Activismo gordo

Buenas.

Hace unos días fue el Día de la Tradición. Esta tiene un componente sacro: en lo tradicional hay algo, terrible y hermoso, que es más grande que lo humano.

La costumbre, en cambio, es mundana. A veces es un mero invento, un rito falso que no responde a otra cosa que al lucro o el interés sostenidos en el mediano plazo. Pero otras veces la costumbre es una tradición degenerada. Puede haber sido sagrada en algún momento. Pero su sentido se perdió: solo quedan gestos vacíos, fieras venganzas del tiempo.

En esa categoría entra cierta política mañera que el peronismo supo expresar, y que en Uganda tomó su forma ideal en Villa Gobernador Gálvez durante los 90. 

Su vida entera fue un canto de cisne al caudillismo, cuyo eco resuena todavía con toda la fascinación que guardan las ruinas. Hablamos de Pedro Jorge El Gordo González.

Su biografía estuvo signada por el peronismo. Nació en 1946. Dejó el poder en 2015. Y murió en 2017. 

Se crío en Sargento Cabral, un pueblito del departamento Constitución. De chico soñó con ser astro del fútbol. Cerca de su casa vivía un tractorero, que los fines de semana enganchaba un carro a su Pampa, llenaba el tanque de kerosén, y se llevaba a la pibada a probarse en Central o Ñuls. Con este último club fichó el Gordo. Llegó a jugar en la Reserva.

Pero la Providencia le tenía guardado otros caminos.

Dejó el fútbol, se casó y ya establecido en Villa Gobernador Gálvez, se puso a trabajar de viajante de marcas de gaseosas. En paralelo, comenzó a militar en el justicialismo, siguiendo la estrella de Enrique Gomara, presidente de la cooperativa eléctrica de la ciudad.

Lo de González era proselitismo puro. No le interesaba mucho hacer carrera. Era inteligente: se daba cuenta que su temperamento febril, su boca floja y su reputación de tipo duro no le iba a servir en un rubro donde generalmente triunfan las personalidades flemáticas, los que saben callar, los que pueden conservar la frialdad que se necesita para ejercer el poder.

Esa decisión de meterse en política pero hasta ahí cambió a finales de los 80. En la época de la hiper surgía un nuevo servicio que prometía mejores ganancias que la venta de 7up: la televisión por cable. El Gordo decidió cambiar de negocio. En Uganda, siempre más adelantada que el resto, ya pisaba fuerte una empresa llamada Galavisión. Con la picardía que lo caracterizaba, González bautizó a la suya Galvezvisión.

Sin embargo, la Municipalidad no le dio los permisos que necesitaba para tender la red de cable coaxil. Lejos de frustrarse, el Gordo tomó una decisión que cambiaría no sólo su vida, si no la de su familia y la de todo Vegegé.

En su primera elección el Gordo obtuvo el 18% de los votos. Como existía la ley de lemas, eso le alcanzó para ser intendente: su sublema fue el más votado del Partido Justicialista, que alcanzó el 63% de los sufragios.

Cuando tuvo que renovar, en 1995, el sublema de González sacó 64%. El peronismo en su conjunto, más del 80%. Fue una elección que quedó en los anales de la historia argentina: en la elección de concejales el oficialismo no sólo ganó las bancas que ponía en juego, si no la totalidad.

¿Qué pasó en el medio? Pasó el activismo gordo. Una combinación de obra pública y gestión social que dio vuelta como un guante a la ciudad más ugandesa del Gran Uganda.

Vegegé no tenía transporte público. El Gordo, junto con Reutemann y Cavallero, inauguró la primera línea de colectivos metropolitana de la región.

Cada vez que llovía el Saladillo se rebelaba, se salía del cauce y se llevaba puesto medio Gálvez. El Gordo fue el más activo impulsor de la canalización, que terminó con las inundaciones y valorizó las propiedades al sur y al norte del arroyo.

El Club Sportivo supo ser la gloria deportiva de Gálvez. Pero desmanejos lo habían puesto al borde del remate. El Gordo lo salvó, lo reformó y creó el Polideportivo Municipal, donde se entrenó la Bonita Bermúdez antes de ser campeona mundial de boxeo.

Donde había un basural se creó un Parque Industrial que hoy no tiene parcelas libres. Se le agregó una segunda mano a la ruta 21. Grandes terrenos inundables fueron rodeados de terraplenes y se creó la reserva natural Parque Regional Sur. Se pavimentaron calles, se hicieron cloacas, se le dio títulos de propiedad a las familias que vivían en tomas.

La lista es inmensa y no alcanzan estas líneas para hacer su apología. Pero la mayor inversión pública, la más valiosa, no en cuestión de guita, si no en términos humanos, fue la estatización de la calesita de la Plaza de la Madre. Que el Gordo anunció durante un acto con el presidente Carlos Menem:

—Cuando era chico llegaba un parque al pueblo y los humildes dábamos una vuelta en la calesita, y los que podían daban muchas. Hace unos días iba camino a la Municipalidad y veo en la calesita de enfrente que dos estaban dando vuelta y diez estaban colgados del tejido. Entonces ¿qué hice? Fui, cacé un par de cheques y compré el carrousel. Gratis para los chicos de Villa Gobernador Gálvez y de todo el sur. De esta forma, presidente, con cosas chiquitas, se hacen las grandes cosas.

Hay otro aspecto de González que es, junto con las gruesas parrafadas de denuncias -ninguna probada- con las que sus detractores intentaron injuriarlo, por lo que más se lo recuerda.

