Activismo gordo

Buenas.

Hace unos días fue el Día de la Tradición. Esta tiene un componente sacro: en lo tradicional hay algo, terrible y hermoso, que es más grande que lo humano.

La costumbre, en cambio, es mundana. A veces es un mero invento, un rito falso que no responde a otra cosa que al lucro o el interés sostenidos en el mediano plazo. Pero otras veces la costumbre es una tradición degenerada. Puede haber sido sagrada en algún momento. Pero su sentido se perdió: solo quedan gestos vacíos, fieras venganzas del tiempo.

En esa categoría entra cierta política mañera que el peronismo supo expresar, y que en Uganda tomó su forma ideal en Villa Gobernador Gálvez durante los 90. 

Su vida entera fue un canto de cisne al caudillismo, cuyo eco resuena todavía con toda la fascinación que guardan las ruinas. Hablamos de Pedro Jorge El Gordo González.

Su biografía estuvo signada por el peronismo. Nació en 1946. Dejó el poder en 2015. Y murió en 2017. 

Se crío en Sargento Cabral, un pueblito del departamento Constitución. De chico soñó con ser astro del fútbol. Cerca de su casa vivía un tractorero, que los fines de semana enganchaba un carro a su Pampa, llenaba el tanque de kerosén, y se llevaba a la pibada a probarse en Central o Ñuls. Con este último club fichó el Gordo. Llegó a jugar en la Reserva.

Pero la Providencia le tenía guardado otros caminos.

Dejó el fútbol, se casó y ya establecido en Villa Gobernador Gálvez, se puso a trabajar de viajante de marcas de gaseosas. En paralelo, comenzó a militar en el justicialismo, siguiendo la estrella de Enrique Gomara, presidente de la cooperativa eléctrica de la ciudad.

Lo de González era proselitismo puro. No le interesaba mucho hacer carrera. Era inteligente: se daba cuenta que su temperamento febril, su boca floja y su reputación de tipo duro no le iba a servir en un rubro donde generalmente triunfan las personalidades flemáticas, los que saben callar, los que pueden conservar la frialdad que se necesita para ejercer el poder.

Esa decisión de meterse en política pero hasta ahí cambió a finales de los 80. En la época de la hiper surgía un nuevo servicio que prometía mejores ganancias que la venta de 7up: la televisión por cable. El Gordo decidió cambiar de negocio. En Uganda, siempre más adelantada que el resto, ya pisaba fuerte una empresa llamada Galavisión. Con la picardía que lo caracterizaba, González bautizó a la suya Galvezvisión.

Sin embargo, la Municipalidad no le dio los permisos que necesitaba para tender la red de cable coaxil. Lejos de frustrarse, el Gordo tomó una decisión que cambiaría no sólo su vida, si no la de su familia y la de todo Vegegé.

En su primera elección el Gordo obtuvo el 18% de los votos. Como existía la ley de lemas, eso le alcanzó para ser intendente: su sublema fue el más votado del Partido Justicialista, que alcanzó el 63% de los sufragios.

Cuando tuvo que renovar, en 1995, el sublema de González sacó 64%. El peronismo en su conjunto, más del 80%. Fue una elección que quedó en los anales de la historia argentina: en la elección de concejales el oficialismo no sólo ganó las bancas que ponía en juego, si no la totalidad.

¿Qué pasó en el medio? Pasó el activismo gordo. Una combinación de obra pública y gestión social que dio vuelta como un guante a la ciudad más ugandesa del Gran Uganda.

Vegegé no tenía transporte público. El Gordo, junto con Reutemann y Cavallero, inauguró la primera línea de colectivos metropolitana de la región.

Cada vez que llovía el Saladillo se rebelaba, se salía del cauce y se llevaba puesto medio Gálvez. El Gordo fue el más activo impulsor de la canalización, que terminó con las inundaciones y valorizó las propiedades al sur y al norte del arroyo.

El Club Sportivo supo ser la gloria deportiva de Gálvez. Pero desmanejos lo habían puesto al borde del remate. El Gordo lo salvó, lo reformó y creó el Polideportivo Municipal, donde se entrenó la Bonita Bermúdez antes de ser campeona mundial de boxeo.

Donde había un basural se creó un Parque Industrial que hoy no tiene parcelas libres. Se le agregó una segunda mano a la ruta 21. Grandes terrenos inundables fueron rodeados de terraplenes y se creó la reserva natural Parque Regional Sur. Se pavimentaron calles, se hicieron cloacas, se le dio títulos de propiedad a las familias que vivían en tomas.

La lista es inmensa y no alcanzan estas líneas para hacer su apología. Pero la mayor inversión pública, la más valiosa, no en cuestión de guita, si no en términos humanos, fue la estatización de la calesita de la Plaza de la Madre. Que el Gordo anunció durante un acto con el presidente Carlos Menem:

—Cuando era chico llegaba un parque al pueblo y los humildes dábamos una vuelta en la calesita, y los que podían daban muchas. Hace unos días iba camino a la Municipalidad y veo en la calesita de enfrente que dos estaban dando vuelta y diez estaban colgados del tejido. Entonces ¿qué hice? Fui, cacé un par de cheques y compré el carrousel. Gratis para los chicos de Villa Gobernador Gálvez y de todo el sur. De esta forma, presidente, con cosas chiquitas, se hacen las grandes cosas.

Hay otro aspecto de González que es, junto con las gruesas parrafadas de denuncias -ninguna probada- con las que sus detractores intentaron injuriarlo, por lo que más se lo recuerda.

Me refiero a su fino uso de la retórica plebeya argentina. Ese arte oratorio que mezcla compadreadas con juegos de palabras, y que llegó a su cúspide en los 90, de la mano de geniales declaradores como el propio Menem, Maradona y Charly García.

En una entrevista, un novel periodista llamado Luis Novaresio, con quien llegaría a tener buen trato, lo increpa al Gordo:

—Se dice que usted es un mafioso.

González paladea, se muerde los labios, parece dudar y finalmente, con cara de cansancio, le retruca:

—Se dice cada cosa… ¿Sabe también lo que se dice Novaresio? Que usted es puto.

En otro momento, se lo identificó como dueño de una mansión en Estados Unidos.

—Miami Beach no es del estilo del Gordo González- fue su defensa.

En un cruce lo chicaneó al concejal ugandés Miguel Zamarini:

-¿Ustedes quieren ser una ciudad turística? Está perfecto, es cosa suya. Mandenmé a Gálvez las fábricas y los negros que quieren laburar, que yo los voy a saber valorar.

Cuando se le preguntaba cómo había logrado gobernar la tercera ciudad de la provincia, y una de las más desiguales del país, respondía:

-Cuando estaba con las gaseosas, la que más vendía era Cola marca “12”. Si le pude encajar eso a los almaceneros, puedo hacer lo que quiera.

En su vejez, acaso con menos paciencia que antes, llegó a decir sobre la inseguridad:

—¿Cuantos serán los choros? Diez, quince. Hay que hacerlos mierda. A los que son chicos hay que darles con la cultura, y a los otros hay que darles con los palos. Y se terminó la joda.

Todas las mañanas se formaba una cola de gente en la puerta de la casa del Gordo González. Eran vecinos que venían a plantearles sus problemas. Un desocupado, una vecina con la vereda rota, un caso de abuso. Lo que fuera. El Gordo los escuchaba y trataba de dar con las soluciones.

Su hogar funcionaba como una especie de Muni paralela, abierta las 24 horas. Algunos incluso tocaban timbre sólo porque se estaban meando y necesitaban pasar al baño.

Ana María, una de sus hijas, me dijo hace poco:

—La figura de mi papá como político era muy particular porque era de puertas abiertas. No había diferencia entre lo público y lo privado. Tuvimos que aprender. No fue fácil pero entendíamos que era una elección suya y lo hacía feliz. Y eso a nosotros nos hacía felices. Igual le decíamos: “Cerrá un poco la intimidad”, y él no lo hacía.

Una vez una señora se le acercó pidiéndole ayuda. Figuremos. Sos intendente de una ciudad complicada y estás yendo a tu oficina. La mujer te frena. Te cuenta: el hijo tuvo un accidente con la moto y está en terapia con pronóstico reservado. ¿Qué hacés?

Seguramente te considerás buena persona y te duele el dolor ajeno. La escucharías llorar, intentarías consolarla. Incluso meterías tu mano en el bolsillo y le darías unos pesos. Pero en algún momento le tendrías que decir bueno, ahora tengo que ir a trabajar, te disculparías y seguirías tu ruta.

El Gordo González hizo todo aquello, menos esto último. Se fue con la señora al hospital, y se quedó todo el día -y la noche- rezando a su lado, hasta que el chico pasó a sala común.

¿Por qué lo hizo? ¿Por humanismo? Puede ser. Pero también porque entendía que eso era la política. No sólo la gestión, que es importante, ni el armado, que también lo es, ni los sostenes económicos que se necesitan para mantener la independencia de criterio, ni la creatividad para posicionarse como figura en la opinión pública. Si no, y sobre todo, eso: el concepto que Eva Perón llamó justicia, para distinguirlo de la filantropía.

Dijimos que el Gordo perteneció a una tradición política que hoy se perdió. Y de la que sólo queda la cáscara. Sobrevive, apenas como costumbre, en las gordas que conducen los comedores populares, en los punteros que todavía caminan los barrios de Uganda y el país. Pero es inimaginable, incluso para estos mismos actores, que un caudillo ejerza ya el poder. De ahí la nula representatividad que tiene en las listas oficiales a uno y otro lado de la Grieta.

Y esto es porque el caudillismo, como categoría política, hoy es considerado sólo en su faz demagógica. Se lo tolera, pero no se lo respeta. Y se lo denigra porque se lo cree mediada por el interés. Se le asigna un nombre comercial: clientelismo. Como si entre pueblo y líder hubiera una relación meramente transaccional: te doy lo que pagaste. Se le borran así sus otras características.

El mito de origen que mezcla azar con destino. Un interés personal que termina desdibujándose en la lucha colectiva. La eficacia, casi impecable, en sus actos. Las infamias de las que se lo acusa, injustamente a veces, otras con merecimiento. La cualidad hipnótica de su oratoria. La forma de conducción directa, sin intermediaciones y a tiempo completo. Todo esto ya no importa. Ya pasó a ser folklore, no es más cultura.

—Como si a Carrie la hubiesen pasado por la ducha escribió hace poco Mariano Canal.

La política hoy está en manos de los profesionales, en el mejor de los casos, y de una nueva clase de aventureros, en otros. Los primeros suelen ser previsibles como lo es todo lo científico, y aburridos hasta la náusea, incluso cuando tienen razón. Los segundos son peligrosos porque traen consigo toda la fuerza de la parodia.

El Gordo, en el ocaso de su vida, fue como esas figuras del tango o del western que ven cómo el progreso se lleva puesto toda la emoción de una época vital:

Mi mente y voluntad me instan a continuar en la tarea de hacer grande esta ciudad, pero el presente y sus dificultades me tironean caprichosamente y no me dejan estar, escribió al renunciar a su banca de concejal, poco antes de su muerte.

Nos vemos la próxima. Buena semana. 

Fakires de suburbia

Hola.

Hoy los voy a invitar a caminar por otra Uganda.

Es probable que la mayoría de los lectores de este newsletter hayan empezado a transitar la ciudad al mismo tiempo que daban sus primeros pasos en internet. Yo, en cambio, pertenezco a la generación directamente anterior. Soy de la generación que creció sin internet y un día se la regalaron, como dice la bio de Twitter de Marcela Basch.

Siempre me gustó esa frase. Pero en realidad no creo que nos la hayan regalado: creo que la construimos. Incluso desde lugares marginales, aunque no hayamos tenido ni tengamos injerencia directa en las decisiones de arquitectura de internet, esta fue, y es, una obra colectiva.

Y no fue creada ex nihilo. Como tampoco lo fueron, en su momento, las ciudades. No es que se juntaron veinte personas y dijeron: che, instalémonos acá en la Medialuna Fértil, y entonces empezaron a construir sus casitas de adobe. Fue un proceso largo, que tuvo distintas aristas. Lo mismo pasa con el entorno digital.

