Del mundo mundial

Buen lunes. Espero que estés teniendo un buen lunes. Entre el fin de semana largo, la lluvia y el arranque del Mundial.

Durante el del 2006 pegábamos faso en la zona de Grandoli y Gutiérrez, a la vuelta del famoso tanque que corona la postal de la zona y que aloja, a sus pies, un destacamento policial.

Nos atendía un petiso grandote apodado el Gordo, de ojos criollos y achinados. El tatuaje de una telaraña se expandía en su torso —por lo general desnudo— y le quitaba protagonismo al resto de sus tintas. Todavía no había bunkers. Trabajaba en lo que parecía haber sido un almacén, una suerte de habitación vacía con un mostrador desnudo y, en el vidrio de la ventana enrejada, un desteñido cartel de chicle Cowboy.

La puerta sí estaba fortificada con varios candados, pero se cerraba desde adentro. Íbamos al mediodía o a la tarde. Esa mañana, soleada para la ocasión, el kiosco del puntero era una fiesta. Desde la habitación de atrás, donde te cortaba los bochas de 5, 10 o 25 y de la que solo se escuchaban los ruidos de las cintas empaquetando los pedidos, esta vez llegaban las voces del jolgorio. ¿La caravana venía de anoche? ¿O recién se iniciaba?

El tono ronco y chispeante de la charla parecía subir al techo, bajar y alimentarse a sí mismo con el correr de los segundos. No era un día más. En unas horas jugaba Argentina y el kiosco del Gordo era una fiesta.

¿Contra quién jugábamos? No me acuerdo. Lo que sí conservo con claridad es la imagen del patrullero pasando por delante nuestro, mientras el Gordo nos despedía. Los canas saludaban de reojo al puntero y nosotros aguantábamos una espantosa paranoia que, una vez concluido el asunto, se trasformó en éxtasis.

Teníamos fasos y la tarde libre, jugaba nuestra querida selección y la ciudad había decidido olvidarse por un rato de sus problemas, de sus rencores y sus quilombos.  

Por calle Urquiza, desde San Martín hasta Mitre, nos arrastramos despacio con el partido ya empezado. Íbamos por el medio de la calle, vacía de autos, vacía de motos y vacía de bicicletas, dueña de un silencio que la volvía un lugar de ensueños. Las ventanas de los departamentos estaban abiertas —quizás no, pero es lo que recuerdo— y desde abajo veíamos a sus habitantes frente al televisor, conectados, en comunión, esperando el gol.

“Uuuuuuuuhhhhhh…”, se escuchó de golpe, y nos estremecimos de ansiedad. ¿Cómo mierda se nos había hecho tarde? ¿Y si en vez de ir de Adrián nos metíamos en el primer bar que se nos cruzaba?

“Uuuuuuuuhhhhhh…”, volvió a sentirse, y Francisco disparó:

—Chicos, es cinematográfico esto. ¿Se dan cuenta? Tenemos que conseguir una cámara para el partido que viene…

—¿Qué decís, mogólico? —le contestó Iván, enojado con el grupo por el retraso. Era el más cinéfilo de todos, pero también el más futbolero, y pensar en ese momento en Roman Polansky o Martín Scorsesce, nuestros ídolos, le parecía una pelotudez.

¿Aquella caminata fue la continuación de la visita al gordo? Se me mezclan las tardes, las anécdotas y los delirios adolescentes que nos atrapaban. Sé que antes de llegar a nuestro destino Argentina ya iba ganando y eso calmó las ansiedades y los ánimos.

—¿Qué te pasa, qué hacés? —le preguntó Adrián a Francisco, al verlo asomado por el balcón de un primer piso que daba a Mitre. 

—Estoy observando, boludo. Observando. Acaba de pasar un colectivo vacío, y el chofer iba despacito, con la radio pegada a la oreja, levantaba la cabeza hacia los costados como buscando un televisor… 

Ahora no fumo ni en pedo, le doy dos pitadas a un faso y durante horas lo único que hago es escaparme de las ideas desgraciadas que me persiguen desde que el humo intercepta los cables de mi pensamiento. Pero en esos años disfrutaba de la marihuana. Me volvía un ser contemplativo.

La Buena Medida todavía no había sido remodelada y sus mesas eran uno de los tantos lugares a los que íbamos a leer y a espiar la vida adulta de la ciudad —una vida que era ya desplazada por nuevas costumbres—.

Jugábamos un partido de la primera ronda y el bar había cambiado su disposición. Básicamente: las mesas se amontonaron contra una punta y las sillas en un círculo que rodeaba al televisor, a fin de optimizar la visión. Habría 40 personas en ronda, agrupadas en unos pocos metros, y el resto del bar se veía vacío de muebles y de gente.

Yo llegué sobre la hora, fumadísimo. Serían las diez de la mañana. Mis amigos estaban ubicados privilegiadamente en las sillas y decidí acodarme en la barra, flotando en ese estado casi alucinógeno al que muy rara vez —pero con la fuerza de una trompada— te lleva la marihuana.

Veía los movimientos de los espectadores en cámara lenta o, mejor dicho, llegaban a mí gritos, movimientos de brazos, el ruido de una silla que chirriaba contra el piso, y entre los estímulos visuales y auditivos y las palabras que debían nombrarlos y darle forma, había uno o dos segundos de distancia.

Hicimos un gol y el estruendo de los festejos, que tiro varia sillas para tras, producto de los saltos y los brincos, hizo que me largue a llorar. No fue miedo ni emoción, más bien una extraña avalancha de percepciones apenas sostenidas en la idea de que la selección la había embocado.

Unos minutos después terminé la Pepsi que había pedido, y el azúcar y todas las otras cosas que le ponen a las gaseosas y que ni idea que son, me normalizaron. Ese día ganamos y fuimos a mirar el río, tras encarar por Rioja al bajo,  y mientras encendíamos el tercer faso, hablábamos de lo gloriosa que es la Argentina.

¿Quién no recuerda dónde estaba y qué hacía mientras murió Maradona? Los hechos que conmuevan a las mayorías siempre te encuentran a vos por ahí, haciendo tu vida. Y un mundial nunca es un mundial más.

Podés haber visto cualquiera de los partidos importantes mientras comías un asado con tu familia o te ponías en pedo con tus amigos, hacías una pausa en el laburo o te ibas  a un bar y te hermanabas con el prójimo desconocido. Van a pasar cuarenta años y te vas a acordar dónde estabas y hasta lo que sentiste.

Todavía me interpela el silencio que nos envolvió a mi abuelo y a mí en la eliminación de Japón 2002 —la traición de algunos que todavía hoy dan vueltas por el fútbol, es algo que supe después—.

Aquella madrugada, que continuó con un rápido sueño y la ida al colegio, porque jugamos a mitad de la noche, fue de mucha tristeza. ¿Perder así? ¿Nosotros? Luego almorzamos juntos al mediodía y hablamos con mucha gravedad del tema. El con sus setenta años y yo con mis doce.

El Loco Mastrocola, un amigo más grande, siempre me cuenta la misma historia: la del día que Argentina, con el gol de Cani tras la gambeta de Diego, le convirtió a Brasil en Italia, en 1990.

Mastrocola y sus amigos habían salido la noche anterior, temprano, para acostarse y poder dormir al menos algunas horas, pero siguieron de largo y terminaron en un bodegón que había bajado las persianas, ya que la familia que lo manejaba ocupó sus mesas y solo le dio lugar a los clientes más fieles.

Así que se pidieron unas cervezas y se quedaron tranquilos, papeados y borrachos, tratando de no llamar la atención… y con la percepción endemoniada por la cocaína, advirtieron, sin embargo, que la cosa se iba poniendo espesa: no eran los únicos que estaban de pala, y la bronca que había entre dos ramas de primos empezó a hacer notar cada vez más.

El bar era de esos bares de burros y billar; y las ventanas cerradas, los vasos que “por un error” caían al piso y se estrellaban, las puteadas al árbitro y las indirectas familiares condimentaban la escena.  

“Termina y arreglamos lo que me debés”, dice Mastrocola que dijo uno, y que el destinatario del mensaje respondió abriéndose la camisa, quedándose en cuero y frotándose las manos con fuerza.

“Mirá que no sale nadie, acá sea cómo sea la cosa se resuelve”, atinó a decir quien parecía el capo familiar; dado el grado de quilombo interno, ordenaba que la cosa, sino quedaba otra, se arreglara a los cuchillazos.

¿Cuchillazos? Hoy día parece algo entre inocente y prehistórico, una brutalidad que puede costar una vida porque que es eso, una brutalidad, pero que nada tiene que ver con la fría y fantasmal manera de matar y morir que se instaló en Uganda en los últimos diez años. 

“¡La concha de la lora, es Dios, es Dios, la puta madre! Viejita, es Dios…”,  irrumpió de golpe, y de forma polifónica, la larga mesa familiar, cuando en esa jugada inmortal el  Diego bailó a los brazucas.

“GOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLL, brasileros hijos de mil puta, GOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLL”, se escuchó al instante tras el tanto del Cani, y la tensión de los córneres y las llegadas al arco, las gambetas y los segundos largos que hacen a los partidos importantes, se transformaron en alegría y expectativa.

¿Existe ese bar hoy? No. Está cerrado y probablemente levanten en su lugar una torre de departamentos. Una vez fui, por el año 2014, y ya casi no tenía clientes.

Pero volvamos a nuestra historia: cuando el árbitro finalizó el partido y la celeste y blanca, otra vez, llenaba de alegría el castigado pecho de los argentinos, los primos se levantaron de un salto llenos de júbilo. Y en un abrazo prolongado, llorando, se dijeron lo mucho que se querían, y las persianas se alzaron y la luz de la tarde los envolvió a cada uno de ellos.

El bar se pagó una ronda de cerveza para  los presentes —incluidos Mastrocola y sus amigos—, y todos, todos, todos, lagrimearon como nenes por ese mágico gol que, supongo, en algún lugar del cosmos todavía sigue sucediendo en tiempo presente, haciéndonos sentir vivos… con todo en contra nuestro, vivos.

Fakires de suburbia

Hola.

Hoy los voy a invitar a caminar por otra Uganda.

Es probable que la mayoría de los lectores de este newsletter hayan empezado a transitar la ciudad al mismo tiempo que daban sus primeros pasos en internet. Yo, en cambio, pertenezco a la generación directamente anterior. Soy de la generación que creció sin internet y un día se la regalaron, como dice la bio de Twitter de Marcela Basch.

Siempre me gustó esa frase. Pero en realidad no creo que nos la hayan regalado: creo que la construimos. Incluso desde lugares marginales, aunque no hayamos tenido ni tengamos injerencia directa en las decisiones de arquitectura de internet, esta fue, y es, una obra colectiva.

Y no fue creada ex nihilo. Como tampoco lo fueron, en su momento, las ciudades. No es que se juntaron veinte personas y dijeron: che, instalémonos acá en la Medialuna Fértil, y entonces empezaron a construir sus casitas de adobe. Fue un proceso largo, que tuvo distintas aristas. Lo mismo pasa con el entorno digital.

¿Y qué es eso? Con Pablo Boczkowski publicamos este año un libroen el que tratamos de analizar los cambios sociales, culturales y económicos que generó y sigue generando internet en nuestra vida.

Hasta hace unas décadas, nos movíamos entre dos entornos superpuestos: el natural y el urbano. Durante la pandemia, se hizo más evidente un tercer entorno, que veníamos construyendo desde fines del siglo veinte: el digital. Una nueva dimensión de lo humano, que no implica la negación de las anteriores. Al contrario, las vuelve más novedosas al pasarla por su cristal.

Entonces un día Gutemberg se levantó y tuvo una brillante idea: crear un dispositivo que permitía reproducir texto de manera mecánica

Suena bien para el comienzo de un cuento. Pero es falso. La invención de la imprenta en realidad fue el punto cúlmine de un proceso de búsqueda.