Me refiero a su fino uso de la retórica plebeya argentina. Ese arte oratorio que mezcla compadreadas con juegos de palabras, y que llegó a su cúspide en los 90, de la mano de geniales declaradores como el propio Menem, Maradona y Charly García.

En una entrevista, un novel periodista llamado Luis Novaresio, con quien llegaría a tener buen trato, lo increpa al Gordo:

—Se dice que usted es un mafioso.

González paladea, se muerde los labios, parece dudar y finalmente, con cara de cansancio, le retruca:

—Se dice cada cosa… ¿Sabe también lo que se dice Novaresio? Que usted es puto.

En otro momento, se lo identificó como dueño de una mansión en Estados Unidos.

—Miami Beach no es del estilo del Gordo González- fue su defensa.

En un cruce lo chicaneó al concejal ugandés Miguel Zamarini:

-¿Ustedes quieren ser una ciudad turística? Está perfecto, es cosa suya. Mandenmé a Gálvez las fábricas y los negros que quieren laburar, que yo los voy a saber valorar.

Cuando se le preguntaba cómo había logrado gobernar la tercera ciudad de la provincia, y una de las más desiguales del país, respondía:

-Cuando estaba con las gaseosas, la que más vendía era Cola marca “12”. Si le pude encajar eso a los almaceneros, puedo hacer lo que quiera.

En su vejez, acaso con menos paciencia que antes, llegó a decir sobre la inseguridad:

—¿Cuantos serán los choros? Diez, quince. Hay que hacerlos mierda. A los que son chicos hay que darles con la cultura, y a los otros hay que darles con los palos. Y se terminó la joda.

Todas las mañanas se formaba una cola de gente en la puerta de la casa del Gordo González. Eran vecinos que venían a plantearles sus problemas. Un desocupado, una vecina con la vereda rota, un caso de abuso. Lo que fuera. El Gordo los escuchaba y trataba de dar con las soluciones.

Su hogar funcionaba como una especie de Muni paralela, abierta las 24 horas. Algunos incluso tocaban timbre sólo porque se estaban meando y necesitaban pasar al baño.

Ana María, una de sus hijas, me dijo hace poco:

—La figura de mi papá como político era muy particular porque era de puertas abiertas. No había diferencia entre lo público y lo privado. Tuvimos que aprender. No fue fácil pero entendíamos que era una elección suya y lo hacía feliz. Y eso a nosotros nos hacía felices. Igual le decíamos: “Cerrá un poco la intimidad”, y él no lo hacía.

Una vez una señora se le acercó pidiéndole ayuda. Figuremos. Sos intendente de una ciudad complicada y estás yendo a tu oficina. La mujer te frena. Te cuenta: el hijo tuvo un accidente con la moto y está en terapia con pronóstico reservado. ¿Qué hacés?

Seguramente te considerás buena persona y te duele el dolor ajeno. La escucharías llorar, intentarías consolarla. Incluso meterías tu mano en el bolsillo y le darías unos pesos. Pero en algún momento le tendrías que decir bueno, ahora tengo que ir a trabajar, te disculparías y seguirías tu ruta.

El Gordo González hizo todo aquello, menos esto último. Se fue con la señora al hospital, y se quedó todo el día -y la noche- rezando a su lado, hasta que el chico pasó a sala común.

¿Por qué lo hizo? ¿Por humanismo? Puede ser. Pero también porque entendía que eso era la política. No sólo la gestión, que es importante, ni el armado, que también lo es, ni los sostenes económicos que se necesitan para mantener la independencia de criterio, ni la creatividad para posicionarse como figura en la opinión pública. Si no, y sobre todo, eso: el concepto que Eva Perón llamó justicia, para distinguirlo de la filantropía.

Dijimos que el Gordo perteneció a una tradición política que hoy se perdió. Y de la que sólo queda la cáscara. Sobrevive, apenas como costumbre, en las gordas que conducen los comedores populares, en los punteros que todavía caminan los barrios de Uganda y el país. Pero es inimaginable, incluso para estos mismos actores, que un caudillo ejerza ya el poder. De ahí la nula representatividad que tiene en las listas oficiales a uno y otro lado de la Grieta.

Y esto es porque el caudillismo, como categoría política, hoy es considerado sólo en su faz demagógica. Se lo tolera, pero no se lo respeta. Y se lo denigra porque se lo cree mediada por el interés. Se le asigna un nombre comercial: clientelismo. Como si entre pueblo y líder hubiera una relación meramente transaccional: te doy lo que pagaste. Se le borran así sus otras características.

El mito de origen que mezcla azar con destino. Un interés personal que termina desdibujándose en la lucha colectiva. La eficacia, casi impecable, en sus actos. Las infamias de las que se lo acusa, injustamente a veces, otras con merecimiento. La cualidad hipnótica de su oratoria. La forma de conducción directa, sin intermediaciones y a tiempo completo. Todo esto ya no importa. Ya pasó a ser folklore, no es más cultura.

—Como si a Carrie la hubiesen pasado por la ducha escribió hace poco Mariano Canal.

La política hoy está en manos de los profesionales, en el mejor de los casos, y de una nueva clase de aventureros, en otros. Los primeros suelen ser previsibles como lo es todo lo científico, y aburridos hasta la náusea, incluso cuando tienen razón. Los segundos son peligrosos porque traen consigo toda la fuerza de la parodia.

El Gordo, en el ocaso de su vida, fue como esas figuras del tango o del western que ven cómo el progreso se lleva puesto toda la emoción de una época vital:

Mi mente y voluntad me instan a continuar en la tarea de hacer grande esta ciudad, pero el presente y sus dificultades me tironean caprichosamente y no me dejan estar, escribió al renunciar a su banca de concejal, poco antes de su muerte.

