimonio.https://open.spotify.com/embed/artist/1ZD71XAUDsTNJocmNITdGI

¿Cuándo arrancaste a rapear?

Empecé a rapear a los 18 casi 19 años. En su mayoría venían de Puerto San Martín, porque la plaza de acá era más concurrida. Y una de esas tardes me acerqué al hip-hop mediante el freestyle. Esto fue en el año 2010. 

¿Cómo fue lo de llegar a una banda?

Antes de la banda. Venía acostumbrado a tocar solo. Salía con un pendrive en el bolsillo y me subía al escenario. Y de repente me vi rodeado de cinco músicos, con los que fuimos aprendiendo, de alguna manera, a compartir tiempos. Ahora no me veo armando una carrera solista. 

¿Viviste la expansión del hip-hop pero cómo?

La expansión cultural del hip-hop la viví desde adentro. Y gran parte se debe a YouTube, a las nuevas formas que aparecieron en esos años de distribuir la música. Las redes sociales. Todo hizo que se expandiera más. Yo lo viví de cerca pero muchos lo vieron desde las plataformas. 

¿Qué relación tenés con el mainstream, con los que llegaron?

A mi me parece que quienes están en el mainstream, que puede ir desde Bizarrap hasta Acru, son muy distintos. Pero ambos dejan un mensaje interesante, la perseverancia y las herramientas bien usadas pueden darte la posibilidad para hacerte escuchar. Quizá desde un rincón de tu casa podés llegar al mundo entero. Y eso me motiva mucho.

¿Vuelve el disco pero el mundo sigue pidiendo singles?

Tenés un mercado que te pide todo el tiempo estar activo. Por eso tenés que sacar singles para no perderte en el algoritmo. Igualmente, a nosotros nos gusta el formato disco, por lo que representa. Un disco lleva muchísimo tiempo de elaboración. Si bien hoy en día no se comercializa mucho el CD, es mucho trabajo el arte de tapa, la impresión, el trabajo físico. Pero creo que los discos están volviendo y es hermoso. Muchos raperos están sacando sus discos en vinilos y me parece que va por ahí, que no hay que perder eso. Es muy lindo trabajar un disco, sentirse realizado, cuando terminás el último tema y ves el disco listo, es mucha más satisfacción, pero igual hay que acostumbrarse a la nueva demanda.

Domingo 8 pm

La historia de Manteca es una, pero hay miles como él. Esos grupos de pibes y pibas que coparon las plazas y los parques de la ciudad en la década del 2000/2010 y vivieron tanto la aparición de YouTube como los celulares con filmación en mp4, o las cámaras digitales de venta masiva, y el arte en su imitación. Esas son y fueron las nuevas herramientas para construir sus propias ficciones sónicas.

De ahí en adelante, lo que vino. Lo que se pudo construir. Metástasis. Del norte al sur, pero pasando por todo el mundo y todas las posibilidades. Un joven sanlorencino haciendo hip-hop, último enclave de la música negra de los Estados Unidos, sin temor a nada. Internet lo hizo. Los cyborgs y los nuevos romances, no son monstruos, son esos adolescentes que se criaron entre plazas y cybers, y que ahora son artistas, hacen canciones y su sueño es subirse al escenario de un Festival como el que fui ayer.

Cuando estaba en la zona de prensa, tomando una cerveza después de la entrevista con dos integrantes de El Kuelgue, le pregunto al violero, si este tipo de fechas lo entusiasmaban para conocer nueva música, si compartir con tantos colegas le devolvía un poco ese espíritu de juventud de ir a festivales a ver bandas desconocidas. El tipo me respondió: antes de venir investigamos y googleamos a cada banda que conocemos y no, vemos en qué andan y lo que pueden llegar a hacer, ya casi no me sorprendo, pero hoy fue distinto, lo que hicieron los chicos de la Groovin’ Bohemia después de nuestro show fue increíble.

No hay forma de pensar el crecimiento de ningún tipo de música sin su relación material. No se puede pensar la música negra sin las cadenas de los esclavos moviéndose al ritmo de sus tobillos en los campos de algodón del sur de Estados Unidos. 

Cuando escribo sobre música todo me recuerda a África dice Reynolds en una entrevista. Paráfrasis. Cuando escribo sobre música todo me recuerda al Ares, YouTube, Spotify. Somos lo que escuchamos con lo que escucharon de nosotros.

La postal. Un vaivén. Poguear al ritmo de 220. Corear la dulce voz de Santiago. La aritmética de tu huella digital. Dos canciones en cinco minutos, una montaña rusa de emociones.