¿Y qué es eso? Con Pablo Boczkowski publicamos este año un libroen el que tratamos de analizar los cambios sociales, culturales y económicos que generó y sigue generando internet en nuestra vida.

Hasta hace unas décadas, nos movíamos entre dos entornos superpuestos: el natural y el urbano. Durante la pandemia, se hizo más evidente un tercer entorno, que veníamos construyendo desde fines del siglo veinte: el digital. Una nueva dimensión de lo humano, que no implica la negación de las anteriores. Al contrario, las vuelve más novedosas al pasarla por su cristal.

Entonces un día Gutemberg se levantó y tuvo una brillante idea: crear un dispositivo que permitía reproducir texto de manera mecánica

Suena bien para el comienzo de un cuento. Pero es falso. La invención de la imprenta en realidad fue el punto cúlmine de un proceso de búsqueda.

Retomando la idea de que estos son procesos y no epifanías, podríamos hablar de ese hecho fundante en la historia. Porque recordemos que la primera internet era muy textual, nada de imágenes audiovisuales. Y no se puede pensar internet sin pensar en las transformaciones técnicas anteriores. Es imposible pensar el entorno digital sin la palabra escrita, sin la palabra impresa.

Pensemos que la imprenta nace en un momento en el que los libros se producían, hasta entonces y sobre todo, en los monasterios. Los monjes vivían todos juntos, en comunidad. Al llegar la Peste Negra, esta gente fue diezmada. Pero la humanidad entraba en la Modernidad y necesitaba divulgar masivamente conocimiento. Ahí se desarrolla una forma que suple esta necesidad de producción. 

El primer diario argentino, por caso, fue el Telégrafo Mercantil. Recién varios años después vendría La Gaceta de Moreno, y el rol político, de órgano de la Junta de Gobierno, que tomó la prensa. Está bueno remarcar esto siempre que se pueda: la primera publicación periodística transmitía qué barcos llegaban, con qué mercancía, el santoral y los clasificados.

El desarrollo de la imprenta, acá y en todas partes, dio lugar a una Nación de las Letras. Lo que Habermas define como gente que comparte la capacidad de leer y escribir críticamente. Pero esa era una capacidad restringida en su origen, porque la alfabetización era limitada: por clase social, por género, por ocupación. Y corría paralela a la vida de la Nación “real”.

En Argentina, antes de que estallara la pandemia,alrededor de  85% de la población estaba online. Pero el 15% que no podía o no tenía interés en acceder a este medio, igual es afectada por el entorno digital.

No es lo mismo ser analfabeto en una cultura basada en la oralidad que serlo en una cultura letrada.

Hace unos siglos, las partes vacías de los mapas se rellenaban con dragones. Hoy no cambió mucho. Carolina Losada asegura que en los barrios de Rosario venden bebés.¿Pero dónde, Carolina?Y no sé, en una esquina, me dijeron.

En todos los centros se dan una serie de relatos sobre las periferias. Están basados un poco en experiencias y bastante en leyendas. Hay lugares, márgenes, donde no llega mucha gente y no conocemos, o conocemos porque alguien fue y después contó, y lo que contó se fue distorsionando.

Esto mismo que pasa en el entorno natural y urbano, pasa en el entorno digital. Y si hay algo que llama de los márgenes, es su parte oscura.

Mientras escribo esto pienso en Silk Road, un sitio dedicado a la compraventa de servicios y productos ilegales, cuyo creador sigue preso. Pienso en el capítulo sobre dark web de la nueva serie documental de Lanata. Que tiene con la periferia del entorno digital la misma relación que podría tener Policías en Acción con una villa de un conurbano: vas a ver lo que quieren que veas.

Pienso también en 8chan, la red social donde un terrorista neozelandés, antes de entrar en una mezquita y asesinar a medio centenar de personas, posteó su manifiesto supremacista. Lo llamativo es que si bien publicó su manifiesto en 8chan, eligió transmitir la masacre vía Facebook. La periferia irrumpe en el centro para hacerse escuchar.

Existen lugares más inocentes, por decirlo de alguna forma, pero que siguen siendo ilegales. Los sitios de descarga de audiovisuales, libros y hasta papers académicos afloran, se constituyen, circulan de boca en boca, desaparecen y vuelven a surgir. Y su propia especificidad, los propios límites que se imponen en cuanto a alcance o contenido, los vuelven inasibles. Para conocer un sitio de, supongamos, películas piratas, tenés que estar metido de antes en el tema, y así cuando cierre FulanitoFilms  vas a buscar -y encontrar- MenganoMovies.

También hay una parte de los suburbios del entorno digital que no son necesariamente peligrosos o clandestinos. Pero que de todas formas están en los márgenes. En internet hay barrios divinos a los que no llega ningún colectivo pero por el sólo hecho de saber que existen, ya podés conocerlos. Porque no tenés que agarrar el auto o caminar una hora y media para llegar. 

¿Cuál es la lógica de un blog o de una piba que crea contenido? Postear cuando se te canta, hacer un video cuando se te ocurre algo divertido. De repente un conglomerado compra lo que vos hacías y tenés que empezar a cumplir las pautas que esa empresa necesita en su lógica.

Luli Ofman sigue siendo igual de graciosa que siempre, tiene el mismo pelo divino que antes, pero cambió el sentido de lo que hacía. Y por eso no funciona, no rinde, de la misma manera. Como no funciona igual la silla que un artesano puede fabricar en su taller que la que hace en serie para vender en Easy.

O sea, sí funciona, en lo estrictamente utilitario, pero hay algo de autenticidad que se pierde. Los grandes medios intentan muchas veces sumarse a internet repitiendo la forma de producción que tienen en otros formatos. Y por eso fallan.

Hay patrones que pueden seguirse. Los instagramers profesionales pero también los amateurs saben a qué hora conviene postear, o con qué frecuencia hacerlo. Pero no necesariamente siguen la lógica de marcar tarjeta y producir en serie.

Lo que más me llama la atención es lo tarde que llegan. Titulan: el meme que encendió las redes. Y estaba hace tres días en Taringa.

Eso no significa que no tengan un lugar.

Los medios tradicionales suelen producir contenido para internet cuando no se desvían de su lógica. Una pelea en un piso televisivo logra ser más viral que un video creado por ese mismo canal exclusivamente para redes.  

Por eso quizás los medios con más posibilidades de crecer orgánicamente en el entorno digital sean los que entienden el formato sui generis, y no intentan adaptar el medio al mensaje.

Aunque tengan formas distintas, aunque sean tan diferentes como Rosario, Buenos Aires, Kampala o Nueva York, todas las urbes tienen algo en lo que se parecen.   

Y es que es muy difícil cambiarlas. Se puede, claro. Abrir calles, crear plazas, tirar y levantar edificios. Sin embargo, es un proceso lento y muy complejo. La infraestructura está hace mucho, los arraigos son otros. Los límites están más solidificados.

En cambio, en el entorno digital los cambios funcionan a otra velocidad.

Por dos cosas.

Primero, porque hay menos reglas, todavía, sobre lo que se puede hacer o dejar de hacer. La infraestructura, los límites, todavía están fijándose. Por eso es que es importante hacer hincapié en algo: si se quiere intervenir el momento es ahora.

Por otro lado, por las características de lo digital, toda transformación es menos costosa. Incluso la mudanza, para nosotros, los comunes, el irse de un barrio a otro, no representa lo mismo en internet que en una ciudad. De vuelta: estás a un tipeo de distancia.

Eso no significa que sea más igualitario. El acceso se expande, pero internet sigue sin ser democrática. Para entrar a ciertos sitios, además de saber que existen, tenés que tener las herramientas para poder hacerlo. Podrán crearse algunas comunidades armónicas, barrios modelo, pero para que sean realmente para todos y todas, hace falta un poco más que la mera buena voluntad.

Al final todo deriva, como al caminar las calles de cualquier ciudad, de tu capital social. De quién sos, de dónde venís y qué hacés con lo que el entorno hizo de vos. Y en la curiosidad que tengas por conocer los centros y las periferias.

Pueblo, capital y realidad

Si estás leyendo esto, seguramente hayas escuchado aquello de que Uganda es la capital del peronismo. Sin embargo, es probable que nunca hayas vivido un gobierno peronista en la ciudad. 

Peronistas hay de todas formas y colores. Y en Uganda tenemos varias especies combinadas: de familia, de clase, de adopción, de sentimiento, de ideas, de moda. 

Desde hace más de 45 años, la repetición del mantra intenta conjurar la permanencia de la derrota. El peronismo ugandés no le encuentra el agujero al mate del poder.

Obviando cuadros formaste giles

El Movimiento más Grande de Occidente a veces parece haber aceptado todas las leyendas negras pergeñadas por sus enemigos. Encarnado como una filosofía de vida simple y práctica se transformó en una ideología. De la transmisión familiar y la persuasión de lealtades compartidas, se convirtió en un ícono. De fenómeno de masas pasó a ser un frente electoral. La opción del comunitarismo occidental, corporativista y altermundista, devino en un estatismo llano que se presta a la mejor oferta global.

Con el combo vino la idea de un movimiento que puede darse sin capas intermedias. O que incluso funciona mejor sin ese eslabón que Ernesto Palacio llamó la clase B de la política: las dirigencias que conforman la mesa ampliada del poder. 

No por gastada es menos cierta la sentencia: la Historia ocurre primero como tragedia y después como comedia. En los tempranos 70, la Teoría del Cerco limó el Pacto Social que Perón desplegó como paraguas protector frente al Plan Cóndor. En la última década, la Teoría de la Militancia puso al antagonismo como principio. El movimiento que agregó e integró, adoptó una mecánica expulsiva. Desde adentro, se arrasó con la posibilidad de formar un cuadro estable de cuadros en los lugares de decisión comunitaria.

Esos polvos son estos lodos. Los funcionarios que no funcionan existen porque hay dirigentes que no dirigen gente. Y no existe desarrollo político sin que se desarrolle una Élite. Sin que lo mejor de lo mayor sea polea entre lo que pasa abajo y lo que se resuelve arriba. Es una mera cuestión de supervivencia. 

A esta altura ya lo entendimos: todo lo que no es una Élite es una Casta. Al no circular el poder al interior del movimiento, las múltiples y fragmentarias burocracias se llenan de chupamedias, arribistas e infiltrados. O peor: se recurre a una solución por fórmula hereditaria. Y vemos escenas fellinescas, como la de hace unas semanas en Diputados: Cecilia Moreau, hija de, reta a Máximo Kirchner, hijo de, por interrumpir a Natalia De la Sota, otra hija de. 

Cualquier Élite, aunque válida de origen, renueva sus credenciales cada cierto tiempo: confirma el proyecto histórico que encarna. Es falsa la contradicción: para ser se necesita tener. No hay éxito sin triunfo. Y si en los genes del peronismo está la imposibilidad de ser vanguardia, también está la imposibilidad de ser lírico: el peronismo es irremisiblemente bilardista.

Cuando comprobamos que esa renovación no existe o se da a dedo, entendemos por qué el concepto de Casta cala tan hondo en el lenguaje político argentino. Y por qué se identifica casi exclusivamente al peronismo con esa idea. La contra siempre fue oligárquica. El peronismo supo ser la aristocracia popular en el sentido etimológico: el gobierno de los mejores de los nuestros. Hoy, ¿qué es?

¿Qué hace un peronista? 

La pregunta es algo más que una chicana de liberales. El peronismo, como un hinchismo de la política, se afirmó en su persistir a pesar de las derrotas. Se reivindica en todo aquello que la contra dice que es. Y funciona como garante del poder cuando el poder les falla a los otros. Todo adobado con una retórica laborista del siglo pasado.

Aún en los estamentos donde la cosa más o menos anda, el palo sigue enjabonado: ahí no falla el oficial si no su tropa. Porque están peleando al frente de una batalla que no les interesa si no de costado. Y no es que llevan guardado el bastón de mariscal en la mochila: lo pelan todo el tiempo. “Hay más caciques que indios”, como nos dice un dirigente del PJ ugandés. Pero también es cierto que el peronismo hace rato decidió no conducir más a la Argentina.