Retomando la idea de que estos son procesos y no epifanías, podríamos hablar de ese hecho fundante en la historia. Porque recordemos que la primera internet era muy textual, nada de imágenes audiovisuales. Y no se puede pensar internet sin pensar en las transformaciones técnicas anteriores. Es imposible pensar el entorno digital sin la palabra escrita, sin la palabra impresa.

Pensemos que la imprenta nace en un momento en el que los libros se producían, hasta entonces y sobre todo, en los monasterios. Los monjes vivían todos juntos, en comunidad. Al llegar la Peste Negra, esta gente fue diezmada. Pero la humanidad entraba en la Modernidad y necesitaba divulgar masivamente conocimiento. Ahí se desarrolla una forma que suple esta necesidad de producción. 

El primer diario argentino, por caso, fue el Telégrafo Mercantil. Recién varios años después vendría La Gaceta de Moreno, y el rol político, de órgano de la Junta de Gobierno, que tomó la prensa. Está bueno remarcar esto siempre que se pueda: la primera publicación periodística transmitía qué barcos llegaban, con qué mercancía, el santoral y los clasificados.

El desarrollo de la imprenta, acá y en todas partes, dio lugar a una Nación de las Letras. Lo que Habermas define como gente que comparte la capacidad de leer y escribir críticamente. Pero esa era una capacidad restringida en su origen, porque la alfabetización era limitada: por clase social, por género, por ocupación. Y corría paralela a la vida de la Nación “real”.

En Argentina, antes de que estallara la pandemia,alrededor de  85% de la población estaba online. Pero el 15% que no podía o no tenía interés en acceder a este medio, igual es afectada por el entorno digital.

No es lo mismo ser analfabeto en una cultura basada en la oralidad que serlo en una cultura letrada.

Hace unos siglos, las partes vacías de los mapas se rellenaban con dragones. Hoy no cambió mucho. Carolina Losada asegura que en los barrios de Rosario venden bebés.¿Pero dónde, Carolina?Y no sé, en una esquina, me dijeron.

En todos los centros se dan una serie de relatos sobre las periferias. Están basados un poco en experiencias y bastante en leyendas. Hay lugares, márgenes, donde no llega mucha gente y no conocemos, o conocemos porque alguien fue y después contó, y lo que contó se fue distorsionando.

Esto mismo que pasa en el entorno natural y urbano, pasa en el entorno digital. Y si hay algo que llama de los márgenes, es su parte oscura.

Mientras escribo esto pienso en Silk Road, un sitio dedicado a la compraventa de servicios y productos ilegales, cuyo creador sigue preso. Pienso en el capítulo sobre dark web de la nueva serie documental de Lanata. Que tiene con la periferia del entorno digital la misma relación que podría tener Policías en Acción con una villa de un conurbano: vas a ver lo que quieren que veas.

Pienso también en 8chan, la red social donde un terrorista neozelandés, antes de entrar en una mezquita y asesinar a medio centenar de personas, posteó su manifiesto supremacista. Lo llamativo es que si bien publicó su manifiesto en 8chan, eligió transmitir la masacre vía Facebook. La periferia irrumpe en el centro para hacerse escuchar.

Existen lugares más inocentes, por decirlo de alguna forma, pero que siguen siendo ilegales. Los sitios de descarga de audiovisuales, libros y hasta papers académicos afloran, se constituyen, circulan de boca en boca, desaparecen y vuelven a surgir. Y su propia especificidad, los propios límites que se imponen en cuanto a alcance o contenido, los vuelven inasibles. Para conocer un sitio de, supongamos, películas piratas, tenés que estar metido de antes en el tema, y así cuando cierre FulanitoFilms  vas a buscar -y encontrar- MenganoMovies.

También hay una parte de los suburbios del entorno digital que no son necesariamente peligrosos o clandestinos. Pero que de todas formas están en los márgenes. En internet hay barrios divinos a los que no llega ningún colectivo pero por el sólo hecho de saber que existen, ya podés conocerlos. Porque no tenés que agarrar el auto o caminar una hora y media para llegar. 

¿Cuál es la lógica de un blog o de una piba que crea contenido? Postear cuando se te canta, hacer un video cuando se te ocurre algo divertido. De repente un conglomerado compra lo que vos hacías y tenés que empezar a cumplir las pautas que esa empresa necesita en su lógica.

Luli Ofman sigue siendo igual de graciosa que siempre, tiene el mismo pelo divino que antes, pero cambió el sentido de lo que hacía. Y por eso no funciona, no rinde, de la misma manera. Como no funciona igual la silla que un artesano puede fabricar en su taller que la que hace en serie para vender en Easy.

O sea, sí funciona, en lo estrictamente utilitario, pero hay algo de autenticidad que se pierde. Los grandes medios intentan muchas veces sumarse a internet repitiendo la forma de producción que tienen en otros formatos. Y por eso fallan.

Hay patrones que pueden seguirse. Los instagramers profesionales pero también los amateurs saben a qué hora conviene postear, o con qué frecuencia hacerlo. Pero no necesariamente siguen la lógica de marcar tarjeta y producir en serie.

Lo que más me llama la atención es lo tarde que llegan. Titulan: el meme que encendió las redes. Y estaba hace tres días en Taringa.

Eso no significa que no tengan un lugar.

Los medios tradicionales suelen producir contenido para internet cuando no se desvían de su lógica. Una pelea en un piso televisivo logra ser más viral que un video creado por ese mismo canal exclusivamente para redes.  

Por eso quizás los medios con más posibilidades de crecer orgánicamente en el entorno digital sean los que entienden el formato sui generis, y no intentan adaptar el medio al mensaje.

Aunque tengan formas distintas, aunque sean tan diferentes como Rosario, Buenos Aires, Kampala o Nueva York, todas las urbes tienen algo en lo que se parecen.   

Y es que es muy difícil cambiarlas. Se puede, claro. Abrir calles, crear plazas, tirar y levantar edificios. Sin embargo, es un proceso lento y muy complejo. La infraestructura está hace mucho, los arraigos son otros. Los límites están más solidificados.

En cambio, en el entorno digital los cambios funcionan a otra velocidad.

Por dos cosas.

Primero, porque hay menos reglas, todavía, sobre lo que se puede hacer o dejar de hacer. La infraestructura, los límites, todavía están fijándose. Por eso es que es importante hacer hincapié en algo: si se quiere intervenir el momento es ahora.

Por otro lado, por las características de lo digital, toda transformación es menos costosa. Incluso la mudanza, para nosotros, los comunes, el irse de un barrio a otro, no representa lo mismo en internet que en una ciudad. De vuelta: estás a un tipeo de distancia.

Eso no significa que sea más igualitario. El acceso se expande, pero internet sigue sin ser democrática. Para entrar a ciertos sitios, además de saber que existen, tenés que tener las herramientas para poder hacerlo. Podrán crearse algunas comunidades armónicas, barrios modelo, pero para que sean realmente para todos y todas, hace falta un poco más que la mera buena voluntad.

Al final todo deriva, como al caminar las calles de cualquier ciudad, de tu capital social. De quién sos, de dónde venís y qué hacés con lo que el entorno hizo de vos. Y en la curiosidad que tengas por conocer los centros y las periferias.

Mapas, territorios y espejos astillados

Si bien conducir es convencer, hacer política es, sobre todo, conquistar. Votos, cargos, bancas, lo que sea que esté en disputa. Los lugares que no se ocupan lo ocupan otros. 

¿Qué mapa está mirando la política rosarina en este año par?

En una ciudad donde la expansión de la frontera inmobiliaria es una política de Estado, pareciera que los únicos que pulsean por el territorio son los narcos que maratonean con El patrón del mal y tienen el póster de Pablo Escobar pegado en la pared descascarada.

Son los que toman el espacio que el Estado, resignado e impotente, deja vacante. Los protagonistas de un negocio que fluye entre el centro y la periferia pero que, a diferencia de Córdoba o Buenos Aires, está cada vez más balcanizado.

No existe el doble pacto que cuestionaba desde la academia Marcelo Sain -la política delega en la policía la seguridad, y la policía regula el delito- porque no hay con quien negociar. Estado mínimo y mercado competitivo: el sueño libertario produce monstruos.

Por su lado, lejos de los búnkers y las detonaciones, hombres de negocios y armadores políticos también juegan sus fichas en su TEG. La ciudad multicolor. El centro, Puerto Norte y Fisherton, de Juntos. Los barrios de clase media, del Frente Progresista. Y los barrios populares, del peronismo.

Detrás de escena, armadores, operadores y estrategas -los que hacen el trabajo sucio para que los dirigentes se lleven los flashes- escriben en la mesa de arena la hoja de ruta hacia un 2023 cercano pero todavía borroso.

¿Qué hace un consultor político cuando no hay elecciones? “El laburo es el mismo, trabajamos mucho el posicionamiento. La pregunta es cómo hacemos que los políticos se instalen en el año en que la gente los mira menos”, responde un especialista con varias campañas sobre el lomo.

Como dice Bourdieu en La representación política, “el campo político es (…) el lugar de una competencia por el poder que se realiza por intermedio de una competencia por los profanos o, mejor, por el monopolio del derecho de hablar y de actuar a nombre de una parte o de la totalidad de los profanos”. 

El capital político, dice el mismo sociólogo francés, es una forma de capital simbólico, crédito fundado sobre la creencia y el reconocimiento sobre personas y objetos. Con estructuras políticas e instituciones rodeadas por la desconfianza, no parece casual que la política se llene de periodistas. De aquellos a quienes no hay que instalar en la opinión pública. Los que inspiran confianza. Los que son conocidos, reconocidos y re-conocidos. Rosario, cuna de outsiders.

El consultor olfatea una paradoja. “Por un lado, hay mucho enojo con la política. Pero los temas que más preocupan a la gente, como la seguridad y la quema de islas, sin política no los puede resolver nadie. A la vez, son demandas muy fáciles de expresar, que generan movilización e interpelan muy fuerte a toda la dirigencia. Hay que ir con cuidado con la antipolítica, porque la gente ve qué políticos se mueven y cuáles no”, dice.

¿Y vos, qué hiciste para que no nos maten el humo o el plomo?

¿Cuándo se jodió Rosario? Podría ser cuando en pleno boom de los commodities se empezaron a armar los fideicomisos donde hoy convergen fondos de dudoso origen. Cuando los gobiernos subestimaron los problemas, muñequearon y cuando habían crecido ya era demasiado tarde. Cuando mataron al Pájaro Cantero y subió Guille; en clave El Padrino, mataron a Michael y ascendió Sonny. Las balas agujerean personas y edificios. Pero también relatos. Ningún storytelling, gubernamental o partidario, sale indemne.

Según el INDEC, una de cada dos personas menores de 14 años y cuatro de cada diez de entre 15 y 29 años estaba en el primer semestre por debajo de la línea de la pobreza. En ese escenario, con una inflación de tres dígitos y el trabajo precario como única salida, el ejército narco de reserva es inagotable. 

La cuestión es qué hace la política con esta realidad exasperante y ante la cual no parece tener el instrumental necesario ni la competencia -funcional o de expertise- para intervenir. La cantidad de fotos, videos y hashtags en las redes, monitoreadas minuto a minuto, es inversamente proporcional a las soluciones. Se multiplican las escenas, reservadas y públicas. donde la política se habla a sí misma.

Sin el estatus de capital de provincia ni fecha de fundación, Rosario se creó a sí misma. En ese camino, inventó su propio sistema político: a las expresiones nacionales les sumó experimentos locales exitosos, como el propio Frente Progresista, Ciudad Futura y ahora Miguel Tessandori. No es necesariamente que el electorado esté más desregulado que en otros grandes centros urbanos, sino que encuentra más oferta en la góndola. 