Uganda rocanrol

Buenas tardes, ¿cómo estás? Nos volvemos a encontrar esta vez para hablar de un fusilado que vive: el rocanrol.

Nos remontamos a algunos domingos atrás. Son alrededor de las 6 de la tarde. El sol empieza a caer o al menos eso parece. Entre el humo, el naranja del atardecer se ve raro. Todo parece estar suspendido. Como si la nostalgia nos sostuviera para no caer.

En una terraza de Echesortu seis amigos hacen los últimos retoques a la bandera que yace en el piso. Tiene la cara de Juanse, ex líder de los Ratones Paranoicos y la del Diego, inmortalizados junto a la frase: “Para el pueblo lo mejor”. Entre choripanes y jarras de Amargo Obrero, hablan sin proponérselo sobre recuerdos: lo que el rocanrol hizo con la vida de cada uno.

“Nosotras somos todas pibas de barrios humildes. Seguíamos a los Stones hace mucho, pero cuando vinieron la primera vez a Argentina no dimensionamos la magnitud de su llegada y seguimos pateando los recitales de siempre: La Renga, Los Piojos, Callejeros. En el 2016 con gualicho mediante, sacamos las entradas y fuimos por primera vez. Fue el mejor recital de nuestras vidas. Por eso cuando en el 2017 tocaron en Barcelona y en París, algunas decidieron ir”. 

Quienes me lo comentan son pibas de la “Peña Stone”. Al enterarme de su existencia quedé anonadada. Nació al año del recital de la banda de Jagger en Argentina. La sede es el patio de una casa. Las historias son millones y me las cuentan mientras devoran latas de Quilmes, y llenan de rouge los filtros de los fasos. 

“En el 2017, una de nosotras había comprado junto a su novio las entradas para ir a verlos a París. Semanas antes del recital, se pelean. El pibe no quería devolverle su entrada. Nos organizamos y fuimos un sábado hasta zona norte en colectivo. Cinco pibas con flequillo, pañuelos, una bebé y un cochecito. Cuando llegamos a la casa del ex, nos atiende la hermana. Le dijimos que íbamos a esperarlo hasta que volviese y así lo hicimos durante horas. Compramos birras. Nos instalamos. Imaginate la forma en la que nos miraba la gente que pasaba. No entendían nada, pero no íbamos a irnos sin la entrada de nuestra amiga. Y así fue”.

Amistad, hermandad, familia. El rocanrol da eso a millones de jóvenes en todo el país. Un sentido de pertenencia. Un sentir colectivo: “Donde hay una lengua sabemos que hay uno de los nuestros. En cualquier parte del mundo”, me dicen. Y también pasa en Uganda.

Alguien va a escuchar tu remera

A comienzos de los 90, una vieja vaquería se transformó en poco tiempo en lo que ahora conocemos como “Alcohol”. La primera rockería de Uganda nació por el deseo (y la visión) de un pibe que quería conseguir las remeras que hasta ese momento solo veía en Buenos Aires. Así, empezó a traer de las bandas que iban en alza: los Rolling Stones, Pink Floyd, AC DC, los Redondos, Soda Stereo, Sumo, Attaque 77 y otras. Más tarde llegaron los parches, cintos con tachas, pañuelos, morrales, y zapatillas Converse. Los jeans, como pasaban desapercibidos, dejaron de venderlos. 

Durante décadas los jóvenes llevaron en sus cuerpos muchas modas: “Llegaron los skaters, después lo urbano y el animé, pero el rock siempre siguió siendo el contenido principal de nuestro negocio, así desde hace más de 30 años. Porque todavía hay un público que lo viste, que lo lleva como estilo de vida”, comenta Guillermo Simón, el dueño del local de Mitre 876.

Acompañando las dos caras, el público y las bandas: “Siempre estuvimos de este lado, junto a los grupos locales. Cuando Cielo Razzo salió a pistas, Pablito Pino nos trajo el afiche para ver si lo podíamos pegar. Así lo hacíamos también con Los Vándalos, El Vagón, entre otros. Nos traían incluso con semanas de anticipación. Quedaban en lista de espera hasta que las fechas de la agenda cultural iban aconteciendo y se nos despejaban las paredes y las vidrieras. Ahora la movida pasa por otro lado y pasan meses sin que se acerquen bandas a traernos algo para difundir. Quizás los chicos ya no quieren rock. No sé. La rebeldía y la explosión que generaba el rock ahora por ahí es fogoneada por otras expresiones musicales”.