El peronista se dedica, sea del sector que sea, a enojarse con la sociedad por no ser lo que quiere que sea. Y el primer paso, es devorarse a los de adentro. Las internas dejaron de ser una bolsa de gatos reproduciéndose, para ser una lucha cruel y mucha por la bequita, la libertad, la duración, o las ganas de ver su cara en un afiche.    

Mientras la sociedad pide por favor que venga algún criollo a mandar, la escena del Renunciamiento se pasa en un loop. Abandonado en la nacional, en Uganda el peronismo se volvió un cazador de causas que lo referencien como lo otro. Gana en los barrios que gana siempre, pierde donde es obvio que va a perder. Y no puede acceder ni a la clase con devoción universitaria ni a los miles de clasecitas medias con sentido local.

El peronismo ugandés se hizo telepático: prefirió odiar lo que en Uganda casi no existía. La diáspora se extendió por todo arco político. Hay método, concepción y peronistas en Juntos por el Cambio. Y si hay un fenómeno no-peronista en Uganda, es el Frente Progresista. Por eso la tentación del peronismo ugandés por hacerse progre lo transformó en especialista en crear oposiciones dignas. 

Si hablamos de peronismo, tenemos que mencionar al trabajo. Esa fruta que hoy parece crecer sólo en las copas de los árboles mejores, a donde llegan sólo algunos, y donde tantos otros tuvieron que inventarse una escalera, o plantar el árbol y esperar a que crezca, sobrevivir a fuerza de esperanza y estampitas de San Cayetano.

Se les intenta poner nombre, porque si algo nos enseñaron estos años es que, lo que no se nombra, no existe. Y muchos de los que le pusieron nombre a esos trabajos, no se sienten dueños de un empleo. Siguen refiriéndose a lo que hacen de sol a sol como a una mera changa. Y otra vez, si al nombrar se le baja el precio, el trabajo termina por valer mucho menos. Una vez identificados estos nuevos trabajadores, ¿qué se hizo? El peronismo adoptó el vicio de sobreetiquetar todo para un fin que nadie sabe. Nombró, por lo tanto existen. ¿Y ahora?

Tan pop que olvidó lo popular

En algún momento de la historia, la militancia se entendió sinónimo de juventud. Sobre el final del primer capítulo de Las fuerzas morales de José Ingenieros, se lee: “Los jóvenes que no saben mirar hacia el Porvenir y trabajar para él, son miserables lacayos del Pasado y viven asfixiándose entre sus escombros”. 

Un viejo dirigente nos recuerda que a finales de los setenta no terminaba de entender a esos pibes que hablaban del peronismo por lo que habían escuchado en sus hogares gorilas. Hoy al peronismo también lo asumen y lo explican quienes lo descartaron hace 15 años.

En la última década, el kirchnerismo pop recuperó las viejas disputas entre ramas del movimiento. Pero entre restricciones e inseguridad, los votos sub30 tocaron un techo y solidificaron. Los leales lo siguen siendo, pero su atractivo de Porvenir ya no existe. Las agendas se hacen endogámicas, de grupo generacional o condición geográfica.

En 2019, una parte de esa juventud que ingresó a la política por la puerta del kirchnerismo kirchnerizado post 2011, sintió el subidón del triunfo. Tres años después, con una pandemia en el medio, esos jóvenes se volcaron al mundo del trabajo precario y abandonaron la militancia orgánica. 

A fines del 2021, pudimos ver desde adentro al público que Javier Milei reunió en el Parque España. Y no evitamos la sorpresa ante una mística expresada en consignas sobre las tasas de interés, el tipo de cambio, los impuestos o la inflación, lanzadas entre bombos y bengalas. 

Después del intento de asesinato contra Cristina, la socióloga Melina Vázquez le respondió a Mariana Moyano algo de lo que tienen los jóvenes en la cabeza. Es probable que no pensara concretamente en los jóvenes ugandeses que estuvieron aquella tarde. Pero también pensaba en ellos. A fin de cuentas, Uganda no es tan distinto a su país.   

A la juventud, el liberalismo le habla de economía, y la socialdemocracia le quiere enseñar a vivir. Al margen de las batallas culturales, el peronismo estaciona en la banquina. A diferencia de los jóvenes radicales después de Gualeguaychú en 2015, a la juventud peronista la crisis le cae de arriba con olor a fracaso. 

Una Élite para el Gran Pueblo Argentino

En la crisis, un fantasma afiebra la imaginación del peronismo nacional: que los cordones del Conurbano se trostkicen. Cuestión de efectos ópticos: ¿crece la izquierda o se achica el peronismo? Si nos limitamos a los que no se fueron, entre el afán del Tercer Movimiento Histórico y la manta corta del sueño progresista, hoy al Frente de Todos le estalló la polémica en busca de la Interpretación Principal.

¿Y qué fue de él? Una filosofía de vida cristiana y humanista, con carácter hispánico y formas organizativas tomadas de estrategas y líderes nacionales de la Europa latina. Que asimiló a yrigoyenistas y laboristas, conservadores y desarrollistas, combativos y retardatarios, marxistas nacionales y nacionalistas católicos, intelectuales críticos y sindicatos concertacionistas. 

Como doctrina de retaguardias populares, la acción histórica lo llevó inevitablemente a las vanguardias autodestructivas. Del pensamiento militar pasó a las nuevas sociologías. Y tras la derrota de 1983, se compró las teorías de los otros por temor a perderlo todo.

En su origen, albergó a saavedristas y morenistas bajo el principio ordenador del líder. Cuando el líder murió, vino el caos. La secuencia volvió a repetirse con otros dos liderazgos peronistas: Menem y Kirchner. Ahora, sin líder del conjunto, hace falta una Élite Nacional. 

A nivel federal, donde era ganador, hace un tiempo trae las de perder. Y la derrota lo intranquiliza. Ahora, cualquiera puede criticarlo por lo que quieren ver en él. Se pobló de visitantes esporádicos, reinterpretes y librepensadores. Y cada uno tiene su peronómetro. Eso viene de lejos en Uganda, donde juega de perdedor.

El problema fue que ese peronismo modelizado, en la Ciudad Progresista, no tenía lugar. Se volvió un tenedor libre donde cada cual pudo servirse la porción que prefería. La dirigencia le creyó más a los papers que a la gente. Dijo mucho más de lo que escuchó y quiso que el pueblo se pareciera a su idea. Y al perder la noción del espacio, el peronismo ugandés se consumió en el tiempo.   

El problema no solo es la falta de conducción, es que las diferencias refieren a qué rumbo tomar. En el Movimiento la sensación es de parálisis. ¿Será momento de dar una mirada hacia dentro y desensillar hasta que aclare, alojarse en el margen de acción, o esperar a que nazca un nuevo Néstor Kirchner?

La seguimos la semana que viene. Gracias por estar ahí. 

Mapas, territorios y espejos astillados

Si bien conducir es convencer, hacer política es, sobre todo, conquistar. Votos, cargos, bancas, lo que sea que esté en disputa. Los lugares que no se ocupan lo ocupan otros. 

¿Qué mapa está mirando la política rosarina en este año par?

En una ciudad donde la expansión de la frontera inmobiliaria es una política de Estado, pareciera que los únicos que pulsean por el territorio son los narcos que maratonean con El patrón del mal y tienen el póster de Pablo Escobar pegado en la pared descascarada.

Son los que toman el espacio que el Estado, resignado e impotente, deja vacante. Los protagonistas de un negocio que fluye entre el centro y la periferia pero que, a diferencia de Córdoba o Buenos Aires, está cada vez más balcanizado.

No existe el doble pacto que cuestionaba desde la academia Marcelo Sain -la política delega en la policía la seguridad, y la policía regula el delito- porque no hay con quien negociar. Estado mínimo y mercado competitivo: el sueño libertario produce monstruos.

Por su lado, lejos de los búnkers y las detonaciones, hombres de negocios y armadores políticos también juegan sus fichas en su TEG. La ciudad multicolor. El centro, Puerto Norte y Fisherton, de Juntos. Los barrios de clase media, del Frente Progresista. Y los barrios populares, del peronismo.

Detrás de escena, armadores, operadores y estrategas -los que hacen el trabajo sucio para que los dirigentes se lleven los flashes- escriben en la mesa de arena la hoja de ruta hacia un 2023 cercano pero todavía borroso.

¿Qué hace un consultor político cuando no hay elecciones? “El laburo es el mismo, trabajamos mucho el posicionamiento. La pregunta es cómo hacemos que los políticos se instalen en el año en que la gente los mira menos”, responde un especialista con varias campañas sobre el lomo.

Como dice Bourdieu en La representación política, “el campo político es (…) el lugar de una competencia por el poder que se realiza por intermedio de una competencia por los profanos o, mejor, por el monopolio del derecho de hablar y de actuar a nombre de una parte o de la totalidad de los profanos”. 

El capital político, dice el mismo sociólogo francés, es una forma de capital simbólico, crédito fundado sobre la creencia y el reconocimiento sobre personas y objetos. Con estructuras políticas e instituciones rodeadas por la desconfianza, no parece casual que la política se llene de periodistas. De aquellos a quienes no hay que instalar en la opinión pública. Los que inspiran confianza. Los que son conocidos, reconocidos y re-conocidos. Rosario, cuna de outsiders.

El consultor olfatea una paradoja. “Por un lado, hay mucho enojo con la política. Pero los temas que más preocupan a la gente, como la seguridad y la quema de islas, sin política no los puede resolver nadie. A la vez, son demandas muy fáciles de expresar, que generan movilización e interpelan muy fuerte a toda la dirigencia. Hay que ir con cuidado con la antipolítica, porque la gente ve qué políticos se mueven y cuáles no”, dice.

¿Y vos, qué hiciste para que no nos maten el humo o el plomo?

¿Cuándo se jodió Rosario? Podría ser cuando en pleno boom de los commodities se empezaron a armar los fideicomisos donde hoy convergen fondos de dudoso origen. Cuando los gobiernos subestimaron los problemas, muñequearon y cuando habían crecido ya era demasiado tarde. Cuando mataron al Pájaro Cantero y subió Guille; en clave El Padrino, mataron a Michael y ascendió Sonny. Las balas agujerean personas y edificios. Pero también relatos. Ningún storytelling, gubernamental o partidario, sale indemne.

Según el INDEC, una de cada dos personas menores de 14 años y cuatro de cada diez de entre 15 y 29 años estaba en el primer semestre por debajo de la línea de la pobreza. En ese escenario, con una inflación de tres dígitos y el trabajo precario como única salida, el ejército narco de reserva es inagotable. 

La cuestión es qué hace la política con esta realidad exasperante y ante la cual no parece tener el instrumental necesario ni la competencia -funcional o de expertise- para intervenir. La cantidad de fotos, videos y hashtags en las redes, monitoreadas minuto a minuto, es inversamente proporcional a las soluciones. Se multiplican las escenas, reservadas y públicas. donde la política se habla a sí misma.

Sin el estatus de capital de provincia ni fecha de fundación, Rosario se creó a sí misma. En ese camino, inventó su propio sistema político: a las expresiones nacionales les sumó experimentos locales exitosos, como el propio Frente Progresista, Ciudad Futura y ahora Miguel Tessandori. No es necesariamente que el electorado esté más desregulado que en otros grandes centros urbanos, sino que encuentra más oferta en la góndola. 

Sin embargo, ese ecosistema podría estar en peligro por la topadora nacional. Tanto por la agenda -por ejemplo, por la centralidad de la cuestión del transporte, que depende de la distribución de subsidios de los otros niveles de gobierno- como por el calendario: si las elecciones locales son finalmente en septiembre se superpondrán las campañas para presidente, gobernador, intendente y legisladores.

Más allá de que todos se frotan las manos ante una elección que ven ganable no todos parten en igualdad de condiciones. Una hipótesis: la sangría de apoyos que sufren las administraciones peronistas, el loop de violencia urbana y los incendios en las islas dejan mejor parados a aquellos candidatos que puedan levantar la bandera del orden y que no estén asociados a los gobiernos en curso.

“El desafío es hablarle al ni-ni, el ‘ni me interesa, ni te escucho’. Es un público mayoritariamente joven, despolitizado, pero que está evaluando a la política a ver si alguien puede producir una mínima mejora”, observa el consultor.

