Dibu Martínez hace terapia

Muy buen lunes. Nos remontamos a un par de semanas atrás. 

Termina el segundo partido de la selección argentina en Qatar. Acabamos de ganarle a México. Un dos a cero que fue como una cantimplora de agua helada en el desierto.

El verbo escrito en plural me hace pensar en algo: ¿Somos plural en la victoria y en la derrota? En el entretiempo dejamos las uñas en paz un rato. Nos aferramos como sea a ese momento en el que aún todo podía suceder. Lo malo y lo bueno. Como estar al borde del abismo. Una amiga, víctima del estrés habitual en todo estudiante en estos tiempos de finales, me dice: “Si yo estoy sufriendo así por tener que presentarme a una mesa de examen no quiero pensar en ellos que tienen a millones en todo el mundo esperando que los hagan felices”

Casi sin querer nuestro arquero, el que junto con otros nos sostuvo en ese abismo, comentó a un movilero que había tenido que hablar mucho con su psicólogo porque después de los dos goles de Arabia Saudita había quedado mal.

Rápidamente las redes sociales replicaron la frase del Dibu. De repente, una de las personas mas importantes del país en este momento y encima hombre, había dicho que iba a terapia. Y así, miles de personas se sintieron avaladas en su demanda, multiplicando los “viste que tenés que hacer terapia”.

Pero, ¿todos pueden? 

En una reunión con promotoras de género comentan que en los centros de salud barriales es imposible conseguir un turno para un psicólogo. Que te dan solo uno por mes y que se trata de sesiones de media hora. Es decir, quienes no pueden pagar la terapia, difícilmente pueden acceder a ella.

Argentina es el país que un estudio realizado en 2018 lo posicionó en lo más alto del ranking de personas psicoanalizadas. También tiene la mayor cantidad de psicólogos per cápita. La palabra “ansiedad” lidera en buscadores de la post pandemia. Así y todo, una sesión de terapia oscila entre los 2000 y los 2500 pesos. ¿Quiénes son los que acceden? Ahora que la salud mental está en agenda porque La Scaloneta la hace entrar al campo de juego, quizás sea hora de hacer entrar a otros jugadores: a les militantes de la salud mental popular de Casa Pueblo.

Maira me responde con respuestas elaboradas y extensas. No nos vimos, hablamos por WhatsApp. Veo como se prende la pantalla del celular con cada mensaje.

Es sábado a las nueve de la noche. Yo estoy esperando que toque La Renga. Ella, en la previa del Festival de Casa Pueblo que el día posterior deslumbrará en el parque Alem. ¿De la salud mental de los militantes quién habla?, pienso. No paran de trabajar nunca. Le pregunto sobre Casa Pueblo, los espacios de atención y acompañamiento comunitario que fueron abriéndose en los últimos años bajo la órbita del Movimiento Evita. Por ahora cuentan con 73 casas en todo el país. 

Hablo con Maira Cisterna, la Directora de Casa Pueblo en Rosario y con la psicóloga Sofía Chapot y el equipo de Casa Pueblo de San Lorenzo. Me intriga cómo empezar a desandar la denominación de popular que incluyen a la hora de hablar de salud mental

“El acceso a la salud y a las terapias se ve coartado en los barrios populares, hay un modelo de salud hegemónica que no tiene en cuenta las distintas problemáticas que atraviesan los territorios. El Estado pone pocos profesionales y con cantidad de horas insuficientes para la población. Pagar para una terapia psicológica es algo que está pensado para la clase media”, es una de las primeras cosas que me dice Maira. 

Argumentan además que: “Hablamos de salud mental popular porque entendemos que nuestros dispositivos no pueden ignorar las distintas problemáticas que atraviesan les pibes en el territorio. Nos paramos en un paradigma que tiene que ver con tareas de cuidado y reducción de daños. Articulamos para construir comunidad”.