Sin embargo, ese ecosistema podría estar en peligro por la topadora nacional. Tanto por la agenda -por ejemplo, por la centralidad de la cuestión del transporte, que depende de la distribución de subsidios de los otros niveles de gobierno- como por el calendario: si las elecciones locales son finalmente en septiembre se superpondrán las campañas para presidente, gobernador, intendente y legisladores.

Más allá de que todos se frotan las manos ante una elección que ven ganable no todos parten en igualdad de condiciones. Una hipótesis: la sangría de apoyos que sufren las administraciones peronistas, el loop de violencia urbana y los incendios en las islas dejan mejor parados a aquellos candidatos que puedan levantar la bandera del orden y que no estén asociados a los gobiernos en curso.

“El desafío es hablarle al ni-ni, el ‘ni me interesa, ni te escucho’. Es un público mayoritariamente joven, despolitizado, pero que está evaluando a la política a ver si alguien puede producir una mínima mejora”, observa el consultor.

Todavía no está claro el formato de la competencia. Por ejemplo, qué equipos saldrán a la cancha: si se arma -todo parece indicar que sí- el llamado Frente de frentes, si Ciudad Futura acuerda con el peronismo, incluso, si Milei logra hacer pie en Rosario. Pero tampoco los jugadores: no será lo mismo si Pablo Javkin va por la reelección o pelea por la gobernación, o si Marcelo Lewandowski decide bajar a Rosario a pelear por la intendencia, algo que hoy parece frío.

Lo cierto es que la política se asoma al 2023 con una fuerte impugnación de la sociedad. Según el último informe de la consultora Inmediata, realizado en septiembre, el gobierno municipal tiene 68% de imagen negativa, 78% el provincial y 83% el nacional.

“Después de 33 años, el ciclo progresista en Rosario llegó a su fin», asegura un dirigente opositor que mide la temperatura para tirarse a la pileta el año que viene. “El rosarino se cansó de la tibieza, de que no se tome ninguna decisión en transporte, en seguridad, en orden urbano”, concluye.

Para la política rosarina el desafío es mucho más difícil que acomodarse a los vientos ideológicos. Si representar es encarnar un nosotros, y a la vez presentar a un otro ausente en el ámbito de la decisión, ¿cómo se representa una sociedad fracturada y fragmentada? 

Y, peor aún, ¿Cómo se la gobierna?

Segunda Ciudad

Rosario funciona en espejos. 

Siempre llevó las fracturas, que tiene dentro y busca afuera, como si fuera una novela de Soriano o un capítulo de los Benvenuto: primero se pelea a los gritos y después se brinda todos juntos. “¡Lo primero es la familia!”. Una grieta vivida con menos apocalipsis encima, mas incorporada en sangre, y que mantiene todavia cierto espíritu deportivo. Es una característica, la característica idiosincrática de Rosario. 

Para nosotros los porteños, la alteridad de Córdoba con Buenos Aires es conceptualmente real pero mucho menos vivida. Cuestiones de la Isla: Son tan otra cosa que quedan demasiado lejos para la comparación. Hablan en catalán. El pais AMBA se devora la Voz del Interior. La Plata por su lado llevantó ese estandarte un rato, o quiso hacerlo, pero el mismo proceso de conurbanización se lo llevó puesto. El mayor temor de La Plata es ahora ser Jose C. Paz. Rosario, en cambio, sigue funcionando como una segunda ciudad. Nuestros primos progres, con una patina uruguaya.  

En su relación con Buenos Aires, compite por ser el polo estructural y supraestructural de la Argentina. En sus idas y venidas con Córdoba, pelea para ver quién es el más grande del Interior. Incluso en su cara más vernácula, que para el resto del país está saldada pero que en la provincia se vive fuerte, esta forma existe: Rosario, capital provincial de facto, se espeja con Santa Fe, capital de iure.

Si uno tuviese que hacer una Ideología Rosarina, se encuentra con que, para nosotros los de afuera, su hombre común es Reynaldo Sietecase. Un progresismo provinciano: la remera de rock, el fútbol, la colita recogiendo los pelos largos, la inquebrantabilidad de un justo medio. Rosario es la definitiva Corea del Centro: ni de acá ni de allá.

Un extranjero, antes de salir de Retiro con rumbo a Rosario, piensa que está yendo a Tijuana. Pero todas las veces que fui, eso no lo vi. La inseguridad, al menos su sensación, se vive como todo lo rosarino: de forma desacoplada

Caminando por la Costanera, se puede llegar a pensar que el hecho de que la crisis en materia de seguridad no sea una causa nacional, más allá del centralismo político que sufre Argentina, se debe a que los propios rosarinos se niegan a pertenecer a una ciudad mártir. 

Hay un pudor generalizado sobre el tema. El rosarino, ante las preguntas del ocasional visitante, se encoge de hombros y continúa enumerando méritos y merecimientos del pago chico.

Esa especie de vergüenza que se esconde, se traduce en que nadie en la política sabe qué hacer con las balaceras y los muertos. ¿Lo expresamos como una causa nacional? ¿Es algo local? La idea de “si asumo como intendente no puedo hacer nada pero quiero ser intendente para hacer algo” traduce la idea de que existe un cepo cuya llave nadie tiene. 

Tal vez Medellín funcionaba así. Nos imaginamos que no, pero porque nuestra referencia es Netflix. Por ahí, pasaba lo mismo. Pero lo que es seguro es que Medellín no es Rosario, porque Rosario tiene un orgullo, que hace que no le dé el physique du role para ser la capital del narcotráfico. 

Como ciudad-puerto que es, Rosario tiene una historia y un presente oscuros, un mundillo de tugurios y muchachones violentos que Marco Mizzi pinta bien en sus escritos. Pero también tiene amplios sectores medios y obreros, tiene toda una impronta cultural, tiene una historia de progreso que siente que debe honrar. 

La diferencia entre la mafia del siglo XX y la actual es que, en el pasado, la delincuencia era una execrencia, una consecuencia no deseada, del crecimiento del país. Hoy, la radicalización de los hechos violentos se da en un contexto de crisis generalizada de la Argentina. Y por eso parece no tener solución.

La llegada de Marcelo Saín quiso dar la imagen de un Elliot Ness, alguien insertado desde afuera para arreglar un problema que los de adentro, insertados en esa dinámica, no podían o no querían accionar. 

Pero, al menos desde Buenos Aires, eso no se veía. Y menos se ve ahora. Me explico: si alguien te dice “hay un senador metido con el narcotráfico”, te imaginás una secuencia digna de la Rusia de Yeltsin, un gordo de traje prendiendo un habano con dólares. Y eso no se ve, o no llega. Existe un cono de sombras sobre todo el proceso.

Intentando echar luces, uno se pregunta qué es lo que pasa. Quién maneja la cosa. 

En la provincia de Buenos Aires es más sencillo, porque la Bonaerense es una especie de PRI del narcotráfico. En Rosario, a priori, uno puede ver tres patas: la Justicia, la cana y los narcos. Pero ¿quién es? ¿El gobernador? No. ¿Los senadores solamente? Parece que no. ¿El jefe de la policía? Pero si cambia a cada rato.

Si tuviéramos que hacer un mapa, un croquis de jerarquías, estaríamos en problemas. Da la sensación de que el poder delictivo es algo disperso. Como si estuviese en una negociación constante. Como si ya fuera en realidad un ecosistema. 

La atomización de las responsabilidades, la disolución de los centros, que se ve en Argentina en todos los grandes temas, incluso con la Banda de los Copitos, puede explicar un poco qué es lo que pasa. El narcotráfico es ya algo rizomático, dirían los posmodernismos. ¿Dónde está el corazón de la manzana podrida que contamina el cajón? ¿Qué quieren los que balean un comercio? ¿Plata, impunidad, caos? ¿Alguien lo sabe?

Esto pasa también a nivel político. El poder no está en ninguna parte. Pero sigue estando. Se constituye un rato y se vuelve a desmembrar. Si Pablo Javkin le dice a sus asesores: pásenme con el jefe de la Oposición, ¿qué número marcan?

Una duda que me asalta cada vez que veo una noticia sobre un hecho de inseguridad en Rosario, es por qué no hay un candidato punitivista que mida 30 puntos. 

Llamémoslo un Berni o una Pato Bullrich. O un Patti o un Bussi.

¿Por qué no existe un político que prometa mano dura que tenga proyecciones ciertas de acceder a lugares claves de poder en el Estado? 

Uno ve que hay algo que no cierra en la ecuación. Perotti tirando cocaína de una mesa no pudo ganar. Sí lo hizo cuando se suavizó y prometió paz y orden. 

O el ethos rosarino del que hablábamos al principio es tan fuerte que no hay nada que pueda penetrar sus lineamientos progresistas, o bien la capacidad de negación alcanza niveles impensados. Cualquiera de las dos hipótesis explicaría por qué se buscan referencias emparentadas al PSOE español antes que al uribismo colombiano. 

Incluso a nivel civil, no hay campañas públicas ni movilizaciones importantes para pedir que la cosa pare. En una realidad paralela, más conociendo a los referentes involucrados, uno imaginaría un gran recital de Fito Páez, Vilma Palma, Baglietto et al clamando por el cese de la violencia.

Pedir ayuda, gritar a los cuatro vientos que en Rosario hay un muerto diario, implicaría reconocer la gravedad de lo que pasa. Aunque sea testimonialmente. La ciudad aceptaría así su destino americano. Pero así perdería su estatus de segunda ciudad. El espejo le devolvería, por primera vez, su propia figura. 

La Visita es una nueva sección en nuestro newsletter. Cada quince días, alguien tocará la puerta y entrará al hogar. La consigna: tratar de entender qué carajo es Uganda.

¡Gracias por seguir leyéndonos!

Discursos de ¡Oh, Dios!

Hola, estamos a una semana de cumplir medio año. Si estás del otro lado leyéndonos, te agradecemos mucho. Durante este mes vendrán nuevas noticias, pero antes de apresurarnos, esta es nuestra cuarta editorial. Sin más preámbulos, acá va.

Oda a la tradición

Durante el mes de septiembre la agencia de mediciones Kantar Ibope Media va a registrar cuáles son las emisoras más calientes en el termómetro radial. Los principales conglomerados de medios están dándolo todo para quedarse con el numerito ganador. Es la última copa, antes de la de Qatar 2022.

En una misma cuadra Cadena 3, la Boing, LT8, Radiofónica y Radio 2 hacen eco de su poder mediático. Después de 23 años, el gran pacto de silencio sobre quiénes escuchan, ¿llega a su fin? La emisora cordobesista puso la encuesta al servicio de su desembarco. La opinión pública, se sabe, no existe. La radio ya no es lo que era, pero sigue siendo. Sobre todo porque en el vetusto esquema de reparto de pauta pública y privada, las ondas siguen cotizando más que el papel y la tevé. Ni hablar de los clicks. Dime quién te financia y te diré quién eres.

Así se entiende que, sin datos todavía, la encuesta nazca exitosa: ya dejó expuesto el poder de fuego de cada multimedio. Cada uno sale a la calle a mostrar sus ejércitos. Los vehículos, los músculos, los fierros. La ciudad empapelada no sabe quién tiene el caballo ganador, pero sí por dónde rumbean las apuestas. En Uganda, más importante que lo que pasa, es lo que se dice que pasa.

A esto hemos llegado

Cuando a los ugandeses se les pregunta por los medios de comunicación, responden basándose en juicios morales bien definidos. Para el público, hay un valor que escapa al negocio. Predomina una voluntad de pertenencia. Se es oyente de Radio Boing como se es hincha de Argentino de Rosario o de Central Córdoba. Miguel Ángel Tessandori despierta tantas -o más- pasiones que Juan Carlos Baglietto. 

En cambio, cuando se les pregunta a los trabajadores de esos medios cuál es su relación con estos, todos se encogen de hombros. Hay tantas respuestas como periodistas existen. Es que en el fondo persiste un ellos y nosotros marcado entre “el periodismo” y “la gente”.