Todavía no está claro el formato de la competencia. Por ejemplo, qué equipos saldrán a la cancha: si se arma -todo parece indicar que sí- el llamado Frente de frentes, si Ciudad Futura acuerda con el peronismo, incluso, si Milei logra hacer pie en Rosario. Pero tampoco los jugadores: no será lo mismo si Pablo Javkin va por la reelección o pelea por la gobernación, o si Marcelo Lewandowski decide bajar a Rosario a pelear por la intendencia, algo que hoy parece frío.

Lo cierto es que la política se asoma al 2023 con una fuerte impugnación de la sociedad. Según el último informe de la consultora Inmediata, realizado en septiembre, el gobierno municipal tiene 68% de imagen negativa, 78% el provincial y 83% el nacional.

“Después de 33 años, el ciclo progresista en Rosario llegó a su fin», asegura un dirigente opositor que mide la temperatura para tirarse a la pileta el año que viene. “El rosarino se cansó de la tibieza, de que no se tome ninguna decisión en transporte, en seguridad, en orden urbano”, concluye.

Para la política rosarina el desafío es mucho más difícil que acomodarse a los vientos ideológicos. Si representar es encarnar un nosotros, y a la vez presentar a un otro ausente en el ámbito de la decisión, ¿cómo se representa una sociedad fracturada y fragmentada? 

Y, peor aún, ¿Cómo se la gobierna?

Progresismo putarraco

Buen feriado. 

Hoy vamos a hablar del progresismo, sobre cuya entronización y tiranía se conversa ávidamente en bares y redes sociales. 

No se trata de una autopsia: aunque agonizante, el progresismo no ha bajado aún a la tumba. Lo que realizaremos, en la siesta temprana de hoy, va a ser su biopsia. O, para referirlo en el intricado lenguaje de espejos que se ha inventado este monstruo, lo que haremos será su deconstrucción. 

Lo progre nace, como Minerva, de un estado de la mente. Que se encuentra en las 95 tesis de Lutero y en la conferencia de Bretton Woods. En julio de 1789 y en mayo de 1968. En Thoreau y Obama. En Rivadavia y Rodríguez Larretta.

Sólo en Occidente puede existir. Porque sólo acá existe la idea de un antes y un después. 

El progresismo, su nombre lo dice, reivindica que hoy estamos mejor que ayer pero peor que mañana. Es una concepción de mundo evolucionista, donde naturalmente triunfan los más aptos. Por eso no se interesa en discutir las estructuras hondantes de la realidad: las da por sentadas. Y sencillamente se dedica, como la TVA en la serie Loki, a vigilar que nada altere el normal flujo del tiempo.  

El catolicismo, el marxismo y nihilismo individualista también creen en la continuidad de la Historia. Pero su modelo se asemeja más a una espiral. Que se re-cicla, que tiene avances y retrocesos. Y que tendrá por fin un fin, dado por un hecho vertical, ahistórico: la Segunda Venida del Cristo, el triunfo del proletariado, la interrupción de la actividad cerebral. 

Para el progresista, en cambio, los hechos se dan en una línea que transcurre, horizontal e infinita, hacia adelante. Niega así el sentido trágico, agónico, de la realidad. Y como no puede esconder el sol con las manos, se tapa los ojos. 

Probá ahora, lector, cerrar los tuyos. Apretá tus párpados con la yema de los dedos. Vas a ver a figuras dibujándose en la negrura. Manchas informes escurriéndose. Algunas, incluso, de singular belleza. Pero inexistentes. 

Ahora abrí los ojos.

Unas semanas atrás se realizó la Feria del Libro en Uganda. Alfombras rojas recibieron visitantes de todas partes. Escritores, libreros, editoriales y ganapanes de la cultura pudieron mostrar lo suyo. Fue un lindo evento, que la ciudad, asediada por balas y humo, necesitaba. Pero hubo una ausencia. 

El Cazador del Libro es una librería local que funciona de nodo de pequeñas y medianas editoriales catalogadas ambiguamente de derecha. Su dueño, Carlos Bukovac, fue forjando en el último tiempo una sólida y creciente clientela entre distintos vectores ugandeses. Por eso decidió participar de la Feria.

Como no le terminaban de cerrar los números, se reunió con dirigentes del Partido Vida y Familia, que le propusieron organizar, dentro del marco de la Feria, la presentación de distintos libros. Entre ellos el de Javier Milei. Los eventos garantizarían el flujo de gente y ventas para cubrir los costos que representaba el stand. Carlos aceptó gustoso.

Pero le fue imposible inscribirse. Le dieron mil vueltas hasta que llegó el ”disculpe pero no hay más lugar”

Era, claro, una mentira. El día antes de la inauguración el director de la Biblioteca Argentina -y articulador del emprendimiento público privado que significó la Feria- se ufanó de haber vetado a El Cazador por ofrecer libros en contra del aborto: “hay cosas que atrasan”.

Bukovac no se quedó cruzado de brazos. Organizó una contra feria: la Primera Feria del Libro Católico de Rosario.Me invitó a presentar mi última novela y ahí estuve. Éramos unas quinientas personas. Poca cosa si comparamos con las cien mil que asistieron a la feria “oficial”. Pero nada desdeñable teniendo en cuenta que “la católica” duró un solo día, que la organización y difusión del evento fue artesanal, casi boca en boca, y que Milei, claramente, no asistió.

Hace menos de diez años, a estas actividades disidentes eran organizadas por otros sectores. Recordemos la valiosísima experiencia de la FLIA en nuestra ciudad. En 2013 la contracultura ugandesa se encarnaba en Ioshua Belmonte recitando sus poemas de amor. En 2022 lo hace en la hermana Marie de la Saggesse, que cuenta sobre la pasión de Juana de Arco.

¿Qué pasó en el medio? Cuando termina la charla de la monja, me tomo un café con Nicolás Mayoraz, presidente del bloque Vida y Familia de la Cámara de Diputados de Santa Fe, para tratar de dilucidarlo.

—El progresismo parece haber llegado a una fase histórica histérica. Donde todo lo que se corra mínimamente de su línea, representa una amenaza y hay que borrarla.

—Para el progresismo siempre valieron todas las ideas, menos las que plantean que existe una verdad. Es una dictadura del relativismo. Eso explica lo que se llama cultura de la cancelación.  

—No sería llamativo si no fuera porque la pluralidad es uno de los valores que se dice sostener. 

—Eso es lo perverso. Es peor que 1984 de Orwell: es un disparate. Imaginate sacar pecho por dejar afuera a alguien de una feria de libros. No se animan a prenderlos fuego y por eso los esconden. 

—Integran sólo lo que conviene.

—A lo que no les representa riesgo, porque es algo de dos o tres. Mirá si no nuestro caso. Las ideas que sostiene mi partido tuvieron una ventana que se abrió con el debate del aborto en 2018. El establishment lo daba como una posición marginal, y por eso nos legitimaron, nos dieron voz. Les salió mal, y cuando se dieron cuenta que éramos más de lo que creían, nos quisieron borrar del mapa. Pero no nos pueden callar y ahora no saben qué hacer con nosotros, dónde ponernos.

—¿Eso explicaría que, como se dice, la rebeldía haya pasado a ser un patrimonio de la derecha?

-Los sectores de izquierda no pueden resolver una contradicción fundamental. Aceptaron sumarse al progresismo resignando viejas banderas. Pero no se puede combatir al Capital posicionándose al lado de Soros, Gates y la ONU. Hay un cierto facilismo. Se culpa a la gente por pensar lo que piensa y no se profundiza en el análisis de la realidad. Perón decía que hay dos clases de personas. Eso antes la izquierda, o parte de ella, lo entendía. Hoy se perdió en los pasillos relativistas. Y pasó a ser un lazarillo del globalismo.

El fragor de los días me hace olvidar estas reflexiones.

Ahora es domingo y son las elecciones en Brasil. Riego el patio mientras sigo el minuto a minuto por el celular. Los resultados no son los que se pronosticaban. En las redes sociales se encienden las alarmas.Empiezan a llover mensajes de gente desconcertada, enojada o atemorizada. El pueblo votando a la derecha: el Horror.

Mientras mojo los malvones, le doy vueltas al asunto. Banco a Lula, claro. Me gusta la idea de que un sindicalista gobierne. Donde sea. Pero volviendo a ver Segundo Turno, la miniserie ugandesa sobre el balotaje de 2018, entiendo por qué lo de Bolsonaro está lejos de ser una aventura de fin de semana. Doy gracias a Dios por no ser brasilero. 

Trato de pensar en otra cosa. Googleo precios de cubiertas para el auto. De ahí me pongo a leer una nota sobre el conflicto de los trabajadores del neumático, que encabezó el troskismo, y terminó con un acuerdo favorable para todas las partes. Entonces me acuerdo de mi charla con Mayoraz.

Le escribo a Irene Gamboa, referente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), para hablar sobre el tema. No tiene tiempo de juntarse porque está dedicada a organizar colectivos para el Encuentro Plurinacional de Mujeres. Así que intercambiamos audios de wasap.

—Vos te definís de izquierda, pero militantes del PS, de Ciudad Futura e incluso algunos del peronismo y el PRO también se definen así. ¿Cuál es la diferencia entre el troskismo y el progresismo?

—El progresismo, en tanto discute si hay más o menos mujeres en las delegaciones del FMI, no se merece el mote de izquierda. Ser de izquierda está ligado a valores que tienen que ver con distintas expresiones de la lucha de clases, que es la lucha de los trabajadores, las mujeres, las disidencias, los pueblos originarios. Mucha de estas peleas las compartimos con un montón de compañeros y compañeras que justifican el sistema capitalista.

—¿Qué pensás entonces cuando se le llama zurdos a los socialdemócratas? ¿No sentís que te roban algo que es de ustedes? 

—La derecha sube al ring al progresismo como una operación para omitir que la izquierda crece. Se le llama socialismo a planteos que no tienen que ver con valores colectivos, que buscan salidas individualistas, para bajarnos el precio. Pero no pueden hacerlo: en las últimas elecciones fuimos tercera fuerza a nivel nacional y vamos a seguir sumando. La victoria de los compañeros de SUTNA es un ejemplo. Los laburantes se dan cuenta que luchar sirve, y que los que defendemos sus derechos sin claudicaciones ni poniendo peros somos nosotros.

—El modo de producción cambió en los últimos treinta años, y los sectores que podemos llamar nacionales y populares todavía no le encontramos el agujero al mate. En ese campo, aparecen otros sectores a conducir los procesos que antes encabezaba el peronismo, porque tienen una respuesta prefabricada a la realidad. Y en política el que tiene la iniciativa, por más floja que sea, siempre se impone— me dice Mariano Romero. 

Me lo cruzo en una reunión de laburo y lo hago demorarse un rato para charlar. Romero es abogado y dirigente del Movimiento Evita. Acaba de publicar un libro: Las Válvulas de Escape, en el que bucea procesos de organización popular en la Argentina del siglo 21. Hablamos sobre el capítulo en el que analiza las políticas del progresismo en los últimos veinte años.

—Gran parte de estas iniciativas fallan porque toman a los sectores populares como un objeto y no como sujetos. La agenda del progresismo no es sólo agenda de minorías, como se quejan por ahí. Incluso, creo que reivindicar esos derechos no es algo negativo. Al contrario. Lo más grave que tiene el progresismo es su agenda económica. No da protagonismo a los sectores que dice representar. Esa visión de tutelar o cuidar a los humildes es una tontería. O directamente una cosa de malaleche.

—Pero eso lo hace todo el espectro político. 

 —Sí. En el tema de la inseguridad, por ejemplo, de un lado y del otro ven la misma imagen. En vez de seres malvados que hay que asesinar, los delincuentes son víctimas que hay que entender. Nadie parece interesado en analizar cómo el crimen atraviesa toda la pirámide social, ni en preguntarse por qué algunos que están en las mismas condiciones socioeconómicas no delinquen. Porque en una villa el 99,9% es laburante. Pero está invisibilizado. Conservadores y progresistas parten de la misma visión, y es porque no están entroncados en una base social de los sectores populares. Son una vanguardia iluminada de sectores medios y altos. 