Les consulto qué es de lo que más se habla, qué es lo que ven en los abordajes que hacen en éstos dos territorios distintos pero que al mismo tiempo comparten algo. Porque si bien en los índices de búsqueda, al argentino promedio le preocupa la ansiedad, quizás en los sectores populares las dolencias son afectadas por otros aspectos.

Desde Rosario, Maira me dice: “La violencia en los sectores populares está a la orden del día, son distintas las vivencias en un barrio de la periferia que en el centro de la ciudad. En el abordaje de los consumos problemáticos, tenemos en cuenta sujeto, contexto y sustancia y es a partir de ahí que se construye el acompañamiento. Cada casa cuenta con un equipo interdisciplinario.

Por su parte, Chapot aporta: “En esta configuración actual de diversos malestares y de profundas desigualdades psicosociales, creemos que es fundamental reflexionar sobre una salud mental que suponga resistencia y lucha, que devenga comunitaria y popular; con plena participación de los usuarios/as, quienes tienen que incluirse necesariamente en las acciones y decisiones que los afecten directamente”.

«Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados», dijo el Papa Francisco en medio de la pandemia. “Al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente».

En Pichincha, en una de sus calles más transitadas, hay una pintada que dice: Terapia junto a un corazón. En los barrios populares, no se grafitea esa palabra. Pero en algunos, se traduce en “potrero”, “amigos”, “familia”, “comunidad”. Y también ahora “Casa Pueblo”.

Reflexiono sobre esto. En las mesas que he compartido este año con amistades y colegas, la palabra terapia sobrevoló más de lo habitual. Y también registro que se ha comenzado a hablar en otros espacios, convirtiéndose en una demanda cada vez mayor. Para bregar por un derecho, primero hay que reconocer la necesidad. ¿En todos lados se reconoce a la terapia como algo necesario para salir? Quizás hay que aprovechar el momento en el que el arquero de la selección argentina la reconoce como necesaria para no caer en la trampa de la derrota.

Volviendo a Francisco. El “Nadie se salva solo” con la pandemia se convirtió, además, en un motivo de comunión y una motivación para seguir construyendo desde lo colectivo.

“Lo comunitario es fundamental para que una persona pueda desarrollarse plenamente, ya que sin la construcción de lazos vinculares no se puede concebir prácticamente nada”, expresa el equipo de Casa Pueblo de San Lorenzo. «Nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes, corrientemente olvidadas, que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show, pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia», decía el Papa al final de ese discurso.

Eso intenté hacer en Uganda. Contar las historias de aquellas personas que tejen y sostienen. Que preparan la cancha, para que cuando sea el momento, podamos transformarlo todo, o al menos algo. Así como el Dibu se apoya en su psicólogo, así como el equipo se apoya en Messi, así como todos nos apoyamos en esa ilusión. Todos necesitamos a alguien a quien llamar para contarle nuestras suerte o nuestra desgracia. En la victoria y en la derrota.

Nos vemos la próxima, cuidense.

Metropolitana

Buena siesta, ugandeses. Hoy les voy a hablar desde mi ciudadanía semi-ugandesa. Esta conversación tiene dos momentos: uno se remonta a diciembre del 97; el otro, a dos semanas atrás con la salida de nuestra editorial mensual. 

Cuando tenía cinco años mi familia decidió mudarse a Granadero Baigorria, la ciudad-barrio de Uganda. En busca de lo mismo que miles de familias que, en las últimas décadas, decidieron irse hacía los márgenes: algo de tranquilidad, un espacio verde, y un lugar donde crecer. Ahora escribo desde la misma pieza que me recibió cuando nos vinimos desde un monoblock de Casiano Casas.

Mi escolaridad la hice en el cordón: Baigorria y Bermúdez. Hasta que empecé a estudiar en Uganda. Gracias a mi gran poder de desorientación, me perdí incluso al ir desde Moreno y San Luis hasta la plaza Sarmiento. Cada tanto me vuelve a pasar. Como consecuencia de eso, en estos últimos años he conocido de Uganda más de un rincón que me enamoró. 

