Campo, Industria y Perón

“Quien gasta más de lo que gana es un insensato; el que gasta lo que gana, olvida su futuro; y el que produce y gana más de lo que consume es un prudente que asegura su porvenir”.

Juan Perón

Hola, ¿cómo estás?

La última vez que nos encontramos, hablamos del amor caótico entre el peronismo y la soja. Y recordamos cuando el ministro de Agricultura de 1973 envió a los Estados Unidos un Hércules de la Fuerza Aérea en busca de variedades del cultivo para aprovechar una oportunidad histórica. Fue el comienzo de la Argentina sojera que se volvería una postal.

Ahora te propongo ir más atrás.

Remontémonos a 1943, la revolución de los coroneles. En ese país de manufacturas incipientes, una de las primeras decisiones del nuevo gobierno fue disponer la continuidad de los arrendamientos y frenar los desalojos de colonos. Fue un primer gesto hacia el campo, completado en 1948, con una nueva prórroga. Sesenta años después, otro gobierno peronista tendría un primer gesto parecido salvando a los productores del remate. Pero eso lo veremos en la próxima.

Ahora estamos en los primeros meses de gobierno nacionalista. Durante esos años, la política de colonización forjó una nueva clase al interior del interior agropecuario. En la estructura de grandes terratenientes se abría una hendija por donde los colonos se arrimaron al título de propiedad con la fuerza del trabajo. Fue el puntapié de una burguesía rural con fuerte arraigo y dinamismo en las provincias del centro productivo. La consigna era “no habrá un solo argentino que no tenga derecho a ser propietario de su propia tierra”.

Con esa decisión aparecieron las empresas familiares que compusieron el entramado agroindustrial en los años siguientes. Y con cuyos herederos, más de sesenta años después, ese otro peronismo, se pelearía a muerte.

En el primer gobierno de Perón, el vínculo político con el campo no era del todo armonioso. En 1944, la secretaría de Trabajo y Previsión promovió el estatuto del peón rural y afirmó que el problema argentino estaba en la tierra. Los sectores tradicionales ligados a la ganadería y agrupados en torno a la Sociedad Rural porteña nunca se lo perdonarían. Mi abuelo era parte de una familia de croatas que mandaron a trabajar al campo y lo resumía en una simple imagen: entendió de qué se trataba el peronismo cuando tuvo su libreta de enrolamiento en la mano y, en la fila del voto, esperó delante del patrón. 

Años después, puso con sus hermanos un taller metalmecánico. Reparaban maquinaria agrícola y el objetivo era integrar la producción a lo largo de toda la cadena: desde la materia prima hasta el valor agregado en origen y las ramas fierreras del agro. La industria del interior era agroindustrial. El origen perdido del peronismo reconoce una línea intermedia en el antagonismo entre chimeneas urbanas y sembradíos para la exportación y el enriquecimiento de una élite. 

En el peronismo de los cuarenta la continuación programática se expresó como una lucha abierta contra la oligarquía. Que no estaba en los campos, sino en la ciudad invadida por los cabecitas en octubre de 1945. En las estancias, vivían los peones y mayordomos. En las colonias, el pequeño empresariado en formación. Los dueños viajaban cada tanto a ver cómo andaban las cosas. Perón lo decía así: “La injusticia de que 35 personas deban ir descalzas, sin techo y sin pan, para que un lechuguino venga a lucir la galerita y el bastón por calle Florida”.

Esa distribución geográfica de los actores será crucial en la historia posterior.

Con esa decisión aparecieron las empresas familiares que compusieron el entramado agroindustrial en los años siguientes. Y con cuyos herederos, más de sesenta años después, ese otro peronismo, se pelearía a muerte.

En el primer gobierno de Perón, el vínculo político con el campo no era del todo armonioso. En 1944, la secretaría de Trabajo y Previsión promovió el estatuto del peón rural y afirmó que el problema argentino estaba en la tierra. Los sectores tradicionales ligados a la ganadería y agrupados en torno a la Sociedad Rural porteña nunca se lo perdonarían. Mi abuelo era parte de una familia de croatas que mandaron a trabajar al campo y lo resumía en una simple imagen: entendió de qué se trataba el peronismo cuando tuvo su libreta de enrolamiento en la mano y, en la fila del voto, esperó delante del patrón. 

Años después, puso con sus hermanos un taller metalmecánico. Reparaban maquinaria agrícola y el objetivo era integrar la producción a lo largo de toda la cadena: desde la materia prima hasta el valor agregado en origen y las ramas fierreras del agro. La industria del interior era agroindustrial. El origen perdido del peronismo reconoce una línea intermedia en el antagonismo entre chimeneas urbanas y sembradíos para la exportación y el enriquecimiento de una élite. 