Hace ya rato que los grandes conglomerados se resignaron a la teta de la publicidad. Ningún empresario mediático ugandés que esté en su sano juicio contempla en su esquema de negocios al público. Este apenas le interesa como número en una planilla. 

La encuesta de Ibope plantea una bella cinta de Moebius para los que la miramos de afuera: los medios que viven de la pauta se ven obligados a pautar con el objeto de conseguir más pauta. Este laberinto de espejos plantea otro: ¿qué fue primero, la audiencia masiva o la masa publicitaria?

¿Alguien sabe cuál es la línea editorial de La Capital? ¿Qué directrices de contenido se trazó Canal 5 en su refundación como Telefé Rosario? El que diga que sí, miente. Porque la línea es la de quién da más.

Ovidio Lagos fundó un diario para defender una idea. El estudio de abogados Casanova, Mattos & Salvatierra gestionó la compra del mismo diario para fortalecer los negocios de sus clientes. Guiados por la necesidad y la costumbre, los medios ugandeses caminan el sendero entre la consultoría, el marketing y las campañas.

Así se entiende que los trabajadores y gerenciadores de medios son quienes más necesitan de la existencia del Círculo Naranja. Porque ella los justifica. Y los ampara. Sin él, serían simples cobradores, meros copipasteros. Trabajos que un pasante hace por un tercio de su sueldo.

Por eso es que los periodistas dejan de lado la información y se vuelcan a la performance. Autocultivan su personalidad, hasta rozar la parodia. Generan contactos superficiales, pero asiduos, con figuras importantes de la política, el deporte, las universidades y la economía. Trabajan en la redacción y después siguen trabajando en Twitter. Nada de esto lo hacen por vanidad, aunque también exista: se trata de lisa y llana supervivencia. El mayor o menor éxito en esa puesta en escena, determinará, con su continuidad laboral, los amores y odios del público. 

Un lugar en el mundo

Hay algo peor que mentirse a uno mismo: creerse demasiado. La sobreexplicación se volvió un antídoto contra una realidad que no conforma a nadie. 

En la cancha principal de lo Nacional, los medios en pose de combate dejaron de informar. Ahora son apasionados explicadores. En campaña permanente para fidelizar a los propios, Gobierno y Oposición celebran a sus heraldos oficiosos. Encumbran sus argumentaciones. Repiten su teoría general del Orden y el Desorden. En la cancha auxiliar de Uganda, aún se conservan rituales más humildes. El uso mediático se acerca a la costumbre de la necrológica y la crónica delincuencial. En Uganda, la batalla está en la calle. Y no es cultural, es existencial.  

Como muestra, basta el ejemplo del Atentado fallido contra la vicepresidenta. Desde los medios opositores nacionales, engendraron sus cizañas. Y la respuesta oficial fue beber el remedio de los discursos de odio

El explicacionismo mediático, de un lado y del otro de los fenómenos, perdió la marca de una mayoría social que no quiere darle tantas vueltas a lo que vive todos los días. Y la baja operatividad política de esas teorías le saca rédito a las exclusiones mutuas. La grieta es una batalla de ideas que se combate entre intereses nerviosos. El espectáculo de amor de la intelligentzia por sus ideas. Tiene lógica: viven de eso. 

En nuestro pago, sucedió lo contrario. En el ecosistema de medios, el repudio fue tibio, pero unánime. Los periodistas, por primera vez, no sumaron espejos a la lógica del espanto. En cambio, la que no estuvo a la altura fue la Política. Una concejala stalkeó a un compañero de banca hasta encontrar un like maldito. Amalia Granata quiso crear su propia novela dentro del culebrón y casi le cuesta el cargo. Mientras tanto, en las filas de los almacenes y en los grupos de Whatsapp se repetía un chascarrillo irónico: “si el gatillero era ugandés no le erraba”.

Las encuestas muestran que no se cree en el fallido magnicidio. O que se prefiere pensar en otra cosa. Y no hace falta una investigación muy acabada para saber que la gente anda preocupada por la inseguridad y que hasta el consumo dejó de ser una válvula de alivio. Está en cero la tolerancia a la escucha. 

En esos mismos relevamientos, los medios también juegan la promoción en la tabla de la  credibilidad. Los estudios de opinión arrojan conclusiones inescuchables para todos. Siempre hay una cantidad mayor que es presa o víctima de algo o de alguien. La fisonomía del enemigo se vuelve difusa: el odiador puede ser cualquiera. Y eso sucede porque todos los corazones andan demasiado frágiles.  

Desde acá, que no es allá, pero tampoco es tan lejos, la lógica del amor y el odio no se transmite desde la viralidad mediática. Uganda es la ciudad que mata por dos mangos. La patria movilera va hacia los hechos y declama no incitarlos. Pero para que un árbol haga ruido al caer, es necesario que haya alguien escuchando. O al menos un micrófono y una cámara reproduciendo el derrumbe hasta la náusea.  

El odio como instrumento político es tan viejo como la injusticia. O la violencia. Una de sus formas principales es acusar a la gente, diciendo que se la cuida. Y a la intemperie, en medio de la malaria, cualquier renta moral, por mínima que sea, es salvadora. De cualquier bando puede cometerse una locura. Por eso, en el caos, resultaría tranquilizador descubrir una operación de servicios, y no la simple autoría de un grupito de audaces.

Pero la crisis se ve desde afuera, no desde adentro del Círculo. Los politizados hablan sobre politizados. Y así como se reclamó gobiernos que se parezcan a sus gobernados, las ideas mediáticas se parecen demasiado a sus audiencias. En el encapsulamiento de las dirigencias, los medios son las membranas. A los que más le importa la polarización es a los que están polarizados. Es que el problema nunca fueron los discursos de odio, sino las condiciones de vida.

Eu quiero tener un millón de nichos

En Uganda, el periodismo se mide entre años pares e impares. Electorales sí, electorales no. Hace unos días, uno de los integrantes de este medio, se reunió con un periodista de la ciudad para charlar sobre el ecosistema. 

En off, nos comentaba: para tener esta casa tuve que poner la trucha más que lo que me hubiese gustado, había años electorales que hacíamos programas de entrevistas a políticos solamente para que paguen los minutos al aire, con eso hacíamos lo que no podíamos hacer con este oficio, es decir, vivir bien, ganar guita, tener un patio, un quincho, no mucho más, no soy lujurioso. Ahí, la pregunta se responde sola: a la precarización el periodismo ugandés le responde con la pautización. 

En las bases mediáticas siguen en pie los afiches que recuerdan la hazaña de la Ley de Medios. Hecha la ley se consumó la trampa. Todo quedó o parece haber quedado en eso: solo una lágrima. Cuando se agitan los avisperos de las cuestiones sociales, vuelven a volar las avispas en el aire. Un zumbido hecho reclamo que exige más lugar para las “otras” voces. Que si se les hubiera dado antes, esto no hubiera pasado. Que si la pauta estuviera mejor dividida la enésima batalla cultural ya se habría ganado. Lo cierto es que no se sabe, porque nunca se intentó. 

¿Para quién canto yo entonces?, se preguntaba Sui Generis. ¿Para quien comunican los medios ugandeses? ¿Hay alguien ahí que quiera escuchar? 

República de la Secta

«Las personas captadas por sectas caen porque están teniendo un problema. Y suelen caer a través de alguien a quien le cuentan ese asunto, y que en vez de recomendarle ver un psiquiatra o algún profesional, le dicen: te voy a llevar a un lugar donde yo voy».

Al entrar a la Bella Nápoli encuentro a Sandro Galasso atacando un plato de sorrentinos con salsa bolognesa. Me siento junto a él y pido un bife con ensalada. Levanto la botella de vino Colón, que deja un círculo violeta sobre el hule del mantel. Lleno mi vaso. Miro en la tele de tubos que cuelga sobre la puerta. Cristina Kirchner lee a cámara un diálogo entre dos empresarios corruptos. Escancio. Alrededor, la gente ha terminado su almuerzo y se estira debajo de las mesas. Uno pide un café con un gesto. Llega mi plato. Galasso no ha detenido en ningún momento el flujo de palabras que desató tras mi saludo.

«Se piensa que alguien que entra en una secta es alguien ignorante, con poca cultura. Pero no es así. Hace poco tuvimos un caso en Córdoba, en Río Cuarto. Matrimonio de origen aristocrático, conformado por un hombre grande, que era médico, y la mujer ama de casa. El hijo es ingeniero agropecuario y la hija arquitecta. Mucho campo. Mucha guita. 

Son llevados por un amigo de la familia a casa de un charlatán que decía ver vidas pasadas. El tipo era un polígamo: vivía con cuatro, cinco mujeres, en un lugar que decía que era un templo. La socia principal era una de sus esposas, una mina que se hacía llamar Timei. Hacían sesiones espiritistas, y en uno de esos encuentros terminan captando bien captada a la arquitecta, a la hija de esta familia. Le hicieron creer que en su vida anterior había matado a su hijo. Que para pagar ese delito, para cambiar el karma, y que esto y que lo otro, le tenía que ceder la mitad de los campos de la familia al maestro. 

Ahí entramos nosotros. El doctor Navarro, que es un abogado experto en el tema, y yo, que soy detective privado. Nos contrata el hermano, que en una de las sesiones ya se había dado cuenta que el vidente era un chanta. Pero termina de convencerse cuando en el campo aparece un auto con cuatro o cinco tipos, y le preguntan a los peones: “¿qué tal acá? ¿cómo está rindiendo? Somos empleados del nuevo dueño”. Los peones llaman al ingeniero y este nos llama.

Empecé el trabajo investigativo. Hago una retrospección, voy juntando información dispersa, y determino que el tipo, el líder, había dejado un tendal de estafas en distintos pueblos. La búsqueda me hace llegar a la puerta de un caserón en barrio Jardín, de Córdoba Capital. Una vecina me dice que se escuchaban sollozos de la planta alta, los gritos de una chica joven.

Al mismo tiempo el doctor Navarro tenía todo listo y estaba presentando la denuncia contra el chanta y su mujer, la tal Timei. Lo llamo a Navarro y le digo que agregue que podría haber una persona en cautiverio. La policía nos dio bolilla y al otro día allanan la vivienda. Encuentran en una pieza a una nena de unos dieciséis años atada con cadenas, como si fuera un animal. No, ni a un animal se lo ata así. Ella era la que gritaba. Era hija de Timei, y la tenían encerrada ahí hacía años, con un cuadro de esquizofrenia galopante. 

Logramos que vayan todos en cana, que la familia recupere el campo. También pudimos hacer que la chica cautiva vaya a un lugar donde la contengan. Y logramos que la arquitecta sea desprogramada, que fue lo más difícil».

***

«Se llama desprogramación al proceso por el cual una persona que fue captada por una secta, y tiene el cerebro lavado, puede recuperar su propia mente y se da cuenta que fue estafada.

Existen herramientas técnicas para llevar a cabo este proceso, que es largo. Apurarlo sería un error. Hay puertas que no pueden abrirse a las patadas. Darse cuenta no le gusta a nadie. Creo que era Melville, o no sé si fue Twain, el que dijo que es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que fue engañado

Por eso, no es para hacerme el canchero, pero por eso, la policía no es idónea en estos casos, y las familias nos buscan a nosotros. En el Estado no hay nadie preparado para investigar y atacar sectas, mucho menos para desprogramar gente captada. El que diga que sí, miente. La policía y la justicia entran recién una vez que nosotros tenemos todo el trabajo hecho, para poder tomar las medidas necesarias. Si es que se toman. 

Una vez en Mar del Plata, vamos a rescatar a una chica a la que le hicieron creer que estaba poseída por el diablo. Le hicieron firmar un boleto de compra y venta por su casa, y a ella la tenían como esclava. Lo que se llama penalmente reducción a la servidumbre. La tenían viviendo en un baño de tres por dos, limpiando, cocinando. Nosotros pudimos sustraer a la chica, y ayudamos a la familia con la desprogramación. Pero no logramos que las pruebas que reunimos sean consideradas. 