La desorientación a veces es una virtud de la que hay que apropiarse con valentía. Nos ha dado muchas alegrías a los y las que vamos desde el área metropolitana a laburar, estudiar, salir, tomar mates en el parque, recorrer alguna feria y una infinidad de etcéteras. 

Por eso, no entendemos cómo no pueden verlo al revés. Y hablo en plural, porque es un tema de conversación que tenemos entre los forasteros desde que somos jóvenes que deciden buscar algo en Uganda. Algo que, creíamos, nunca encontraríamos por estos lares.

Hace un puñado de sábados, tocó Skay Beilinson en el Metropolitano. La recorrida obligada de un recital de estas características es: previa en el Scalabrini Ortiz, recital y García. Después, vuelta a casa. 

Al igual que durante años, esperé reposada en las paredes de la esquina de Ovidio Lagos y Santa Fe las luces verdes rodeadas de amarillo que anuncian el bondi para volver a casa. Son sólo unos 30 minutos de viaje, como si fuera a Fisherton. Para otros, una hora, o incluso más, si estamos hablando del final del recorrido en Puerto General San Martín. 

En la parada nos cruzamos entre conocidos. Nos saludamos. Intercambiamos impresiones del recital, qué onda Garcia o la Sala de las Artes, a la que todavía le decimos Dixon (o me hago cargo, le digo) como una forma de aferrarnos a un pasado que ya fue. Un ayer en el que descubrimos la Gran Ciudad dejando atrás el miedo a perdernos. 

Los ugandeses también esperan bondis, piden taxis, pasan por un pancho o chipas. La noche nos agrupa y homogeneiza, hasta que, como en la canción de Serrat que toca Farolitos, la fiesta se termina, y vuelve cada uno a lo que le corresponde: el ugandés, a Uganda; nosotros, a nuestra Área Metropolitana. 

En estos años, nos hemos apropiado de un speach, una suerte de charla de ascensor en la que tenemos 2 minutos o menos para encantar a un ugandésy convencerlo de que pierda el miedo (le digo miedo para que suene mas o menos amigable, pero se que es, muchas veces, comodidad), se tome un bondi, y venga para acá. Ofrecemos Sube, números de taxis truchos, comida temprano, por si les preocupa llegar de noche, after por si quieren esperar a que se haga de día, cama, ducha, todo. 

Durante largo tiempo, mis amigas ugandesas me albergaron en sus casas. Se reían cariñosamente de mi capacidad para armar la mochila, oscilando entre la ropa para cursar y la de salir, para esos días en los que volver no me convenía, aunque se tratara solamente de 30 minutos en bondi. 

Para nosotros, es una cuestión de reciprocidad. Ahora, después de patear (un poco) el tablero les decimos: “de la misma manera que nosotros fuimos, ustedes pueden venir”. Pura lógica. 

Cada tanto, sigo escuchando que me preguntan: pero, ¿soles ir a Uganda? Me parece hasta desubicada, porque es obvio que sí. Pero también me encuentro a veces preguntándoles a los de más allá si suelen ir a Uganda, haciendo uso de mi cualidad de metropolitana, de vecina del Gran Uganda. 

A veces nos sale. Convencemos. Los traemos para acá. La mayoría de las veces se van encantados. Ven que no somos tan distintos y, al mismo tiempo, que acá sobrevive algo que en Uganda parece estar muriendo. Un aire que dice que todavía hay cosas que pueden suceder, que todo está por hacerse en este conurbano que hemos construido, y que uno puede despojarse de la pose. Hay algo barrial que te permite ser.  Quizás a Uganda le pasó eso: de tanto que fue, ya es una ciudad que se quedó en el camino. Agotó su aire

“Tanto oxígeno en el aire esta noche, que no quiero ir a dormir. Abriéndose un libro lleno de emociones”, cantaba Mario Pardal, la voz de la histórica banda sanlorencina La bolsa. Un blues for export, desde la región portuaria. ¿Qué sería si esos barcos llevaran nuestras canciones? Llegará el día, quizás, en que desembarquen en algún puerto, en alguna estación más. Tanto oxígeno, tanto para hacer. 