En el peronismo de los cuarenta la continuación programática se expresó como una lucha abierta contra la oligarquía. Que no estaba en los campos, sino en la ciudad invadida por los cabecitas en octubre de 1945. En las estancias, vivían los peones y mayordomos. En las colonias, el pequeño empresariado en formación. Los dueños viajaban cada tanto a ver cómo andaban las cosas. Perón lo decía así: “La injusticia de que 35 personas deban ir descalzas, sin techo y sin pan, para que un lechuguino venga a lucir la galerita y el bastón por calle Florida”.

Esa distribución geográfica de los actores será crucial en la historia posterior.

Las líneas de la intelligentzia llegan hasta hoy. Y hasta penetraron al peronismo. De la estructura productiva desequilibrada aún se sigue hablando, aunque sean otros el país, el mundo, el campo y la industria. Y el peronismo perdió su voz económica. Se relata a sí mismo con textos escritos por sus impugnadores. Pero, otra vez: no nos adelantemos. Ese es un fenómeno que ya tendremos ocasión de tratar. 

Volvamos a la constante: las tensiones políticas llevan al repliegue de los actores privados, y las consecuencias se manifiestan en las cuentas nacionales. El proceso de industrialización condujo a una encerrona: el área sembrada y el volumen de cosecha se vinieron abajo. Cayeron las ventas, cayeron los ingresos, se paró el crecimiento. El mundo salía de la II Guerra Mundial y la Argentina era víctima del Plan Marshall. 

Las decisiones de inversión son sensibles a los estímulos del entorno y los incentivos gestionados por las políticas públicas. Y en el campo gravitan dos factores fundamentales: los precios y los derechos de propiedad. En esos años, el país dejó de ser uno de los principales exportadores de granos y pasó a tener dificultades para su abastecimiento interno.  

En la campaña 1951-1952, la sequía provocó la peor cosecha del siglo. El trigo no alcanzó para abastecer el consumo interno y en las mesas apareció el pan negro, elaborado con una mezcla de centeno y mijo. El gobierno tuvo que recurrir a las empresas privadas para hacer trueque con maíz. Por primera vez en el siglo, Argentina importó trigo.

La escasez de alimentos encendió las alarmas del modelo. El gobierno tuvo que traer papas de Holanda, Dinamarca e Italia. El golpe se sintió en el corazón del orgullo peronista. Para comentar el escenario, Perón explicó que el país vivió durante esos años el “más aplastante déficit de la producción agropecuaria de que se tenga conocimiento en la historia económica argentina”. 

Al desplomarse el único sector con capacidad exportadora, el gobierno debió recalcular toda la organización económica. Cambiaron los funcionarios, cambiaron las políticas, cambiaron los conceptos. Y por eso: cambió el orden funcional de los sectores. Frente al agotamiento del ciclo inicial, Perón reinterpretó el contexto: hizo peronismo.

El latifundio es una gran industria

La década del 50 se recibió con crisis y un cambio del programa económico. La sequía, la reversión de los precios internacionales y la falta de ahorro e inversión, hicieron caer el PBI, los salarios recibieron el cimbronazo, se disparó la inflación y emergieron los déficits fiscal y externo. Los tiempos mundiales eran otros. El campo argentino debía ser otro.

Cuando los ciclos económicos subrayaron el valor de la austeridad y el ahorro, el peronismo y el campo se reencontraron. La reconciliación cultural de una pasión revivida por las crisis. Ante la nueva realidad, el gobierno convoca al Congreso de la Productividad y el Empleo que delinea los objetivos del segundo Plan Quinquenal. Perón lo sintetizó así: “la productividad es la estrella polar que debe guiarnos en todas las concepciones económicas”.

La concepción del campo se adaptó a esas otras circunstancias. “Si hay un sector nacional que necesita seguridad y tranquilidad para producir, es precisamente el campo”, lanzó Perón. Y aludió a la distinción entre latifundio geográfico y latifundio social que había establecido el economista Alejandro Bunge.

El plan de estabilización de 1952 planteó una política macroeconómica que actualizaba ganancias por costos y salarios por productividad. Se contrajo el gasto público y la política monetaria se hizo más restrictiva. El crédito se dirigió a la producción y se subió la tasa de interés para estimular el ahorro. Se restringieron importaciones y se habilitaron exenciones impositivas para exportaciones. En un semestre, la economía volvió a crecer, la inflación descendió y los salarios se recuperaron.