En casos así, la sensación que nos queda es agridulce. Porque el trabajo para el cual nos contrataron fue cumplido. Lo que no pudimos fue desarmar la secta. Los estafadores siguieron operando». 

Esta es la primera vez que lo entrevisto formalmente, pero conozco a Sandro Galasso desde hace varios años. Una tarde estábamos con Leandro Di Paolo pensando en notas para la revista Apología y surgió la idea de contar la vida de un detective privado. El problema es que no conocíamos a ninguno. Hicimos entonces lo que haría cualquier persona que ignora algo: abrimos el diario, buscamos un anuncio y marcamos el teléfono indicado. Quedamos en vernos en el bar Blanco. No fui al encuentro. Lean sí. Y volvió fascinado. Pegaron tanta onda que volvieron a juntarse. Esa no me la perdí. Hablamos hasta que nos echaron del buffet del Social Lux. A partir de ahí con Sandro establecimos una amistad típicamente ugandesa, basada en conversaciones sobre nuestros respectivos oficios, borracheras, chistes verdes y una mutua y deliberada omisión de temas demasiado personales.

«El coeficiente intelectual de los líderes sectarios es muy bajo. Son tipos ignorantes, que no tienen nociones de lógica, que son incapaces de pensamiento abstracto. Pero son vivos. Tienen una personalidad trastornada del tipo histriónica. 

En mi experiencia, diría que la mayoría son simplemente charlatanes. No persiguen otra cosa que el lucro. No se la creen, en principio, pero tienen el problema que tiene cualquier mentiroso: en un momento se compran su propio cuento. Después hay otros, menos del veinte por ciento, que de verdad son místicos. Quieren ser líderes, disfrutan con oprimir a alguien, con pisarle la cabeza. Son los más peligrosos, y por suerte son minoría. 

¿Qué fachadas usan? Cualquiera les puede servir. Hay distintos tipos de verso. La imagen que uno tiene es que son todos adoradores del diablo. Que todas las sectas son satánicas. Pero no es así. Hay sectas umbanda, hay sectas evangelistas, espiritistas. Hasta de algo tan inocuo como el yoga, como en el caso que está resonando ahora. 

Todas funcionan igual: trabajan la culpa, te van haciendo entrar en un círculo vicioso, a través de falsas promesas. Hagamos la de Mariano Grondona para que se entienda bien. Religión viene de religare, que significa unir. Secta es de sectare, que es cortar, aislar. Y eso a vos te deja ver cómo funcionan las sectas. Separan a la gente de todo su entorno. Para poder aprovecharse».

***

«Los Niños de Dios operaban como secta evangélica en grandes urbes. Iban mutando de nombres y lugar pero actuaban siempre igual. Captaban chicos o chicas muy pobres, y los movían de ciudad. 

Investigando en Mendoza doy con un arrepentido, que había sido pastor en esta secta. Y logro que se ponga a trabajar con nosotros. Nos entrega material bibliográfico. Eran libros perversos, lo pienso y… Tenían fotos de todo tipo de degeneraciones. Había uno que se llamaba Libro de Davidito que… Un espanto. 

El curro económico de ellos era sacarle plata a las empresas. Caían con el verso de que eran una iglesia que ayudaba a los niños, y pedían donaciones. Y también había otra gente de negocios, que sustentaba con dinero a la organización, a cambio de poder tener sexo con los chicos captados. 

Acá en Rosario funcionaban en un chalet en Fisherton, que averiguando doy con que es propiedad de un famoso empresario, que tenía fama de pederasta. Hablé con distinta gente y me contaron que en grandes viajes de negocios, el tipo tenía desesperación por tener sexo con pibitos. Pibitos de hasta 14 años, más ya eran muy grandes para él.»

Mientras Sandro sigue hablando, yo me abstraigo. Pienso en cómo voy a darle forma a esta nota. Es algo que discutimos desde el día cero en nuestro newsletter. La forma en que abordamos un tema es, para quienes hacemos Uganda, tan importante como el tema en sí. Se trata de dar con un estilo pero también de crear un dispositivo periodístico distinto al usual. Porque son tiempos difíciles para el rubro. La inmediatez, la sobreinformación, la posibilidad que tiene cualquier hijo de vecino de hablar sobre cualquier cosa, hacen que nuestra tarea se desdibuje. Se entiende así que los colegas se refugien en el divismo. O se vuelquen a dar primicias de un minuto a minuto que no le importa a nadie. Encerrados en nichos hiper específicos para audiencias que cada vez son más parecidas a las sectas que combate Galasso, Mientras, afuera, la vida sigue transcurriendo. Y en vez de contarla, la recortamos.

«A mí me han amenazado. Legalmente, con intimaciones por acoso. Y también de muerte. Pero nunca me pudieron torcer el brazo.

Una vez en Chacabuco, mientras investigaba una secta que funcionaba dentro del Opus Dei, tuve llamados telefónicos turbios. Pero gracias a Dios no prosperaron. Olvidate. No me iban a correr. Y ellos sabían que no convenía complicarse más… 

En esta materia tenés que mantener la sangre fría, porque la otra opción es matarlos a todos y no podés hacer eso. El sentimiento de impotencia que sentís mientras vas investigando y te tenés que contener, se combate con pensar en la satisfacción que va a ser verlos presos. 

A veces puede parecer que uno tiene demasiado aplomo, y puede ser, pero no hay que olvidarse de que esto es un trabajo para mí. Un trabajo duro, pero eso es lo que más me gusta de ser un detective.

Imaginate que lo que generalmente se me encarga son cosas rutinarias. Me contrata una empresa porque un empleado la quiere cagar con la ART, o un marido porque la mujer se culea al vecino. Cuando viene alguien a pedirme que rescate a la hermana que está en una secta, para mí es como agua en el desierto.

Porque además de la adrenalina, además de sentirme un justiciero, me puedo ir tres semanas a otra ciudad, con todos los gastos pagos. Duermo en hoteles, salgo a comer afuera. Me siento un campeón. Y así disfruto más mi trabajo, y como lo disfruto lo hago mejor. 

En diez minutos me cambio de ropa, me pongo una prótesis en la cara, un aro falso, me cuelgo una bolsa de limones en la espalda y ya no soy Sandro Galasso. Soy otro. Lo principal para conseguir información es tu bajo perfil. Este no es un oficio para jetones». 

Metropolitana

Buena siesta, ugandeses. Hoy les voy a hablar desde mi ciudadanía semi-ugandesa. Esta conversación tiene dos momentos: uno se remonta a diciembre del 97; el otro, a dos semanas atrás con la salida de nuestra editorial mensual. 

Cuando tenía cinco años mi familia decidió mudarse a Granadero Baigorria, la ciudad-barrio de Uganda. En busca de lo mismo que miles de familias que, en las últimas décadas, decidieron irse hacía los márgenes: algo de tranquilidad, un espacio verde, y un lugar donde crecer. Ahora escribo desde la misma pieza que me recibió cuando nos vinimos desde un monoblock de Casiano Casas.

Mi escolaridad la hice en el cordón: Baigorria y Bermúdez. Hasta que empecé a estudiar en Uganda. Gracias a mi gran poder de desorientación, me perdí incluso al ir desde Moreno y San Luis hasta la plaza Sarmiento. Cada tanto me vuelve a pasar. Como consecuencia de eso, en estos últimos años he conocido de Uganda más de un rincón que me enamoró. 

La desorientación a veces es una virtud de la que hay que apropiarse con valentía. Nos ha dado muchas alegrías a los y las que vamos desde el área metropolitana a laburar, estudiar, salir, tomar mates en el parque, recorrer alguna feria y una infinidad de etcéteras. 

Por eso, no entendemos cómo no pueden verlo al revés. Y hablo en plural, porque es un tema de conversación que tenemos entre los forasteros desde que somos jóvenes que deciden buscar algo en Uganda. Algo que, creíamos, nunca encontraríamos por estos lares.

Hace un puñado de sábados, tocó Skay Beilinson en el Metropolitano. La recorrida obligada de un recital de estas características es: previa en el Scalabrini Ortiz, recital y García. Después, vuelta a casa. 

Al igual que durante años, esperé reposada en las paredes de la esquina de Ovidio Lagos y Santa Fe las luces verdes rodeadas de amarillo que anuncian el bondi para volver a casa. Son sólo unos 30 minutos de viaje, como si fuera a Fisherton. Para otros, una hora, o incluso más, si estamos hablando del final del recorrido en Puerto General San Martín. 

En la parada nos cruzamos entre conocidos. Nos saludamos. Intercambiamos impresiones del recital, qué onda Garcia o la Sala de las Artes, a la que todavía le decimos Dixon (o me hago cargo, le digo) como una forma de aferrarnos a un pasado que ya fue. Un ayer en el que descubrimos la Gran Ciudad dejando atrás el miedo a perdernos. 

Los ugandeses también esperan bondis, piden taxis, pasan por un pancho o chipas. La noche nos agrupa y homogeneiza, hasta que, como en la canción de Serrat que toca Farolitos, la fiesta se termina, y vuelve cada uno a lo que le corresponde: el ugandés, a Uganda; nosotros, a nuestra Área Metropolitana. 

En estos años, nos hemos apropiado de un speach, una suerte de charla de ascensor en la que tenemos 2 minutos o menos para encantar a un ugandésy convencerlo de que pierda el miedo (le digo miedo para que suene mas o menos amigable, pero se que es, muchas veces, comodidad), se tome un bondi, y venga para acá. Ofrecemos Sube, números de taxis truchos, comida temprano, por si les preocupa llegar de noche, after por si quieren esperar a que se haga de día, cama, ducha, todo. 

Durante largo tiempo, mis amigas ugandesas me albergaron en sus casas. Se reían cariñosamente de mi capacidad para armar la mochila, oscilando entre la ropa para cursar y la de salir, para esos días en los que volver no me convenía, aunque se tratara solamente de 30 minutos en bondi. 

Para nosotros, es una cuestión de reciprocidad. Ahora, después de patear (un poco) el tablero les decimos: “de la misma manera que nosotros fuimos, ustedes pueden venir”. Pura lógica. 

Cada tanto, sigo escuchando que me preguntan: pero, ¿soles ir a Uganda? Me parece hasta desubicada, porque es obvio que sí. Pero también me encuentro a veces preguntándoles a los de más allá si suelen ir a Uganda, haciendo uso de mi cualidad de metropolitana, de vecina del Gran Uganda. 

A veces nos sale. Convencemos. Los traemos para acá. La mayoría de las veces se van encantados. Ven que no somos tan distintos y, al mismo tiempo, que acá sobrevive algo que en Uganda parece estar muriendo. Un aire que dice que todavía hay cosas que pueden suceder, que todo está por hacerse en este conurbano que hemos construido, y que uno puede despojarse de la pose. Hay algo barrial que te permite ser.  Quizás a Uganda le pasó eso: de tanto que fue, ya es una ciudad que se quedó en el camino. Agotó su aire

“Tanto oxígeno en el aire esta noche, que no quiero ir a dormir. Abriéndose un libro lleno de emociones”, cantaba Mario Pardal, la voz de la histórica banda sanlorencina La bolsa. Un blues for export, desde la región portuaria. ¿Qué sería si esos barcos llevaran nuestras canciones? Llegará el día, quizás, en que desembarquen en algún puerto, en alguna estación más. Tanto oxígeno, tanto para hacer. 

El aire viciado por el humo fabril, que se llena de notas musicales, de voces, de aplausos. Es imposible escribir sobre esto y no talibanear. Saber que acá (todavía) se puede respirar. Sí incluso andando en bicicleta, al traspasar la frontera-parque entre Baigorria y Uganda, te recibe otro aire. Uno que ayuda a respirar. Oxígeno para que surjan las ideas.