El aire viciado por el humo fabril, que se llena de notas musicales, de voces, de aplausos. Es imposible escribir sobre esto y no talibanear. Saber que acá (todavía) se puede respirar. Sí incluso andando en bicicleta, al traspasar la frontera-parque entre Baigorria y Uganda, te recibe otro aire. Uno que ayuda a respirar. Oxígeno para que surjan las ideas.

El segundo momento de este diálogo llega post editorial. Ahí escribimos sobre el deseo ugandés de constituirse como Ciudad Autónoma. Mencionamos el mil veces presentado proyecto del Puerto de la Música. Este, encargado en el 2008 al arquitecto brasilero Oscar Niemeyer por el intendente Hermes Binner, se trata de una obra millonaria que haría a la ciudad una ciudad más importante. Por eso Uganda lo quería. 

Ahora dicen que la construcción, proyectada para la zona portuaria de Avenida Belgrano entre Pellegrini y Cerrito, se trasladaría a la vera del mismo río, pero a la altura de Granadero Baigorria. Casi en la frontera entre ambas ciudades: en el Remanso Valerio. 

La canción considerada un himnougandés, fue escrita en Baigorria, por un baigorriense. La oración que cualquier ugandés canta a los gritos cuando se encuentra fuera de su tierra para hacerse notar, ni siquiera es propia. Pero algo nos hermana: el río, los puertos, los trenes (cada vez más cerca). Seguimos yendo y viniendo entre una ciudad y la otra. Solo falta perder el miedo a ser, por fuera de esos límites.

Y perder, también, el miedo a perder: prestigio, dinero, identidad. Hace muchos años, al anunciarse el proyecto pensado para albergar a más de 30.000 personas en espectáculos de primera calidad, el ente encargado de llevarlo adelante decía: “Allí donde termina la ciudad y comienza el puerto, ese es el sitio del Puerto de la Música”. Ahora podría decirse lo mismo: allí donde termina Uganda y comienza Baigorria. En esa frontera metropolitana está el sitio para que ocurran muchas cosas.

“Si hubo una casa con diez pinos, ¿por qué no puede haber alguna más?”, se preguntaba Pardal, el pájaro cantor de San Lorenzo. Lo mismo nos preguntamos todos los días. ¿Hay lugar para todos? La respuesta es sí. Si nos animamos a perdernos cada tanto por fuera de la gran Metrópoli para buscar más allá de los márgenes y crear un área metropolitana en la que todos y todas encuentren un lugar para ser en el tercer conurbano más grande del país. Que por fuera del poder de Metrópoli, Uganda le permita a los demás respirar un poco. 

Una utopía sin techo

Buen lunes. Espero que esta semana los y las encuentre bien. Yo solo espero que sea mejor que la que pasó.

La semana pasada tres ciudades del cordón industrial quedaron a oscuras por un incendio en la planta transformadora de Capitán Bermúdez. Cinco días sin luz. La cabeza piensa muchas cosas cuando lo único que puede hacer, ya caída la noche, es mirar la sombra que dibuja una vela en la pared. 

Muchas cosas. La mayoría son dramas cotidianos. Problemas de heladera llena, de corazones inquietos. 

¿Podré volver a comer el queso que dejé en la heladera o tendría que comerlo todo ya? ¿Podré usar esa leche para el café de mañana? ¿Cuánto tarda la carne en descomponerse? ¿Mis vecinos se preguntarán lo mismo? ¿Y los de más allá?