El escenario global acentuó la importancia de las exportaciones agrarias. Y el rol de la Argentina demandaba una revisión de las alianzas internas y externas. Todo modelo de desarrollo necesita su fuente de impulso, y Perón comprendió que la Argentina Grande no podía prescindir de sus fuerzas elementales. 

Dicho textual: “El latifundio no se califica por el número de hectáreas o la extensión de tierra que se hace producir. Se define por la cantidad de hectáreas, aunque sean pocas, que son improductivas. Si se hacen producir a veinte o cincuenta mil hectáreas y se le saca a la tierra una gran riqueza, ¿cómo la vamos a dividir? Sería lo mismo que tomar una gran industria de acá y dividirla en cien pequeños talleres”.

El debate de cuatro décadas entre la Argentina agroexportadora o la reforma agraria para cumplir la meta de industrialización, quedaba sepultado con dos frases. En mayo de 1953, en la inauguración de las sesiones parlamentarias, Perón clausuró la posibilidad de una reforma agraria clásica. El 11 de junio de ese mismo año admitió la legitimidad de la empresa privada y puso el incremento productivo en el centro. 

Una paliza con las dos manos

Con la hipótesis de una inminente III Guerra Mundial, fortalecer los resortes productivos era el criterio que se imponía para un mundo hambriento. El capitalismo argentino, en un escenario de crisis, necesitaba de motores poderosos y constantes. El conductor del peronismo entendió que, en este lugar del mundo, no hay campo sin industria. Pero tampoco hay industria sin campo. 

Las críticas que aludían a una defección llegaron desde la izquierda y la fracción intransigente de la Unión Cívica Radical, que posteriormente se hizo desarrollista. Los estudios agrarios se centraron en la propiedad monopolista, los comportamientos de la oligarquía, y reclamaron expropiaciones para terminar con el problema del latifundio en la zona del cereal. 

Desde las universidades se atacó el nuevo enfoque de gobierno. Los libros fueron escritos por los detractores que golpeaban al peronismo con una mano y al campo con la otra. La prédica antiperonista y anticampo se hizo una, y enarboló sus teoremas industrialistas para avivar las voluntades golpistas. 

Dicho textual: “El latifundio no se califica por el número de hectáreas o la extensión de tierra que se hace producir. Se define por la cantidad de hectáreas, aunque sean pocas, que son improductivas. Si se hacen producir a veinte o cincuenta mil hectáreas y se le saca a la tierra una gran riqueza, ¿cómo la vamos a dividir? Sería lo mismo que tomar una gran industria de acá y dividirla en cien pequeños talleres”.

El debate de cuatro décadas entre la Argentina agroexportadora o la reforma agraria para cumplir la meta de industrialización, quedaba sepultado con dos frases. En mayo de 1953, en la inauguración de las sesiones parlamentarias, Perón clausuró la posibilidad de una reforma agraria clásica. El 11 de junio de ese mismo año admitió la legitimidad de la empresa privada y puso el incremento productivo en el centro. 

Una paliza con las dos manos

Con la hipótesis de una inminente III Guerra Mundial, fortalecer los resortes productivos era el criterio que se imponía para un mundo hambriento. El capitalismo argentino, en un escenario de crisis, necesitaba de motores poderosos y constantes. El conductor del peronismo entendió que, en este lugar del mundo, no hay campo sin industria. Pero tampoco hay industria sin campo. 

Las críticas que aludían a una defección llegaron desde la izquierda y la fracción intransigente de la Unión Cívica Radical, que posteriormente se hizo desarrollista. Los estudios agrarios se centraron en la propiedad monopolista, los comportamientos de la oligarquía, y reclamaron expropiaciones para terminar con el problema del latifundio en la zona del cereal. 

Desde las universidades se atacó el nuevo enfoque de gobierno. Los libros fueron escritos por los detractores que golpeaban al peronismo con una mano y al campo con la otra. La prédica antiperonista y anticampo se hizo una, y enarboló sus teoremas industrialistas para avivar las voluntades golpistas. 

Proteína nacional

«Los pueblos que enajenan su tradición, y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica, económica y política».

Papa Francisco

A principios de la década del setenta, la Argentina llegaba al límite de la industrialización por sustitución de importaciones. Aún se discute si el modelo se agotó o lo agotaron de prepo. Pero aquella sociedad de pleno empleo y movilidad social ascendente vio de frente los primeros signos del desfallecimiento. 