El segundo momento de este diálogo llega post editorial. Ahí escribimos sobre el deseo ugandés de constituirse como Ciudad Autónoma. Mencionamos el mil veces presentado proyecto del Puerto de la Música. Este, encargado en el 2008 al arquitecto brasilero Oscar Niemeyer por el intendente Hermes Binner, se trata de una obra millonaria que haría a la ciudad una ciudad más importante. Por eso Uganda lo quería. 

Ahora dicen que la construcción, proyectada para la zona portuaria de Avenida Belgrano entre Pellegrini y Cerrito, se trasladaría a la vera del mismo río, pero a la altura de Granadero Baigorria. Casi en la frontera entre ambas ciudades: en el Remanso Valerio. 

La canción considerada un himnougandés, fue escrita en Baigorria, por un baigorriense. La oración que cualquier ugandés canta a los gritos cuando se encuentra fuera de su tierra para hacerse notar, ni siquiera es propia. Pero algo nos hermana: el río, los puertos, los trenes (cada vez más cerca). Seguimos yendo y viniendo entre una ciudad y la otra. Solo falta perder el miedo a ser, por fuera de esos límites.

Y perder, también, el miedo a perder: prestigio, dinero, identidad. Hace muchos años, al anunciarse el proyecto pensado para albergar a más de 30.000 personas en espectáculos de primera calidad, el ente encargado de llevarlo adelante decía: “Allí donde termina la ciudad y comienza el puerto, ese es el sitio del Puerto de la Música”. Ahora podría decirse lo mismo: allí donde termina Uganda y comienza Baigorria. En esa frontera metropolitana está el sitio para que ocurran muchas cosas.

“Si hubo una casa con diez pinos, ¿por qué no puede haber alguna más?”, se preguntaba Pardal, el pájaro cantor de San Lorenzo. Lo mismo nos preguntamos todos los días. ¿Hay lugar para todos? La respuesta es sí. Si nos animamos a perdernos cada tanto por fuera de la gran Metrópoli para buscar más allá de los márgenes y crear un área metropolitana en la que todos y todas encuentren un lugar para ser en el tercer conurbano más grande del país. Que por fuera del poder de Metrópoli, Uganda le permita a los demás respirar un poco. 

Canción del ocaso

«Había cosas maravillosas en el mundo, cosas maravillosas que no duraban, y eso las volvía más maravillosas.» – Canción del ocaso – Lewis Grassic Gibbon

Hola. Hay cosas difíciles de arreglar y arreglarlas siempre cuesta muy caro. Hoy no es que venga a contabilizar los platos rotos, la idea es juntar los pedacitos del piso. 

Es miércoles. Voy a ver Babasónicos con un amigo. El Metropolitano es tristísimo. Un galpón sin ornamentos. La banda es la mejor de todos los tiempos. En el recital, viajo. Cuando salimos, no hay taxis. Caminamos mucho hasta un bar. La moza nos dice que le queda una pizza y que en media hora cierran. Aceptamos. Comemos rápido, tomamos media pinta y una jarra de agua. Nos vamos.

Al otro día una amiga me pregunta: ¿Qué tal estuvo el recital? Respondo: Dárgelos es el único artista vivo en este país y Rosario está casi muerta, eso ya es mucho.

Es miércoles de nuevo. Después de presentar su libro en Casa Brava, Natalí Incaminato, en una ronda de puchos en la vereda, nos pregunta por la noche rosarina. Ella tiene un imaginario entusiasta de algo que no es. Algunos hacen una mueca, otras desvían la mirada, yo le respondo: si queda algo, es muy pocoEs la fragmentación, me responde. Antes era distinto, le digo. Alguien retruca: antes no existíamos. Le asiento. Apagamos los cigarrillos y volvemos a entrar al bar un rato más.

En medio de todo esto, se anuncia el cierre del bar Berlín. A los pocos días, un partido político, una organización social y el dueño del local,  deciden convertirlo en un museo del Che Guevara.  La idea me resuena: la relación entre museo y mausoleo está a la vista y es imposible hacer caso omiso. Hay algo de esas calles en desnivel que ya no es, ni será. El pacto con esta propuesta es sellar un recuerdo.

Cuando no sé cómo seguir abro WhatsApp. No es un eufemismo, ni un lema, ni una frase ontológica. Abrir una conversación siempre te lleva a otro lugar. En este mundo de puro convencimiento propio, abrir el diálogo parece la única salida para derribar certezas.

Primero mando un mensaje a un grupo de amigos generacionalmente diverso: ¿Qué piensan de la noche rosarina? ¿Cómo era antes? ¿Cómo está ahora? Pienso que nadie va a responder y al rato veo que tengo más de cincuenta mensajes, entre ellos algunos audios que exceden los cinco minutos. La amistad es sorpresiva. Recupero un testimonio:

“A la noche la han matado con el tiempo. Era por zona. La Chamuyera, La isla, Costumbres Argentinas, El Bar Olimpo, para los bohemios. En el centro también estaba Free Pass, Moore, Taura, hermosos boliches. Y estaba la zona de la Terminal donde estaba Década, Satchmo, Eme, una linda movida.  El consumo era de todo, mucha mariguana, rivotril y escabio berreta. Los lugares eran eso. Después todo se movió a Pichincha. Cerraron los cabarets, los centros culturales. Todo se hizo más caro y menos divertido. Yo voy a ponerle nombre. María Eugenia Schmuck fue una de las principales en matar la noche rosarina. Ahora lo único que te queda es tomarte una pinta e irte a un boliche carísimo, o te tomás un vermú y te vas a tu casa. Para salir, como base, con lo que me gusta a mí, necesitás seis lucas y para estar tranquilo. Y si querés una noche con biribiri y champán son diez. A la noche la mataron y la verdad que la extraño mucho”.

El audio lo manda un conocido que está más cerca de los treinta que los veinte. Un pibe que vivió el pico de su noche entre el 2005 y el 2015. La década gastada. Cada generación tiene su propio toldo, su circuito, sus anécdotas. Sus recuerdos que mienten un poco. El recorte para pensar esta nota es la noche rosarina post-democracia. Ochenta, noventa, dos mil y esas dos décadas voraces que le siguen.

La Rusa, una amiga que me hice hace poco tiempo, a la salida del trabajo me recomienda un libro en la parada de colectivo. Ciudades sin deseo, el capitalismo del yoLo compro y lo leo en un bar. Al rato, busco una entrevista donde Constanza Michelenson, la autora, relata: “Ciudades sin deseos es una frase que tomé del libro Eros de Anne Carson donde habla de la geometría del deseo. El deseo entendido como una distancia, una mediación. Una ciudad sin deseo es una ciudad sin distancias. Una ciudad donde no hay límites es una ciudad de autómatas”

La noche ugandesa se transformó es una noche sin zonas. Sin límites. Sin deseo. Fragmentada. Pienso en otro libro. Salón de billares, de Jorge Riestra. Una novela paranoica. Donde un grupo de tipos ven como su barcito de mala muerte es un peligro para el pudor de la época y poco rentable para el nivel y tipos de consumo que empiezan a establecerse como norma. Terminan perdiendo. Cada generación tiene su propio boliche cerrado. Su propia noche clausurada. No fue solo ayer, tampoco fue solo hoy, ni solo será mañana. En Rosario sucede algo estructural que en este momento, como todo, está acelerándose. Transcribo el mensaje de una periodista sub-50 que vivió El Bajo y la noche rosarina entre los 90’ y los 00’.

“La ciudad cambió al punto de convertirse en otra ciudad. Una completamente diferente. La sensación que tengo es que la ciudad de ahora, tapó a la otra. La borró, la desdibujó, se la comió por completo. Hace 25 años había peñas en el patio de Humanidades, un bar que se llamaba La puerta en Entre Ríos y San Lorenzo donde tocaban músicos casi todas las noches y donde escuché por primera vez a la primera banda local formada por mujeres: Las cambio de hábito. Había un programa de radio en la FM TL que se llamaba El Mañanero y casi todos los jueves hacía una fiesta donde se encontraban conductores y oyentes. Estaba el Berlín de la cortada y el sótano que se llamaba Zeppelin. Estaba Luna, y Tucumán abajo, llegando a Sargento Cabral, una esquina enorme que se llamaba El Barrilito. Había fiestas en pasillos antiguos donde uno o dos vecinos abrían las puertas de sus casas. Estaba el galpón okupa donde ahora está la Casa del Tango. La Biblioteca Anarquista, las distintas casas de Planeta XLa comedia de hacer arte en una planta alta de Tucumán y Entre Ríos.”

La noche es lo que se consume a través de ella. En el día uno ve mejor los límites, en la noche las cosas se tensan un poco más. Dice Dárgelos: la noche es un portal imaginario donde habitan los permisos que de día ni en pedo se dan. De los noventa para delante la cosa cambió mucho y rápido. Hay un reminder de okupas en cada ciudad cosmopolita. Toda city tiene su banda de reventados. Un amigo de un amigo me pasa el número de un pibe coetáneo, contrapuesto y complementario de esa noche bohemia. El hippismo y el yonkismo fueron la cara de una misma moneda que giró al rededor del país. Donde nada fue puro en sí. 

¿Qué fue la noche para vos?

La noche se va transformando. No hay un parámetro. La noche que vivió mi viejo, no es la misma que vivió mi hermano más grande o yo, o mi hermano más chico. Yo empecé a salir a mediados de los 90 con doce o trece años hasta el 2005 ponele, hasta que me junté. Yo no viví las piñas de los 80 ni tampoco las banditas de los 00, que fue otra cosa. Desde los 12 hasta un poquito más de los 20 años uno no tiene valor sobre la vida, le sobra vida y la malgasta. Esa fue mi noche”.

¿Qué pensás de las drogas en esa época?

“La noche se hizo para dormir. Por eso cuando uno no duerme necesita incentivos constantes. La noche y la droga van de la mano. O te tomas un whisky o te fumas el doble de cigarros que durante el día. Y si no vas a hacer nada de eso estás seguro que vas por una mina, o si sos una mina por un tipo, lo vas a seguir hasta desvelarte porque el estímulo en la noche siempre está. Hoy en día los pibes creen que están tomando cocaína y están tomando una metanfetamina mezclada con efedrina hecha en un laboratorio a la vuelta de la casa. Ya no se curte la cocaína que se curtía a pleno en los 90′. Menem hizo que la cocaína llegue a los barrios, antes los pibes se morían de HIV y gracias a Carlos entró por la nariz. Antes una bolsa salía 10 pesos, es decir 10 dólares. Vos ahora compras una a 500 pesos, que en cuestión de cambio son, no sé, me da miedo pensarlo. También hay algo con la cerveza. La lata es muy cómoda y hasta cool. Un día, hace poco, íbamos caminando para una radio y mi amigo me dice ¿vamos tomando un porroncito? y le respondo ¿Cómo vamos a ir caminando con un porrón re escrachados? Son las 12 del mediodía. A lo que me responde: ¿Qué tiene? ¡ Vamos con dos latas ! Y así fue,  salimos caminando y nadie nos miró. Antes 15 años atrás vos ibas en cana si ibas con una botella de porrón. Aunque el contenido es el mismo, a las 12 del mediodía un viernes en la peatonal tomando alcohol ibas en cana, ahora la gente ni te mira, ni se sorprende. Es el evolucionismo al nivel del primer mundo que son todos super alcohólicos. Ese fue Macri. Menem nos dio la merca, Macri la cerveza.”

En la nota hay un coro de voces. La primera una mezcla entre menemismo y kirchnerismo. La segunda un aire de primavera alfonsinista se mezcla con un menemismo disfrazado de humanidades. La tercera, es decir, la última es Menem en su estado mayor. Pero ninguna de todas esas es la mía. Si hoy en día tenés veinticinco años y empezaste a salir a los quince, (años más, años menos) agarraste más kirchnerismo que otra cosa. Y de yapa, te aventuraste en ese combo loco de macrismo más pandemia, dos tiempos que parecen no lograr desunirse. Esa sí es mi generación. Un conocido la bautizó: la generación del coma alcohólico con petaca de vodka Peters. Con ella me pregunto qué se hizo, qué se hace y qué se hará cuando sale la luna.

