Discursos de ¡Oh, Dios!

Hola, estamos a una semana de cumplir medio año. Si estás del otro lado leyéndonos, te agradecemos mucho. Durante este mes vendrán nuevas noticias, pero antes de apresurarnos, esta es nuestra cuarta editorial. Sin más preámbulos, acá va.

Oda a la tradición

Durante el mes de septiembre la agencia de mediciones Kantar Ibope Media va a registrar cuáles son las emisoras más calientes en el termómetro radial. Los principales conglomerados de medios están dándolo todo para quedarse con el numerito ganador. Es la última copa, antes de la de Qatar 2022.

En una misma cuadra Cadena 3, la Boing, LT8, Radiofónica y Radio 2 hacen eco de su poder mediático. Después de 23 años, el gran pacto de silencio sobre quiénes escuchan, ¿llega a su fin? La emisora cordobesista puso la encuesta al servicio de su desembarco. La opinión pública, se sabe, no existe. La radio ya no es lo que era, pero sigue siendo. Sobre todo porque en el vetusto esquema de reparto de pauta pública y privada, las ondas siguen cotizando más que el papel y la tevé. Ni hablar de los clicks. Dime quién te financia y te diré quién eres.

Así se entiende que, sin datos todavía, la encuesta nazca exitosa: ya dejó expuesto el poder de fuego de cada multimedio. Cada uno sale a la calle a mostrar sus ejércitos. Los vehículos, los músculos, los fierros. La ciudad empapelada no sabe quién tiene el caballo ganador, pero sí por dónde rumbean las apuestas. En Uganda, más importante que lo que pasa, es lo que se dice que pasa.

A esto hemos llegado

Cuando a los ugandeses se les pregunta por los medios de comunicación, responden basándose en juicios morales bien definidos. Para el público, hay un valor que escapa al negocio. Predomina una voluntad de pertenencia. Se es oyente de Radio Boing como se es hincha de Argentino de Rosario o de Central Córdoba. Miguel Ángel Tessandori despierta tantas -o más- pasiones que Juan Carlos Baglietto. 

En cambio, cuando se les pregunta a los trabajadores de esos medios cuál es su relación con estos, todos se encogen de hombros. Hay tantas respuestas como periodistas existen. Es que en el fondo persiste un ellos y nosotros marcado entre “el periodismo” y “la gente”.

Hace ya rato que los grandes conglomerados se resignaron a la teta de la publicidad. Ningún empresario mediático ugandés que esté en su sano juicio contempla en su esquema de negocios al público. Este apenas le interesa como número en una planilla. 

La encuesta de Ibope plantea una bella cinta de Moebius para los que la miramos de afuera: los medios que viven de la pauta se ven obligados a pautar con el objeto de conseguir más pauta. Este laberinto de espejos plantea otro: ¿qué fue primero, la audiencia masiva o la masa publicitaria?

¿Alguien sabe cuál es la línea editorial de La Capital? ¿Qué directrices de contenido se trazó Canal 5 en su refundación como Telefé Rosario? El que diga que sí, miente. Porque la línea es la de quién da más.

Ovidio Lagos fundó un diario para defender una idea. El estudio de abogados Casanova, Mattos & Salvatierra gestionó la compra del mismo diario para fortalecer los negocios de sus clientes. Guiados por la necesidad y la costumbre, los medios ugandeses caminan el sendero entre la consultoría, el marketing y las campañas.

Así se entiende que los trabajadores y gerenciadores de medios son quienes más necesitan de la existencia del Círculo Naranja. Porque ella los justifica. Y los ampara. Sin él, serían simples cobradores, meros copipasteros. Trabajos que un pasante hace por un tercio de su sueldo.

Por eso es que los periodistas dejan de lado la información y se vuelcan a la performance. Autocultivan su personalidad, hasta rozar la parodia. Generan contactos superficiales, pero asiduos, con figuras importantes de la política, el deporte, las universidades y la economía. Trabajan en la redacción y después siguen trabajando en Twitter. Nada de esto lo hacen por vanidad, aunque también exista: se trata de lisa y llana supervivencia. El mayor o menor éxito en esa puesta en escena, determinará, con su continuidad laboral, los amores y odios del público. 

Un lugar en el mundo

Hay algo peor que mentirse a uno mismo: creerse demasiado. La sobreexplicación se volvió un antídoto contra una realidad que no conforma a nadie. 

En la cancha principal de lo Nacional, los medios en pose de combate dejaron de informar. Ahora son apasionados explicadores. En campaña permanente para fidelizar a los propios, Gobierno y Oposición celebran a sus heraldos oficiosos. Encumbran sus argumentaciones. Repiten su teoría general del Orden y el Desorden. En la cancha auxiliar de Uganda, aún se conservan rituales más humildes. El uso mediático se acerca a la costumbre de la necrológica y la crónica delincuencial. En Uganda, la batalla está en la calle. Y no es cultural, es existencial.  

Como muestra, basta el ejemplo del Atentado fallido contra la vicepresidenta. Desde los medios opositores nacionales, engendraron sus cizañas. Y la respuesta oficial fue beber el remedio de los discursos de odio

El explicacionismo mediático, de un lado y del otro de los fenómenos, perdió la marca de una mayoría social que no quiere darle tantas vueltas a lo que vive todos los días. Y la baja operatividad política de esas teorías le saca rédito a las exclusiones mutuas. La grieta es una batalla de ideas que se combate entre intereses nerviosos. El espectáculo de amor de la intelligentzia por sus ideas. Tiene lógica: viven de eso. 

En nuestro pago, sucedió lo contrario. En el ecosistema de medios, el repudio fue tibio, pero unánime. Los periodistas, por primera vez, no sumaron espejos a la lógica del espanto. En cambio, la que no estuvo a la altura fue la Política. Una concejala stalkeó a un compañero de banca hasta encontrar un like maldito. Amalia Granata quiso crear su propia novela dentro del culebrón y casi le cuesta el cargo. Mientras tanto, en las filas de los almacenes y en los grupos de Whatsapp se repetía un chascarrillo irónico: “si el gatillero era ugandés no le erraba”.

Las encuestas muestran que no se cree en el fallido magnicidio. O que se prefiere pensar en otra cosa. Y no hace falta una investigación muy acabada para saber que la gente anda preocupada por la inseguridad y que hasta el consumo dejó de ser una válvula de alivio. Está en cero la tolerancia a la escucha. 

En esos mismos relevamientos, los medios también juegan la promoción en la tabla de la  credibilidad. Los estudios de opinión arrojan conclusiones inescuchables para todos. Siempre hay una cantidad mayor que es presa o víctima de algo o de alguien. La fisonomía del enemigo se vuelve difusa: el odiador puede ser cualquiera. Y eso sucede porque todos los corazones andan demasiado frágiles.  

Desde acá, que no es allá, pero tampoco es tan lejos, la lógica del amor y el odio no se transmite desde la viralidad mediática. Uganda es la ciudad que mata por dos mangos. La patria movilera va hacia los hechos y declama no incitarlos. Pero para que un árbol haga ruido al caer, es necesario que haya alguien escuchando. O al menos un micrófono y una cámara reproduciendo el derrumbe hasta la náusea.  

El odio como instrumento político es tan viejo como la injusticia. O la violencia. Una de sus formas principales es acusar a la gente, diciendo que se la cuida. Y a la intemperie, en medio de la malaria, cualquier renta moral, por mínima que sea, es salvadora. De cualquier bando puede cometerse una locura. Por eso, en el caos, resultaría tranquilizador descubrir una operación de servicios, y no la simple autoría de un grupito de audaces.

Pero la crisis se ve desde afuera, no desde adentro del Círculo. Los politizados hablan sobre politizados. Y así como se reclamó gobiernos que se parezcan a sus gobernados, las ideas mediáticas se parecen demasiado a sus audiencias. En el encapsulamiento de las dirigencias, los medios son las membranas. A los que más le importa la polarización es a los que están polarizados. Es que el problema nunca fueron los discursos de odio, sino las condiciones de vida.

Eu quiero tener un millón de nichos

En Uganda, el periodismo se mide entre años pares e impares. Electorales sí, electorales no. Hace unos días, uno de los integrantes de este medio, se reunió con un periodista de la ciudad para charlar sobre el ecosistema. 

En off, nos comentaba: para tener esta casa tuve que poner la trucha más que lo que me hubiese gustado, había años electorales que hacíamos programas de entrevistas a políticos solamente para que paguen los minutos al aire, con eso hacíamos lo que no podíamos hacer con este oficio, es decir, vivir bien, ganar guita, tener un patio, un quincho, no mucho más, no soy lujurioso. Ahí, la pregunta se responde sola: a la precarización el periodismo ugandés le responde con la pautización. 

En las bases mediáticas siguen en pie los afiches que recuerdan la hazaña de la Ley de Medios. Hecha la ley se consumó la trampa. Todo quedó o parece haber quedado en eso: solo una lágrima. Cuando se agitan los avisperos de las cuestiones sociales, vuelven a volar las avispas en el aire. Un zumbido hecho reclamo que exige más lugar para las “otras” voces. Que si se les hubiera dado antes, esto no hubiera pasado. Que si la pauta estuviera mejor dividida la enésima batalla cultural ya se habría ganado. Lo cierto es que no se sabe, porque nunca se intentó. 

¿Para quién canto yo entonces?, se preguntaba Sui Generis. ¿Para quien comunican los medios ugandeses? ¿Hay alguien ahí que quiera escuchar? 

República de la Secta

«Las personas captadas por sectas caen porque están teniendo un problema. Y suelen caer a través de alguien a quien le cuentan ese asunto, y que en vez de recomendarle ver un psiquiatra o algún profesional, le dicen: te voy a llevar a un lugar donde yo voy».

Al entrar a la Bella Nápoli encuentro a Sandro Galasso atacando un plato de sorrentinos con salsa bolognesa. Me siento junto a él y pido un bife con ensalada. Levanto la botella de vino Colón, que deja un círculo violeta sobre el hule del mantel. Lleno mi vaso. Miro en la tele de tubos que cuelga sobre la puerta. Cristina Kirchner lee a cámara un diálogo entre dos empresarios corruptos. Escancio. Alrededor, la gente ha terminado su almuerzo y se estira debajo de las mesas. Uno pide un café con un gesto. Llega mi plato. Galasso no ha detenido en ningún momento el flujo de palabras que desató tras mi saludo.