Por entonces, la agricultura se había mecanizado y empezaban a aparecer los híbridos de laboratorio en la genética vegetal. Todavía tenía sentido hablar de la estructura productiva desequilibrada y el antagonismo entre industria o campo, vida urbana o rural, agroexportación o mercado interno.

La agonía de la dictadura de Lanusse se expresaba en el rejuvenecimiento de la política que ensanchó al peronismo por el lado de sus juventudes. La vuelta de Perón continuó la Hora del Pueblo y el intento de un modelo de desarrollo sobre la base del Pacto Social. Pero estaba en medio de un mar de contradicciones. Eso duró poco, y mayormente es triste y conocido.

Lo que acá nos interesa es otra parte de esa historia.

En 1973, ante el derrumbe de las anchovetas peruanas, la principal fuente de harina para los alimentos balanceados a nivel mundial, la harina de soja emergió como un sustituto directo.

El secretario de Agricultura del gobierno peronista, Horacio Giberti, y el subsecretario, Armando Palau, recibieron a Ramón Agrasar. En 1956 este ingeniero había fundado la empresa Agrosoja en Coronel Bogado. Hasta entonces la soja era una curiosidad botánica que solo se había utilizado como hortaliza en Misiones y Santa Fe durante los años 30.

A fines de los cincuenta, la región había abandonado el lino por motivos sanitarios, el girasol por las hormigas y el sorgo porque limitaba al maíz. Como Agrasar había estudiado en Texas y Harvard, envió unas 30 bolsas para campos experimentales de Pueblo Navarro. Para 1960, en la fábrica de Vasalli, en Firmat, modificaron la cosechadora Pluma para adaptarla a la soja. Y cuando los productores debieron cobrar los granos entregados, Agrosoja no pagó. La empresa quebró y se llevó puesta la confianza en el cultivo. Ese delito original marcaría el futuro de las percepciones políticas sobre el cultivo.    

En los primeros años setenta, en el país reverdecía la democracia, pero la crisis global resaltaba los límites del modelo industrial e imponía el rediseño de su patrón de crecimiento. Había que adoptar una visión estratégica y ofrecer al mundo una harina sustituta y una vía de agregado de valor a la producción primaria. Giberti y Palau tomaron una decisión: un avión Hércules de la Fuerza Aérea despegó hacia los Estados Unidos y trajo 80 toneladas de variedades precoces. 

Las semillas se multiplicaron y se distribuyeron para su uso en la siguiente campaña. De 79.800 hectáreas sembradas se llegó a 1.200.000 en 1975, y en los primeros 10 años se superaron los 2 millones de hectáreas. El rendimiento fue de menos de una tonelada por hectárea en 1960 a más de dos en 1980. La soja nacía en la Argentina como cultivo industrial y con una fuerza de desarrollo inédita.

Hasta 1995, la soja ocupó 6 millones de hectáreas y alcanzó los 12 millones de toneladas. Entre 1995 y 2008, la producción de granos, con la soja como puntal, se duplicó: de 50 millones a 100 millones de toneladas. Ese es otro momento bisagra en la historia de amor entre el peronismo y la soja. Pero conviene no adelantarse. 

Cuando el Hércules trajo las semillas, faltaba poco para el inicio de la campaña de 1973. Para introducir el cultivo, el INTA creó el Programa Nacional de Soja y produjo una película en 16mm. Se organizó una red de ensayos de evaluación de variedades y Agricultores Federados Argentinos imprimió en Casilda un folleto con información destinado a los chacareros. El objetivo era incentivar la soja de segunda sembrada sobre trigo y promover el uso de rastrojo para la alimentación animal. 

Al tener otros requerimientos tecnológicos y abrir la posibilidad de dos cosechas anuales, la soja acarreó beneficios en el manejo de la producción, duplicó la superficie y elevó significativamente los ingresos.

En la pampa húmeda, la industrialización se dio con talleres de maquinarias agrícolas y la aparición de fábricas, laboratorios, comercios y asesores técnicos. Al aumentar la necesidad de potencia, la mecanización se intensificó para lograr sembradoras y cosechadoras con capacidades múltiples, lo cual demandó una mayor preparación técnica, conocimientos y tareas de seguimiento para el uso de las maquinarias y la gestión de malezas y enfermedades.