Porque más allá, en otros barrios, el corte de luz afecta el funcionamiento de las cosas de otra manera: el frío, por ejemplo, que es evitado en muchas de estas casillas mediante estufas eléctricas. ¿Dormirán abrazados?, ¿O correrán el riesgo de prender un fuego, jugando con la muerte para evitar el  viento que se cuela por las paredes? ¿Tendrán comida en la heladera pudriéndose? ¿Tendrán comida?

Volviendo a mi casa una de esas noches. Lejos de la avenida me invadió ese miedo que ya es casi cotidiano: el de la inseguridad. Recuerdo el día en el que vi por primera vez mi calle pavimentada. La gente no come con obras públicas, pero que cambia la vida tener alumbrado y cordón es innegable. Una no se siente tan a la deriva. Ese día entendí una nueva razón que motiva este pedido en muchos barrios. Una vez una vecina de Copello me decía entre lágrimas que estaba cansada de que a sus hijos los discriminen en la escuela porque llegaban con las zapatillas embarradas. El problema no es el barro. 

¿Qué se hace con una injusticia cuando se vuelve algo cotidiano?

El sueño metalizado

El mapa de los barrios populares en Argentina presenta un manchón azul entre Santa Fe y Buenos Aires, pero, al hacer zoom, los puntos azules se aglomeran uno sobre otro, hasta generar una franja, en Rosario y alrededores: puntos azules amontonados para señalar que ahí vive gente amontonada, sin agua, sin luz, sin gas.

Si hacemos más zoom, encontramos en Baigorria un barrio condenado desde el nombre: Camino Muerto. Al fondo de la calle Eva Perón, a metros del ex centro de detención La Calamita y la Circunvalación 25 de Mayo. Al oeste las vías del ferrocarril, como un peligro más. 

Camino muerto es un asentamiento nuevo. Los números no pintan la realidad pero ayudan a proyectarla: actualmente lo integran 300 familias. La mayoría de ellas se asentó desde el año 2016 a esta parte. En apenas cinco años el barrio creció pasando de cincuenta familias a las que son actualmente. Más de mil personas viviendo en un puñado de cuadras delimitadas por los vecinos. Dos espacios verdes para que los pibes y las pibas tengan donde jugar. Dos arcos y una pelota para olvidarse por un rato que el suelo que pisan está olvidado.

En el 2016 fueron relevados por primera vez por el Ministerio de Desarrollo Social. Desde ese momento hasta ahora, el barrio cambió de forma. Incluso los vecinos se organizaron y consiguieron engancharse al paso de agua más cercano para poder acceder al menos a ese servicio básico.

Camino Muerto es uno de tantos barrios que anhela su urbanización. Está proyectándose y  dentro de las prioridades. Las obras, a cargo de la Secretaría de Integración Socio Urbana (SISU) y, en este caso, la Universidad Nacional de Rosario, tienen como objetivo el desarrollo de la red de agua potable, desagües pluviales, cloacas, conexión eléctrica, alumbrado público, forestación con árboles nativos, entre otras cosas. Por otro lado, al estar incluidos en el RENABAP no pueden ser desalojados. El hecho de ser considerados barrios populares da por entendido que ahí viven ocho familias, o más, que en la mayoría de los casos no cuenta con un papel que diga que son dueñas de ese suelo.

En Santa Fe son un total de treinta y tres barrios con obras de urbanización con una inversión nacional de más de 6.400 millones de pesos. Treinta y tres barrios a la espera de una firma para ser urbanizados. Una firma para incorporar estos deseos a las acciones estatales, como realidad efectiva. ¿Qué es lo que esperamos del Estado cuando hablamos de integración socio urbana? 

En 1920 el sociólogo Robert Park escribió: “La ciudad es uno de los inventos más consistentes y, en última instancia, de sus intentos más exitosos de rehacer el mundo que habita a partir de los deseos de su corazón. Pero si la ciudad es el mundo que el hombre creó es el mundo en el que de ahora en más está condenado a vivir. Al hacer la ciudad, el hombre se ha rehecho a sí mismo”. 