«Se piensa que alguien que entra en una secta es alguien ignorante, con poca cultura. Pero no es así. Hace poco tuvimos un caso en Córdoba, en Río Cuarto. Matrimonio de origen aristocrático, conformado por un hombre grande, que era médico, y la mujer ama de casa. El hijo es ingeniero agropecuario y la hija arquitecta. Mucho campo. Mucha guita. 

Son llevados por un amigo de la familia a casa de un charlatán que decía ver vidas pasadas. El tipo era un polígamo: vivía con cuatro, cinco mujeres, en un lugar que decía que era un templo. La socia principal era una de sus esposas, una mina que se hacía llamar Timei. Hacían sesiones espiritistas, y en uno de esos encuentros terminan captando bien captada a la arquitecta, a la hija de esta familia. Le hicieron creer que en su vida anterior había matado a su hijo. Que para pagar ese delito, para cambiar el karma, y que esto y que lo otro, le tenía que ceder la mitad de los campos de la familia al maestro. 

Ahí entramos nosotros. El doctor Navarro, que es un abogado experto en el tema, y yo, que soy detective privado. Nos contrata el hermano, que en una de las sesiones ya se había dado cuenta que el vidente era un chanta. Pero termina de convencerse cuando en el campo aparece un auto con cuatro o cinco tipos, y le preguntan a los peones: “¿qué tal acá? ¿cómo está rindiendo? Somos empleados del nuevo dueño”. Los peones llaman al ingeniero y este nos llama.

Empecé el trabajo investigativo. Hago una retrospección, voy juntando información dispersa, y determino que el tipo, el líder, había dejado un tendal de estafas en distintos pueblos. La búsqueda me hace llegar a la puerta de un caserón en barrio Jardín, de Córdoba Capital. Una vecina me dice que se escuchaban sollozos de la planta alta, los gritos de una chica joven.

Al mismo tiempo el doctor Navarro tenía todo listo y estaba presentando la denuncia contra el chanta y su mujer, la tal Timei. Lo llamo a Navarro y le digo que agregue que podría haber una persona en cautiverio. La policía nos dio bolilla y al otro día allanan la vivienda. Encuentran en una pieza a una nena de unos dieciséis años atada con cadenas, como si fuera un animal. No, ni a un animal se lo ata así. Ella era la que gritaba. Era hija de Timei, y la tenían encerrada ahí hacía años, con un cuadro de esquizofrenia galopante. 

Logramos que vayan todos en cana, que la familia recupere el campo. También pudimos hacer que la chica cautiva vaya a un lugar donde la contengan. Y logramos que la arquitecta sea desprogramada, que fue lo más difícil».

***

«Se llama desprogramación al proceso por el cual una persona que fue captada por una secta, y tiene el cerebro lavado, puede recuperar su propia mente y se da cuenta que fue estafada.

Existen herramientas técnicas para llevar a cabo este proceso, que es largo. Apurarlo sería un error. Hay puertas que no pueden abrirse a las patadas. Darse cuenta no le gusta a nadie. Creo que era Melville, o no sé si fue Twain, el que dijo que es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que fue engañado

Por eso, no es para hacerme el canchero, pero por eso, la policía no es idónea en estos casos, y las familias nos buscan a nosotros. En el Estado no hay nadie preparado para investigar y atacar sectas, mucho menos para desprogramar gente captada. El que diga que sí, miente. La policía y la justicia entran recién una vez que nosotros tenemos todo el trabajo hecho, para poder tomar las medidas necesarias. Si es que se toman. 

Una vez en Mar del Plata, vamos a rescatar a una chica a la que le hicieron creer que estaba poseída por el diablo. Le hicieron firmar un boleto de compra y venta por su casa, y a ella la tenían como esclava. Lo que se llama penalmente reducción a la servidumbre. La tenían viviendo en un baño de tres por dos, limpiando, cocinando. Nosotros pudimos sustraer a la chica, y ayudamos a la familia con la desprogramación. Pero no logramos que las pruebas que reunimos sean consideradas. 

En casos así, la sensación que nos queda es agridulce. Porque el trabajo para el cual nos contrataron fue cumplido. Lo que no pudimos fue desarmar la secta. Los estafadores siguieron operando». 

Esta es la primera vez que lo entrevisto formalmente, pero conozco a Sandro Galasso desde hace varios años. Una tarde estábamos con Leandro Di Paolo pensando en notas para la revista Apología y surgió la idea de contar la vida de un detective privado. El problema es que no conocíamos a ninguno. Hicimos entonces lo que haría cualquier persona que ignora algo: abrimos el diario, buscamos un anuncio y marcamos el teléfono indicado. Quedamos en vernos en el bar Blanco. No fui al encuentro. Lean sí. Y volvió fascinado. Pegaron tanta onda que volvieron a juntarse. Esa no me la perdí. Hablamos hasta que nos echaron del buffet del Social Lux. A partir de ahí con Sandro establecimos una amistad típicamente ugandesa, basada en conversaciones sobre nuestros respectivos oficios, borracheras, chistes verdes y una mutua y deliberada omisión de temas demasiado personales.

«El coeficiente intelectual de los líderes sectarios es muy bajo. Son tipos ignorantes, que no tienen nociones de lógica, que son incapaces de pensamiento abstracto. Pero son vivos. Tienen una personalidad trastornada del tipo histriónica. 

En mi experiencia, diría que la mayoría son simplemente charlatanes. No persiguen otra cosa que el lucro. No se la creen, en principio, pero tienen el problema que tiene cualquier mentiroso: en un momento se compran su propio cuento. Después hay otros, menos del veinte por ciento, que de verdad son místicos. Quieren ser líderes, disfrutan con oprimir a alguien, con pisarle la cabeza. Son los más peligrosos, y por suerte son minoría. 

¿Qué fachadas usan? Cualquiera les puede servir. Hay distintos tipos de verso. La imagen que uno tiene es que son todos adoradores del diablo. Que todas las sectas son satánicas. Pero no es así. Hay sectas umbanda, hay sectas evangelistas, espiritistas. Hasta de algo tan inocuo como el yoga, como en el caso que está resonando ahora. 

Todas funcionan igual: trabajan la culpa, te van haciendo entrar en un círculo vicioso, a través de falsas promesas. Hagamos la de Mariano Grondona para que se entienda bien. Religión viene de religare, que significa unir. Secta es de sectare, que es cortar, aislar. Y eso a vos te deja ver cómo funcionan las sectas. Separan a la gente de todo su entorno. Para poder aprovecharse».

***

«Los Niños de Dios operaban como secta evangélica en grandes urbes. Iban mutando de nombres y lugar pero actuaban siempre igual. Captaban chicos o chicas muy pobres, y los movían de ciudad. 

Investigando en Mendoza doy con un arrepentido, que había sido pastor en esta secta. Y logro que se ponga a trabajar con nosotros. Nos entrega material bibliográfico. Eran libros perversos, lo pienso y… Tenían fotos de todo tipo de degeneraciones. Había uno que se llamaba Libro de Davidito que… Un espanto. 

El curro económico de ellos era sacarle plata a las empresas. Caían con el verso de que eran una iglesia que ayudaba a los niños, y pedían donaciones. Y también había otra gente de negocios, que sustentaba con dinero a la organización, a cambio de poder tener sexo con los chicos captados. 

Acá en Rosario funcionaban en un chalet en Fisherton, que averiguando doy con que es propiedad de un famoso empresario, que tenía fama de pederasta. Hablé con distinta gente y me contaron que en grandes viajes de negocios, el tipo tenía desesperación por tener sexo con pibitos. Pibitos de hasta 14 años, más ya eran muy grandes para él.»

Mientras Sandro sigue hablando, yo me abstraigo. Pienso en cómo voy a darle forma a esta nota. Es algo que discutimos desde el día cero en nuestro newsletter. La forma en que abordamos un tema es, para quienes hacemos Uganda, tan importante como el tema en sí. Se trata de dar con un estilo pero también de crear un dispositivo periodístico distinto al usual. Porque son tiempos difíciles para el rubro. La inmediatez, la sobreinformación, la posibilidad que tiene cualquier hijo de vecino de hablar sobre cualquier cosa, hacen que nuestra tarea se desdibuje. Se entiende así que los colegas se refugien en el divismo. O se vuelquen a dar primicias de un minuto a minuto que no le importa a nadie. Encerrados en nichos hiper específicos para audiencias que cada vez son más parecidas a las sectas que combate Galasso, Mientras, afuera, la vida sigue transcurriendo. Y en vez de contarla, la recortamos.

«A mí me han amenazado. Legalmente, con intimaciones por acoso. Y también de muerte. Pero nunca me pudieron torcer el brazo.

Una vez en Chacabuco, mientras investigaba una secta que funcionaba dentro del Opus Dei, tuve llamados telefónicos turbios. Pero gracias a Dios no prosperaron. Olvidate. No me iban a correr. Y ellos sabían que no convenía complicarse más… 

En esta materia tenés que mantener la sangre fría, porque la otra opción es matarlos a todos y no podés hacer eso. El sentimiento de impotencia que sentís mientras vas investigando y te tenés que contener, se combate con pensar en la satisfacción que va a ser verlos presos. 

A veces puede parecer que uno tiene demasiado aplomo, y puede ser, pero no hay que olvidarse de que esto es un trabajo para mí. Un trabajo duro, pero eso es lo que más me gusta de ser un detective.

Imaginate que lo que generalmente se me encarga son cosas rutinarias. Me contrata una empresa porque un empleado la quiere cagar con la ART, o un marido porque la mujer se culea al vecino. Cuando viene alguien a pedirme que rescate a la hermana que está en una secta, para mí es como agua en el desierto.

Porque además de la adrenalina, además de sentirme un justiciero, me puedo ir tres semanas a otra ciudad, con todos los gastos pagos. Duermo en hoteles, salgo a comer afuera. Me siento un campeón. Y así disfruto más mi trabajo, y como lo disfruto lo hago mejor. 

En diez minutos me cambio de ropa, me pongo una prótesis en la cara, un aro falso, me cuelgo una bolsa de limones en la espalda y ya no soy Sandro Galasso. Soy otro. Lo principal para conseguir información es tu bajo perfil. Este no es un oficio para jetones». 

Metropolitana

Buena siesta, ugandeses. Hoy les voy a hablar desde mi ciudadanía semi-ugandesa. Esta conversación tiene dos momentos: uno se remonta a diciembre del 97; el otro, a dos semanas atrás con la salida de nuestra editorial mensual. 