Nos vemos la próxima. Buena semana. 

República de la Secta

«Las personas captadas por sectas caen porque están teniendo un problema. Y suelen caer a través de alguien a quien le cuentan ese asunto, y que en vez de recomendarle ver un psiquiatra o algún profesional, le dicen: te voy a llevar a un lugar donde yo voy».

Al entrar a la Bella Nápoli encuentro a Sandro Galasso atacando un plato de sorrentinos con salsa bolognesa. Me siento junto a él y pido un bife con ensalada. Levanto la botella de vino Colón, que deja un círculo violeta sobre el hule del mantel. Lleno mi vaso. Miro en la tele de tubos que cuelga sobre la puerta. Cristina Kirchner lee a cámara un diálogo entre dos empresarios corruptos. Escancio. Alrededor, la gente ha terminado su almuerzo y se estira debajo de las mesas. Uno pide un café con un gesto. Llega mi plato. Galasso no ha detenido en ningún momento el flujo de palabras que desató tras mi saludo.

«Se piensa que alguien que entra en una secta es alguien ignorante, con poca cultura. Pero no es así. Hace poco tuvimos un caso en Córdoba, en Río Cuarto. Matrimonio de origen aristocrático, conformado por un hombre grande, que era médico, y la mujer ama de casa. El hijo es ingeniero agropecuario y la hija arquitecta. Mucho campo. Mucha guita. 

Son llevados por un amigo de la familia a casa de un charlatán que decía ver vidas pasadas. El tipo era un polígamo: vivía con cuatro, cinco mujeres, en un lugar que decía que era un templo. La socia principal era una de sus esposas, una mina que se hacía llamar Timei. Hacían sesiones espiritistas, y en uno de esos encuentros terminan captando bien captada a la arquitecta, a la hija de esta familia. Le hicieron creer que en su vida anterior había matado a su hijo. Que para pagar ese delito, para cambiar el karma, y que esto y que lo otro, le tenía que ceder la mitad de los campos de la familia al maestro. 

Ahí entramos nosotros. El doctor Navarro, que es un abogado experto en el tema, y yo, que soy detective privado. Nos contrata el hermano, que en una de las sesiones ya se había dado cuenta que el vidente era un chanta. Pero termina de convencerse cuando en el campo aparece un auto con cuatro o cinco tipos, y le preguntan a los peones: “¿qué tal acá? ¿cómo está rindiendo? Somos empleados del nuevo dueño”. Los peones llaman al ingeniero y este nos llama.

Empecé el trabajo investigativo. Hago una retrospección, voy juntando información dispersa, y determino que el tipo, el líder, había dejado un tendal de estafas en distintos pueblos. La búsqueda me hace llegar a la puerta de un caserón en barrio Jardín, de Córdoba Capital. Una vecina me dice que se escuchaban sollozos de la planta alta, los gritos de una chica joven.

Al mismo tiempo el doctor Navarro tenía todo listo y estaba presentando la denuncia contra el chanta y su mujer, la tal Timei. Lo llamo a Navarro y le digo que agregue que podría haber una persona en cautiverio. La policía nos dio bolilla y al otro día allanan la vivienda. Encuentran en una pieza a una nena de unos dieciséis años atada con cadenas, como si fuera un animal. No, ni a un animal se lo ata así. Ella era la que gritaba. Era hija de Timei, y la tenían encerrada ahí hacía años, con un cuadro de esquizofrenia galopante. 

Logramos que vayan todos en cana, que la familia recupere el campo. También pudimos hacer que la chica cautiva vaya a un lugar donde la contengan. Y logramos que la arquitecta sea desprogramada, que fue lo más difícil».

***

«Se llama desprogramación al proceso por el cual una persona que fue captada por una secta, y tiene el cerebro lavado, puede recuperar su propia mente y se da cuenta que fue estafada.

Existen herramientas técnicas para llevar a cabo este proceso, que es largo. Apurarlo sería un error. Hay puertas que no pueden abrirse a las patadas. Darse cuenta no le gusta a nadie. Creo que era Melville, o no sé si fue Twain, el que dijo que es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que fue engañado

Por eso, no es para hacerme el canchero, pero por eso, la policía no es idónea en estos casos, y las familias nos buscan a nosotros. En el Estado no hay nadie preparado para investigar y atacar sectas, mucho menos para desprogramar gente captada. El que diga que sí, miente. La policía y la justicia entran recién una vez que nosotros tenemos todo el trabajo hecho, para poder tomar las medidas necesarias. Si es que se toman. 

Una vez en Mar del Plata, vamos a rescatar a una chica a la que le hicieron creer que estaba poseída por el diablo. Le hicieron firmar un boleto de compra y venta por su casa, y a ella la tenían como esclava. Lo que se llama penalmente reducción a la servidumbre. La tenían viviendo en un baño de tres por dos, limpiando, cocinando. Nosotros pudimos sustraer a la chica, y ayudamos a la familia con la desprogramación. Pero no logramos que las pruebas que reunimos sean consideradas. 

En casos así, la sensación que nos queda es agridulce. Porque el trabajo para el cual nos contrataron fue cumplido. Lo que no pudimos fue desarmar la secta. Los estafadores siguieron operando». 