¿Qué ciudades hemos creado y cuáles queremos crear?

Espero que coincidamos en que no queremos ser un sujeto creador de una ciudad en la que siga habiendo excluidos sin derecho al suelo, al espacio, a la comunidad.

Un cuarto propio

A mis casi 30 años muchas veces no me veo adulta. Hay algo en la idea de maduración que conlleva la conquista del espacio propio. Todavía en la casa de mis viejos muchas veces reniego, y muchas, la gran mayoría de veces, agradezco. Por el techo, por la comida, y por no lidiar con inmobiliarias. Releo: la casa de mis viejos. Dije bien. Es que ya estoy en ese momento de la vida en el que esa casa familiar no es del todo mía.

Sin embargo, he hecho de mi pieza ese espacio al que sí puedo nombrar como propio. Desde donde pienso ahora cómo harán tantas mujeres y hombres que tienen que compartir su espacio con otras personas. A veces hasta dos generaciones bajo el mismo techo metalizado. Los sueños mezclados.

El sueño de la casa propia, el derecho al espacio íntimo y personal, a cuatro paredes entre las cuales construir una vida, y sueños nuevos a su vez, es algo que parece cada vez más lejano. El último censo demostró que, al contrario de lo que se esperaba, no crecimos tanto. No nacieron tantos argentinos. En los grupos de WhatsApp se comenta el tema: “Estos millenials no quieren tener hijos. Ya no hay institución que se mantenga en pie”. Otro responde: “¿En qué parte de mi monoambiente pondría la cuna del bebé?”.

Daniel Santoro. "El sueño de la casa propia". - El Anartista

En el transcurso del armado de esta entrega, las conversaciones giraban en torno al tema de la vivienda. Me sorprendió cuántos estamos mirando ese sueño como a un abismo. Sin techo ni suelo. Aventurarse, ya no a comprar, si no a alquilar es, para muchos, un salto al vacío. Sin embargo, en la búsqueda de cuatro paredes, nos aferramos a algo. Porque donde hay un sueño, nace una necesidad. Y de las necesidades nacen los derechos.


Una de mis amigas me comenta: “El otro día tuve una reunión con mujeres de un barrio popular de Granadero Baigorria. Me preguntaron si no sabía de algún terreno para comprar, que tenía $30.000 ahorrados. Que el marido está con trabajo estable, y que cobran dos asignaciones universales. ¿Cómo hago para no quemarles ese sueño?”

Todo esto termina con un taxi de madrugada cuando el tachero me dice: “Ahora ni siquiera si te ganas el Quini podés hacer algo en este país. Más vale irse afuera con todos los billetes y listo. No hay futuro para ustedes los jóvenes”.

¿De repente nos robaron el sueño de ganar el Quini también?

La próxima seguimos. Que tengas buena semana.

Ah, me olvidaba, el ganador del sorteo del libro Linchamientos: la policia que llevamos dentro que hicimos por Twitter e Instagram es @guidofiora. Gracias a quienes participaron.

No quiero ser la protagonista de un podcast

Buen lunes. Es un gusto volver a encontrarnos. 

Es martes por la noche. Tomo mi tercer cortado en un bar, los auriculares me aíslan de una realidad para meterme en otra. La voz de Flavia Campeis y la música de Julieta Sciasci, Francisco y José Mateucci, me transportan a septiembre del 2011 en la ciudad de San Lorenzo. En Spotify se reproduce Una desaparecida: el primer capítulo de los cinco que integran la primera temporada del podcast ¿Dónde está Paula?.

Una vibración me distrae. Bajo la mirada hacia la pantalla del celular. Abro WhatsApp. Reproduzco un audio: “Amiga, la encontraron muerta. El hijo de puta la había enterrado en un contrapiso en el patio. Está prófugo”. Pasado y presente se conjugan en un punto en común: la muerte. 