Cuando tenía cinco años mi familia decidió mudarse a Granadero Baigorria, la ciudad-barrio de Uganda. En busca de lo mismo que miles de familias que, en las últimas décadas, decidieron irse hacía los márgenes: algo de tranquilidad, un espacio verde, y un lugar donde crecer. Ahora escribo desde la misma pieza que me recibió cuando nos vinimos desde un monoblock de Casiano Casas.

Mi escolaridad la hice en el cordón: Baigorria y Bermúdez. Hasta que empecé a estudiar en Uganda. Gracias a mi gran poder de desorientación, me perdí incluso al ir desde Moreno y San Luis hasta la plaza Sarmiento. Cada tanto me vuelve a pasar. Como consecuencia de eso, en estos últimos años he conocido de Uganda más de un rincón que me enamoró. 

La desorientación a veces es una virtud de la que hay que apropiarse con valentía. Nos ha dado muchas alegrías a los y las que vamos desde el área metropolitana a laburar, estudiar, salir, tomar mates en el parque, recorrer alguna feria y una infinidad de etcéteras. 

Por eso, no entendemos cómo no pueden verlo al revés. Y hablo en plural, porque es un tema de conversación que tenemos entre los forasteros desde que somos jóvenes que deciden buscar algo en Uganda. Algo que, creíamos, nunca encontraríamos por estos lares.

Hace un puñado de sábados, tocó Skay Beilinson en el Metropolitano. La recorrida obligada de un recital de estas características es: previa en el Scalabrini Ortiz, recital y García. Después, vuelta a casa. 

Al igual que durante años, esperé reposada en las paredes de la esquina de Ovidio Lagos y Santa Fe las luces verdes rodeadas de amarillo que anuncian el bondi para volver a casa. Son sólo unos 30 minutos de viaje, como si fuera a Fisherton. Para otros, una hora, o incluso más, si estamos hablando del final del recorrido en Puerto General San Martín. 

En la parada nos cruzamos entre conocidos. Nos saludamos. Intercambiamos impresiones del recital, qué onda Garcia o la Sala de las Artes, a la que todavía le decimos Dixon (o me hago cargo, le digo) como una forma de aferrarnos a un pasado que ya fue. Un ayer en el que descubrimos la Gran Ciudad dejando atrás el miedo a perdernos. 

Los ugandeses también esperan bondis, piden taxis, pasan por un pancho o chipas. La noche nos agrupa y homogeneiza, hasta que, como en la canción de Serrat que toca Farolitos, la fiesta se termina, y vuelve cada uno a lo que le corresponde: el ugandés, a Uganda; nosotros, a nuestra Área Metropolitana. 

En estos años, nos hemos apropiado de un speach, una suerte de charla de ascensor en la que tenemos 2 minutos o menos para encantar a un ugandésy convencerlo de que pierda el miedo (le digo miedo para que suene mas o menos amigable, pero se que es, muchas veces, comodidad), se tome un bondi, y venga para acá. Ofrecemos Sube, números de taxis truchos, comida temprano, por si les preocupa llegar de noche, after por si quieren esperar a que se haga de día, cama, ducha, todo. 

Durante largo tiempo, mis amigas ugandesas me albergaron en sus casas. Se reían cariñosamente de mi capacidad para armar la mochila, oscilando entre la ropa para cursar y la de salir, para esos días en los que volver no me convenía, aunque se tratara solamente de 30 minutos en bondi. 

Para nosotros, es una cuestión de reciprocidad. Ahora, después de patear (un poco) el tablero les decimos: “de la misma manera que nosotros fuimos, ustedes pueden venir”. Pura lógica. 

Cada tanto, sigo escuchando que me preguntan: pero, ¿soles ir a Uganda? Me parece hasta desubicada, porque es obvio que sí. Pero también me encuentro a veces preguntándoles a los de más allá si suelen ir a Uganda, haciendo uso de mi cualidad de metropolitana, de vecina del Gran Uganda. 

A veces nos sale. Convencemos. Los traemos para acá. La mayoría de las veces se van encantados. Ven que no somos tan distintos y, al mismo tiempo, que acá sobrevive algo que en Uganda parece estar muriendo. Un aire que dice que todavía hay cosas que pueden suceder, que todo está por hacerse en este conurbano que hemos construido, y que uno puede despojarse de la pose. Hay algo barrial que te permite ser.  Quizás a Uganda le pasó eso: de tanto que fue, ya es una ciudad que se quedó en el camino. Agotó su aire

“Tanto oxígeno en el aire esta noche, que no quiero ir a dormir. Abriéndose un libro lleno de emociones”, cantaba Mario Pardal, la voz de la histórica banda sanlorencina La bolsa. Un blues for export, desde la región portuaria. ¿Qué sería si esos barcos llevaran nuestras canciones? Llegará el día, quizás, en que desembarquen en algún puerto, en alguna estación más. Tanto oxígeno, tanto para hacer. 

El aire viciado por el humo fabril, que se llena de notas musicales, de voces, de aplausos. Es imposible escribir sobre esto y no talibanear. Saber que acá (todavía) se puede respirar. Sí incluso andando en bicicleta, al traspasar la frontera-parque entre Baigorria y Uganda, te recibe otro aire. Uno que ayuda a respirar. Oxígeno para que surjan las ideas.

El segundo momento de este diálogo llega post editorial. Ahí escribimos sobre el deseo ugandés de constituirse como Ciudad Autónoma. Mencionamos el mil veces presentado proyecto del Puerto de la Música. Este, encargado en el 2008 al arquitecto brasilero Oscar Niemeyer por el intendente Hermes Binner, se trata de una obra millonaria que haría a la ciudad una ciudad más importante. Por eso Uganda lo quería. 

Ahora dicen que la construcción, proyectada para la zona portuaria de Avenida Belgrano entre Pellegrini y Cerrito, se trasladaría a la vera del mismo río, pero a la altura de Granadero Baigorria. Casi en la frontera entre ambas ciudades: en el Remanso Valerio. 

La canción considerada un himnougandés, fue escrita en Baigorria, por un baigorriense. La oración que cualquier ugandés canta a los gritos cuando se encuentra fuera de su tierra para hacerse notar, ni siquiera es propia. Pero algo nos hermana: el río, los puertos, los trenes (cada vez más cerca). Seguimos yendo y viniendo entre una ciudad y la otra. Solo falta perder el miedo a ser, por fuera de esos límites.

Y perder, también, el miedo a perder: prestigio, dinero, identidad. Hace muchos años, al anunciarse el proyecto pensado para albergar a más de 30.000 personas en espectáculos de primera calidad, el ente encargado de llevarlo adelante decía: “Allí donde termina la ciudad y comienza el puerto, ese es el sitio del Puerto de la Música”. Ahora podría decirse lo mismo: allí donde termina Uganda y comienza Baigorria. En esa frontera metropolitana está el sitio para que ocurran muchas cosas.

“Si hubo una casa con diez pinos, ¿por qué no puede haber alguna más?”, se preguntaba Pardal, el pájaro cantor de San Lorenzo. Lo mismo nos preguntamos todos los días. ¿Hay lugar para todos? La respuesta es sí. Si nos animamos a perdernos cada tanto por fuera de la gran Metrópoli para buscar más allá de los márgenes y crear un área metropolitana en la que todos y todas encuentren un lugar para ser en el tercer conurbano más grande del país. Que por fuera del poder de Metrópoli, Uganda le permita a los demás respirar un poco. 

Canción del ocaso

«Había cosas maravillosas en el mundo, cosas maravillosas que no duraban, y eso las volvía más maravillosas.» – Canción del ocaso – Lewis Grassic Gibbon

Hola. Hay cosas difíciles de arreglar y arreglarlas siempre cuesta muy caro. Hoy no es que venga a contabilizar los platos rotos, la idea es juntar los pedacitos del piso. 

Es miércoles. Voy a ver Babasónicos con un amigo. El Metropolitano es tristísimo. Un galpón sin ornamentos. La banda es la mejor de todos los tiempos. En el recital, viajo. Cuando salimos, no hay taxis. Caminamos mucho hasta un bar. La moza nos dice que le queda una pizza y que en media hora cierran. Aceptamos. Comemos rápido, tomamos media pinta y una jarra de agua. Nos vamos.

Al otro día una amiga me pregunta: ¿Qué tal estuvo el recital? Respondo: Dárgelos es el único artista vivo en este país y Rosario está casi muerta, eso ya es mucho.

Es miércoles de nuevo. Después de presentar su libro en Casa Brava, Natalí Incaminato, en una ronda de puchos en la vereda, nos pregunta por la noche rosarina. Ella tiene un imaginario entusiasta de algo que no es. Algunos hacen una mueca, otras desvían la mirada, yo le respondo: si queda algo, es muy pocoEs la fragmentación, me responde. Antes era distinto, le digo. Alguien retruca: antes no existíamos. Le asiento. Apagamos los cigarrillos y volvemos a entrar al bar un rato más.

En medio de todo esto, se anuncia el cierre del bar Berlín. A los pocos días, un partido político, una organización social y el dueño del local,  deciden convertirlo en un museo del Che Guevara.  La idea me resuena: la relación entre museo y mausoleo está a la vista y es imposible hacer caso omiso. Hay algo de esas calles en desnivel que ya no es, ni será. El pacto con esta propuesta es sellar un recuerdo.

Cuando no sé cómo seguir abro WhatsApp. No es un eufemismo, ni un lema, ni una frase ontológica. Abrir una conversación siempre te lleva a otro lugar. En este mundo de puro convencimiento propio, abrir el diálogo parece la única salida para derribar certezas.

Primero mando un mensaje a un grupo de amigos generacionalmente diverso: ¿Qué piensan de la noche rosarina? ¿Cómo era antes? ¿Cómo está ahora? Pienso que nadie va a responder y al rato veo que tengo más de cincuenta mensajes, entre ellos algunos audios que exceden los cinco minutos. La amistad es sorpresiva. Recupero un testimonio:

“A la noche la han matado con el tiempo. Era por zona. La Chamuyera, La isla, Costumbres Argentinas, El Bar Olimpo, para los bohemios. En el centro también estaba Free Pass, Moore, Taura, hermosos boliches. Y estaba la zona de la Terminal donde estaba Década, Satchmo, Eme, una linda movida.  El consumo era de todo, mucha mariguana, rivotril y escabio berreta. Los lugares eran eso. Después todo se movió a Pichincha. Cerraron los cabarets, los centros culturales. Todo se hizo más caro y menos divertido. Yo voy a ponerle nombre. María Eugenia Schmuck fue una de las principales en matar la noche rosarina. Ahora lo único que te queda es tomarte una pinta e irte a un boliche carísimo, o te tomás un vermú y te vas a tu casa. Para salir, como base, con lo que me gusta a mí, necesitás seis lucas y para estar tranquilo. Y si querés una noche con biribiri y champán son diez. A la noche la mataron y la verdad que la extraño mucho”.