Esta es la primera vez que lo entrevisto formalmente, pero conozco a Sandro Galasso desde hace varios años. Una tarde estábamos con Leandro Di Paolo pensando en notas para la revista Apología y surgió la idea de contar la vida de un detective privado. El problema es que no conocíamos a ninguno. Hicimos entonces lo que haría cualquier persona que ignora algo: abrimos el diario, buscamos un anuncio y marcamos el teléfono indicado. Quedamos en vernos en el bar Blanco. No fui al encuentro. Lean sí. Y volvió fascinado. Pegaron tanta onda que volvieron a juntarse. Esa no me la perdí. Hablamos hasta que nos echaron del buffet del Social Lux. A partir de ahí con Sandro establecimos una amistad típicamente ugandesa, basada en conversaciones sobre nuestros respectivos oficios, borracheras, chistes verdes y una mutua y deliberada omisión de temas demasiado personales.

«El coeficiente intelectual de los líderes sectarios es muy bajo. Son tipos ignorantes, que no tienen nociones de lógica, que son incapaces de pensamiento abstracto. Pero son vivos. Tienen una personalidad trastornada del tipo histriónica. 

En mi experiencia, diría que la mayoría son simplemente charlatanes. No persiguen otra cosa que el lucro. No se la creen, en principio, pero tienen el problema que tiene cualquier mentiroso: en un momento se compran su propio cuento. Después hay otros, menos del veinte por ciento, que de verdad son místicos. Quieren ser líderes, disfrutan con oprimir a alguien, con pisarle la cabeza. Son los más peligrosos, y por suerte son minoría. 

¿Qué fachadas usan? Cualquiera les puede servir. Hay distintos tipos de verso. La imagen que uno tiene es que son todos adoradores del diablo. Que todas las sectas son satánicas. Pero no es así. Hay sectas umbanda, hay sectas evangelistas, espiritistas. Hasta de algo tan inocuo como el yoga, como en el caso que está resonando ahora. 

Todas funcionan igual: trabajan la culpa, te van haciendo entrar en un círculo vicioso, a través de falsas promesas. Hagamos la de Mariano Grondona para que se entienda bien. Religión viene de religare, que significa unir. Secta es de sectare, que es cortar, aislar. Y eso a vos te deja ver cómo funcionan las sectas. Separan a la gente de todo su entorno. Para poder aprovecharse».

***

«Los Niños de Dios operaban como secta evangélica en grandes urbes. Iban mutando de nombres y lugar pero actuaban siempre igual. Captaban chicos o chicas muy pobres, y los movían de ciudad. 

Investigando en Mendoza doy con un arrepentido, que había sido pastor en esta secta. Y logro que se ponga a trabajar con nosotros. Nos entrega material bibliográfico. Eran libros perversos, lo pienso y… Tenían fotos de todo tipo de degeneraciones. Había uno que se llamaba Libro de Davidito que… Un espanto. 

El curro económico de ellos era sacarle plata a las empresas. Caían con el verso de que eran una iglesia que ayudaba a los niños, y pedían donaciones. Y también había otra gente de negocios, que sustentaba con dinero a la organización, a cambio de poder tener sexo con los chicos captados. 

Acá en Rosario funcionaban en un chalet en Fisherton, que averiguando doy con que es propiedad de un famoso empresario, que tenía fama de pederasta. Hablé con distinta gente y me contaron que en grandes viajes de negocios, el tipo tenía desesperación por tener sexo con pibitos. Pibitos de hasta 14 años, más ya eran muy grandes para él.»

Mientras Sandro sigue hablando, yo me abstraigo. Pienso en cómo voy a darle forma a esta nota. Es algo que discutimos desde el día cero en nuestro newsletter. La forma en que abordamos un tema es, para quienes hacemos Uganda, tan importante como el tema en sí. Se trata de dar con un estilo pero también de crear un dispositivo periodístico distinto al usual. Porque son tiempos difíciles para el rubro. La inmediatez, la sobreinformación, la posibilidad que tiene cualquier hijo de vecino de hablar sobre cualquier cosa, hacen que nuestra tarea se desdibuje. Se entiende así que los colegas se refugien en el divismo. O se vuelquen a dar primicias de un minuto a minuto que no le importa a nadie. Encerrados en nichos hiper específicos para audiencias que cada vez son más parecidas a las sectas que combate Galasso, Mientras, afuera, la vida sigue transcurriendo. Y en vez de contarla, la recortamos.

«A mí me han amenazado. Legalmente, con intimaciones por acoso. Y también de muerte. Pero nunca me pudieron torcer el brazo.

Una vez en Chacabuco, mientras investigaba una secta que funcionaba dentro del Opus Dei, tuve llamados telefónicos turbios. Pero gracias a Dios no prosperaron. Olvidate. No me iban a correr. Y ellos sabían que no convenía complicarse más… 

En esta materia tenés que mantener la sangre fría, porque la otra opción es matarlos a todos y no podés hacer eso. El sentimiento de impotencia que sentís mientras vas investigando y te tenés que contener, se combate con pensar en la satisfacción que va a ser verlos presos. 

A veces puede parecer que uno tiene demasiado aplomo, y puede ser, pero no hay que olvidarse de que esto es un trabajo para mí. Un trabajo duro, pero eso es lo que más me gusta de ser un detective.

Imaginate que lo que generalmente se me encarga son cosas rutinarias. Me contrata una empresa porque un empleado la quiere cagar con la ART, o un marido porque la mujer se culea al vecino. Cuando viene alguien a pedirme que rescate a la hermana que está en una secta, para mí es como agua en el desierto.

Porque además de la adrenalina, además de sentirme un justiciero, me puedo ir tres semanas a otra ciudad, con todos los gastos pagos. Duermo en hoteles, salgo a comer afuera. Me siento un campeón. Y así disfruto más mi trabajo, y como lo disfruto lo hago mejor. 