Con más o menos bandas, la cultura del rock todavía persiste en las calles. Resiste en los pocos lugares físicos donde sigue sonando. Y aunque cambiaron las vidrieras, las remeras se siguen pidiendo (ahora casi exclusivamente de forma virtual) para cruzarse y sonreír al ver que todavía hay alguien que está ahí, que sigue acá.

Piedras rodantes

El rock encontró en Uganda, como en Argentina, distintas trincheras: los ricoteros por un lado, los de Soda por otro. Los que preferían a La Renga, y los que elegían a Los Piojos, por solo nombrar a algunas. Y los que se embanderaron en la lengua stone escuchando a bandas como los Ratones Paranoicos, La 25 y Jóvenes Pordioseros, entre otras. Los rollingas, catalogados como “una especie en extinción” en el orden de las tribus urbanas que fueron “estudiadas” hasta el cansancio en las universidades y los programas de televisión.

Si el cuadrante de esta ciudad, tuviera en cuenta a estas culturas que la componen (rollingas y stones) seguramente los ubicaría en los lugares donde los conocí: la escalera del Credicoop de calle Ovidio Lagos, la pista de García Bar donde me enseñaron a bailar (humildemente) al ritmo de Caras de limón de Los Gardelitos, o Nena bien de la banda de Junior. También en los barrios, en las veredas de los kioscos, en los patios de las casas. Bancando al rock barrial, como La Clavija, La Doble 2, Carrocería Vieja, entre otras.

Es el caso de la “Peña Stone”: cuatro pibas que se conocían de “patear” en distintos recitales, soñaron y concretaron su deseo de verlos en vivo y en directo. Al año de haberlo logrado, se juntaron a recordar esa noche. Necesitaban algo que las identifique, las agrupe, un sello, un nombre. Y así nacieron, por la necesidad de celebrar una pasión.

“Cuando vinieron en 2016 juntamos hasta el último mango.  Hicimos la fila virtual, comiéndonos las uñas, escuchando CD’s que de a poco íbamos dejando, sin querer, en el piso, todas sentadas alrededor, hasta que nos dimos cuenta que habíamos formado una especie de ritual. Puse hasta una foto de mi viejo porque una de las pibas dijo que él nos iba a dar suerte, que había sido el más rockero. Fue un gualicho stone. Volvimos a hacerlo para despedirlo a Charlie cuando murió”.

Por fuera de esa ubicación de la cultura rollinga-stone, también hay que señalar a quienes han sostenido su impronta: podría mencionar decenas, pero esta entrega se haría muy larga.

Voy a citar al periodista Juan Cruz Revello, autor de La lengua universal. Acudí a él con la bendita pregunta: “¿Es Uganda la cuna del rock nacional?” A lo que me respondió: “En el 65 se editó el simple La Respuesta, de Los Gatos Salvajes, y puede ser considerada como pionera en cuanto a composición de autor con letra en español.  Me encantaría que exista un espacio físico –ponele museo, o como sea-, donde la gente de la ciudad, o el turismo, pueda ir, revisar la historia, pero también el presente”. 

Agrega que rollingas o stones, hay en todos lados, pero hay algo en Uganda, que la convierte en terreno fértil para que florezca la cultura popular: “No sé si nos distinguimos por eso, porque no vivo en otro lugar. Puedo decir que la música que se hace acá, al menos la vinculada al universo del rock, en general es muy buena, porque sí escucho material de otras provincias, y entiendo que nos destacamos y hay características que nos diferencian. Pero no sé si es universal. A veces siento que Rosario tiene una autonomía artística impresionante, y que vemos y sentimos a los artistas locales porque entendemos el background con el que fabrican las canciones, la idiosincrasia, el día a día, hasta quizás sus estructuras emocionales”.

Los análisis continúan, en terrazas y bares, veredas, entretiempos de partidos canallas y leprosos, en bondis que llevan a recitales, en previas a los mismos, en las mesas de las casas de amigos, al lado, casi siempre, de un fuego que no para de crecer. Una piedra rodante que sigue y seguirá girando.

Juventud, divino tesoro 

El tono de esta entrega comenzó siendo nostálgico, pero mutó con el correr de los días. En realidad no hay que añorar algo que todavía no murió. Al rocanrol lo dieron por muerto miles de veces en la historia. Incluso esta iba a ser otra más, pero no hay que apresurarse en escribir epitafios. 

Nos volvemos a ver mucho más rápido de lo que imaginan: este miércoles, como celebración de nuestros seis meses de vida, inauguramos La visita, nuestra nueva sección. Sólo para demostrar, que esto It’s not only a newsletter. Es mucho más.