—¿Qué hay de cierta en la idea de que los pobres se hicieron de derecha?

—La que se derechizó es la clase media, y no los sectores populares. Si vamos a los números, en los barrios más humildes de la ciudad gana el peronismo. Incluso cuando en la global pierde por goleada, en la villa sigue ganando. Los que se inclinan a la reacción son los sectores medios. Pero, una vez más, la culpa es de los pobres. 

Rumeo esta última frase, que me recuerda a una viñeta de Hor Lang. Se ve a un tipo fumando su pipa mientras un té se enfría al costado. Sobre la mesa hay pilas de libros, de esos escritos para nada. El hombrecito progresista se frota las sienes, lamentándose: Por dios, estos negros votan como el culo. No saben nada del goce.

Tipeo este mail. Bajo las luces de nuestra mesa de operaciones, está recostada la bestia que estamos deconstruyendo. Su cuerpo es etéreo, sus fluidos gaseosos. En su afán relativista, el progresismo se devoró a sí mismo y se volvió algo insondable. Su plasticidad es la clave de su éxito. Y también lo que lo perderá.

Es un bicho parecido a los Aliens de Ridley Scott. Se infiltra en todas las demás ideologías, toma lo que necesita de ellas, las hace mutar, y luego intenta eliminarlas.

Para los conservadores, se trata de un veneno inoculado por la sinarquía. A la vez que piden por favor, como cualquier adlátere de Open Society, por el derecho a la libertad de expresión. 

Para los marxistas, es parte del neoliberalismo individualista. Y enseguida empuñan las banderas de nuevos derechos civiles para la penúltima minoría.

Y para los peronistas, el progresismo es un problema. Que, contrario a su costumbre, en vez de resolver termina explicando.

Trato de darle un cierre a la nota. Pienso en mis amigos más furiosamente antiprogres. Los que se indignan ante cada resolución oficial que recomienda hablar con e. Todos vienen de familias de profesionales, que iban a ver Les Luthiers al teatro. En cambio, los que se encogen de hombros y dicen, confiados, ya pasará, son los que se criaron a VHS de Midachi. Mientras los padres se quedaban en la mesa haciendo números.

Se sabe: progresistas podemos ser todos, sólo hace falta darse cuenta.

Campo, Industria y Perón

“Quien gasta más de lo que gana es un insensato; el que gasta lo que gana, olvida su futuro; y el que produce y gana más de lo que consume es un prudente que asegura su porvenir”.

Juan Perón

Hola, ¿cómo estás?

La última vez que nos encontramos, hablamos del amor caótico entre el peronismo y la soja. Y recordamos cuando el ministro de Agricultura de 1973 envió a los Estados Unidos un Hércules de la Fuerza Aérea en busca de variedades del cultivo para aprovechar una oportunidad histórica. Fue el comienzo de la Argentina sojera que se volvería una postal.

Ahora te propongo ir más atrás.

Remontémonos a 1943, la revolución de los coroneles. En ese país de manufacturas incipientes, una de las primeras decisiones del nuevo gobierno fue disponer la continuidad de los arrendamientos y frenar los desalojos de colonos. Fue un primer gesto hacia el campo, completado en 1948, con una nueva prórroga. Sesenta años después, otro gobierno peronista tendría un primer gesto parecido salvando a los productores del remate. Pero eso lo veremos en la próxima.

Ahora estamos en los primeros meses de gobierno nacionalista. Durante esos años, la política de colonización forjó una nueva clase al interior del interior agropecuario. En la estructura de grandes terratenientes se abría una hendija por donde los colonos se arrimaron al título de propiedad con la fuerza del trabajo. Fue el puntapié de una burguesía rural con fuerte arraigo y dinamismo en las provincias del centro productivo. La consigna era “no habrá un solo argentino que no tenga derecho a ser propietario de su propia tierra”.

Con esa decisión aparecieron las empresas familiares que compusieron el entramado agroindustrial en los años siguientes. Y con cuyos herederos, más de sesenta años después, ese otro peronismo, se pelearía a muerte.

En el primer gobierno de Perón, el vínculo político con el campo no era del todo armonioso. En 1944, la secretaría de Trabajo y Previsión promovió el estatuto del peón rural y afirmó que el problema argentino estaba en la tierra. Los sectores tradicionales ligados a la ganadería y agrupados en torno a la Sociedad Rural porteña nunca se lo perdonarían. Mi abuelo era parte de una familia de croatas que mandaron a trabajar al campo y lo resumía en una simple imagen: entendió de qué se trataba el peronismo cuando tuvo su libreta de enrolamiento en la mano y, en la fila del voto, esperó delante del patrón. 

Años después, puso con sus hermanos un taller metalmecánico. Reparaban maquinaria agrícola y el objetivo era integrar la producción a lo largo de toda la cadena: desde la materia prima hasta el valor agregado en origen y las ramas fierreras del agro. La industria del interior era agroindustrial. El origen perdido del peronismo reconoce una línea intermedia en el antagonismo entre chimeneas urbanas y sembradíos para la exportación y el enriquecimiento de una élite. 

En el peronismo de los cuarenta la continuación programática se expresó como una lucha abierta contra la oligarquía. Que no estaba en los campos, sino en la ciudad invadida por los cabecitas en octubre de 1945. En las estancias, vivían los peones y mayordomos. En las colonias, el pequeño empresariado en formación. Los dueños viajaban cada tanto a ver cómo andaban las cosas. Perón lo decía así: “La injusticia de que 35 personas deban ir descalzas, sin techo y sin pan, para que un lechuguino venga a lucir la galerita y el bastón por calle Florida”.

Esa distribución geográfica de los actores será crucial en la historia posterior.

Con esa decisión aparecieron las empresas familiares que compusieron el entramado agroindustrial en los años siguientes. Y con cuyos herederos, más de sesenta años después, ese otro peronismo, se pelearía a muerte.

En el primer gobierno de Perón, el vínculo político con el campo no era del todo armonioso. En 1944, la secretaría de Trabajo y Previsión promovió el estatuto del peón rural y afirmó que el problema argentino estaba en la tierra. Los sectores tradicionales ligados a la ganadería y agrupados en torno a la Sociedad Rural porteña nunca se lo perdonarían. Mi abuelo era parte de una familia de croatas que mandaron a trabajar al campo y lo resumía en una simple imagen: entendió de qué se trataba el peronismo cuando tuvo su libreta de enrolamiento en la mano y, en la fila del voto, esperó delante del patrón. 

Años después, puso con sus hermanos un taller metalmecánico. Reparaban maquinaria agrícola y el objetivo era integrar la producción a lo largo de toda la cadena: desde la materia prima hasta el valor agregado en origen y las ramas fierreras del agro. La industria del interior era agroindustrial. El origen perdido del peronismo reconoce una línea intermedia en el antagonismo entre chimeneas urbanas y sembradíos para la exportación y el enriquecimiento de una élite. 

En el peronismo de los cuarenta la continuación programática se expresó como una lucha abierta contra la oligarquía. Que no estaba en los campos, sino en la ciudad invadida por los cabecitas en octubre de 1945. En las estancias, vivían los peones y mayordomos. En las colonias, el pequeño empresariado en formación. Los dueños viajaban cada tanto a ver cómo andaban las cosas. Perón lo decía así: “La injusticia de que 35 personas deban ir descalzas, sin techo y sin pan, para que un lechuguino venga a lucir la galerita y el bastón por calle Florida”.

Esa distribución geográfica de los actores será crucial en la historia posterior.

Las líneas de la intelligentzia llegan hasta hoy. Y hasta penetraron al peronismo. De la estructura productiva desequilibrada aún se sigue hablando, aunque sean otros el país, el mundo, el campo y la industria. Y el peronismo perdió su voz económica. Se relata a sí mismo con textos escritos por sus impugnadores. Pero, otra vez: no nos adelantemos. Ese es un fenómeno que ya tendremos ocasión de tratar. 

Volvamos a la constante: las tensiones políticas llevan al repliegue de los actores privados, y las consecuencias se manifiestan en las cuentas nacionales. El proceso de industrialización condujo a una encerrona: el área sembrada y el volumen de cosecha se vinieron abajo. Cayeron las ventas, cayeron los ingresos, se paró el crecimiento. El mundo salía de la II Guerra Mundial y la Argentina era víctima del Plan Marshall. 

Las decisiones de inversión son sensibles a los estímulos del entorno y los incentivos gestionados por las políticas públicas. Y en el campo gravitan dos factores fundamentales: los precios y los derechos de propiedad. En esos años, el país dejó de ser uno de los principales exportadores de granos y pasó a tener dificultades para su abastecimiento interno.  

En la campaña 1951-1952, la sequía provocó la peor cosecha del siglo. El trigo no alcanzó para abastecer el consumo interno y en las mesas apareció el pan negro, elaborado con una mezcla de centeno y mijo. El gobierno tuvo que recurrir a las empresas privadas para hacer trueque con maíz. Por primera vez en el siglo, Argentina importó trigo.

La escasez de alimentos encendió las alarmas del modelo. El gobierno tuvo que traer papas de Holanda, Dinamarca e Italia. El golpe se sintió en el corazón del orgullo peronista. Para comentar el escenario, Perón explicó que el país vivió durante esos años el “más aplastante déficit de la producción agropecuaria de que se tenga conocimiento en la historia económica argentina”. 

Al desplomarse el único sector con capacidad exportadora, el gobierno debió recalcular toda la organización económica. Cambiaron los funcionarios, cambiaron las políticas, cambiaron los conceptos. Y por eso: cambió el orden funcional de los sectores. Frente al agotamiento del ciclo inicial, Perón reinterpretó el contexto: hizo peronismo.

El latifundio es una gran industria

La década del 50 se recibió con crisis y un cambio del programa económico. La sequía, la reversión de los precios internacionales y la falta de ahorro e inversión, hicieron caer el PBI, los salarios recibieron el cimbronazo, se disparó la inflación y emergieron los déficits fiscal y externo. Los tiempos mundiales eran otros. El campo argentino debía ser otro.

Cuando los ciclos económicos subrayaron el valor de la austeridad y el ahorro, el peronismo y el campo se reencontraron. La reconciliación cultural de una pasión revivida por las crisis. Ante la nueva realidad, el gobierno convoca al Congreso de la Productividad y el Empleo que delinea los objetivos del segundo Plan Quinquenal. Perón lo sintetizó así: “la productividad es la estrella polar que debe guiarnos en todas las concepciones económicas”.

La concepción del campo se adaptó a esas otras circunstancias. “Si hay un sector nacional que necesita seguridad y tranquilidad para producir, es precisamente el campo”, lanzó Perón. Y aludió a la distinción entre latifundio geográfico y latifundio social que había establecido el economista Alejandro Bunge.

El plan de estabilización de 1952 planteó una política macroeconómica que actualizaba ganancias por costos y salarios por productividad. Se contrajo el gasto público y la política monetaria se hizo más restrictiva. El crédito se dirigió a la producción y se subió la tasa de interés para estimular el ahorro. Se restringieron importaciones y se habilitaron exenciones impositivas para exportaciones. En un semestre, la economía volvió a crecer, la inflación descendió y los salarios se recuperaron.

El escenario global acentuó la importancia de las exportaciones agrarias. Y el rol de la Argentina demandaba una revisión de las alianzas internas y externas. Todo modelo de desarrollo necesita su fuente de impulso, y Perón comprendió que la Argentina Grande no podía prescindir de sus fuerzas elementales. 

Dicho textual: “El latifundio no se califica por el número de hectáreas o la extensión de tierra que se hace producir. Se define por la cantidad de hectáreas, aunque sean pocas, que son improductivas. Si se hacen producir a veinte o cincuenta mil hectáreas y se le saca a la tierra una gran riqueza, ¿cómo la vamos a dividir? Sería lo mismo que tomar una gran industria de acá y dividirla en cien pequeños talleres”.

El debate de cuatro décadas entre la Argentina agroexportadora o la reforma agraria para cumplir la meta de industrialización, quedaba sepultado con dos frases. En mayo de 1953, en la inauguración de las sesiones parlamentarias, Perón clausuró la posibilidad de una reforma agraria clásica. El 11 de junio de ese mismo año admitió la legitimidad de la empresa privada y puso el incremento productivo en el centro. 