En diez minutos me cambio de ropa, me pongo una prótesis en la cara, un aro falso, me cuelgo una bolsa de limones en la espalda y ya no soy Sandro Galasso. Soy otro. Lo principal para conseguir información es tu bajo perfil. Este no es un oficio para jetones». 

Cementerio de elefantes

Es lunes, y es martes en algún lugar. O al menos hace unas semanas lo fue.

La luz de la tarde siesteaba a upa de los liquidámbares. En días así, en los que el invierno parece haberse tomado franco, la vida se vuelve sencilla, hasta agradable, si no se tienen demasiadas preocupaciones. Pero Benedicto Mattia las tenía.

Compartíamos un café, y el ex jefe de policía suspiró angustiado.

—¿Viste ese muchacho que pasó? Yo sí. Es más alto que yo, debe estar en un metro ochenta y cuatro. Noventa kilos. Pelo corto, negro. Tiene un yoguin gris y un buzo rojo, lleva una mochila negra en el hombro derecho. ¿Es así o no?

Miré al pibe a sus espaldas. Asentí. Sonrió con amargura.

—¿Te das cuenta? Ese ha sido mi laburo. Ver lo que pasa. Y no lo puedo dejar. Recién caminaba por Cafferatta y se me venía el mundo encima. Una marea de gente. Y en tres cuadras vi un punga metiendo mano en las carteras, vi un cuidacoches vendiéndole droga a una mina. Siempre veo de todo. Pero no veo a nadie más viendo. Desarmaron todo.

—¿Y dónde están los policías?

—Una parte en Jefatura, otra donde era el Regimiento. Trabajando en lo que los fiscales dicen que hay que trabajar. Y no está mal. Pero doña Rosa está desprotegida y cualquier infeliz le pega para robarle la cartera. ¿Quién la cuida?

Al cranear nuestro medio nos planteamos criterios editoriales básicos. Uno de ellos fue que para tocar un tema hay que poner las patas en las fuentes. Para exponer la crisis de hábitat, ir con los vecinos de una villa de Baigorria. Si queremos contar la reaparición del liberalismo como identidad política, de mínimo hay que juntarse con libertarios. Esto parece una obviedad. Pero lo redundante es decir que esta práctica no abunda. 

En uno de esos picos de inseguridad a los que nos tiene acostumbrado Uganda, surgió el tema de la siesta de hoy: ¿Qué onda la cana?

El estado de la fuerza del Estado que tiene el monopolio de la violencia, hoy disputado por bandas de sustistas, es una incógnita. Sobran especulaciones, cierto. Sin embargo, en la agenda mediática, su voz aparece lateralmente. Se los consulta para saber el número de balas incrustadas en una escuela, para que detallen la cantidad o calidad de un operativo. No mucho más. Pero, gusten o no, son los policías los que más interpretaciones pueden darnos sobre la policía.

Hace algunos años con Laura Hintze entrevistamos a un sumariante para Revista Apología. Nos contó sobre la vida en las comisarías, sobre las condiciones de trabajo de la base del trabajo ingrato del botón. Hoy vamos a subir algunos escalones para saber cómo piensan los que están en la otra punta de la pirámide laboral.

No hubo jefes en funciones que quisieran hablar. Tampoco busqué mucho. Parte del oficio del cana es construir mistificaciones en torno a su rol. Por eso son parcos, y si hablan, no salen del cassette. Está bien que sea así. El tres veces ministro de Gobierno Roberto Rosúa me explicó una vez que los primeros pastores, cuando empezaron a domesticar lobos para defender los rebaños, elegían a los más fuertes y violentos. Un perro guardián que no dé un poco de miedo, incluso a su dueño, es un perro inútil.

Pero sí encontré una ventana. La de aquellos que no tienen nada que perder. Una vez nos dijeron: los locos, los borrachos, los niños, y los viejos no mienten. 

Charlamos con estos últimos, con jefes policiales que la cuentan porque la vivieron

Dos días después del café con Benedicto Mattia, tomé unos mates con el ex comisario Carlos Bonilla.

Cuando pregunté a otros policías por Carlos me dijeron: ese es un intelectual. En la Fuerza, una institución inclinada por naturaleza a la acción, la tarea contemplativa es mirada con desdén. Bonilla me dijo que esa es una contradicción falsa.

—Se reflexiona poco sobre la policía, y siempre desde afuera. Es importante que el policía inquiera en cómo hacer lo que tiene que hacer, y sobre todo, por qué lo hace.

Hace un tiempo Bonilla pelea contra una enfermedad degenerativa. El último libro de su cosecha, concebido en pandemia, es un manual de investigación policiaca. 

En 1988 Bonilla fue el primero en compilar y comentar los edictos que forman el Código de Faltas de la Provincia de Santa Fe, y desde entonces publica sin pausa textos de técnica policial en distintas materias: pericias, investigación documentológica, violencia de género e institucional, grafología, averiguación de antecedentes… La lista de sus laureles, de tan extensa, marea. Y también da cierta melancolía: al repasarla, queda claro que se trata de un genio incomprendido, y que en otro tiempo, en otro lugar, Bonilla sería un personaje de novela. 

En cambio, las escribe. Tiene dos publicadas. Pichincha, una ficción histórica ambientada en los años 30 en el barrio prostibulario. Y Los Silencios Infinitos, una historia de ciencia ficción inspirada en un mito araucano:

—Estás solo en el medio del desierto y ves cabalgar un caballo blanco. Imaginate cómo se destaca a la distancia, que pensás que es un espejismo. Pero el caballo blanco está ahí. Es un regalo que se te hace. ¿Qué hacés?