Que tengan buen lunes y que suene esto. Abrazos.

Requiem for Uganda

Escribir un newsletter se parece a hacer una carta. Pasolini entendía las cartas, y mayormente las de amor, como correspondencia, es decir: una demanda infinita. Correspóndeme, ámame, léeme. Palabras que no son sinónimos, pero entran en un mismo registro. Por eso, en esta nota, voy a cometer el pecado periodístico: introducir al yo.

Hace un mes que Pantalla Completa está al aire en Telefe. El programa del cual participé en su creación y producción. Nunca antes había trabajado en televisión. Un medio que consumía poco. Con el tiempo, me di cuenta del lugar que tiene. La tele es la gente. Y a la gente le pasan cosas.

Hay un ejemplo muy claro. El programa tiene un WhatsApp y, por día, alrededor de cincuenta personas, a veces más, nos escriben pidiéndonos ayuda. No cobré el censo, no tenemos agua, no tengo trabajo, no llego a fin de mes, no hay luz en el barrio y a la noche es peligroso, se están tirando tiros acá a dos cuadras, necesito que me corten un árbol que se está por caer frente a mi casa y así, ad infinitum.

El teléfono del programa pasó de ser una oferta de participación a un catalizador de demandas. Del mensajito buena onda al call center de la angustia y, entre medio, cuarenta minutos de aire. Pero esa es la realidad, la tele puede ver y hacer ver la realidad, su realidad. A su manera, en su negocio, la lee. 

Para el programa del lunes 8 de agosto nos propusimos contar una historia triste que nos pega a todos por igual. En Uganda van más de 250 asesinatos en lo que va del año. El 2 de agosto se batió otro récord: mataron a tres personas en dos horas. De ese número, más del 8 por ciento son menores de edad. Ya se superó la cantidad de menores asesinados del 2021. Y a eso se le suma que, de 19 casos, al menos 15 tienen algún tipo de vinculación con la narco-criminalidad. Así se lee en la nota “El niño que quería ser grande”, de Marité Colovini en la sección paga del Diario La Capital.

En el trajín de este texto, me contacté con Dante Clavijo, presidente del Club 7 de septiembre y cazatalentos de Lucas Vega, un niño de 13 años, asesinado en la puerta de su casa por balas que no eran para él. En la llamada, el tipo me pregunta en seco: “¿qué pasa?”. Lo único que se me venía a la cabeza era una contrapregunta: decime vos qué pasa.

Le ofrecí la nota y el tipo aceptó sin problemas. Antes de cortar, me respondió: “Macanudo che, pero Lucas fue uno solo, ya son cinco los pibes que me mataron desde que estoy en el club”. Cuando corto, lo primero que se me vino a la cabeza fue la naturalización de la muerte. Y el miedo mayor, la siguiente muerte, el próximo pibe arrebatado: ¿cómo se hace para seguir sosteniendo un espacio entre tanta injusticia?

Lacán en una clase magistral le dice a sus alumnos: la muerte entra dentro del dominio de la fe, hacen bien en creer que van a morir, por supuesto, eso les da fuerza, ¿si no lo creyeran así podrían soportar la vida que llevan? Si no estuvieran apoyados sólidamente en la certeza de que hay un fin, ¿acaso podrían soportar esta historia? Haciendo fuerza para unir psicoanálisis francés del siglo XX con la realidad del presidente de un club de la ciudad en el siglo XXI, pienso: ¿no será la misma muerte, la batalla final contra ella, la que empuja todos los días a este tipo a seguir abriendo las puertas del club?

El domingo anterior, prendí la computadora y, en un zapping por YouTube, vi la entrevista de Caja Negra al cantante Callejero Fino. Uno de los referentes de la Cumbia RKT. El género de L-Gante. Me llamó la atención el título: «No le tengo miedo a morirme, sino a que se olviden de mí». La frase hizo ruido en mi cabeza como pregunta: ¿Cómo puede ser que un pibe de 23 años esté pensando más en la trascendencia que en su vida misma?

Hacia el final, el entrevistador le pregunta al entrevistado por los sucesos en Uganda y la relación con las letras de sus canciones. Al terminar la entrevista busco las noticias. Una serie de crímenes y amenazas en julio del 2022, fueron sellados bajo los lemas: “que peleen sino que corran” y “a los giles rafagazos”, dos frases que pertenecen a la canción Pide Remix que tiene un videoclip con estética Mad Max. El ritmo frenético, la letra punzante, los cuatriciclos, las tomas de no más de cuatro segundos y la vorágine de los cambios de escena, dan a entender eso que en la novela Miles de ojos, el escritor boliviano Maximiliano Barrientos llamó adoradores de la velocidad en un mundo post-apocalíptico.