El cuerpo sin vida es el de Nora Escobar.

A Nora Escobar la mataron de 17 puñaladas y el esposo está preso por  femicidio

La reproducción del episodio se mezcla con las voces entrecortadas de la chorrera de audios que me llegan de los grupos de organizaciones feministas. No quiero volver a la realidad. Pienso que todo esto que pasa en mi teléfono puede llegar a ser material de archivo. Me invade un recuerdo: ¿Por qué siempre me interesaron estas historias? La que estoy escuchando y la que llega por WhatsApp. Me encuentro de chica devorando relatos llenos de errores de ortografía, íntimos, sencillos. Foros, blogs, grupos de Facebook, en los que me pasaba horas y horas devorando publicaciones de asesinos seriales y crímenes reales. Empiezo a pensar este crimen en clave narrativa.

Anoto los hechos como un podcast:

(Cortina instrumental que indique incertidumbre) 

(Locución) Nora estaba desaparecida desde el 22 de abril. Ese fue el último día que alguien la vio. Karen, su hija, se enteró días después que ella ya no estaba yendo al trabajo. Los jefes le habían preguntado si ella sabía algo de su ausencia. Al mismo tiempo, el entrenador de su mamá le comentaba que también estaba faltando a entrenar y que dentro de poco tenían una maratón. Karen cuenta que cuando fue por primera vez a buscar a su madre a la casa que compartía con Gregorio Brítez, en el barrio Martín Fierro de Granadero Baigorria, éste le dijo que no la veía hace tres meses, y hasta la acusó de haberse ido con otro. 

Ese día Karen se va. En el fondo de la casa, el cemento hecho hace unos días se seca lentamente. Se sabría luego del hallazgo que quien le abrió la puerta la había asesinado de 17 puñaladas.

(Se escuchan una puerta cerrarse y los pasos yéndose por una calle a lo lejos)

(Silencio)

El true crime como formato está en auge en Rosario y sus alrededores. El podcast es el medio por excelencia del momento para consumirlo. Vuelvo al recuerdo. Mi adolescencia frente al monitor de una computadora que funcionaba a duras penas. Consumiendo historias clásicas. El Petiso Orejudo, El Ángel Negro, El hombre de la bolsa, Yiya Murano. Ahora la diferencia está en que soy contemporánea a las historias que escucho. Y más que relatos de asesinos ahora escucho historias de víctimas. Lo que me rodea se transforma en contenido. Pienso en mis gustos: ¿Por qué me pasaba tanto tiempo leyendo historias anónimas, escritas así nomás? ¿De qué me escapaba? ¿Ese lugar era mi refugio al televisor prendido con el noticiero en el comedor de mi casa?

Termino el primer capítulo del podcast. En esa época terminaba la secundaria y quería estudiar periodismo para dedicarme a Deportes o a Policiales. No hice ninguna de las dos. A mis 18 años desapareció Paula Perassi en San Lorenzo. Su historia. Tenía 34 años y estaba embarazada. El caso. Investigaciones, encubrimientos, marchas. Un duelo que comenzó cuando se dio por hecho el desenlace final. Una lucha que sigue en pie y un padre que sigue buscando. Alberto Perassi quiere los restos de su hija para que su familia tenga un lugar donde llorarla.

A los días, me contacto con Martín Parodi, productor artístico del podcast que venía escuchando ese martes por la noche cuando me entero de la noticia de Nora. Él me responde: “La válvula de escape para contar esta clase de historias está en el podcast por la intimidad del lenguaje sonoro, por el formato serializado, la escucha amable, los tonos de voces menos exaltados y la escritura más narrativa. Es un canalizador perfecto para devolverle la humanidad al periodismo.”

Algo me moviliza más allá del formato. El caso de Nora se une con el caso de Paula. El recuerdo de mi obsesión por los crímenes me empuja a seguir indagando. Hay algo que se une. Anoto dos preguntas que se transforman en tres.