—No sé.

—Esa es una respuesta válida. Como cualquier otra.

Bonilla señaló con un gesto la pila de libros que se amontonan sobre la mesa. Y después volvió una y otra vez a la necesidad de parar la pelota y respirar antes de seguir pateándola. Cuando le hice la pregunta, se quedó tildado. Tuve que repetirla.

—Los malos sueldos son una parte, pero no explican la situación. El narcotráfico compra voluntades, pero cuando no las puede comprar, las consigue igual con amenazas. La gente tiene miedo, incluso dentro de la Fuerza.  En un enfrentamiento aunque quisieras vencer al tipo, no tenés cómo. Son trabajadores, no héroes. 

—Me sentía espiritualmente como el custodio de la gente. Lo que me gustaba era que la gente sintiera que la Policía estaba para cuidar. Por eso nunca me fui de verdad.

Benedicto Mattia fue brigadista de explosivos, comisario y jefe de la Unidad Regional II de la Policía de Santa Fe en los 90. Desde su pase a retiro, y hasta su jubilación, se dedicó a la actividad privada. Hoy transcurre la vejez sacando canciones de los Beatles en su clarinete y redactando febrilmente proyectos de reforma en materia de seguridad, que van a amontonarse en la mesa de entrada de los ministerios.

—Más que extrañar, siento angustia. La destrucción moral y material a la que sometieron a la Policía fue… O sea, puedo cuidarme a mí. Puedo cuidar a mi esposa porque estamos todo el día juntos. Pero no puedo cuidar a mis hijos ni a mis nietos. Mucho menos a mis vecinos. Soy policía, no vigilante. Estamos mal, qué te voy a decir. Hay que empezar todo de nuevo, pero para eso hay que tener ganas. Y parece que se dijera siga siga.

—¿Cómo se empieza todo de nuevo?

—Lo más importante es empezar. Y primero que nada tenés que recuperar la autoridad. Hay algo importantísimo en toda relación de poder, y esto va incluso más allá de la Policía, aunque lo aprendí ahí, que es el principio de jerarquía. No lo respetan ni los jefes ya. No puede ser que un gobernador pase a ser diputado provincial. Que estés acá y después bajés allá y después te acomodés acá. La jefatura de algún cuerpo es antes que nada un título honorífico. Y si llegaste y te tenés que ir, andate a tu casa, o dedícate a otra cosa.

—Hay que recuperar la vertical para arreglar lo horizontal.

—Porque si no, no hay libertad. Para poder ser libre tiene que haber seguridad. Y para poder dar seguridad tiene que haber autoridad. Si querés saber qué pasa con la policía, preguntate qué autoridad tiene. Una parte de la fuerza está en la joda, y otra parte está jodida, porque un fiscal decide qué se investiga, cómo y cuándo. Los jefes están pintados. No tienen ninguna capacidad de decisión, son gestores muy caros de órdenes ajenas. Y los fiscales serán muy conocedores de las leyes, pero de investigación criminal, de don de mando, no saben nada. Entonces sumemos: no hay noción de jerarquía, no hay autoridad, no hay nada que decidir. Después se dice que ya no hay buenos jefes, pero ¿jefe de qué serías ahora? Si no mandás ni en tu despacho.

—¿Vos fuiste un buen jefe?

—Creo que sí. Pero fui impulsivo. Eso en un policía es imperdonable. Por eso di un paso al costado, aunque muchos querían que me quedara. Me fui de boca, le erré, me dejé tirar la lengua. 

Paladeó el café. Llegábamos a un punto sensible. No es para menos. Su carrera tuvo puntos altos, que él mismo enumera: la expropiación de la Fábrica de Armas, la renovación constante de patrullas, los primeros controles de alcoholemia, el intento de crear una Policía Comunitaria. Se trata de una constante en el mundillo policial. La labor es ingrata, casi enfermiza: se ponen sobre el pedestal los errores y se barren bajo la alfombra los aciertos.

En noviembre de 1998, Mattia, entonces jefe de la Unidad Regional II, trató en un programa de radio de mascaritas sidóticas a un grupo de travestis, trabajadoras sexuales de la Plaza Libertad que denunciaban a la cana por pedir coimas para liberar la zona. Los desafortunados dichos desencadenaron una preview de la cultura de la cancelación. Mattia fue pasado a retiro. En la Uganda de esos años, cuando el narcotráfico era poca cosa, los jefes policiales no se iban por lo que hacían, si no por lo que decían.  

—Lo llamo al jefe de Moralidad, y le pregunto directamente: ¿están en un arreglo? Me dice, y ahí me da una pista de dónde tenían el chanchullo: no jefe, es mentira, si queremos arreglar lo hacemos con los privados y no en la calle. Entonces me enojé, porque se metieron con mi gente y yo la tenía que defender, y me fui de boca. Y no me la perdonan, hasta hoy. Hay un periodista, Osvaldo Aguirre, que hace unos años reflotó el tema y me pegó al pedo. No me llamó para consultarme, y eso me dolió, porque yo lo leo a él, me gusta lo que hace, y me hubiera gustado que me preguntara qué pasó. Mi intención no era poner las fichas en el tema de la sexualidad. Mucho menos, como se dijo, hacer carrera política. Me expresé mal y punto. Soy policía, no soy hábil declarador.  

Cuando el ex comisario Bonilla cuenta cómo empezó a escribir ficción, sus ojos se iluminan.