Una paliza con las dos manos

Con la hipótesis de una inminente III Guerra Mundial, fortalecer los resortes productivos era el criterio que se imponía para un mundo hambriento. El capitalismo argentino, en un escenario de crisis, necesitaba de motores poderosos y constantes. El conductor del peronismo entendió que, en este lugar del mundo, no hay campo sin industria. Pero tampoco hay industria sin campo. 

Las críticas que aludían a una defección llegaron desde la izquierda y la fracción intransigente de la Unión Cívica Radical, que posteriormente se hizo desarrollista. Los estudios agrarios se centraron en la propiedad monopolista, los comportamientos de la oligarquía, y reclamaron expropiaciones para terminar con el problema del latifundio en la zona del cereal. 

Desde las universidades se atacó el nuevo enfoque de gobierno. Los libros fueron escritos por los detractores que golpeaban al peronismo con una mano y al campo con la otra. La prédica antiperonista y anticampo se hizo una, y enarboló sus teoremas industrialistas para avivar las voluntades golpistas. 

Dicho textual: “El latifundio no se califica por el número de hectáreas o la extensión de tierra que se hace producir. Se define por la cantidad de hectáreas, aunque sean pocas, que son improductivas. Si se hacen producir a veinte o cincuenta mil hectáreas y se le saca a la tierra una gran riqueza, ¿cómo la vamos a dividir? Sería lo mismo que tomar una gran industria de acá y dividirla en cien pequeños talleres”.

El debate de cuatro décadas entre la Argentina agroexportadora o la reforma agraria para cumplir la meta de industrialización, quedaba sepultado con dos frases. En mayo de 1953, en la inauguración de las sesiones parlamentarias, Perón clausuró la posibilidad de una reforma agraria clásica. El 11 de junio de ese mismo año admitió la legitimidad de la empresa privada y puso el incremento productivo en el centro. 

Una paliza con las dos manos

Con la hipótesis de una inminente III Guerra Mundial, fortalecer los resortes productivos era el criterio que se imponía para un mundo hambriento. El capitalismo argentino, en un escenario de crisis, necesitaba de motores poderosos y constantes. El conductor del peronismo entendió que, en este lugar del mundo, no hay campo sin industria. Pero tampoco hay industria sin campo. 

Las críticas que aludían a una defección llegaron desde la izquierda y la fracción intransigente de la Unión Cívica Radical, que posteriormente se hizo desarrollista. Los estudios agrarios se centraron en la propiedad monopolista, los comportamientos de la oligarquía, y reclamaron expropiaciones para terminar con el problema del latifundio en la zona del cereal. 

Desde las universidades se atacó el nuevo enfoque de gobierno. Los libros fueron escritos por los detractores que golpeaban al peronismo con una mano y al campo con la otra. La prédica antiperonista y anticampo se hizo una, y enarboló sus teoremas industrialistas para avivar las voluntades golpistas. 

Segunda Ciudad

Rosario funciona en espejos. 

Siempre llevó las fracturas, que tiene dentro y busca afuera, como si fuera una novela de Soriano o un capítulo de los Benvenuto: primero se pelea a los gritos y después se brinda todos juntos. “¡Lo primero es la familia!”. Una grieta vivida con menos apocalipsis encima, mas incorporada en sangre, y que mantiene todavia cierto espíritu deportivo. Es una característica, la característica idiosincrática de Rosario. 

Para nosotros los porteños, la alteridad de Córdoba con Buenos Aires es conceptualmente real pero mucho menos vivida. Cuestiones de la Isla: Son tan otra cosa que quedan demasiado lejos para la comparación. Hablan en catalán. El pais AMBA se devora la Voz del Interior. La Plata por su lado llevantó ese estandarte un rato, o quiso hacerlo, pero el mismo proceso de conurbanización se lo llevó puesto. El mayor temor de La Plata es ahora ser Jose C. Paz. Rosario, en cambio, sigue funcionando como una segunda ciudad. Nuestros primos progres, con una patina uruguaya.  

En su relación con Buenos Aires, compite por ser el polo estructural y supraestructural de la Argentina. En sus idas y venidas con Córdoba, pelea para ver quién es el más grande del Interior. Incluso en su cara más vernácula, que para el resto del país está saldada pero que en la provincia se vive fuerte, esta forma existe: Rosario, capital provincial de facto, se espeja con Santa Fe, capital de iure.

Si uno tuviese que hacer una Ideología Rosarina, se encuentra con que, para nosotros los de afuera, su hombre común es Reynaldo Sietecase. Un progresismo provinciano: la remera de rock, el fútbol, la colita recogiendo los pelos largos, la inquebrantabilidad de un justo medio. Rosario es la definitiva Corea del Centro: ni de acá ni de allá.

Un extranjero, antes de salir de Retiro con rumbo a Rosario, piensa que está yendo a Tijuana. Pero todas las veces que fui, eso no lo vi. La inseguridad, al menos su sensación, se vive como todo lo rosarino: de forma desacoplada

Caminando por la Costanera, se puede llegar a pensar que el hecho de que la crisis en materia de seguridad no sea una causa nacional, más allá del centralismo político que sufre Argentina, se debe a que los propios rosarinos se niegan a pertenecer a una ciudad mártir. 

Hay un pudor generalizado sobre el tema. El rosarino, ante las preguntas del ocasional visitante, se encoge de hombros y continúa enumerando méritos y merecimientos del pago chico.

Esa especie de vergüenza que se esconde, se traduce en que nadie en la política sabe qué hacer con las balaceras y los muertos. ¿Lo expresamos como una causa nacional? ¿Es algo local? La idea de “si asumo como intendente no puedo hacer nada pero quiero ser intendente para hacer algo” traduce la idea de que existe un cepo cuya llave nadie tiene. 

Tal vez Medellín funcionaba así. Nos imaginamos que no, pero porque nuestra referencia es Netflix. Por ahí, pasaba lo mismo. Pero lo que es seguro es que Medellín no es Rosario, porque Rosario tiene un orgullo, que hace que no le dé el physique du role para ser la capital del narcotráfico. 

Como ciudad-puerto que es, Rosario tiene una historia y un presente oscuros, un mundillo de tugurios y muchachones violentos que Marco Mizzi pinta bien en sus escritos. Pero también tiene amplios sectores medios y obreros, tiene toda una impronta cultural, tiene una historia de progreso que siente que debe honrar. 

La diferencia entre la mafia del siglo XX y la actual es que, en el pasado, la delincuencia era una execrencia, una consecuencia no deseada, del crecimiento del país. Hoy, la radicalización de los hechos violentos se da en un contexto de crisis generalizada de la Argentina. Y por eso parece no tener solución.

La llegada de Marcelo Saín quiso dar la imagen de un Elliot Ness, alguien insertado desde afuera para arreglar un problema que los de adentro, insertados en esa dinámica, no podían o no querían accionar. 

Pero, al menos desde Buenos Aires, eso no se veía. Y menos se ve ahora. Me explico: si alguien te dice “hay un senador metido con el narcotráfico”, te imaginás una secuencia digna de la Rusia de Yeltsin, un gordo de traje prendiendo un habano con dólares. Y eso no se ve, o no llega. Existe un cono de sombras sobre todo el proceso.

Intentando echar luces, uno se pregunta qué es lo que pasa. Quién maneja la cosa. 

En la provincia de Buenos Aires es más sencillo, porque la Bonaerense es una especie de PRI del narcotráfico. En Rosario, a priori, uno puede ver tres patas: la Justicia, la cana y los narcos. Pero ¿quién es? ¿El gobernador? No. ¿Los senadores solamente? Parece que no. ¿El jefe de la policía? Pero si cambia a cada rato.

Si tuviéramos que hacer un mapa, un croquis de jerarquías, estaríamos en problemas. Da la sensación de que el poder delictivo es algo disperso. Como si estuviese en una negociación constante. Como si ya fuera en realidad un ecosistema. 

La atomización de las responsabilidades, la disolución de los centros, que se ve en Argentina en todos los grandes temas, incluso con la Banda de los Copitos, puede explicar un poco qué es lo que pasa. El narcotráfico es ya algo rizomático, dirían los posmodernismos. ¿Dónde está el corazón de la manzana podrida que contamina el cajón? ¿Qué quieren los que balean un comercio? ¿Plata, impunidad, caos? ¿Alguien lo sabe?

Esto pasa también a nivel político. El poder no está en ninguna parte. Pero sigue estando. Se constituye un rato y se vuelve a desmembrar. Si Pablo Javkin le dice a sus asesores: pásenme con el jefe de la Oposición, ¿qué número marcan?

Una duda que me asalta cada vez que veo una noticia sobre un hecho de inseguridad en Rosario, es por qué no hay un candidato punitivista que mida 30 puntos. 

Llamémoslo un Berni o una Pato Bullrich. O un Patti o un Bussi.

¿Por qué no existe un político que prometa mano dura que tenga proyecciones ciertas de acceder a lugares claves de poder en el Estado? 

Uno ve que hay algo que no cierra en la ecuación. Perotti tirando cocaína de una mesa no pudo ganar. Sí lo hizo cuando se suavizó y prometió paz y orden. 

O el ethos rosarino del que hablábamos al principio es tan fuerte que no hay nada que pueda penetrar sus lineamientos progresistas, o bien la capacidad de negación alcanza niveles impensados. Cualquiera de las dos hipótesis explicaría por qué se buscan referencias emparentadas al PSOE español antes que al uribismo colombiano. 

Incluso a nivel civil, no hay campañas públicas ni movilizaciones importantes para pedir que la cosa pare. En una realidad paralela, más conociendo a los referentes involucrados, uno imaginaría un gran recital de Fito Páez, Vilma Palma, Baglietto et al clamando por el cese de la violencia.

Pedir ayuda, gritar a los cuatro vientos que en Rosario hay un muerto diario, implicaría reconocer la gravedad de lo que pasa. Aunque sea testimonialmente. La ciudad aceptaría así su destino americano. Pero así perdería su estatus de segunda ciudad. El espejo le devolvería, por primera vez, su propia figura. 

La Visita es una nueva sección en nuestro newsletter. Cada quince días, alguien tocará la puerta y entrará al hogar. La consigna: tratar de entender qué carajo es Uganda.

¡Gracias por seguir leyéndonos!

La ley sin Ley

Buenas tardes, ¿qué hay cuando nadie mira?

Hagamos un ejercicio. Imaginate ser un policía de la provincia de Santa Fe, encontrarte en un procedimiento, interceptar un camión con cocaína, llamar a tu superior y que este te diga que hagas la vista gorda porque sino podés comerte un traslado a un pueblo inhóspito como castigo, ¿con quién te quejarías?, es más, ¿lo harías?

Esto pasa, pasó y pasará. La fuente existe pero pide cautela. 

Hay un proyecto de país post-dictadura. La verdadera derrota. Decir que la democracia alfonsinista le ganó a los militares es admitir este presente.

Como escribe Silvia Schwarzböck en su libro Los espantos: “del 84’ en adelante el discurso sobre los Derechos Humanos contra las Fuerzas Armadas ganó como ismo para perder como real. Así se puede abrir a toda la población el extenso manto de piedad que representa el buenismo. No hacer nada con los malos”.

Lo que queda es vox pópuli. Los verdes no, los blancos sí. La realidad por lo bajo: no habrá modificaciones profundas sobre la construcción de las FFAA. Será el juicio su castigo, ese Nunca Más y Nada Más. Lo mismo se dará también con otro de los poderes, el Judicial, que tampoco será modificado luego del logro de la conquista ejecutiva de la política.

A diferencia de Colombia y Brasil, en nuestro país, la policía es una fuerza de seguridad que no es parte de las fuerzas armadas. Esas son las delimitaciones entre el marco normativo que regulan la Ley de Defensa Nacional, de Seguridad Interior y de Inteligencia, que es un proceso de la democracia: 1988, 1991 y 2001, respectivamente. Recién reglamentadas por Néstor Kirchner. Es un punto importante para entender la relación democracia-policia-fuerzas armadas, o seguridad-defensa-inteligencia.