El crecimiento productivo se fundamentó en la investigación científica e innovación tecnológica y dio arraigo al complejo aceitero en la región. Se instalaron molinos y plantas de acopio, se complejizó la logística comercial y el transporte, se hicieron obras de infraestructura estratégica y se abrieron terminales sobre el Paraná, proliferaron los servicios portuarios, la asistencia técnica y las capacitaciones, y se incorporó al sistema productivo una camada de ingenieros agrónomos formados al calor de las actualizaciones.

Entre 1958 y 1972 se habían desarrollado las técnicas de cultivo que dispararon ese primer boom sojero y peronista. Lo que hizo Giberti fue un mínimo gesto que definirá para siempre la conflictiva relación entre peronismo y soja: interpretó su época. Pero las historias de amor entran en senderos oscuros y peligrosos. Y acá la miramos desde Uganda. Donde la dependencia mutua rápidamente se volvió desencuentro. 

Lo que vino después siguió el curso de las alteraciones históricas. Es que por debajo de la cultura está siempre el suelo. El apoyo espiritual que es algo más que lo que se toca, se ara, se absorbe, se pesa. Es el arraigo, toda la universalidad posible. La dictadura instaló un momento de suspenso, donde la vigilia del peronismo cobró sentido de supervivencia. La “revancha oligárquica” pronto se convirtió en fracaso. La valorización financiera depredó hasta las cosechas. 

La derrota peronista de 1983 parecía inaugurar otro ciclo político. Pero la suba de tasas norteamericanas y la crisis de deuda fueron letales para los commodities. Y la agonía alfonsinista le abrió un hueco de vitalidad al peronismo. Aunque la Renovación no se preguntaba por la soja, sería el inició de una nueva etapa de esa pasión inconsumible. Esperaban años de reconciliación y euforia.     

Y si lo que dice Astrada en Metafísica de la pampa es cierto y en Uganda un silencio vacío ronda nuestro saber, la prueba está en el desconocimiento alegre del suelo en el que estamos. La soja que nos rodea es uno de los signos rúnicosen la “infinitud monocorde de la extensión”

Al ver a la Argentina por dentro, a veces no podemos detectarnos nosotros mismos ¿Cuál es la disposición anímica que se le impone al peronismo santafesino? “El vago contorno pampeano es el contorno mismo de nuestra intimidad”, podría decir cualquiera de sus dirigentes. Esa es la historia que buscamos. 

La idea es no hacerla tan larga. El tiempo prevalece al espacio. Y ya tendrá lugar el presente. Lo bueno es que, pese a todo, algunos amantes nunca extinguen su pasión. Eso quiere decir que tenemos más historia por contar.

Nos leemos la próxima. 

Qué puede un sueldo

Buen lunes.

Se fue el tercero: otro mes junto a vos. Para inaugurar el cuarto, reperfilamos Uganda. A partir de ahora nuestra editorial mensual tienen nombre propio. La sección del surubí pasa a llamarse Río arriba: la dirección que hay que seguir para encontrarse con este animal manchado, este pez sin escamas.

En la editorial anterior hablamos de la inseguridad, el elefante en la habitación. Hoy vamos a hablar de la mosca en la sopa, que cada vez está más aguada: la vida económica ugandesa.

Fue un fin de semana movidito en la arena nacional. Habrá que ver qué pasa en la semana. De todas formas, la siesta de hoy no caduca con la coyuntura, porque no es un texto sobre la foto. Apunta a repasar la película.

Para eso contamos nuevamente con la ayuda inestimable de nuestras librerías amigas. En el Juguete RabiosoParadoxaOliva y El Trocadero nos recomendaron textos, que usamos como mangrullo en el cual pararnos a declamar nuestro cadáver exquisito.

Ventajas de una educación clásica

La condición de fénix -animal mítico que renace de sus cenizas- que revista la Argentina es fatigada por muchísimos pensadores. No lo es tanto el estatus fenicio -pueblo comercial de la Antigüedad que sobrevivió siglos mientras se levantaban y caían imperios- que ostenta Uganda.

Primero posta de caminos, después sitio donde se compró y se vendió de todo, por estos días nuestro pago repecha a la deriva. En sintonía con lo que pasa en la Argentina: hay apuestas sobre el tablero pero la ruleta gira en falso.

Sin acta de fundación, sin relatos inaugurales que den cuenta de motivos, o al menos que recopilen excusas, Uganda nació siendo. Sin estar en ninguna parte. La nuestra no es una ciudad-puerto. Es una ciudad-barco. Y los vaivenes de la economía nacional impactan con su oleaje y enfilan la nave hacia donde pinte el viento.