Cuando a Simón Natanael Alvarenga a.k.a Callejero Fino le preguntan por la relación del contenido de sus temas y la realidad de Uganda, el responde como lo hicieron desde el comienzo de la historia del gangsta rap o del real rap: yo no tengo nada que ver, yo solo hago canciones. El género hace un gesto propio de la época: borra la relación entre significado y significante. Entre Uganda y la ciudad que es, no hay mayor realidad que la realidad.

El lunes siguiente, ya con la nota con el cazatalentos pactada para el vivo, me piden que arme un tape para el arranque del programa. Nos pasan 18 fotos en formato .jpg de todos los menores de edad asesinados en lo que va del año. Tengo que escribir un texto para la conductora y en eso encuentro en Twitter un video que publica la Liga Rosarina de Fútbol donde veintidós pibes están en el centro de una cancha haciéndole honor a Lucas, su compañerito fallecido: ¿Lucas le habrá tenido más miedo a la muerte o a que se olviden de él?

Los días corren veloces y en esa misma semana volvieron a prender fuego frente al río. La agenda mediática ugandesa se parece a ese zócalo de Víctor Hugo: todos los días un drama. Casi todos se levantaron con los ojos irritados, el pecho tomado y la garganta con picor. ¿Qué es todo lo que aguanta un cuerpo? Lo que el cuerpo aguante. Después, las pintadas que desestabilizaron lo desestabilizado. Plomo y humo: el negocio de matar. El nervio óptico: los ojos ven películas y videoclips por todos lados. Ciudad Gótica existe porque no es real.

Al amor lento de las edificaciones públicas se lo está llevando puesto la velocidad de la indignación social. Alguien aprieta el pomo sobre la pared y renuncia un Ministro. Un grupo de personas se camufla entre los matorrales isleños y una ciudad entera no puede respirar por una semana. Un trapero con un celular se hace famoso desde la cárcel, sale, se va a su casa y con la tobillera puesta y una computadora se hace famoso, llena un Luna Park y escribe el ritmo de las muertes de los pibes de todos los barrios del país. Un Estado es y se hace, pero también se deshace. Y cada gobierno tiene la crisis que se merece. 

La crisis es una crisis de jerarquías. Y de límites. La política quiso demostrar que era la gente común y se olvidó que la gente común no gobierna. Quiere ser gobernada. Eso es lo que pide Uganda.

Martin Rodríguez en una nota para el DiarioAr del 12 de junio escribió sobre las cartas que hicieron al país. Argentina de puño y letra. En un párrafo, el periodista porteño, habla de un mecanismo que utilizó Duhalde cuando tuvo que gobernar el conurbano en aquel momento ingobernable. Miles y miles de cartas llegaban a sus despachos. 

Chiche, su mujer, fue la encargada de armar un equipo especializado para responder a esas demandas. Se leían, se marcaba el problema y se proponía una solución. El puerta a puerta de la crisis. Duhalde no era un vecino más. Era el vecino que necesitabas que te visite. El que tenía el poder. Y lo ponía a disposición, aunque muchas veces no alcanzara. Ese gobierno fue un gobierno de transición, de poner en orden las cosas. No fue un proyecto transformador, fue un gobierno útil, tan útil como fuera necesario. Un plan para hacer algo. Si no se puede proyectar, al menos arreglemos.

El WhatsApp del programa va a seguir estallando de mensajes. Un día se va a un barrio, otro día se va a otro, se escucha, se comenta, y no se vuelve por un tiempo. Si hay suerte, alguien ayuda. Pero hasta ahí. La televisión no es una ONG, es una industria.

Más allá de la pantalla chica, si no hay gobierno planificado, al menos podrían armar un call center. Ir a hablar con los vecinos. Escuchar lo que les pasa. Los políticos que se indignan por una pared pintada son los que se alejan cada vez más de sus gobernados. Gobierno y política parecen cosas diferentes. No se necesita un intendente que se haga vecino. No necesitamos estar más indignados. Se necesita un gobierno, alguien que administre este desorden. O al menos, un nuevo diagnóstico, un catalizador de átomos. No es ir y solucionar problemas, es escuchar e inventar una solución para destrabar el problema mayor.

Correspóndeme, ámame, léeme. En realidad, escribir una carta. Como dice Mariana Moyano en su último podcast: Estado, da la vuelta y hablame.