El audio lo manda un conocido que está más cerca de los treinta que los veinte. Un pibe que vivió el pico de su noche entre el 2005 y el 2015. La década gastada. Cada generación tiene su propio toldo, su circuito, sus anécdotas. Sus recuerdos que mienten un poco. El recorte para pensar esta nota es la noche rosarina post-democracia. Ochenta, noventa, dos mil y esas dos décadas voraces que le siguen.

La Rusa, una amiga que me hice hace poco tiempo, a la salida del trabajo me recomienda un libro en la parada de colectivo. Ciudades sin deseo, el capitalismo del yoLo compro y lo leo en un bar. Al rato, busco una entrevista donde Constanza Michelenson, la autora, relata: “Ciudades sin deseos es una frase que tomé del libro Eros de Anne Carson donde habla de la geometría del deseo. El deseo entendido como una distancia, una mediación. Una ciudad sin deseo es una ciudad sin distancias. Una ciudad donde no hay límites es una ciudad de autómatas”

La noche ugandesa se transformó es una noche sin zonas. Sin límites. Sin deseo. Fragmentada. Pienso en otro libro. Salón de billares, de Jorge Riestra. Una novela paranoica. Donde un grupo de tipos ven como su barcito de mala muerte es un peligro para el pudor de la época y poco rentable para el nivel y tipos de consumo que empiezan a establecerse como norma. Terminan perdiendo. Cada generación tiene su propio boliche cerrado. Su propia noche clausurada. No fue solo ayer, tampoco fue solo hoy, ni solo será mañana. En Rosario sucede algo estructural que en este momento, como todo, está acelerándose. Transcribo el mensaje de una periodista sub-50 que vivió El Bajo y la noche rosarina entre los 90’ y los 00’.

“La ciudad cambió al punto de convertirse en otra ciudad. Una completamente diferente. La sensación que tengo es que la ciudad de ahora, tapó a la otra. La borró, la desdibujó, se la comió por completo. Hace 25 años había peñas en el patio de Humanidades, un bar que se llamaba La puerta en Entre Ríos y San Lorenzo donde tocaban músicos casi todas las noches y donde escuché por primera vez a la primera banda local formada por mujeres: Las cambio de hábito. Había un programa de radio en la FM TL que se llamaba El Mañanero y casi todos los jueves hacía una fiesta donde se encontraban conductores y oyentes. Estaba el Berlín de la cortada y el sótano que se llamaba Zeppelin. Estaba Luna, y Tucumán abajo, llegando a Sargento Cabral, una esquina enorme que se llamaba El Barrilito. Había fiestas en pasillos antiguos donde uno o dos vecinos abrían las puertas de sus casas. Estaba el galpón okupa donde ahora está la Casa del Tango. La Biblioteca Anarquista, las distintas casas de Planeta XLa comedia de hacer arte en una planta alta de Tucumán y Entre Ríos.”

La noche es lo que se consume a través de ella. En el día uno ve mejor los límites, en la noche las cosas se tensan un poco más. Dice Dárgelos: la noche es un portal imaginario donde habitan los permisos que de día ni en pedo se dan. De los noventa para delante la cosa cambió mucho y rápido. Hay un reminder de okupas en cada ciudad cosmopolita. Toda city tiene su banda de reventados. Un amigo de un amigo me pasa el número de un pibe coetáneo, contrapuesto y complementario de esa noche bohemia. El hippismo y el yonkismo fueron la cara de una misma moneda que giró al rededor del país. Donde nada fue puro en sí. 

¿Qué fue la noche para vos?

La noche se va transformando. No hay un parámetro. La noche que vivió mi viejo, no es la misma que vivió mi hermano más grande o yo, o mi hermano más chico. Yo empecé a salir a mediados de los 90 con doce o trece años hasta el 2005 ponele, hasta que me junté. Yo no viví las piñas de los 80 ni tampoco las banditas de los 00, que fue otra cosa. Desde los 12 hasta un poquito más de los 20 años uno no tiene valor sobre la vida, le sobra vida y la malgasta. Esa fue mi noche”.

¿Qué pensás de las drogas en esa época?

“La noche se hizo para dormir. Por eso cuando uno no duerme necesita incentivos constantes. La noche y la droga van de la mano. O te tomas un whisky o te fumas el doble de cigarros que durante el día. Y si no vas a hacer nada de eso estás seguro que vas por una mina, o si sos una mina por un tipo, lo vas a seguir hasta desvelarte porque el estímulo en la noche siempre está. Hoy en día los pibes creen que están tomando cocaína y están tomando una metanfetamina mezclada con efedrina hecha en un laboratorio a la vuelta de la casa. Ya no se curte la cocaína que se curtía a pleno en los 90′. Menem hizo que la cocaína llegue a los barrios, antes los pibes se morían de HIV y gracias a Carlos entró por la nariz. Antes una bolsa salía 10 pesos, es decir 10 dólares. Vos ahora compras una a 500 pesos, que en cuestión de cambio son, no sé, me da miedo pensarlo. También hay algo con la cerveza. La lata es muy cómoda y hasta cool. Un día, hace poco, íbamos caminando para una radio y mi amigo me dice ¿vamos tomando un porroncito? y le respondo ¿Cómo vamos a ir caminando con un porrón re escrachados? Son las 12 del mediodía. A lo que me responde: ¿Qué tiene? ¡ Vamos con dos latas ! Y así fue,  salimos caminando y nadie nos miró. Antes 15 años atrás vos ibas en cana si ibas con una botella de porrón. Aunque el contenido es el mismo, a las 12 del mediodía un viernes en la peatonal tomando alcohol ibas en cana, ahora la gente ni te mira, ni se sorprende. Es el evolucionismo al nivel del primer mundo que son todos super alcohólicos. Ese fue Macri. Menem nos dio la merca, Macri la cerveza.”

En la nota hay un coro de voces. La primera una mezcla entre menemismo y kirchnerismo. La segunda un aire de primavera alfonsinista se mezcla con un menemismo disfrazado de humanidades. La tercera, es decir, la última es Menem en su estado mayor. Pero ninguna de todas esas es la mía. Si hoy en día tenés veinticinco años y empezaste a salir a los quince, (años más, años menos) agarraste más kirchnerismo que otra cosa. Y de yapa, te aventuraste en ese combo loco de macrismo más pandemia, dos tiempos que parecen no lograr desunirse. Esa sí es mi generación. Un conocido la bautizó: la generación del coma alcohólico con petaca de vodka Peters. Con ella me pregunto qué se hizo, qué se hace y qué se hará cuando sale la luna.

Es viernes y con unos amigos organizamos una comida. Hacemos unos ravioles al disco en la terraza y ponemos un tacho con brasas para pasar el frío, sentados en un sillón recuperado de la basura. En el pasar de la juntada hablamos mucho. Intento hacer el ejercicio de retener en mi memoria las conversaciones. Traigo el tema de la noche y dejo que los demás se explayen.

Hace unos días volví a ver Euphoria. Un poco soy esa generación que se ve ahí. Menos yanqui pero sí casi tan sensible. Una de las pibas dice antes de comer: somos el revival de los 90’ pero con menos entusiasmo y más tecnología. De la pandemia algunos salieron con 18 años de nuevo y otros parecen que ya tienen 40 años. La nocturnidad pasó de ser el anhelo mayor a ser real: la noche tiene partes muertas para algunos y llenas de vida para otros. Y entre medio, la pregunta por lo que fue es el escudo a la no respuesta por lo que será.

Mis amigas cuentan de sus noches entre éxtasis y música electrónica. Mis amigos hablan de la fiesta en la casa de tal hasta la madrugada y la cantidad de alcohol que entra en su cuerpo. La resaca al día siguiente deprime pero se pasa reviendo fotos y charlando sobre lo intensas que fueron las emociones en la vorágine. Entre medio: recitales, recitales y recitales. La sociedad entera sabe que estamos en crisis y por eso la maquinaria del espectáculo sigue y sigue imprimiendo tickets. A falta de oportunidades tenemos shows. Y de ahí, la repetición. Todos estamos tristes pero queremos que llegue el viernes.

Antes del encierro, si no compartías un cigarrillo o una jarra, eras mal visto. Remarca alguien. Estuvimos dos años haciendo la noche clandestina. Lo que pasó después: la clandestinidad se volvió un estado mental. La lógica está en sus detalles. Mi generación se la puso contra una noche sin épica y ahora está viendo cómo sobrevive y resignifica la prohibición, es decir, sus límites. La falta de dinero y el trauma del virus son nuestros enemigos principales. Somos de ese rango etario que se había acostumbrado a vivir con mucha plata y poca estructura. Hijos del final del kirchnerismo y el 2010. Una fantasía de conquista nocturna y oportunidades infinitas de consumo que se espantó cuando mataron a Gerardo “Pichón” Escobar y cerró La Tienda en el año 2015. Una felicidad hecha en vasos tubulares de plástico que se terminó de hundir cuando ahogaron en el Paraná a Carlos “Bocacha” Orellano y cerraron La Fluvial a comienzos del 2020. Lunes, otra vez en la ciudad, la policía y la inseguridad remataron la noche cuando esta ya estaba tirada en el piso. 

Y de ahí. La clausura sin fin. Los tarifazos, el aislamiento, el desfinanciamiento y la desaparición. De la precarización a la autogestión. La entrada a beneficio. El artista que presta su guitarra para que toque la otra banda porque le afanaron los instrumentos del baúl al representante. La DJ que lleva sus equipos para tocar y vuelve en taxi con un nudo en la garganta porque lo que le pagaron de suerte le alcanzó para tomarse algo en la barra y un poquito más. La noche es un remís trucho y cien personas bancando un recital con lo que queda entre alquiler y fin de mes. La cafetización de la existencia. En Uganda, y en gran parte del mundo, se pasó del Ya nadie va a escuchar tu remera al Vendé una remera para que te escuchen. Una época que nos pide ser ese producto o ese servicio que se consume con los ingresos golpeados y la necesidad de conectar.