De esa manera, uno entiende que militares y policías no son lo mismo, pero el botón para el ismo se mezcla y se confunde. Desde el 88’ hacia delante, la única fuerza legítima que quedaba en ese momento cara a cara con la sociedad que se construía, era la policía, en sus distintas vertientes.

Hay una deuda pendiente de la democracia que es la relación con quienes custodian su orden, protegen a sus habitantes y mantienen la paz social.

Entre esas deudas aparecen las preguntas: ¿qué son los policías? ¿trabajadores? ¿funcionarios públicos? ¿cómo están formados? ¿con qué derechos cuentan?

El hilo del ovillo. La escena: el policía santafesino de la post-dictadura es un policía formado bajo una ley del año 1975, vive en condiciones laborales anteriores a los derechos del artículo 14 bis. La cana de hoy, está construida bajo las lógicas de la clandestinidad que quedaron del para-estatismo del golpe, es decir, sigue siendo oscura, oculta e irregular, lo dice esa ley forjada en los albores del golpe, y lo subraya su situación material de extrema precariedad. Una encuesta del año 2020, comenta que el 81% de los 4485 uniformados de la Unidad Regional II se consideran mal pagos y les gustaría agremiarse.

La propuesta del alfonsinismo social como pacto histórico puede existir a costa de un trueque: los Derechos Humanos ganarán como Palabra, serán la hegemonía del buen decir. Pero en su fondo, en la escritura, en el papel y la firma, transcurrirá un mundo donde el Ejército será un tabú y la Policía existirá bajo condiciones simalares a la esclavitud. Del orden injusto al desorden total. Foto en la Plaza y siga, siga. 

Surfeando la página web de APROPOL, uno de los “sindicatos” de la Policía santafesina, aparece la reminiscencia paranoica a la época del Proceso. En una nota del 12 de septiembre de este año se recuerda: hace 46 años Montoneros asesinó a nueve policías y dos ciudadanos. Dime qué recuerdas y te diré quién eres, cuéntame en qué momento histórico dialogas y te responderé qué tan alejado estás del presente. Retrátame como diferencias y te diré qué no distingues.

En el año 2020 hubo otro ejemplo claro. Las bases policiales se le plantaron al gobierno en plena pandemia, para Berni, en ese momento, Mariana Lorenz, retrata que los policías no eran ciudadanos, sino héroes para el ministro bonaerense. Y el Covid-19 el enemigo interno a combatir. Este relato y el recuerdo de los mártires de APROPOL suenan parecidos.

Las fuerzas como salvataje. Primero el país, después sus costos. El real mayor: los policías desde los 80, aunque no se los considere como tales, se perciben como trabajadores y funcionarios públicos. Así aparece el problema de la representación en tensión con la misión. Si el poder ejecutivo no logra fomentar una relación donde la Policía pueda ingresar dentro de los convenios de la Organización Internacional del Trabajo, no habrá forma de verlos como en este momento se perciben.

Repitamos el ejercicio. Imagínate ser un penitenciario. Tener un turno de 36 horas o más de jornada laboral por 96 horas de descanso. Y al mismo tiempo convivir con los cabecillas de las organizaciones narco criminales más grandes de la región, con condenas surrealistas de más de 150 años de cárcel. Y que vos sepas que si les conseguís un celular para sostener el negocio podés ganar en un día lo mismo que en un mes ¿qué harías?, ¿cómo construirías un “no” en ese entramado de connivencia y convivencia?

En la primera y última situación nombradas anteriormente, el policía no se encuadra dentro del mundo del trabajo al que responde. Este debate es donde distintas figuras discursivas y a su vez legales, se ponen en tensión. Se abre el gris: un silencio donde se encuentran en este momento las cosas. 

En esa indefinición, sobrevive el más fuerte: lo irregular establecido. El material se construye bajo la connivencia de un comisariato atomizado. No hay un jefe. Mano a mano y después vemos. Al no haber línea de mando definida, hay jerarquías disueltas. Por lo tanto, no hay un arreglo único que ordene, sino muchos arreglos desorganizados. 

A esto se le suma el presente de reconfiguración en materia de derechos laborales para toda la sociedad en su conjunto. El combo es singular y explosivo: a la Policía se le suma la clandestinidad como estado mental en una provincia donde la realidad delictiva no da para bollos.

El intendente Pablo Javkin sostuvo en distintas declaraciones públicas la necesidad de la construcción de penales de máxima seguridad para que sucesos como los nombrados anteriormente no acontezcan. Sin embargo, hay algo que sucede en la praxis política que se traduce como impotencia: sus soluciones estructurales van a contratiempo de lo realizable. No sólo de buenas intenciones se vive. 

Mejorar las condiciones de las cárceles, empezando por sus celadores, es decir, sus trabajadores, podría ser un gran paso antes de la construcción de un penal al estilo Guantánamo en una ciudad donde los cadetes de policía tuvieron que desalojar la escuela por contagios de sarna.

Durante el macrismo, el revival neoconservador del alfonsinismo, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en abril del 2017, falló en contra de la creación del sindicato policial Buenos Aires. ¿Por qué? Se cita: “si bien dichos tratados reconocen en principio ese derecho a las fuerzas policiales, también permiten que la legislación interna de cada país restrinja o incluso prohíba el ejercicio de derechos sindicales”

En este país parece que no hay forma de que la policía se sindicalice si el poder judicial no se actualiza. Aunque los de afuera digan que sí, los de adentro son de palo. 

Igualmente, hay otras formas, menos épicas, pero más honestas y realizables. La legisladora Matilde Bruera, con el apoyo de las diputadas Paola Bravo y Lucila De Ponti, propusieron un proyecto de ley que habilita la agremiación del personal policial y el Servicio Penitenciario Provincial (SPP), bajo el título “Estatuto Laboral para los Funcionarios Encargados de Hacer Cumplir la Ley”

Las bases del proyecto son interesantes, constan de cuarenta y seis artículos y un fundamento. Veinte páginas de Word. Media hora de lectura. En el mismo, se da como ejemplo la diferenciación con otras fuerzas a nivel nacional e interprovincial: “Buenos Aires, Mendoza, Córdoba y CABA cambiaron el diseño de la formación de la policía. En Santa Fe todavía se conserva la Ley Orgánica Policial del 1975, en los albores de la dictadura. Mantener el orden público ante las manifestaciones subversivas.

Cuando uno observa por televisión a la PFA, ve jóvenes de clase media baja, bien vestidos, uniformados, con chaleco, gorrita y handing. A veces con IPhone, buenos equipamientos, buen porte, comidos, corporalmente fornidos. De alguna manera, parecen Policías que dan ganas de que te resguarden. No es lo mismo ver a un pibe que hace guardias de 48 horas motorizados en Oroño cansado de vivir, jugando al Candy Crush, que a una persona con ganas de hacer lo que nadie tiene ganas de hacer: trabajar con un arma a cuestas.

Una policía democrática es una policía que se rige más allá del fantasma de la dictadura. El país, la provincia y la ciudad, no necesitan funcionarios que propongan cambiar la realidad de una vez y para siempre. Necesita gente que se haga cargo de lo que pasa mirando de frente al pasado. De arriba y para abajo: la Policía provincial necesita un orden, y no cualquier orden.

El sindicato en sí, es eso, ¿cómo se cuida un trabajador por su propia condición de trabajador? Es decir: ¿cómo le hace frente a su lugar en el mundo social? Hobbes lo dijo. Si el hombre es el lobo del hombre, la policía es el lobo de la policía. En fín, si aquello que no se legisla explícitamente para el débil, se legisla implícitamente para el fuerte, todo seguirá igual. Esperemos que algo cambie. 

Nos vemos el lunes que viene. Poesía siempre, policía sí, vigilantes jamás.

Discursos de ¡Oh, Dios!

Hola, estamos a una semana de cumplir medio año. Si estás del otro lado leyéndonos, te agradecemos mucho. Durante este mes vendrán nuevas noticias, pero antes de apresurarnos, esta es nuestra cuarta editorial. Sin más preámbulos, acá va.

Oda a la tradición

Durante el mes de septiembre la agencia de mediciones Kantar Ibope Media va a registrar cuáles son las emisoras más calientes en el termómetro radial. Los principales conglomerados de medios están dándolo todo para quedarse con el numerito ganador. Es la última copa, antes de la de Qatar 2022.

En una misma cuadra Cadena 3, la Boing, LT8, Radiofónica y Radio 2 hacen eco de su poder mediático. Después de 23 años, el gran pacto de silencio sobre quiénes escuchan, ¿llega a su fin? La emisora cordobesista puso la encuesta al servicio de su desembarco. La opinión pública, se sabe, no existe. La radio ya no es lo que era, pero sigue siendo. Sobre todo porque en el vetusto esquema de reparto de pauta pública y privada, las ondas siguen cotizando más que el papel y la tevé. Ni hablar de los clicks. Dime quién te financia y te diré quién eres.

Así se entiende que, sin datos todavía, la encuesta nazca exitosa: ya dejó expuesto el poder de fuego de cada multimedio. Cada uno sale a la calle a mostrar sus ejércitos. Los vehículos, los músculos, los fierros. La ciudad empapelada no sabe quién tiene el caballo ganador, pero sí por dónde rumbean las apuestas. En Uganda, más importante que lo que pasa, es lo que se dice que pasa.

A esto hemos llegado

Cuando a los ugandeses se les pregunta por los medios de comunicación, responden basándose en juicios morales bien definidos. Para el público, hay un valor que escapa al negocio. Predomina una voluntad de pertenencia. Se es oyente de Radio Boing como se es hincha de Argentino de Rosario o de Central Córdoba. Miguel Ángel Tessandori despierta tantas -o más- pasiones que Juan Carlos Baglietto. 

En cambio, cuando se les pregunta a los trabajadores de esos medios cuál es su relación con estos, todos se encogen de hombros. Hay tantas respuestas como periodistas existen. Es que en el fondo persiste un ellos y nosotros marcado entre “el periodismo” y “la gente”.

Hace ya rato que los grandes conglomerados se resignaron a la teta de la publicidad. Ningún empresario mediático ugandés que esté en su sano juicio contempla en su esquema de negocios al público. Este apenas le interesa como número en una planilla. 

La encuesta de Ibope plantea una bella cinta de Moebius para los que la miramos de afuera: los medios que viven de la pauta se ven obligados a pautar con el objeto de conseguir más pauta. Este laberinto de espejos plantea otro: ¿qué fue primero, la audiencia masiva o la masa publicitaria?

¿Alguien sabe cuál es la línea editorial de La Capital? ¿Qué directrices de contenido se trazó Canal 5 en su refundación como Telefé Rosario? El que diga que sí, miente. Porque la línea es la de quién da más.

Ovidio Lagos fundó un diario para defender una idea. El estudio de abogados Casanova, Mattos & Salvatierra gestionó la compra del mismo diario para fortalecer los negocios de sus clientes. Guiados por la necesidad y la costumbre, los medios ugandeses caminan el sendero entre la consultoría, el marketing y las campañas.

Así se entiende que los trabajadores y gerenciadores de medios son quienes más necesitan de la existencia del Círculo Naranja. Porque ella los justifica. Y los ampara. Sin él, serían simples cobradores, meros copipasteros. Trabajos que un pasante hace por un tercio de su sueldo.

Por eso es que los periodistas dejan de lado la información y se vuelcan a la performance. Autocultivan su personalidad, hasta rozar la parodia. Generan contactos superficiales, pero asiduos, con figuras importantes de la política, el deporte, las universidades y la economía. Trabajan en la redacción y después siguen trabajando en Twitter. Nada de esto lo hacen por vanidad, aunque también exista: se trata de lisa y llana supervivencia. El mayor o menor éxito en esa puesta en escena, determinará, con su continuidad laboral, los amores y odios del público. 

Un lugar en el mundo

Hay algo peor que mentirse a uno mismo: creerse demasiado. La sobreexplicación se volvió un antídoto contra una realidad que no conforma a nadie. 