—Después de mi retiro, armé la escuela Vucetich, de formación de oficiales de investigación, que la cajonearon en el gobierno de Binner, claro, porque no servía a los intereses de turno. Mientras peleaba en eso me quedaban ratos libres, que llené dando vueltas por la ciudad. Y empecé a ir a un lugar que había visitado con mi mamá: el cementerio de Baigorria. 

Lo que más llamaba su atención eran las tumbas de las prostitutas de Pichincha. Y de ellas, una en especial, que tenía una fotografía de una mujer joven con dos anillos en su dedo anular. Sobre la lápida se veían marcas de disparos. 

—Con los meses, noto que hay marcas nuevas. Y un día hasta encuentro esquirlas de bala a un costado. Alguien seguía yendo a tirarle tiros. 

Se volvió su obsesión. Iba una y otra vez al cementerio y pasaba horas ahí. Cree que algo lo llamaba, pero se niega a dar más detalles de quién o qué era. Lo cierto es que, como Scottie en Vértigo, empezó a inventarse una vida alrededor de la imagen de una mujer muerta. 

No dio bola a los reclamos de Adriana, su mujer, que le pedía que investigara el caso como policía. Lo que sí hizo fue literatura: a partir de esa foto escribió su obra magna, la novela Pichincha

Con Bonilla, entre mate y mate, también hablamos sobre las distancias entre los borradores y el texto que resulta de ellos. Los infinitos rumbos que pueden tomarse hasta que, en un impiadoso decisionismo, se va hacia algún lado.

Esta nota, por caso, empezó como una inquietud sobre un tema de actualidad. Y fue mutando, a través de las dos entrevistas que hice, en distintas versiones. Todas ellas extensísimas. Cada corte en la desgrabación resultó dificultoso. Ir a las fuentes conlleva un riesgo: la fascinación por la palabra del entrevistado. Todo parecía importante. El objeto transformándose en objetivo: ¿por qué esto sí y esto no?

Mientras tanto la pregunta primera sigue resonando. ¿Qué onda la cana? Tal vez, como pasa con el caballo blanco del mito, la respuesta va a depender de cada uno. Desierto sobra. Regalos no.  

Que tengas buena semana.

Al borde del ring

Buenos días, hoy intentaremos meterle al lunes un cross a la mandíbula.

“El boxeo es un enfrentamiento muy honesto, muy noble. Son dos destinos que se juegan el uno contra el otro, sin chance de diluir responsabilidades como en los deportes colectivos”. La frase es de Cortázar y me parece un buen puntapié para comenzar a desandar esta historia.

De boxeo se poco y nada, pero si hay algo de lo que me gusta hablar es de sueños. Ahí fui. Contra un temporal que trompeaba a los desprevenidos me llegué hasta el gimnasio de las hermanas Bermúdez. Ellas son: Daniela, Evelin y Roxana. Mejor conocidas como: la Bonita, la Princesita y la Barbi. Dos de ellas campeonas del mundo arriba del ring. Las tres campeonas de la vida.

De historias llenas de mística el boxeo está lleno. Las películas y los cuentos son culpables de eso. Ahora entiendo que hay algo más. Algo inscripto en el ADN de este deporte que convierte a lo que sucede en un cuadrilátero en un suceso digno de ser contado. Espero hacerlo con un buen juego de cintura.

Se trata de las hijas de Tito Bermúdez, nacido en el Chaco, criado por su abuela, boxeador, con un corto paso por el fútbol, una larga trayectoria en albañilería, entrenador de campeones/as y, cómo vería al final de este recorrido, también un tachero muy charlatán. Él comenta que no sabe de dónde salió su pasión por el boxeo: a su padre lo conoció recién a los 51 años, su madre tampoco incursionó en este deporte. Después de un segundo de silencio se rectifica: “ya sé de dónde lo saqué. De la calle, empecé a pelear por unas monedas en la plaza”.

A los pocos años conoció a un entrenador. Después de ganar un par de peleas se vino a cosechar frutillas. Y mientras pensaba en boxear, luchaba contra el rugido del hambre. “Estaba Alfonsín, fue muy duro todo. Siempre lo fue, pero somos una familia muy unida, que nos acompañamos y con mucha fe para nunca bajar los brazos”.

Otra crisis que atravesó a la familia, como a la mayoría de la población de Uganda y el país fue la del 2001. Tras la caída de Fernando de la Rúa, «tuvimos que salir a cartonear”, me dice Daniela, la mayor de las tres hermanas.

Muchas veces me preguntan si me gusta hablar de mi vida, y yo digo que estoy orgullosa de lo que hice y lo que seguiré haciendo”. En unas de esas visitas que hacían en familia a los desechos de una sociedad en ruinas, encontró en una caja una estampita de la virgen de Luján. Desde ese día es devota de esa virgen. Le pregunto si cambiaría el lugar donde viven por otro, si se deslumbró con los destinos que tuvo la oportunidad de conocer gracias al boxeo. No me deja terminar la frase, se ríe junto a sus hermanas, y dice: “Ni loca. Nunca me voy a olvidar de donde vengo”.

La Bonita comenzó a boxear profesionalmente en el 2010. Fue a Tokio a buscar el campeonato mundial, acompañada por su padre y su marido. Recorrieron esa ciudad monstruosa y usaban como guía un edificio enorme para volver al hotel. De lo demás dice que entendieron poco y nada. Pero fue una experiencia inolvidable. Tito dice que la comida era un asco y que, cuando volvieron a las 4 de la mañana, le pidió a su mujer que le preparara un guiso. “Extrañamos mucho cada vez que nos vamos, siempre quiero volver”.