Decir que vivimos en una ciudad es una contradicción. Desear una ciudad es el camino. Si la juventud no habla de este lío, ¿Quién lo hará?

Ya lo dijo Charly: será porque nos queremos sentir bien que ahora estamos bailando entre la gente.

Plaza de almas

Buen lunes. Hoy es 20 de junio, Día de la Bandera. Uno, capaz el único, de los feriados nacionales más nuestros. Porque fue acá donde Manuel Belgano, cuya vida recordamos en este día de su muerte, creó un símbolo de lo que somos.

El trapo es un elemento clave en cualquier grupo humano. Su creación tiene un poco de vértigo y un poco de tozudez. Y es siempre acto de una voluntad expansiva. Se resuelve operativamente transformar un color en algo más que un espectro de luz.

Hay otra clase de símbolos. Son los que no se deciden. Los que se arman al vesre: significantes que generan su propio significado. La pesadilla de los iconoclastas.

Esto viene a colación de la siesta de hoy.

Hace unas semanas me crucé a Rubén, churrero de oficio, ovniólogo de vocación. Después de intercambiar pareceres sobre las avanzadas de los reptiles globalistas sobre el tablero geopolítico, nos quedamos en un silencio cómodo. A veces las pausas en una charla son placenteras. Permiten reconcentrarse sobre uno mismo, descalzarse en el living del pensamiento. Son como un cigarrillo tras el sexo, como el piiiii en las orejas después de un recital.

Se acercó una señora. Mi amigo le entregó los tres churros rellenos que pedía. Cuando se hubo ido, Rubén, continuando una conversación consigo mismo, me dijo:

⸻Porque no puede ser. Mirá esto. ⸻y sacudió los brazos en torno a la Plaza 25 de Mayo, donde estábamos. ⸻Es la anarquía.

Giré, siguiendo el movimiento de su cuerpo. No entendí a qué se refería. En los bancos de la plaza había algunos estudiantes, gente paseando perros, dos o tres gordas que se habían quedado tomando mate después de una marcha de la FOB. Lo de siempre. Me encogí de hombros. Rubén se enojó.

­⸻ ¿No ves? ¿Vos estás despierto o es chamuyo? ¿En serio no ves?

Tuve que admitirle que no veía. Pedí que me explicara. Lo hizo, como se dice, con pelos y señales:

⸻La plaza es el centro del mundo artificial que representa una ciudad⸻ se exasperó. Después trazó un círculo en el aire y dibujó un punto en el eje imaginario. ⸻Y esta plaza⸻ marcó ahora con su índice un cuadrado⸻, la plaza central de la ciudad, es la nada misma. ­⸻hizo con sus manos y su boca el gesto de que algo se derrumba. ⸻Todo se hizo al tuntún. Es el “y bueee, después vemos” que nos tiene como nos tiene.

Yo seguía sin dar muestras de entender, así que, ofendido, se subió a la bicicleta. Traté de pararlo pero no me hizo caso. Antes de irse me gritó:

⸻Mirá los leones.

Al quedarme solo, me reí. Rubén está re loco. Pero un rato más tarde, masticando sus palabras, me acerqué a la sede de la Municipalidad. Los leones que custodian su puerta miraban con ojos tristes. Solos, esperaban. Oportuna, dramáticamente, las campanas de la Catedral dieron las doce.

Y entonces lo vi.

La Plaza tiene forma de cuadrilátero irregular, ubicado en el borde oriental de la ciudad, a algunas centenas de metros del Paraná. Sus calles internas ligan las esquinas con el centro ovalado, dándole forma de Cruz de Malta. Es, como dijo Rubén, el centro de un mundo artificial, cuyos límites son Buenos Aires, Santa Fe, Laprida y Córdoba. 

Detengámonos un poco en estas calles.

En nuestra primera nota tratamos de ubicar los ejes sobre los que se mueven los distintos actores que forman la Política en Uganda. Uno vertical, que recorre el Interior hasta el Puerto, y otro horizontal, que oscila entre Barcelona y Medellín. Los elementos tienden a ir hacia los confines: X es atraído fuera del tablero, pero la gravedad lo ata a un centro. Algunos dirán por la fatalidad, otros agradecerán a la Providencia. Lo político en Uganda es centrípeto.

En el caso de la Plaza, la fuerza es centrifugadora: se recibe un caudal que se expulsa hacia los márgenes y deja impresiones arquitectónicas más o menos acabadas.

¿Y de dónde entra ese torrente? Es remanido figurar una calle como un río. Y es clásica ya la imagen del mundo configurado por cuatro ríos. Pero los zapatos gastados son los de más fácil calce.

La Plaza tiene cuatro afluentes que conforman su espiral, contrario a las agujas del reloj. Buenos Aires, Capital Económica y por eso Ideológica; Santa Fe, Capital Política y siempre desafiada; Laprida, Prócer que sólo en la muerte pudo encontrar su destino sudamericano; y Córdoba, Capital Espiritual.

Estoy justo en el cruce de Buenos Aires y Santa Fe. En la esquina de estas dos capitales, se levanta la Municipalidad. Y resume la historia de nuestro humilde Estado: el flujo del tránsito llegará desde la Capital aspiracional, partirá hacia la Capital de la que se reniega. La entrada, obviamente, está sobre la Calle del Puerto. Veo a un funcionario, sin despegar los ojos de su celular. Sube sin errar ni un paso los peldaños de la escalera. Veo una guardia de control urbano que toma mate. Me saluda con un gesto.

Camino unos pasos. En la misma esquina, frente a la Muni, se abre la loma de la Plaza Sicilia. Nombre cuyas reminiscencias son tantas que necesitaríamos tres notas aparte.  Casi sobre la calzada, el dramaturgo Luigi Pirandello, vuelto piedra, se agarra la cabeza como no pudiendo creer los personajes que puso en juego. En los bancos del fondo, que cualquier ciudadano avispado evita, abundan linyeras gedientos y quinceañeros cogiendo con la ropa puesta. El palacio de Estado, con su orden centralista, tiene el reverso que merece: la isla ingobernable.

Tomo calle Santa Fe, la calle de la Tierra. Y en su cauce me cruzo con una de las famosas redundancias del Litoral, un sanguche de empanada: el Museo de Arte Decorativo. En esta casa, que fuera de contrabandistas de la alta sociedad, la ciudad explicita su modelo: ser vulgar, en Rosario, es un lujo. Hace años sobre su fachada se colgó un cartel, prometiendo una remodelación que nunca llega.

Justo al lado, está la embajada de España. España sobre Santa Fe: calcos. Metrópolis que los hijos prósperos miran de reojo. En este mismo edificio, Domingo Faustino Sarmiento, el único de los unitarios que tuvo un plan serio para el país litoraleño, imprimió el primer diario de la región.  

Llegamos a Laprida y, fiel a su onomástica, es la calle del Humano. Veo viviendas y comercios. Dan cuenta que esta es una ciudad de las personas. Esas mismas que hacen fila sobre las paradas de colectivos que se extienden sobre la calzada. 

En esta calle encontramos, en dos de sus esquinas, otro tipo de referencias. 

Sobre el cruce con Santa Fe hay una construcción abandonada, que promete ser sede del organismo que administrará la Hidrovía. Todavía no se destapió su puerta. 

Sobre la intersección de Laprida con Córdoba, calle del Espíritu, termina la peatonal. Y se levanta el Bola de Nieve, edificio bellísimo, el primero en altura que se construyó en la ciudad. Nos parece muy acertado que en la esquina de lo Humano y el Espíritu termine el peregrinaje horizontal y se busque lo alto. 

Guardamos esta imagen siguiendo ya por calle Córdoba. Y se nos baja el buen humor. Estamos ante el desierto del alma, personificado en el estacionamiento gigante que está a mitad de cuadra. Nos vemos tentados a darle la razón a Rubén. Y entonces llegamos al Correo.

El Palacio de Correos fue diseñado en principio por Ángel Guido. Se trataba de una torre descomunal. Guido, sobre la calle del Espíritu, quería darle a la Babel que era Uganda, su ícono fundamental. En mitad de la hechura, se puso en movimiento la otra calle de esta esquina: el gobierno nacional no quiso que el edificio del correo rosarino fuese más alto que el porteño. Se tiró abajo lo ya construido, y se levantó en su lugar el palacete que sigue en pie, y que fiel a su función, en cada marcha por lo que sea se llena de consignas.

En diagonal, también en este cruce entre las Capitales Ideológica y Espiritual, está la Catedral de Rosario. Dónde si no. Dicen que el edificio es ecléctico para no decir que es horrible. Una ensalada sin gusto. Sin embargo la cripta donde reposa la Virgen que dio nombre a la ciudad, es apacible. Es probable que sea una señal de la Madre de que lo Bello, Bueno y Verdadero está en las profundidades. Mensaje que se susurra, apenas audible entre el trajín cotidiano.

Sigo caminando y me golpeó la cabeza con la palma de la mano. Hay un quinto río: el Pasaje Juramento. Que se escurre entre la sede del Poder Temporal y la del Poder Eterno. Este camino peatonal liga al Monumento con el centro de la Plaza.

Siempre me gustó que al Monumento Nacional a la Bandera le digamos así: el Monumento. Y me gusta porque todo monumento es en el fondo monumento a una bandera. ¿Por qué si no todos los colores, futbolísticos, políticos, artísticos, van al Monumento con sus propios trapos? Es un caso de metonimia social: se toma al signo por la cosa significada.

Pasa algo similar con el concepto de Plaza como centro del mundo. Cada uno podrá tener su Plaza íntima. La mía es, por ejemplo, la Ciro Echesortu, frente a la vieja estación Rosario Oeste. Pero si llegaste hasta acá, sin dudas coincidirás en que la Plaza de Uganda es la 25 de Mayo. 

En la segunda nota de este newsletter hablé de otro fenómeno parecido a la metonimia: la sinécdoque, que es cuando una parte refleja el todo. Absolutamente todo lo que sucede a los ugandeses se pone en juego, en el texto, entre las cuatro paredes de la taquería. Encontraba así un concentrado de Ética ciudadana: qué nos impulsa, qué nos abroquela, qué nos atosiga.

La siesta de hoy, con su metonimia, vendría a ser un tercer colofón, después de la de los cuadrantes y la de la comisaría, que contribuye a nuestra idea, pitagórica y también reduccionista, de que la realidad es un fractal: una estructura que se repite a distintas escalas con leves y casi imperceptibles diferencias. 