Es viernes y con unos amigos organizamos una comida. Hacemos unos ravioles al disco en la terraza y ponemos un tacho con brasas para pasar el frío, sentados en un sillón recuperado de la basura. En el pasar de la juntada hablamos mucho. Intento hacer el ejercicio de retener en mi memoria las conversaciones. Traigo el tema de la noche y dejo que los demás se explayen.

Hace unos días volví a ver Euphoria. Un poco soy esa generación que se ve ahí. Menos yanqui pero sí casi tan sensible. Una de las pibas dice antes de comer: somos el revival de los 90’ pero con menos entusiasmo y más tecnología. De la pandemia algunos salieron con 18 años de nuevo y otros parecen que ya tienen 40 años. La nocturnidad pasó de ser el anhelo mayor a ser real: la noche tiene partes muertas para algunos y llenas de vida para otros. Y entre medio, la pregunta por lo que fue es el escudo a la no respuesta por lo que será.

Mis amigas cuentan de sus noches entre éxtasis y música electrónica. Mis amigos hablan de la fiesta en la casa de tal hasta la madrugada y la cantidad de alcohol que entra en su cuerpo. La resaca al día siguiente deprime pero se pasa reviendo fotos y charlando sobre lo intensas que fueron las emociones en la vorágine. Entre medio: recitales, recitales y recitales. La sociedad entera sabe que estamos en crisis y por eso la maquinaria del espectáculo sigue y sigue imprimiendo tickets. A falta de oportunidades tenemos shows. Y de ahí, la repetición. Todos estamos tristes pero queremos que llegue el viernes.

Antes del encierro, si no compartías un cigarrillo o una jarra, eras mal visto. Remarca alguien. Estuvimos dos años haciendo la noche clandestina. Lo que pasó después: la clandestinidad se volvió un estado mental. La lógica está en sus detalles. Mi generación se la puso contra una noche sin épica y ahora está viendo cómo sobrevive y resignifica la prohibición, es decir, sus límites. La falta de dinero y el trauma del virus son nuestros enemigos principales. Somos de ese rango etario que se había acostumbrado a vivir con mucha plata y poca estructura. Hijos del final del kirchnerismo y el 2010. Una fantasía de conquista nocturna y oportunidades infinitas de consumo que se espantó cuando mataron a Gerardo “Pichón” Escobar y cerró La Tienda en el año 2015. Una felicidad hecha en vasos tubulares de plástico que se terminó de hundir cuando ahogaron en el Paraná a Carlos “Bocacha” Orellano y cerraron La Fluvial a comienzos del 2020. Lunes, otra vez en la ciudad, la policía y la inseguridad remataron la noche cuando esta ya estaba tirada en el piso. 

Y de ahí. La clausura sin fin. Los tarifazos, el aislamiento, el desfinanciamiento y la desaparición. De la precarización a la autogestión. La entrada a beneficio. El artista que presta su guitarra para que toque la otra banda porque le afanaron los instrumentos del baúl al representante. La DJ que lleva sus equipos para tocar y vuelve en taxi con un nudo en la garganta porque lo que le pagaron de suerte le alcanzó para tomarse algo en la barra y un poquito más. La noche es un remís trucho y cien personas bancando un recital con lo que queda entre alquiler y fin de mes. La cafetización de la existencia. En Uganda, y en gran parte del mundo, se pasó del Ya nadie va a escuchar tu remera al Vendé una remera para que te escuchen. Una época que nos pide ser ese producto o ese servicio que se consume con los ingresos golpeados y la necesidad de conectar.

Decir que vivimos en una ciudad es una contradicción. Desear una ciudad es el camino. Si la juventud no habla de este lío, ¿Quién lo hará?

Ya lo dijo Charly: será porque nos queremos sentir bien que ahora estamos bailando entre la gente.

Plaza de almas

Buen lunes. Hoy es 20 de junio, Día de la Bandera. Uno, capaz el único, de los feriados nacionales más nuestros. Porque fue acá donde Manuel Belgano, cuya vida recordamos en este día de su muerte, creó un símbolo de lo que somos.

El trapo es un elemento clave en cualquier grupo humano. Su creación tiene un poco de vértigo y un poco de tozudez. Y es siempre acto de una voluntad expansiva. Se resuelve operativamente transformar un color en algo más que un espectro de luz.

Hay otra clase de símbolos. Son los que no se deciden. Los que se arman al vesre: significantes que generan su propio significado. La pesadilla de los iconoclastas.

Esto viene a colación de la siesta de hoy.

Hace unas semanas me crucé a Rubén, churrero de oficio, ovniólogo de vocación. Después de intercambiar pareceres sobre las avanzadas de los reptiles globalistas sobre el tablero geopolítico, nos quedamos en un silencio cómodo. A veces las pausas en una charla son placenteras. Permiten reconcentrarse sobre uno mismo, descalzarse en el living del pensamiento. Son como un cigarrillo tras el sexo, como el piiiii en las orejas después de un recital.

Se acercó una señora. Mi amigo le entregó los tres churros rellenos que pedía. Cuando se hubo ido, Rubén, continuando una conversación consigo mismo, me dijo:

⸻Porque no puede ser. Mirá esto. ⸻y sacudió los brazos en torno a la Plaza 25 de Mayo, donde estábamos. ⸻Es la anarquía.

Giré, siguiendo el movimiento de su cuerpo. No entendí a qué se refería. En los bancos de la plaza había algunos estudiantes, gente paseando perros, dos o tres gordas que se habían quedado tomando mate después de una marcha de la FOB. Lo de siempre. Me encogí de hombros. Rubén se enojó.

­⸻ ¿No ves? ¿Vos estás despierto o es chamuyo? ¿En serio no ves?

Tuve que admitirle que no veía. Pedí que me explicara. Lo hizo, como se dice, con pelos y señales:

⸻La plaza es el centro del mundo artificial que representa una ciudad⸻ se exasperó. Después trazó un círculo en el aire y dibujó un punto en el eje imaginario. ⸻Y esta plaza⸻ marcó ahora con su índice un cuadrado⸻, la plaza central de la ciudad, es la nada misma. ­⸻hizo con sus manos y su boca el gesto de que algo se derrumba. ⸻Todo se hizo al tuntún. Es el “y bueee, después vemos” que nos tiene como nos tiene.

Yo seguía sin dar muestras de entender, así que, ofendido, se subió a la bicicleta. Traté de pararlo pero no me hizo caso. Antes de irse me gritó:

⸻Mirá los leones.

Al quedarme solo, me reí. Rubén está re loco. Pero un rato más tarde, masticando sus palabras, me acerqué a la sede de la Municipalidad. Los leones que custodian su puerta miraban con ojos tristes. Solos, esperaban. Oportuna, dramáticamente, las campanas de la Catedral dieron las doce.

Y entonces lo vi.

La Plaza tiene forma de cuadrilátero irregular, ubicado en el borde oriental de la ciudad, a algunas centenas de metros del Paraná. Sus calles internas ligan las esquinas con el centro ovalado, dándole forma de Cruz de Malta. Es, como dijo Rubén, el centro de un mundo artificial, cuyos límites son Buenos Aires, Santa Fe, Laprida y Córdoba. 

Detengámonos un poco en estas calles.

En nuestra primera nota tratamos de ubicar los ejes sobre los que se mueven los distintos actores que forman la Política en Uganda. Uno vertical, que recorre el Interior hasta el Puerto, y otro horizontal, que oscila entre Barcelona y Medellín. Los elementos tienden a ir hacia los confines: X es atraído fuera del tablero, pero la gravedad lo ata a un centro. Algunos dirán por la fatalidad, otros agradecerán a la Providencia. Lo político en Uganda es centrípeto.

En el caso de la Plaza, la fuerza es centrifugadora: se recibe un caudal que se expulsa hacia los márgenes y deja impresiones arquitectónicas más o menos acabadas.

¿Y de dónde entra ese torrente? Es remanido figurar una calle como un río. Y es clásica ya la imagen del mundo configurado por cuatro ríos. Pero los zapatos gastados son los de más fácil calce.

La Plaza tiene cuatro afluentes que conforman su espiral, contrario a las agujas del reloj. Buenos Aires, Capital Económica y por eso Ideológica; Santa Fe, Capital Política y siempre desafiada; Laprida, Prócer que sólo en la muerte pudo encontrar su destino sudamericano; y Córdoba, Capital Espiritual.

Estoy justo en el cruce de Buenos Aires y Santa Fe. En la esquina de estas dos capitales, se levanta la Municipalidad. Y resume la historia de nuestro humilde Estado: el flujo del tránsito llegará desde la Capital aspiracional, partirá hacia la Capital de la que se reniega. La entrada, obviamente, está sobre la Calle del Puerto. Veo a un funcionario, sin despegar los ojos de su celular. Sube sin errar ni un paso los peldaños de la escalera. Veo una guardia de control urbano que toma mate. Me saluda con un gesto.

Camino unos pasos. En la misma esquina, frente a la Muni, se abre la loma de la Plaza Sicilia. Nombre cuyas reminiscencias son tantas que necesitaríamos tres notas aparte.  Casi sobre la calzada, el dramaturgo Luigi Pirandello, vuelto piedra, se agarra la cabeza como no pudiendo creer los personajes que puso en juego. En los bancos del fondo, que cualquier ciudadano avispado evita, abundan linyeras gedientos y quinceañeros cogiendo con la ropa puesta. El palacio de Estado, con su orden centralista, tiene el reverso que merece: la isla ingobernable.

Tomo calle Santa Fe, la calle de la Tierra. Y en su cauce me cruzo con una de las famosas redundancias del Litoral, un sanguche de empanada: el Museo de Arte Decorativo. En esta casa, que fuera de contrabandistas de la alta sociedad, la ciudad explicita su modelo: ser vulgar, en Rosario, es un lujo. Hace años sobre su fachada se colgó un cartel, prometiendo una remodelación que nunca llega.

Justo al lado, está la embajada de España. España sobre Santa Fe: calcos. Metrópolis que los hijos prósperos miran de reojo. En este mismo edificio, Domingo Faustino Sarmiento, el único de los unitarios que tuvo un plan serio para el país litoraleño, imprimió el primer diario de la región.  

Llegamos a Laprida y, fiel a su onomástica, es la calle del Humano. Veo viviendas y comercios. Dan cuenta que esta es una ciudad de las personas. Esas mismas que hacen fila sobre las paradas de colectivos que se extienden sobre la calzada. 

En esta calle encontramos, en dos de sus esquinas, otro tipo de referencias. 

Sobre el cruce con Santa Fe hay una construcción abandonada, que promete ser sede del organismo que administrará la Hidrovía. Todavía no se destapió su puerta. 

Sobre la intersección de Laprida con Córdoba, calle del Espíritu, termina la peatonal. Y se levanta el Bola de Nieve, edificio bellísimo, el primero en altura que se construyó en la ciudad. Nos parece muy acertado que en la esquina de lo Humano y el Espíritu termine el peregrinaje horizontal y se busque lo alto. 

Guardamos esta imagen siguiendo ya por calle Córdoba. Y se nos baja el buen humor. Estamos ante el desierto del alma, personificado en el estacionamiento gigante que está a mitad de cuadra. Nos vemos tentados a darle la razón a Rubén. Y entonces llegamos al Correo.