Antes de viajar a Tokio pasaron muchos años haciendo dedo por las rutas argentinas para volver de las peleas. Así es el amateurismo. “Yo le preguntaba a mi papá si llegaríamos, y él me decía que sí, siempre me decía que sí”. No sé si esto que me contaba era la duda de llegar a su casa o llegar a lo que pasó después, ser campeona del mundo.

Lo cierto es que la Bonita logró el campeonato mundial. Tuvo a su hija hace pocos meses, le hicieron un documental y una película. Las chicas la cruzan y le dicen que quieren ser como ella. Y aún así, durante la pandemia tuvo que buscarse el mango con su otra habilidad: la albañilería.

Con la Princesita comparten una mirada cómplice. “Todo el tiempo la miraba y le decía vos podes creer lo que estamos haciendo, qué cosa de locos”, y agrega: “pero siempre con humildad, estamos muy agradecidas, porque además tenemos una familia que nunca nos soltó la mano, entre todos nos ayudamos y así podemos enfrentar cualquier pelea”.

Ella, Evelin “La Princesita”, comenzó a boxear a los 7 años, siguiendo los pasos de sus hermanas. También es campeona del mundo. El 23 de julio se enfrenta a la venezolana Yairineth «La China» Altuve en el Polideportivo de la ciudad de San Lorenzo buscando defender el título mini mosca de la OMB y FIB. Toda la familia está expectante y ansiosa. Las tres hermanas entrenan juntas y palpitan este momento con la misma intensidad. 

Guantes, pañales y rosarios

Una sensación de familiaridad me llenó desde que me subí al auto de Tito para dirigirnos al gimnasio donde las hermanas entrenaban. A Tito se le agolpan las palabras en la boca, se nota que es una persona que tiene mucho para contar. Me enumera las peleas que se vienen. Le están dedicando muchas horas porque quiere ascender de categoría. Me gusta el plural que utiliza. Por más que se trate de un deporte individual, en este caso, es más que nada un deporte familiar.

Las hermanas Bermúdez hacen historia en Argentina

Me habla la nena que está sentada al lado mío en los asientos de atrás: “mi mamá también tiene una pelea”. Su mamá es Roxana. Ya en el gimnasio, llegando al final de la entrevista, les menciono este momento. Roxana se ríe y en sus ojos brilla algo que no sé si se asemejará al brillo que dan las medallas y los trofeos. Intuyo que ese es su mejor golpe a la vida. Al igual que Daniela, adoptan una postura distinta y sus sonrisas se alivianan cuando hablan de sus hijas. 

Les hago la pregunta de rigor. La dejé al final porque un poco nos cansa la típica: “y qué se siente ser mujer en este ámbito”. Bufaron. Y ahora la mirada se asemeja a la que tienen cuando miran la bolsa y comienzan a pegarle. “Es re difícil, cuando sos madre mucho más. Nos sentimos en desventaja en comparación a los hombres” Pum, un derechazo. “A los hombres les pagan más por cada pelea ganada. Ellos pueden retirarse y están tranquilos, nosotras no”. Pum, una con la izquierda. “Nosotras nos repartimos el tiempo entre ser madres, ser hijas, entrenamos lo mismo y aún así no estamos reconocidas”. Pum, otro derechazo. “Pero gracias a Dios y la virgen, podemos seguir haciendo esto que amamos, y agradecemos esta pelea”, concluye la bonita. La mirada vuelve a estar liviana. La bolsa queda pendulando. Silencio.

En la vereda hay un altar al Gauchito entre rejas. ¿Qué hay con la fé?, les pregunto. Quieren hablar las tres. Y, como si algo les sostuviera la espalda desde atrás, se enderezan. La Bonita me dice: “yo soy devota de la virgen de Luján”. “Yo de San Expedito”, agrega Roxana. “Yo de San Nicolás. Ahora vamos a hacer la procesión. Todos los años la hacemos, pero esta va a ser especial porque por la pandemia no se pudo”, agrega Evelin. 

Ante la situación que atravesamos como país, la fe ayuda un montón. Rezamos, pedimos siempre para que todos y todas estemos bien” expresan en conjunto. Me acordaría de esa frase al volver en el auto de Tito. Del espejo retrovisor cuelga un rosario junto a unos guantecitos de boxeo y una cinta roja contra la envidia.

¿Alguien ve esas peleas?

En el documental que muestra su vida, se ve el momento en el que la Bonita es campeona del mundo. La escena, posterior a la del ring, es en la casa de la familia: entre todos miran el cinturón. Se lo prueba Gustavo, se lo prueba Tito, se lo prueba Evelin. De alguna manera, fue un cinturón que se ganaron todos. 

Un mismo techo albergó un puñado de sueños, que hoy hacen que puedan vivir mejor que en los comienzos. Un sueño fortalecido por mucho más que dos manos y dos pies en el ring. Son una familia en posición, con los puños protegiendo los rostros, esperando el momento para meter un cross a la mandíbula de la dura realidad que se vive en los barrios de la ciudad y alcanzar nuevos sueños que les permitan seguir soñando.

Cuando me voy, pienso que, sí Uganda es un ring, Gálvez es uno de sus rincones. Desde esas periferias, día a día boxeadores y boxeadoras de la vida se impulsan desde las cuerdas para esquivar las piñas de la realidad y en una de esas, meter una mano y robarse un nocaut.

Enfrentemos esta semana como si fuéramos la princesita preparándose para la pelea del sábado en San Lorenzo. Con garra y con fe. Hasta la próxima.