Cuando el país remonta, Uganda infla las velas y es más veloz que ninguna. Cuando se agita la tormenta, naufragamos en un sálvese quién pueda. Esto no es literatura: tomemos la evolución histórica de la macro argentina y pongamos esa filmina sobre la de nuestra ciudad. Al contrario de lo que pasa en otros lugares, anclados en la suya para bien o para mal, vemos que acá cada boom es más intenso, cada crack duele un poco más.

Tras la cicuta macrista, decir que confinar al grueso de la fuerza de trabajo para enfrentar una pandemia desconocida fue escapar del monstruo tirándose por un barranco, es cantar una que todos la saben. Pero tenemos que hacerlo: por las características socioeconómicas de Uganda, acá impactaron los peores y los mejores efectos del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio.

La cuarentena pegó diferente en cada órgano del cuerpo social, y la recuperación no se da por igual. Todes tenemos conocidos que laburan en sectores que picaron en punta con el encierro o venden sus servicios al exterior. Al mismo tiempo que hay amigos que acumulan trabajos o emprenden para complementar los ingresos que no rinden. Es la cuerda de una cinchada a mil por hora entre las puntas de la estructura social.

El salto fue tan brusco para los unos como el enterramiento para los otros. El 2020 terminó con 13,6 por ciento de desempleo. Ahora hay menos del 8 por ciento. El problema no es la  falta de trabajo. El problema es qué trabajos hay. Y cómo quedó el ánimo de los que van a trabajar tras la debacle de los dos virus. Además de económica la crisis actual es emocional. 

¿Cuántos deseos entran en tu caja de ahorro?

En Filosofía del dinero, Georg Simmel dice que el valor del dinero está dado por lo que posibilita. Hay solo una utilización prioritaria. Cualquier otra es antieconómica. La libertad es la capacidad de elección y decisión. La guita lo que brinda es poder elegir. Y en Uganda se vive esta definición en su dimensión práctica. 

La biyuya ugandesa tiene el valor del bien decisivo. El equivalente monetario del precio personal: cuánto cuesta una vida. Como la del pibe que pedía ayuda a su mamá porque no quería matar a más gente. Y si la vida no vale nada, el riesgo de ponerla en riesgo es nulo. Todo ganancia. Mañana no es mejor. Mañana es tardísimo. 

Todo valor está adscrito a su rendimiento. ¿Importa la sustancia o el efecto? El ser humano como fundamento del dinero, o el dinero como fundamento del ser humano. Teologías en torno al Becerro de Oro. La pregunta de época para todas las épocas. En Uganda hay zonas de pesos y zonas de dólares. ¿Dónde empieza y termina la economía?  

La actividad es una, pero tiene varias máscaras. Están los que pucherean, los que corren de atrás a la inflación, los que tienen salario formal y ahorran, y los que cobran en dólares. El que paga lo caro y el que gasta casi todo en alimento. 

En la Fenicia clásica se creó el alfabeto. La palabra escrita nació porque se necesitaba tener registro de qué era lo que se pagaba, lo que se debía, lo que se tenía. En la Fenicia ugandesa se trastoca aquel invento: los negocios más jugosos son los que no ingresan en los libros contables.

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Chismódromo municipal

Lo saben los amantes sobre su lecho, lo intuyen los poetas durante el éxtasis, lo experimentan los directores técnicos en los vestuarios: lo que se susurra es más importante que lo que se grita. En Uganda, lo decimos ahora y si preguntan nosotros no fuimos, el chisme es el más real de los relatos.

Para la Esquina no hay nada peor que un botón. Ser chismoso es otra cosa. El que chusmea no buchonea: supone. No ventila intimidades: las fabula. En los detalles que exagera o calla deja entrever la realidad: lo verosímil es más importante que lo verdadero. 

En la sección En Voz Baja de La Capital hay datos más fiables que en la sección Política. Porque la información que corre en el circuito legal puede ser comprada, corrompida o incluso falseada. Nunca se sabe. El chisme, en cambio, es metainformación: el subtexto es igual o más jugoso que el texto en sí. Saber qué anda diciendo tal de tal tema es, en una Ciudad del Comercio como la nuestra, el bien más buscado. 

El precio del chisme fluctúa en base a la oferta y la demanda. Existe la inflación chimentera: quien los emite sin control, ve decaer el valor que obtiene al intercambiarlo. Hay, incluso, una filatelia: se inventarían los chismes que están fuera de circulación, se los guarda y después se trocan por otros.

Mario Castells, por ejemplo, en Diario de un Albañil nos muestra su envidiable colección de chismes sobre uno de los rubros económicos más discutidos de Uganda: la construcción. Y en sus páginas hay más data que en cualquier informe de la UNR. 