El Palacio de Correos fue diseñado en principio por Ángel Guido. Se trataba de una torre descomunal. Guido, sobre la calle del Espíritu, quería darle a la Babel que era Uganda, su ícono fundamental. En mitad de la hechura, se puso en movimiento la otra calle de esta esquina: el gobierno nacional no quiso que el edificio del correo rosarino fuese más alto que el porteño. Se tiró abajo lo ya construido, y se levantó en su lugar el palacete que sigue en pie, y que fiel a su función, en cada marcha por lo que sea se llena de consignas.

En diagonal, también en este cruce entre las Capitales Ideológica y Espiritual, está la Catedral de Rosario. Dónde si no. Dicen que el edificio es ecléctico para no decir que es horrible. Una ensalada sin gusto. Sin embargo la cripta donde reposa la Virgen que dio nombre a la ciudad, es apacible. Es probable que sea una señal de la Madre de que lo Bello, Bueno y Verdadero está en las profundidades. Mensaje que se susurra, apenas audible entre el trajín cotidiano.

Sigo caminando y me golpeó la cabeza con la palma de la mano. Hay un quinto río: el Pasaje Juramento. Que se escurre entre la sede del Poder Temporal y la del Poder Eterno. Este camino peatonal liga al Monumento con el centro de la Plaza.

Siempre me gustó que al Monumento Nacional a la Bandera le digamos así: el Monumento. Y me gusta porque todo monumento es en el fondo monumento a una bandera. ¿Por qué si no todos los colores, futbolísticos, políticos, artísticos, van al Monumento con sus propios trapos? Es un caso de metonimia social: se toma al signo por la cosa significada.

Pasa algo similar con el concepto de Plaza como centro del mundo. Cada uno podrá tener su Plaza íntima. La mía es, por ejemplo, la Ciro Echesortu, frente a la vieja estación Rosario Oeste. Pero si llegaste hasta acá, sin dudas coincidirás en que la Plaza de Uganda es la 25 de Mayo. 

En la segunda nota de este newsletter hablé de otro fenómeno parecido a la metonimia: la sinécdoque, que es cuando una parte refleja el todo. Absolutamente todo lo que sucede a los ugandeses se pone en juego, en el texto, entre las cuatro paredes de la taquería. Encontraba así un concentrado de Ética ciudadana: qué nos impulsa, qué nos abroquela, qué nos atosiga.

La siesta de hoy, con su metonimia, vendría a ser un tercer colofón, después de la de los cuadrantes y la de la comisaría, que contribuye a nuestra idea, pitagórica y también reduccionista, de que la realidad es un fractal: una estructura que se repite a distintas escalas con leves y casi imperceptibles diferencias. 

Lo que vi en la Plaza 25 de Mayo fue una Estética de Uganda

Porque acá se produce una representación cabal de nuestro mundo. Que Rubén, racionalista como todo conspiranoico, no podía encontrar. Porque la Plaza no fue construida conscientemente como una alegoría, si no que fue y sigue acumulando data que uno debe hurgar para poder leer. Como quiere. Si quiere.

Cruzo la calle y vuelvo al centro, donde una Columna lo anuncia. Veo la Argentina alada en su cima, las figuras de los próceres que supimos conseguir. Sigo bajando y miro el suelo. Unas huellas marcan el lugar donde un grupo de viejas torcieron los ríos. Y encontraron el círculo a la cuadratura.


Antes de irnos, queremos aprovechar que ayer fue Día del Padre para mandarle un abrazo grande a todos. En este mundo revuelto, recuperar el verdadero sentido de la vertical paterna es fundamental. Y por eso sumamos nuestra voz al reclamo sindical de ampliar la licencia por paternidad en la Argentina.

Ahora sí, nos vemos la semana que viene.

Qué susto ver al suelo hundirse antes del salto

Hola. Otro lunes, pero este es especial. Se cumplen dos meses de nuestra primera siesta. Durante estas nueve notas, quisimos pausar la prisa de los lunes.

Hoy llevamos al paroxismo esa costumbre. Hoy queremos hablar del elefante en la habitación: la inseguridad. Que en Uganda es una crisis del susto.

Para escribir este texto le pedimos ayuda a nuestros amigos los libreros. Mezcla de jefe de cátedra y penúltimo almacenero, ellos toman como nadie la temperatura intelectual de la época. Por eso fuimos al Juguete Rabioso, Paradoxa, Oliva y El Trocadero. En cada lugar nos recomendaron uno de los libros que componen esta producción, permitiéndonos hacer sinapsis, linkear y cruzar data, y, en lo posible, construir pensamiento. Vamos.

Lo que puede un cuerpo

Hace rato que en Uganda la ficción no es competencia de la realidad. El asombro se va perdiendo en las profundidades del susto.

En El cuerpo del delito, Josefina Ludmer, historiza la literatura argentina a partir de cuentos que tengan como tema al delito. El crimen es para la autora instrumento de crítica literaria. Desde la violación en manada de El Matadero de Echeverría a la estafa que significa todo el proyecto creativo de César Aira. 

Ludmer dice, en el programa de su manual, que el cuerpo del delito no es un conjunto de autores y cuentos arremolinados como entidades autónomas, sino un corpus organizado en un gran espacio-tiempo, que termina por definir una cultura. Nos tomamos una licencia para reemplazar las palabras “cuento” y “manual” por las palabras “hecho” y “ciudad”, y decimos: lo que ordena el funcionamiento de Uganda es el crimen.

Fundada como posta de caminos, enseguida se transformó en el centro de contrabando que sigue siendo. El único cambio lo que vendieron: primero fueron bienes muebles, después vino la trata, y en el siglo veintiuno se agregaron los cereales y las drogas.

Pero hoy la cosa se desbocó. El orden está desordenado. Ningún sector del crimen o de quienes debieran combatirlo logra imponerse. No hay un programa que unifique el corpus de los hechos. En el medio quedamos los ciudadanos, lectores pasivos de un manual macabro. 

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El monopolio de la violencia está en subasta y la puja la van ganando los pequeños inversores.

Estamos bajo el azote del sustismo. Es este un hermano menor del terrorismo. No hay estructuras complejas ni grandes capos transnacionales que amenazan la ciudad desde sus márgenes. Su forma organizativa rara vez excede el tercer grado de separación. Pero de igual forma las calles se vacían y todo el mundo anda procurando no recibir el número ganador en la lotería de la anomia«Esto no es vida” se dice en Uganda frente a cada muerte. Luego, la encogida de hombros: si el miedo paraliza, el susto obliga a seguir.

Hay un movimiento “Sé tu propio Jefe”, versión cabeza. Emprendedurismo criminal. La iniciativa privada del fondo de olla. Se entremezclan hijos de, nuevos ricos y gente anónima con ganas de ganar guita o prestigio, que aprovechan la oportunidad e inician su propia Pyme ilegal. Y lo que venden no es tanto droga, sino, y sobre todo, susto. De ahí obtienen su plusvalía.

Sayak Valencia, en Capitalismo Gore, se pregunta hasta qué punto el repudio al negocio de la violencia no ayuda a fortalecerla. Se sabe: no existe la mala publicidad. La condena que el Círculo Naranja sobreactúa, sin atacar las bases que permiten el florecimiento de estas empresas criminales, ayuda a apuntalarlas. Repudio y condolencias no se niegan a nadie.

Es una ficción ciudadana podrida desde los cimientos. Sin los flujos de dinero taca taca provenientes del crimen organizado, nuestro aparato económico se derrumbaría. Sin las oleadas de robos y asesinatos y su saldo convertible en influencia, el curro no vale la inversión. Sin el susto que la atraviesa no se comprende por qué Uganda está ahogada en un vaso de agua, tan turbia como el Paraná.  

Estado sin estaño

El primero de mayo se incendió la Secretaría de Desarrollo Humano de la Municipalidad de Rosario. La pericia encontró rastros de un líquido inflamable entre el mobiliario achicharrado. El día anterior, Martín Stoianovich había publicado una nota en la que contaba sobre el comedor comunitario que Ariel “El Viejo” Cantero apadrinaba en la Vía Honda, con asistencia del Estado Municipal.

Cualquiera pensaría que la ecuación es simple. Un 2+2. Ojalá. Lo que ocurrió fue, tememos, algo peor que un crimen. Fue un error.   

Parecería que nadie en el Municipio sabía que estaban brindándole ayuda a Cantero para darle de comer a una villa. Y que nadie, ni en el gobierno provincial ni en la Justicia, consideró pertinente advertir que uno de los sindicados narcos más peligrosos del país, recientemente detenido en un operativo espectacular, era además un referente barrial que administraba indirectamente recursos estatales.

Que el Viejo, más allá de sus delitos probados y por probar, esté en su derecho, como cualquier ciudadano, de realizar proselitismo, es otra discusión. Pero si los sustistas tienen de rehén a una ciudad entera es, sobre todo, por la falta de inteligencias.

Insistimos en el plural. Faltan o fallan aparatos estatales que recopilen información, la centralicen y la pongan a disposición de quien corresponda. Tampoco existe astucia para entender la realidad que se administra. Como Yerry Mina frente al Dibu Martínez, se exagera una situación manejable. Y a la hora de rendir todes se van diciendo yo no fui. Hay políticas de Estado, pero faltan políticas de estaño.

Es esa cualidaden apariencia intuitiva, que Jauretche denominó estaño, la principal carencia de quienes están a cargo de hacernos sentir seguros. Hay funcionarios que son bichos. Pero colapsados por lo urgente, reventados por la agenda de la política para políticos, se les calcifican sus capacidades. 

Con apenas un grabador y su olfato periodístico, Stoianovich, autor del libro de crónicas Quién cavó estas tumbas, describió una falla estructural del sistema político de Uganda.

En la selva se escuchan tiros

Teniendo esto en cuenta, se entiende el por qué de la inacción de los distintos gobiernos.

Desestimamos el mp3 de Señor Cobranza. El decir que todos coaccionan. La indignación frente a los que son socios en la joint venture de esta jungla. El sentido moral de ese tema, con sus absoluciones o condenas, es ajeno a estas líneas. 

Hablamos de aquellos que en verdad se preocupan, pero no se ocupan. Es que no podrían. El juego en el que estamos escapa a la lógica a la que está acostumbrada la política. Porque no hay campos definidos. Las víctimas del sistema, adoradas por el garantismo, en Uganda se vuelven victimarios. Los guardianes de la ley son sus principales transgresores. El lucro sustista es un gordito dueño de la pelota: rompe toda regla incluyendo las que impone.

Se vuelve necesario otro enfoque. Y conlleva algo que no abunda: tiempo.

Porque mientras tanto se radica un nuevo problema. La materia no tolera el vacío. En un cuerpo, si un órgano es incapaz de funcionar, otro intenta reemplazarlo. Casi siempre fallará, cierto. No importa. La especificidad no determina el ejercicio. 

En Linchamientos. La policía que llevamos dentro distintos autores tratan de abarcar los casos de eso que se llama justicia por mano propia, y lo que queda claro es que eso es una categoría válida. Se trata en última instancia de lo inefable: gente común transformándose en asesinos. 

Batman es efectivo como relato porque es uno solo. Porque es un millonario trastornado. Decenas de laburantes amasijando a un choro escapa a toda regla o marco de comprensión. Y la cosa ocurre también a la inversa: cuatro delincuentes matan a un policía en un control de rutina, y nadie sabe qué pasa a continuación.

Dijo el poeta: de los laberintos se sale por arriba. Qué susto ver al suelo hundirse antes del salto.


Títulos, autores y beneficios

Como parte de nuestra comunidad lectora, durante el mes de junio podés conseguir con descuento los libros que componen el estado del arte ugandés.

El cuerpo del delito, de Josefina Ludmer tiene 10% de descuento en El juguete rabioso.

Capitalismo Gore, de Sayak Valencia, tiene 10% de descuento en Paradoxa.

Quién cavó estas tumbas, de Martín Stoianovich, tiene 10% de descuento en Oliva.

Linchamientos. La policía que llevamos dentro, compilado por Ariel Pennisi y Adrián Cangi, tiene 10% de descuento en El Trocadero.