Lo que vi en la Plaza 25 de Mayo fue una Estética de Uganda

Porque acá se produce una representación cabal de nuestro mundo. Que Rubén, racionalista como todo conspiranoico, no podía encontrar. Porque la Plaza no fue construida conscientemente como una alegoría, si no que fue y sigue acumulando data que uno debe hurgar para poder leer. Como quiere. Si quiere.

Cruzo la calle y vuelvo al centro, donde una Columna lo anuncia. Veo la Argentina alada en su cima, las figuras de los próceres que supimos conseguir. Sigo bajando y miro el suelo. Unas huellas marcan el lugar donde un grupo de viejas torcieron los ríos. Y encontraron el círculo a la cuadratura.


Antes de irnos, queremos aprovechar que ayer fue Día del Padre para mandarle un abrazo grande a todos. En este mundo revuelto, recuperar el verdadero sentido de la vertical paterna es fundamental. Y por eso sumamos nuestra voz al reclamo sindical de ampliar la licencia por paternidad en la Argentina.

Ahora sí, nos vemos la semana que viene.

Qué susto ver al suelo hundirse antes del salto

Hola. Otro lunes, pero este es especial. Se cumplen dos meses de nuestra primera siesta. Durante estas nueve notas, quisimos pausar la prisa de los lunes.

Hoy llevamos al paroxismo esa costumbre. Hoy queremos hablar del elefante en la habitación: la inseguridad. Que en Uganda es una crisis del susto.

Para escribir este texto le pedimos ayuda a nuestros amigos los libreros. Mezcla de jefe de cátedra y penúltimo almacenero, ellos toman como nadie la temperatura intelectual de la época. Por eso fuimos al Juguete Rabioso, Paradoxa, Oliva y El Trocadero. En cada lugar nos recomendaron uno de los libros que componen esta producción, permitiéndonos hacer sinapsis, linkear y cruzar data, y, en lo posible, construir pensamiento. Vamos.

Lo que puede un cuerpo

Hace rato que en Uganda la ficción no es competencia de la realidad. El asombro se va perdiendo en las profundidades del susto.

En El cuerpo del delito, Josefina Ludmer, historiza la literatura argentina a partir de cuentos que tengan como tema al delito. El crimen es para la autora instrumento de crítica literaria. Desde la violación en manada de El Matadero de Echeverría a la estafa que significa todo el proyecto creativo de César Aira. 

Ludmer dice, en el programa de su manual, que el cuerpo del delito no es un conjunto de autores y cuentos arremolinados como entidades autónomas, sino un corpus organizado en un gran espacio-tiempo, que termina por definir una cultura. Nos tomamos una licencia para reemplazar las palabras “cuento” y “manual” por las palabras “hecho” y “ciudad”, y decimos: lo que ordena el funcionamiento de Uganda es el crimen.

Fundada como posta de caminos, enseguida se transformó en el centro de contrabando que sigue siendo. El único cambio lo que vendieron: primero fueron bienes muebles, después vino la trata, y en el siglo veintiuno se agregaron los cereales y las drogas.

Pero hoy la cosa se desbocó. El orden está desordenado. Ningún sector del crimen o de quienes debieran combatirlo logra imponerse. No hay un programa que unifique el corpus de los hechos. En el medio quedamos los ciudadanos, lectores pasivos de un manual macabro. 

cs_uganda 

El monopolio de la violencia está en subasta y la puja la van ganando los pequeños inversores.

Estamos bajo el azote del sustismo. Es este un hermano menor del terrorismo. No hay estructuras complejas ni grandes capos transnacionales que amenazan la ciudad desde sus márgenes. Su forma organizativa rara vez excede el tercer grado de separación. Pero de igual forma las calles se vacían y todo el mundo anda procurando no recibir el número ganador en la lotería de la anomia«Esto no es vida” se dice en Uganda frente a cada muerte. Luego, la encogida de hombros: si el miedo paraliza, el susto obliga a seguir.

Hay un movimiento “Sé tu propio Jefe”, versión cabeza. Emprendedurismo criminal. La iniciativa privada del fondo de olla. Se entremezclan hijos de, nuevos ricos y gente anónima con ganas de ganar guita o prestigio, que aprovechan la oportunidad e inician su propia Pyme ilegal. Y lo que venden no es tanto droga, sino, y sobre todo, susto. De ahí obtienen su plusvalía.

Sayak Valencia, en Capitalismo Gore, se pregunta hasta qué punto el repudio al negocio de la violencia no ayuda a fortalecerla. Se sabe: no existe la mala publicidad. La condena que el Círculo Naranja sobreactúa, sin atacar las bases que permiten el florecimiento de estas empresas criminales, ayuda a apuntalarlas. Repudio y condolencias no se niegan a nadie.

Es una ficción ciudadana podrida desde los cimientos. Sin los flujos de dinero taca taca provenientes del crimen organizado, nuestro aparato económico se derrumbaría. Sin las oleadas de robos y asesinatos y su saldo convertible en influencia, el curro no vale la inversión. Sin el susto que la atraviesa no se comprende por qué Uganda está ahogada en un vaso de agua, tan turbia como el Paraná.  

Estado sin estaño

El primero de mayo se incendió la Secretaría de Desarrollo Humano de la Municipalidad de Rosario. La pericia encontró rastros de un líquido inflamable entre el mobiliario achicharrado. El día anterior, Martín Stoianovich había publicado una nota en la que contaba sobre el comedor comunitario que Ariel “El Viejo” Cantero apadrinaba en la Vía Honda, con asistencia del Estado Municipal.

Cualquiera pensaría que la ecuación es simple. Un 2+2. Ojalá. Lo que ocurrió fue, tememos, algo peor que un crimen. Fue un error.   

Parecería que nadie en el Municipio sabía que estaban brindándole ayuda a Cantero para darle de comer a una villa. Y que nadie, ni en el gobierno provincial ni en la Justicia, consideró pertinente advertir que uno de los sindicados narcos más peligrosos del país, recientemente detenido en un operativo espectacular, era además un referente barrial que administraba indirectamente recursos estatales.

Que el Viejo, más allá de sus delitos probados y por probar, esté en su derecho, como cualquier ciudadano, de realizar proselitismo, es otra discusión. Pero si los sustistas tienen de rehén a una ciudad entera es, sobre todo, por la falta de inteligencias.

Insistimos en el plural. Faltan o fallan aparatos estatales que recopilen información, la centralicen y la pongan a disposición de quien corresponda. Tampoco existe astucia para entender la realidad que se administra. Como Yerry Mina frente al Dibu Martínez, se exagera una situación manejable. Y a la hora de rendir todes se van diciendo yo no fui. Hay políticas de Estado, pero faltan políticas de estaño.

Es esa cualidaden apariencia intuitiva, que Jauretche denominó estaño, la principal carencia de quienes están a cargo de hacernos sentir seguros. Hay funcionarios que son bichos. Pero colapsados por lo urgente, reventados por la agenda de la política para políticos, se les calcifican sus capacidades. 

Con apenas un grabador y su olfato periodístico, Stoianovich, autor del libro de crónicas Quién cavó estas tumbas, describió una falla estructural del sistema político de Uganda.

En la selva se escuchan tiros

Teniendo esto en cuenta, se entiende el por qué de la inacción de los distintos gobiernos.

Desestimamos el mp3 de Señor Cobranza. El decir que todos coaccionan. La indignación frente a los que son socios en la joint venture de esta jungla. El sentido moral de ese tema, con sus absoluciones o condenas, es ajeno a estas líneas. 

Hablamos de aquellos que en verdad se preocupan, pero no se ocupan. Es que no podrían. El juego en el que estamos escapa a la lógica a la que está acostumbrada la política. Porque no hay campos definidos. Las víctimas del sistema, adoradas por el garantismo, en Uganda se vuelven victimarios. Los guardianes de la ley son sus principales transgresores. El lucro sustista es un gordito dueño de la pelota: rompe toda regla incluyendo las que impone.

Se vuelve necesario otro enfoque. Y conlleva algo que no abunda: tiempo.

Porque mientras tanto se radica un nuevo problema. La materia no tolera el vacío. En un cuerpo, si un órgano es incapaz de funcionar, otro intenta reemplazarlo. Casi siempre fallará, cierto. No importa. La especificidad no determina el ejercicio. 

En Linchamientos. La policía que llevamos dentro distintos autores tratan de abarcar los casos de eso que se llama justicia por mano propia, y lo que queda claro es que eso es una categoría válida. Se trata en última instancia de lo inefable: gente común transformándose en asesinos. 

Batman es efectivo como relato porque es uno solo. Porque es un millonario trastornado. Decenas de laburantes amasijando a un choro escapa a toda regla o marco de comprensión. Y la cosa ocurre también a la inversa: cuatro delincuentes matan a un policía en un control de rutina, y nadie sabe qué pasa a continuación.

Dijo el poeta: de los laberintos se sale por arriba. Qué susto ver al suelo hundirse antes del salto.


Títulos, autores y beneficios

Como parte de nuestra comunidad lectora, durante el mes de junio podés conseguir con descuento los libros que componen el estado del arte ugandés.

El cuerpo del delito, de Josefina Ludmer tiene 10% de descuento en El juguete rabioso.

Capitalismo Gore, de Sayak Valencia, tiene 10% de descuento en Paradoxa.

Quién cavó estas tumbas, de Martín Stoianovich, tiene 10% de descuento en Oliva.

Linchamientos. La policía que llevamos dentro, compilado por Ariel Pennisi y Adrián Cangi, tiene 10% de descuento en El Trocadero. 

En banda

Hola. Espero que ayer hayas disfrutado de nuestro día. Es bueno celebrar junto a los seres queridos las fechas que nos importan.

Y ya que hablamos de almanaques: se cumplió un mes de nuestro primer encuentro. Un mes, ¿podés creer? El tiempo es un flujo inestable. Algunas horas, algunos años, son más espesos que el resto. Tienen otra densidad. A veces el pasado sigue pasando después de haber pasado.

Eso nos lleva a la siesta de hoy. Que arranca en 2006.