¿Cómo contar en pocos minutos lo que pasa cuándo los que tienen que actuar no lo hacen? ¿Cómo hacerlo sin caer en el morbo? ¿Cómo invitar, en esta época tan desalmada, a desnaturalizar las muertes injustas? 

Con estas preguntas le hablo a Flavia Campeis, una de las mentes por detrás de esta historia. Ella está en Ecuador y me manda un audio: “Los podcast que abordan temas políticos, sociales, de género, están teniendo protagonismo porque cuentan estas historias que nos pasaron a todos y todas, de una manera atractiva, permitiendo desde la selección exhaustiva de los sonidos y silencios, recrear el paisaje sonoro del caso. Invita a despertar otro sentido, sin caer en lo sensacionalista”. 

Al mismo tiempo me llega otro audio de Martín. La duración recomendada para los podcast de la zona en la que vivo es de entre 10 a 15 minutos. Es lo que tardamos en movernos de un lugar a otro en la ciudad. Un trayecto, un capítulo. Un bondi, una reproducción. En ese tiempo se debe armar una atmósfera, generar una sensación, promover una reflexión, abrir una pregunta: ¿Podré hacerlo si me lo propongo? 

Los números me dan vueltas en la cabeza. Paula está hace diez años desaparecida y solo hay dos condenados. Nora estuvo una semana desaparecida y, por ahora, hay dos imputados. Es el séptimo femicidio en lo que va del año en Santa Fe. Se contabilizan más de cien en todo el país.

La intimidad aparece. Yo también soy de Baigorria. Hay algo que se mueve en esto y hay una serie de imágenes que no puedo borrarme de la cabeza: matar a una persona, enterrarla y tirarle cemento con cal arriba para ocultarla: ¿Qué pasa por la cabeza de alguien que hace eso y se escapa, que deja todo atrás, y aparece a los días a mil kilómetros de su ciudad?

(Efecto de sonido:  una patrulla policial se desvanece a lo lejos)

(Locución) La primera vez que allanaron la casa de Brítez no excavaron, aunque les llamó la atención lo reciente del contrapiso. Días después, al verificar la última ubicación del celular de Nora, lo rompen y la encuentran.

(Sonido de herramientas rompiendo el cemento)

(Locución) Cuando esto pasa Brítez ya está prófugo. A un paso de fugarse en la frontera de Paraguay. En Baigorria, mientras tanto, cae detenido su amigo, Antonio Lipari, quien lo habría ayudado a ocultar las pruebas del asesinato, sería la misma persona que le habría dado dinero para iniciar el intento de escape.

(Silencio)

(Música instrumental para enlace)

(Locución): En el mes de marzo Nora había denunciado a Britez por violencia de género en reiteradas ocasiones. Era laburante y según había trascendido estaba buscando un departamento para mudarse. La acción por parte de las autoridades llegó mal y tarde, como suele pasar en estos casos. Paralelamente su hija y algunos vecinos stalkeaban las redes sociales de ella y su pareja: buscando claves, atando cabos. Ni la fiscalía ni la policía hicieron cosas como tendrían que haberlas hecho.

(Sonidos de la marcha por Nora)

(Locución) El martes 10 de mayo del 2022 aparece el cuerpo por la tarde. A las 21 horas de ese mismo día se confirma que el cuerpo es el de ella. Una ciudad se moviliza. Los vecinos y vecinas del barrio Martín Fierro se preguntan: ¿Qué no habremos visto? ¿Qué podríamos haber hecho? 

Los apuntes quedan como borrador. Lo que se vive me agota. Cada 25 horas asesinan a una mujer. Mientras, los podcast sobre crímenes siguen creciendo en números de escuchas. La realidad supera a la ficción. Yo solo sé que no quiero ser protagonista de ninguno.

Me desahogué. Este newsletter tiene más preguntas que respuestas. Nos vemos el lunes que viene. Cuídense.