El libro está hecho, en apariencia, de simples chismorreos de barrio. De que el padre era un jefe de mierda, de que Damián se ponía en pedo pero era buen amigo, y de que se cogió a una mina en un departamento lujoso y no quiso decirle que había sido uno de los obreros que lo edificó. Ese tipo de relatos que necesitamos como el pan de cada día. Porque el chisme es nuestra forma de la literatura. 

Pero también sabe intercalarlos con otros, más barrocos. Como cuando nos cuenta que con su papá le construyeron una mansión a Samuel Rosenbaum, dueño de Natalio Automotores, la concesionaria que le vendió con papeles truchos un BMW al Fantasma Paz. Rosenbaum nunca pagó por el trabajo. Semanas después, cuando los Castels pasan con el auto por la puerta de un restorán y lo ven, el padre le grita: “Pagá lo que debés forro”. El otro se ríe, y lo saluda. Castels hijo alcanza a escuchar que Rosenbaum le comenta a sus compañeros de mesa: “El paraguayo es un amigo, siempre que me ve me hace la misma joda”.

En Uganda no importa lo que pasa. Si no lo que se dice que pasa.

Te acordás del gato?

Más vale conseguir un arma que un trabajo

Cada tanto suena la rítmica de los planes sociales, los servicios informales, las economías populares. Se deja sonar el lado B de la economía. Pero los que discuten son bastante menos que los otros: los que hacen que eso suceda. Los que están adentro del Nivel de Actividad. En definitiva, lo que importa es la tasa de retorno: ¿Qué deja más? 

Un lector nos envió una anécdota, que funciona de postal. 

Un domingo, antes del almuerzo, va a la carnicería. Pide un pollo trozado para hacer a la cacerola. El carnicero se ríe: «los domingos no trozo pollo, es de mal gusto». Desde la caja le gritan «planero tenías que ser» y el carnicero vuelve a reir y le recrimina «pero si vos me tenés en negro». “Sí, te tengo en negro”, dice el dueño, “porque te conviene, porque con los planes y lo que te llevás acá ganás más que poniéndote en blanco… Tenés todos los planes vos, plan cunita, plan mi casa, plan mi pieza, plan mi primer trabajo, plan no trabajo”.   Mientras tanto el pollo sigue ahí entero, sin partirse, mientras los dos se chicanean. Nuestro lector ya no presta atención. Se queda con ese dato: el carnicero cobra más en el combo laburo + plan que teniendo un trabajo en blanco. Trabajador y patrón aceptan resignados, risueños, esa realidad. Fuimos del gato al pollo, nos dice nuestro lector que pensó. 

Porque entre la puesta en escena del gato a la parrilla, que dio lugar a nuestro sobrenombre, y el reemplazo del asado por dos cebollas, un pimiento, y un poco de arroz con pollo, hubo una, hay otra, crisis. Y, más importante, existió en el medio, una reconstrucción política inédita en la historia. La Década Ganada. Que duró, su nombre lo dice, una década. De 2002 a 2012. Si nos ponemos a hilar fino, hoy no empezó ayer. Arrancó hace diez años. Cuando la economía, el ánimo y la correlación de fuerzas vienen, en la clase trabajadora, empezaron a ir para atrás. Los ciclos del fénix.

Roberto García, en el prólogo a “El Dos Mil 1”, de Héctor Cepol, insiste en que la pervivencia del Argentinazo anida en la transformación de pequeños devenires de fragmentos del cuerpo social. Fueron “experiencias más o menos comunitarias, y más o menos individuales también”, asegura García. La de 2001 fue una crisis que, sacudida por abajo, se resolvió por arriba. La actual es transversal. Y por eso se parece a un infarto largo. Si finalmente estallara, no hay garantías de que existan pequeños devenires de fragmentos. Porque lo que puede un cuerpo tiene límites.

El trabajo es malo y se paga peor: el costo de oportunidad del gil trabajador es cada vez más gravoso. Los círculos concéntricos de la exclusión laboral se acentúan. Los empresarios se quejan de que no consiguen personal no ya capacitado, siquiera voluntarioso. Y la carne de cañón de la ciudad violenta es la misma población joven que rebota contra las paredes de la cárcel que es el mundo.