Estamos en la plaza de la esquina de mi colegio. El Negro Salcedo, uno de 3er año, se la juró a unos rugbiers de 5to. Quedaron en encontrarse a la salida. Los rugbiers son cuatro, son más grandes y son rugbiers: en pocos minutos lo dejan en el suelo. Salcedo escupe y juramenta. A los dos días, un rumor corre en el recreo: El Negro conoce gente que conoce gente. Y mandó a llamar a unos de GSP. 

En la mente de cada alumno se cierran persianas imaginarias. Sin embargo a las 13.05 las escaleras de cemento de la plaza Florencio Sánchez están llenas. En el centro del foro, el Negro Salcedo, y a su lado, tres pibes de guardapolvo, pantalones anchos y visera. Son ellos, murmura alguien.

Los pibes de Gran Sensación Popular (GSP) eran los más célebres, pero no existían en soledad. Además de su banda, también estaban los de La Mafia Electrónica. Y los de La Fabela. Y la Banda del Cucha, Ciudad de Dios, El Mando, La Banda de Tablada, Los Ninios Populares… La lista es inagotable. Si tenés entre 25 y 35 años seguro te acordás de alguna otra. 

Eran grupitos de amigos y amigas que se embanderaban en chats y fotologs de Terra. Gedían en los pasillos de los shoppings. Robaban a los desprevenidos en los parques. Se amontonaban en las puertas de Sonic, Mediterráneo y Alto Pelado. Se cagaban a trompadas por broncas dudosas. Inspiraban admiración y repudio en partes iguales. Eran temibles. Eran inefables. Tenían un nombre además del propio. 

En la primera década del siglo, cientos de adolescentes se afiliaron a bandas así. Otros cientos no formaban parte pero decían que sí, porque pertenecer, incluso en apariencia, era una talismán y una llave para mandar.

Ese mediodía, por ejemplo, no pudimos saber si los que estaban con Salcedo eran o se hacían. 

Los rugbiers no aparecen. La multitud se disuelve. El recuerdo también.

Primero de Mayo y Alem. La Plaza de los Recuerdos.

Hasta que de golpe es abril de 2022. Fumo un cigarrillo en la puerta de mi trabajo. Estoy teniendo una buena mañana: los números de la nota de Sofía sobre Mundo Aparte andan muy bien. Por eso, cuando pasa Salcedo por la vereda, en vez de saludarlo con la cabeza y dejarlo ir, lo atajo. Le busco charla.

Sale a la conversación aquella pelea con los rugbiers. Pregunto por los de GSP. De dónde los había sacado, si sabe qué fue de la vida de esos pibes.

⸻Sí… No sé… De GSP nunca más curtí con ninguno. Al que seguí viendo de ahí es a J… que estaba en la banda X…⸻ responde, incómodo y se apura a agregar: ⸻Pero no va a querer hablar.

Hay un fusilado que vive. Una memoria que creía sepultada levanta sus orejas en la boca de mi estómago. Le pido el contacto. Al principio Salcedo se niega. Pero insisto tanto que cede. Me pasa un celular. Esa misma tarde llamo.

⸻¿Hola?

El Negro Salcedo me contó que J… tiene un negocio en Gálvez, frente a un frigorífico. Por eso apenas contesta miento. Digo que estoy haciendo una nota sobre el barrio. Quedamos en encontrarnos el sábado por la mañana.

Tengo dos días. 

Como un alzado que sale del boliche, empiezo a tirar mensajes para todos lados:

⸻¿Te acordás de esas bandas de pibes de mediados de los dos mil?… Che, vos que anduviste mucho en la calle siempre, ¿conocés alguno de la Mafia Electrónica?… ¿Sabés si los de La Fabela…?

El Elefante, a quien conozco de las tribunas de Argentino, dice no acordarse de nada pero sentencia:

⸻Según entiendo fueron las inferiores de la delincuencia de hoy.

Coincidiendo con él, Miguel Ángel, un ex integrante de La Hinchada Que Nunca Abandona, me cuenta que algunos pibitos de La Banda del Cucha terminaron en la barra de NOB. Después de la anarquía que significó la partida del Pimpi Camino, los pibes ascendieron. Y se constituyeron como la nueva dirigencia: si algo no tolera el poder es el vacío. Cuando le pregunto por algún contacto me dice:

­⸻En esa época que ellos eran giles, mandaba yo. Y cuando mataron al Pimpi y me corrí ya no me importaron. Por eso no me acuerdo de ninguno.

Carina, que desde chica anda por Zona Norte, me señala el carácter policlasista de las banditas. Contra el imaginario que quedó de aquella época, en los grupos convivían pibes de distintos sectores:

⸻ En 2008 anduve un tiempo con uno de La Mafia Electrónica. Vivía en una mansión de Alberdi, por calle José Hernández. Era medio piyi, ¿te acordás de los piyis? o sea era un banana bárbaro, pero de mucha mucha guita. Quiero decir que, al menos esos pibes, no eran todos negros cabezas. Había blancos cabezas también, je.

Consigo el número de Fernando, que militó en Ciudad De Dios. Me informa:

⸻Con tu mensaje me hiciste volver el tiempo atrás. Todo el asunto arrancó como en joda y después quedó. Y lo que era joda se volvió algo serio. Sinceramente no se me ocurre por dónde empezar. ⸻ y no me manda más nada.

La última que me responde es Juli, una docente. Me  manda un link de un blog que se armó durante un curso de informática: “Esta banda se dedica a ganar un respeto” dice la entrada firmada por un tal Sebastián, que se reconoce como GSP.

La lectura de aquel blog me inspira: si nadie más va a responder, googleo. Me paso horas en internet. Escarbo páginas a las que el algoritmo llega tarde o mal.

Leo notas policiales, como esta sin firma en La Capital, que asegura que “es complejo determinar cuáles son las diferencias que separan a estos grupos. La clave está dada en los sentidos implícitos y derivados del verbo mandar. Sólo basta decir: ‘LME manda’ para instalar las condiciones ideales para una pelea que puede ser verbal o ir más allá de las palabras”.. 

Me cruzo con canales de YouTube de los Ninios Populares. Ninio Juancito filma a sus amigos caminando por el parque. Ninia Maqi hace collages en Movie Maker con Brillante Sobre El Mic de fondo. Los veo joder. Ser pibes como cualquiera.

Llega el sábado. Estoy en Gálvez, frente al almacén de J… Inspiro, exhalo. Los pulmones se me llenan del aire pesado y rancio del frigorífico. Toco timbre. Alguien se asoma. 

El pibe debe tener mi edad pero parece más viejo. Tartamudea. Nunca me mira a los ojos.  Es, en una palabra, raro. Todos los que sobrevivieron a algo son así como es él: caminan arrastrando los pies. Aceptan todo lo que les pasa. Las costumbres, los saberes adquiridos, el instinto: nada parece funcionar en ellos. Sólo les queda la rutina. Gestos mecánicos. Como si su vida fuera la cáscara vacía de una vida anterior, más plena.

Me presento. Hablamos un poco del barrio. Enseguida desvío la conversación hacia el tema que me interesa. J… no se sorprende. Parece que nada podría hacerlo. Si un tiranosaurio pasara por la avenida no le causaría más sorpresa que mi pregunta:

⸻¿Cómo era estar en la banda de X….?

Apoya sus manos en el mostrador, estira los pulgares.

⸻Había pibes bu-bu-buenos pero ta-también había de los otros.

⸻¿Hablás con alguno?⸻ insisto.

⸻Muchos se resca-ca-cataron. Hay varios que están tra-trabajando de embarcados, porque es la única que-que encontra-traron. Irse y dejar todo⸻ sacude la palma sobre el hombro. ⸻En cambio, otros….

Dos tipos entran al almacén hablando a los gritos. J… se calla de repente. Vuelvo a la carga.

⸻¿Qué querés decir?

Niega con la cabeza. Y en voz baja me pide que me vaya. Sus ojos van de mi cara hacia los dos que esperan ser atendidos. Me persigo. Busco indicios de peligro. Pero es delirio de J… Los tipos sólo están ahí para comprar un poco de pan, tal vez una cerveza. No mucho más. Me encojo de hombros y me despido. Toda la charla me parece una pérdida de tiempo. 

Villa Gobernador Gálvez, aquella ciudad perdida entre galpones, baldíos y casas.

A la madrugada me llega un audio. Es J… Por el tono y el volumen de su voz, es obvio que está re puesto. Lo extraño es que, aunque arrastra las palabras, ya no tartamudea:

⸻ Nosotros fuimos unos capos porque tuvimos todo: fuimos los reyes de la ciudad, y después terminamos en la lona. Rosario hoy por hoy es un infierno y nosotros ayudamos a prenderlo. Y nos quemamos nosotros también, pero qué mierda me importa. Lo importante es que todo está prendido fuego…. A veces tengo miedo. Otras me da orgullo. Y otras me da miedo que me dé orgullo, no sé si me explico…

Que tengas un buen lunes. Nos vemos la semana que viene.

Ni un pez, ni un arlequín, ni un extranjero

Buen lunes. Espero que andés bien.

Estoy muy contento de que podamos encontrarnos de nuevo mediante esta maravilla que es la palabra escrita, prueba irrebatible de que la telepatía existe: escribo en mi casa, me leés donde fuera. Hoy mi mail, nota o cómo se le quiera llamar, va sobre un hallazgo. Un lugar que encontré carancheando en la ciudad.

Porque si, como decía el poeta, la vida de un hombre puede reducirse a un único momento, un precioso instante en el que intuye quién y para qué es, entonces todo el devenir de un territorio debería poder hallarse, concentrado, en un solo edificio. Un punto geográfico que condensa todos los espacios circundantes.

Ese lugar, esta sinécdoque existencial, es, en Uganda, la Comisaría 15. Llegué ahí por motivos penales que no vienen al caso. Y entre sus paredes descascaradas y carteles impresos en Arial 20 encontré una Rosario en miniatura.

En la puerta había dos indias, esperando algo. Una, la mayor, tejía. La más joven tenía la hechura del barro seco. Dentro de la taquería estaba un viejo, que me contó que había sido víctima de una estafa electrónica. Tras el mostrador me atendió un oficial de policía del montón: moreno, pelo cepillo, aires de importancia y sumamente amable con todos los que le hablaran con el tono indicado. Un tono que es parecido al que usan las prostitutas con sus clientes.

En las cuatro horas que estuve ahí vi desfilar a una mujer a la que le habían usurpado la casa, un psiquiatra de un manicomio de la zona que venía a avisar la fuga de un interno, una señora que acusaba a sus vecinos de maltrato animal, tres denuncias por robo, una por un choque entre una moto, un auto y un colectivo, dos personas que habían perdido los documentos y se enteraron que ese trámite ahora se hace en los distritos, y una pareja que se acusó mutuamente por maltratos y que terminaron demorados ¡en la misma celda!