En la cancha principal de lo Nacional, los medios en pose de combate dejaron de informar. Ahora son apasionados explicadores. En campaña permanente para fidelizar a los propios, Gobierno y Oposición celebran a sus heraldos oficiosos. Encumbran sus argumentaciones. Repiten su teoría general del Orden y el Desorden. En la cancha auxiliar de Uganda, aún se conservan rituales más humildes. El uso mediático se acerca a la costumbre de la necrológica y la crónica delincuencial. En Uganda, la batalla está en la calle. Y no es cultural, es existencial.  

Como muestra, basta el ejemplo del Atentado fallido contra la vicepresidenta. Desde los medios opositores nacionales, engendraron sus cizañas. Y la respuesta oficial fue beber el remedio de los discursos de odio

El explicacionismo mediático, de un lado y del otro de los fenómenos, perdió la marca de una mayoría social que no quiere darle tantas vueltas a lo que vive todos los días. Y la baja operatividad política de esas teorías le saca rédito a las exclusiones mutuas. La grieta es una batalla de ideas que se combate entre intereses nerviosos. El espectáculo de amor de la intelligentzia por sus ideas. Tiene lógica: viven de eso. 

En nuestro pago, sucedió lo contrario. En el ecosistema de medios, el repudio fue tibio, pero unánime. Los periodistas, por primera vez, no sumaron espejos a la lógica del espanto. En cambio, la que no estuvo a la altura fue la Política. Una concejala stalkeó a un compañero de banca hasta encontrar un like maldito. Amalia Granata quiso crear su propia novela dentro del culebrón y casi le cuesta el cargo. Mientras tanto, en las filas de los almacenes y en los grupos de Whatsapp se repetía un chascarrillo irónico: “si el gatillero era ugandés no le erraba”.

Las encuestas muestran que no se cree en el fallido magnicidio. O que se prefiere pensar en otra cosa. Y no hace falta una investigación muy acabada para saber que la gente anda preocupada por la inseguridad y que hasta el consumo dejó de ser una válvula de alivio. Está en cero la tolerancia a la escucha. 

En esos mismos relevamientos, los medios también juegan la promoción en la tabla de la  credibilidad. Los estudios de opinión arrojan conclusiones inescuchables para todos. Siempre hay una cantidad mayor que es presa o víctima de algo o de alguien. La fisonomía del enemigo se vuelve difusa: el odiador puede ser cualquiera. Y eso sucede porque todos los corazones andan demasiado frágiles.  

Desde acá, que no es allá, pero tampoco es tan lejos, la lógica del amor y el odio no se transmite desde la viralidad mediática. Uganda es la ciudad que mata por dos mangos. La patria movilera va hacia los hechos y declama no incitarlos. Pero para que un árbol haga ruido al caer, es necesario que haya alguien escuchando. O al menos un micrófono y una cámara reproduciendo el derrumbe hasta la náusea.  

El odio como instrumento político es tan viejo como la injusticia. O la violencia. Una de sus formas principales es acusar a la gente, diciendo que se la cuida. Y a la intemperie, en medio de la malaria, cualquier renta moral, por mínima que sea, es salvadora. De cualquier bando puede cometerse una locura. Por eso, en el caos, resultaría tranquilizador descubrir una operación de servicios, y no la simple autoría de un grupito de audaces.

Pero la crisis se ve desde afuera, no desde adentro del Círculo. Los politizados hablan sobre politizados. Y así como se reclamó gobiernos que se parezcan a sus gobernados, las ideas mediáticas se parecen demasiado a sus audiencias. En el encapsulamiento de las dirigencias, los medios son las membranas. A los que más le importa la polarización es a los que están polarizados. Es que el problema nunca fueron los discursos de odio, sino las condiciones de vida.

Eu quiero tener un millón de nichos

En Uganda, el periodismo se mide entre años pares e impares. Electorales sí, electorales no. Hace unos días, uno de los integrantes de este medio, se reunió con un periodista de la ciudad para charlar sobre el ecosistema. 

En off, nos comentaba: para tener esta casa tuve que poner la trucha más que lo que me hubiese gustado, había años electorales que hacíamos programas de entrevistas a políticos solamente para que paguen los minutos al aire, con eso hacíamos lo que no podíamos hacer con este oficio, es decir, vivir bien, ganar guita, tener un patio, un quincho, no mucho más, no soy lujurioso. Ahí, la pregunta se responde sola: a la precarización el periodismo ugandés le responde con la pautización. 

En las bases mediáticas siguen en pie los afiches que recuerdan la hazaña de la Ley de Medios. Hecha la ley se consumó la trampa. Todo quedó o parece haber quedado en eso: solo una lágrima. Cuando se agitan los avisperos de las cuestiones sociales, vuelven a volar las avispas en el aire. Un zumbido hecho reclamo que exige más lugar para las “otras” voces. Que si se les hubiera dado antes, esto no hubiera pasado. Que si la pauta estuviera mejor dividida la enésima batalla cultural ya se habría ganado. Lo cierto es que no se sabe, porque nunca se intentó. 

¿Para quién canto yo entonces?, se preguntaba Sui Generis. ¿Para quien comunican los medios ugandeses? ¿Hay alguien ahí que quiera escuchar? 

Proteína nacional

«Los pueblos que enajenan su tradición, y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica, económica y política».

Papa Francisco

A principios de la década del setenta, la Argentina llegaba al límite de la industrialización por sustitución de importaciones. Aún se discute si el modelo se agotó o lo agotaron de prepo. Pero aquella sociedad de pleno empleo y movilidad social ascendente vio de frente los primeros signos del desfallecimiento. 

Por entonces, la agricultura se había mecanizado y empezaban a aparecer los híbridos de laboratorio en la genética vegetal. Todavía tenía sentido hablar de la estructura productiva desequilibrada y el antagonismo entre industria o campo, vida urbana o rural, agroexportación o mercado interno.

La agonía de la dictadura de Lanusse se expresaba en el rejuvenecimiento de la política que ensanchó al peronismo por el lado de sus juventudes. La vuelta de Perón continuó la Hora del Pueblo y el intento de un modelo de desarrollo sobre la base del Pacto Social. Pero estaba en medio de un mar de contradicciones. Eso duró poco, y mayormente es triste y conocido.

Lo que acá nos interesa es otra parte de esa historia.

En 1973, ante el derrumbe de las anchovetas peruanas, la principal fuente de harina para los alimentos balanceados a nivel mundial, la harina de soja emergió como un sustituto directo.

El secretario de Agricultura del gobierno peronista, Horacio Giberti, y el subsecretario, Armando Palau, recibieron a Ramón Agrasar. En 1956 este ingeniero había fundado la empresa Agrosoja en Coronel Bogado. Hasta entonces la soja era una curiosidad botánica que solo se había utilizado como hortaliza en Misiones y Santa Fe durante los años 30.

A fines de los cincuenta, la región había abandonado el lino por motivos sanitarios, el girasol por las hormigas y el sorgo porque limitaba al maíz. Como Agrasar había estudiado en Texas y Harvard, envió unas 30 bolsas para campos experimentales de Pueblo Navarro. Para 1960, en la fábrica de Vasalli, en Firmat, modificaron la cosechadora Pluma para adaptarla a la soja. Y cuando los productores debieron cobrar los granos entregados, Agrosoja no pagó. La empresa quebró y se llevó puesta la confianza en el cultivo. Ese delito original marcaría el futuro de las percepciones políticas sobre el cultivo.    

En los primeros años setenta, en el país reverdecía la democracia, pero la crisis global resaltaba los límites del modelo industrial e imponía el rediseño de su patrón de crecimiento. Había que adoptar una visión estratégica y ofrecer al mundo una harina sustituta y una vía de agregado de valor a la producción primaria. Giberti y Palau tomaron una decisión: un avión Hércules de la Fuerza Aérea despegó hacia los Estados Unidos y trajo 80 toneladas de variedades precoces. 

Las semillas se multiplicaron y se distribuyeron para su uso en la siguiente campaña. De 79.800 hectáreas sembradas se llegó a 1.200.000 en 1975, y en los primeros 10 años se superaron los 2 millones de hectáreas. El rendimiento fue de menos de una tonelada por hectárea en 1960 a más de dos en 1980. La soja nacía en la Argentina como cultivo industrial y con una fuerza de desarrollo inédita.

Hasta 1995, la soja ocupó 6 millones de hectáreas y alcanzó los 12 millones de toneladas. Entre 1995 y 2008, la producción de granos, con la soja como puntal, se duplicó: de 50 millones a 100 millones de toneladas. Ese es otro momento bisagra en la historia de amor entre el peronismo y la soja. Pero conviene no adelantarse. 

Cuando el Hércules trajo las semillas, faltaba poco para el inicio de la campaña de 1973. Para introducir el cultivo, el INTA creó el Programa Nacional de Soja y produjo una película en 16mm. Se organizó una red de ensayos de evaluación de variedades y Agricultores Federados Argentinos imprimió en Casilda un folleto con información destinado a los chacareros. El objetivo era incentivar la soja de segunda sembrada sobre trigo y promover el uso de rastrojo para la alimentación animal. 

Al tener otros requerimientos tecnológicos y abrir la posibilidad de dos cosechas anuales, la soja acarreó beneficios en el manejo de la producción, duplicó la superficie y elevó significativamente los ingresos.

En la pampa húmeda, la industrialización se dio con talleres de maquinarias agrícolas y la aparición de fábricas, laboratorios, comercios y asesores técnicos. Al aumentar la necesidad de potencia, la mecanización se intensificó para lograr sembradoras y cosechadoras con capacidades múltiples, lo cual demandó una mayor preparación técnica, conocimientos y tareas de seguimiento para el uso de las maquinarias y la gestión de malezas y enfermedades.

El crecimiento productivo se fundamentó en la investigación científica e innovación tecnológica y dio arraigo al complejo aceitero en la región. Se instalaron molinos y plantas de acopio, se complejizó la logística comercial y el transporte, se hicieron obras de infraestructura estratégica y se abrieron terminales sobre el Paraná, proliferaron los servicios portuarios, la asistencia técnica y las capacitaciones, y se incorporó al sistema productivo una camada de ingenieros agrónomos formados al calor de las actualizaciones.

Entre 1958 y 1972 se habían desarrollado las técnicas de cultivo que dispararon ese primer boom sojero y peronista. Lo que hizo Giberti fue un mínimo gesto que definirá para siempre la conflictiva relación entre peronismo y soja: interpretó su época. Pero las historias de amor entran en senderos oscuros y peligrosos. Y acá la miramos desde Uganda. Donde la dependencia mutua rápidamente se volvió desencuentro. 

Lo que vino después siguió el curso de las alteraciones históricas. Es que por debajo de la cultura está siempre el suelo. El apoyo espiritual que es algo más que lo que se toca, se ara, se absorbe, se pesa. Es el arraigo, toda la universalidad posible. La dictadura instaló un momento de suspenso, donde la vigilia del peronismo cobró sentido de supervivencia. La “revancha oligárquica” pronto se convirtió en fracaso. La valorización financiera depredó hasta las cosechas. 

La derrota peronista de 1983 parecía inaugurar otro ciclo político. Pero la suba de tasas norteamericanas y la crisis de deuda fueron letales para los commodities. Y la agonía alfonsinista le abrió un hueco de vitalidad al peronismo. Aunque la Renovación no se preguntaba por la soja, sería el inició de una nueva etapa de esa pasión inconsumible. Esperaban años de reconciliación y euforia.     

Y si lo que dice Astrada en Metafísica de la pampa es cierto y en Uganda un silencio vacío ronda nuestro saber, la prueba está en el desconocimiento alegre del suelo en el que estamos. La soja que nos rodea es uno de los signos rúnicosen la “infinitud monocorde de la extensión”

Al ver a la Argentina por dentro, a veces no podemos detectarnos nosotros mismos ¿Cuál es la disposición anímica que se le impone al peronismo santafesino? “El vago contorno pampeano es el contorno mismo de nuestra intimidad”, podría decir cualquiera de sus dirigentes. Esa es la historia que buscamos. 

La idea es no hacerla tan larga. El tiempo prevalece al espacio. Y ya tendrá lugar el presente. Lo bueno es que, pese a todo, algunos amantes nunca extinguen su pasión. Eso quiere decir que tenemos más historia por contar.

Nos leemos la próxima.