“El tema es que la economía anda mejor que el gobierno”, se dice en el Cordón Industrial. La postpandemia exige a la Política no quedarse en mera transferencia de dinero o asistencia paliativa. Se necesitan políticas de Estado y también políticas de estaño. Y ante la imposibilidad, se repetirá la oración: transformar planes en trabajo. Aunque Beetlejuice sea una película pasada de moda: al empleo genuino se lo invoca tres veces para que aparezca, 

Surge entonces la desconfianza. O peor,  descreimiento. En las instituciones públicas y en el sector privado. Te salva esta. Así en Uganda la condición asalariada toma nuevas formas, que generan nuevas superestructuras. Proliferan los trabajadores autónomos, los independientes, los informales, los ilegales, los multiocupados o los microempresarios.

La fisonomía del trabajador muta en el Gran Rosario. Y no solo en términos geográficos, sino temporales. En las paradas de bondis desde hace algunos años convive el que con el overol espera que lo recojan para ir a la cerealera, con la chaqueta todavía con olor a soja del día anterior, y el que espera el 103 para ir a atender un minimarket, con el celular  enviando data virtual de sus emprendimientos, multitaskeando para sobrevivir. 

Se cruzan diariamente, pero siempre uno cree que trabaja más que el de la vereda de enfrente. Y por la orilla del cordón pasa una piba vendiendo pañuelitos. 

El barroco lenguaje visual de The Wire - Jot Down Cultural Magazine

Los pequeños detalles

The Wire, la histórica serie de HBO, más que una serie policial es una serie sobre el trabajo: ese lugar donde somos con y para los otros. Uganda, cuna de la inseguridad, tiene puntos de relación con la Baltimore que retrató David Simon a comienzos de los años 2000.

En la serie, cada personaje, es un empresario de sí mismo. Todos los personajes pactan con una mentira para sostener el negocio. Todos viven la vida del empresario pero cuando se les advierte sobre sus responsabilidades, se atajan: trabajan para alguien más. En Uganda sucede algo similar. Los actores sociales que aparecen en el registro de la ciudad siempre son la punta del iceberg de algo mayor. 

Las finanzas y el narcotráfico son formas del emprendedurismo. Los dos tienen como fuente y como resultado el riesgo y la desregulación. Mientras mayor riesgo mayor circulación y también mayor ganancia en términos residuales. El soldadito toma los propios códigos y valoraciones que un agente de bolsa a la hora de pensar su negocio, y el agente, también se mimetiza en el emprender más allá de cualquier límite.

La filósofa estadounidense Debra Satz en su libro “Por qué algunas cosas no deberían estar en venta. Los límites morales del mercado” caracteriza a fondo los mercados que llama nocivos. Un mercado es nocivo cuando la naturaleza de su información es inadecuada para el resto, y por eso está oculta. Pero no se puede ocultar lo evidente. En cambio, se hace como si, para que el negocio siga funcionando.

Se sabe, o cree saberse, cuáles son las agencias financieras que lavan el dinero de los circuitos ilegales. Dónde están los búnkeres. Quién compra, quién vende, quién connive, quién mata o deja morir. Se sabe. Cree saberse. Pero comprometer una pieza puede hacer que el yenga entero se venga abajo. Nadie nos quiere, todos nos festejan, reza el trapo, y con razón.

El riesgo es la herramienta fenicia por naturaleza. En Uganda, el trabajo no es sinónimo de estabilidad, el trabajo es sinónimo de riesgo. Y la dinámica de las relaciones interpersonales mediadas por bienes, es decir, el laburo, es más dificultoso, más ingenioso, más vivaz. Emprender en Uganda es más fácil pero más peligroso y a su vez, más redituable que la estabilidad.

Los espectadores de este show somos todos aquellos que desean vivir en una sociedad donde la paz y el orden no sean un negocio. La famosa, la inefable, la que no es nadie pero somos todos: la clase media. Que, al mismo tiempo, en sus lógicas de vida, comienza a corromperse por ese hilo que termina afectando toda la trama.

El trabajo ya no es lo que era. Sigue siendo.

Entonces, la pregunta es: ugandeses, ¿para quién estamos laburando?


Títulos, autores y beneficios

Como parte de nuestra comunidad lectora, durante el mes de julio podés conseguir con descuento los libros que componen el estado del arte ugandés.

Filosofía del Dinero, de Georg Simmel tiene 10% de descuento en El juguete rabioso.

Por qué algunas cosas no deberían estar en venta, de Debra Satz, tiene 10% de descuento en Paradoxa.

Diario de un albañil, de Mario Castells, tiene 10% de descuento en Oliva.

El Dos Mil 1, de Héctor Cepol tiene 10% de descuento en El Trocadero.