Cada uno de los temas más dinámicos de la agenda de nuestra ciudad se ponían en funcionamiento en la sala de espera: la malaria económica, la antipolítica, la crisis habitacional, el caos de la movilidad, la violencia de género, el animalismo, la malaria emocional y, obviamente, la inseguridad.

Tomé un montón de notas durante todo ese tiempo. Y para no. Frente a mis ojos y oídos, y también narices, porque una comisaría, además de verse y oirse, huele, huele a humedad, a aceite de motor, a sudor, a tostadas, a perfume de mujer policía, se daba una especie de puesta de escena grotesca. Como si fuera una obra inédita de Armando Discépolo, cada secuencia seguía una lógica similar, donde la confusión hilarante daba paso a sentimientos más pesados. 

Algunas de esas anotaciones me parecen dignas . Por ejemplo:

No sé si es normal que la gente se largue a llorar sola y se siente en el piso sin saber qué hacer. No sé si es normal. Seguramente lo sea. Pero eso no lo hace menos duro de ver.

Otras son francamente malas, pero comparto una porque sé que la autohumillación está de moda:

Esa es una de las cosas que se hacen en una comisaría. Sentarse a no olvidar. Repasar lo que pasó hasta que ya pierde un poco el sentido. Y también la importancia.

Y también hay otras que son ambiguas, como este monólogo que improvisó el doctor sobre su paciente fugado mientras compartimos un cigarrillo, esperando al sumariante.

—Un día nacés y cuarenta años después te tirás de un tapial de cuatro metros de alto. Vas rengueando hasta la avenida. No conocés a nadie, nadie te conoce. Te acordás de un pariente lejano, de un amigo que no ves desde la secundaria. Te inventás un lugar al que ir. La clave es moverte. Vas, venís, pero siempre encontrás una excusa para no alejarte mucho. Y al final, pasan las horas. Te sentís cansado. Volvés. Porque estás atrapado, aunque saltés la pared más alta del mundo estás atrapado. Siempre volvés.

Medio lacónico ¿no? Capaz peca de forzado. Pero eso fue lo que me dijo el psiquiatra. Es una transcripción casi casi textual. 

Sobre el final de la tarde, cuando oscurecía, las indias de la puerta, que todo el rato habían permanecido aparte, empezaron a gritar. Se me erizaron los pelos de la nuca. Pensé en incendios, imaginé turbas iracundas. Pero era otra cosa: desde una puerta lateral salía un reo esposado.

El policía que lo acompañaba lo llevó hacia el centro de la sala. Las indias ahora lloraban. Cuando el pibe fue liberado de las garras de metal que le sujetaban las muñecas, se vio rodeado por el abrazo de las mujeres. En la confusión de cuerpos girando estrechados, alcancé a ver que el reo también lloraba. Estoicamente. Mientras las indias invocaban gracias mirando hacia el cielorraso, él apenas soltó algunas lágrimas, con la vista perdida en el suelo. 

Toda la secuencia tenía cierto aire de teatro. Los gestos, las palabras eran exageradas. Como pasa en la vida cuando los sentimientos son reales. Es que a veces la realidad es tan intensa que se vuelve irreal. Diganlé si no al cana presente en la escena, al que descubrí moqueando emocionado.

En la Comisaría 15, sita en el corazón de Zona Sur, encontré condensado todo lo que es Uganda. La inseguridad no ya como drama, si no como rutina. Las veredas anchas. Esa forma tan particular de contarle las costillas a todo y a todos, que se esconde en una mirada suspicaz o en un comentario colocado milimétricamente como si fuera al pasar. La mezcla improvisada. El tedio. El culoinquietismo. La falta de fe en las instituciones que supimos conseguir. La convicción de que podrían ser mejores. Los vecinalismos de distinta índole. El mirar paranoico por encima del hombro. La charla utilizada como pasatiempo. Los lugares comunes que son eso, lugares comunes, pero que se vuelven insólitos si uno quiere

Porque acá el sol golpea tan fuerte que todo busca sombra. Es una cualidad básica del paisaje: las cosas tienden a ocultarse para sobrevivir. Y se repliegan en dobleces. Habrá que desplegarlos. Como canta Barfeye en “Comisaría”en este manicomio a cielo abierto que es Rosario no te encuentro y no te dejo de buscar.

Con ese temazo termina la siesta de hoy.

Nos vemos el lunes que viene.

¿Qué carajo es Uganda?

Buena siesta, ¿Cómo estás? Este es nuestro primer encuentro y acá estamos, felices de inaugurar el newsletter de los lunes al que bautizamos con prisa pero con pausa. De nuestro lado, esperamos que sean tantos que pronto quede en la memoria, pero como la primera impresión nunca se olvida, queremos invitarte a viajar por nuestra Uganda.

Acordate de la primera vez que te descubriste parte de Rosario. Seas nativo o extranjera, poco importa. Hay un momento, único, irrepetible, en el que las coordenadas de la ciudad se dibujan en el GPS del pensamiento y no pueden resetearse. Al menos no del todo.

Si hoy llegara un marciano y preguntara por Rosario, uno, una, une, guía turístico existencial, podría agarrar un papel y dibujar dos ejes. En el extremo superior, colocaría el Puerto; en el inferior, el Interior. Hacia el costado izquierdo, escribiría el nombre de Barcelona; en el derecho, Medellín. 

Con esas contraseñas, se abrirían los pliegues de sentido de este lugar que el poeta Eduardo D’anna llamó Capital de Nada. Una ciudad sin origen ni fundador, basada en disputas míticas sobre su historia desde su creación misma: cada cual con su Rosario para ofrecer al mejor postor. El centro de un universo que no responde de sí. Un sitio perdido, que necesita reivindicarse cuna. De algo. Lo que sea. El fútbol. El rock. El peronismo. La progresía. A pesar de que sus exponentes tengan que irse para ser.

En el eje vertical que vertebra la realidad rosarina, nos encontramos con el sueño portuario de la burguesía comercial abierta al mundo, enraizado en un fondo irreductiblemente provinciano. Una frustración inspirada en promesas de exportación que no pueden superar su doble dependencia. A las luces de Ciudad de Buenos Aires, médula del país unitario que mira hacia El Mundo, por un lado. Y por otro, al núcleo telúrico que aporta volúmenes cuantiosos de granos que vender y migrantes a los que dar cobijo. 

Para las provincias, Rosario es un enclave colonial porteño. Para los ambarenses, una prima pobre a la que se mira con desdén. En esa negación de su mismidad, en ese cerrarse todas las puertas, puede hallarse una de las claves. Rosario es wannabe. Quiere pertenecer en vez de ser. Por eso, como un Mago de Oz tras las cortinas, su Concejo Municipal practica el distincionismo: cada visitante, por breve que sea su trayectoria, será condecorado, y su arribo a la Ciudad Aislada en medio del páramo provinciano será agradecido. En paralelo, cada uno de los hijos de la ciudad, aunque recién arranque en lo suyo, será coronado de laureles por believers empalmados de novedad, al tiempo que rencorosos vecinos contemplarán la escena chasqueando la lengua: “¿ese? si iba al club con mi primo, lo conozco, es un boludo”.

También hay un eje horizontal, en el que la caracterización se da por repetición. La Chicago argentina, alimentada por dinastías criminales de principios de siglo XX, mutó en una ensoñación multicultural. La parsimonia de la Barcelona progresista, con cientos de razas conviviendo en un clima de creación expansiva. Corrientes de pensamiento crítico nutriendo la institucionalidad de un Municipio que se creyó moderno y capaz de recoger las dinámicas más profundas del vitalismo ciudadano. Pero no logró mucho más que algunas buenas intenciones. Y bastantes de las otras. Es por eso que la Rosario de progresismo siemprejoven y desacomplejado, se desdobló en otra de criminalidad, violencia y narcomenudeo. Dr Jekyl socialdemócrata, Mr Hyde tiratiros. Claro que, en ambos casos, por el eje vertical irresuelto que condiciona la ciudad, todo queda, una vez más, en nada. La Sagrada Familia de Gaudí rosarina son las construcciones de mal gusto de Puerto Norte. Los cárteles en teoría omnipotentes tienen que ir a mamar del poder político y financiero tradicional para poder seguir existiendo. Todo es demasiado precario, rudimentario, de cabotaje.

Ni las teorías del urbanismo importado de las ciencias sociales europeas ni la desmesura asesina de las economías criminales ahorran la fascinación por lo impropio. Ya no hay centro, ya no hay periferia. Todo oscila en torno a la validación, que llega de afuera: ser es mostrarse. Hasta los bandidos juveniles que quieren dar el salto tuvieron que recurrir a un trapero del Conurbano para posar con su armamento, tan locales como condenados a la subordinación. El manto consagratorio de la mirada ajena, una constante en la historia rosarina. Esa ciudad que no encuentra un destino, un estilo, ni una mísera nomenclatura. Es y no es.  

Entonces, uno debería decirle al hipotético marciano del comienzo: esta ciudad es todas. La ciudad de la creatividad infinita y la frivolidad supina. La de la impulsividad emprendedora y la de la violencia sin fin. Entre esas coordenadas se distribuyen los afanes de la izquierda que se cree Podemos y las picardías de las instituciones que controlan la economía nacional desde el silencioso poder ancestral; los espíritus autonomistas a la catalana y las almas piadosas de tradición patria; con la verba inflamada del socialismo que llegó a gobernar y la melancolía disgregante de un peronismo que solo apela a un pasado que nadie recuerda; con radicales programáticos encumbrados en su atril universitario y con la influencia de una Iglesia Laica en una ciudad con nombre religioso, pero espíritu racional. 

¿Cuál de todas las Rosario es la verdadera? Capaz un poco de cada una. Y lo cierto sea aquello que señaló el Ministro que llegó como enviado de la Metrópoli, pero, como los protagonistas de Casa Tomada, tuvo que agachar la cabeza y huir. Esa experiencia, al menos, nos dejó una definición tan feliz como ingrata. Acaso la realidad sea así. Porque esto es Uganda, hermano.

Bienaventurada tu lectura, con este mapa en mano, nos vemos el lunes que viene, con prisa pero con pausa, o mejor dicho, en la sección del caranchito.