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2001: presente continuo

Diciembre es un punto entre pasado, presente y futuro. El autor va hacia donde la vida se empeñó en persistir: un comedor, una madre, un cura, un legado. Desde la Ludueña de Lepratti hasta los pibes de hoy en Empalme Graneros: ¿Qué felicidad se imagina donde se baten récords de homicidios?

Fotografía de Martín Stoianovich

Por Martín Stoianovich 21 de diciembre

No puedo escribir sobre la vida mientras hay tanto pibe matándose. Algo así apunté hace diez años en un verso nacido de un berretín de hoja en blanco. En estos días, habiéndose convertido en un trabajo, escribir sobre muertes -la muerte- desvanece cualquier tipo de pretensión literaria.

Aparece entonces algo que satura: la sensación de estar describiendo lo mismo, más allá de las diferencias en los quién, los qué, los cuándo, los dónde, y los por qué. La similitud en estas historias -en sus desenlaces, a decir verdad- es parte de un lío que nadie puede resolver hace al menos una década Por tirar solo unos números: 276 crímenes en el departamento Rosario en lo que va de 2022, 1919 en la última década. Y 205 menores de edad: todos, todos eh, de barrios populares. 

Me alivia estar escribiendo esto. Sin pirámide invertida, sin alguna doblevé. Un poco sobre la muerte, tanto más sobre la vida. Es que, al final, prevalece esa idea: no hace falta elegir, a cierta profundidad no se distinguen una de otra. Historias hermosas se dan acá también, donde se vive la tragedia que uno narra, que otros leen.

Golpeo el portón del comedor del Padre Edgardo, en barrio Ludueña, y le digo a la señora que me atiende que estoy buscando a Ada. Ada sale al minuto, sonríe y me abraza como cada vez que nos vemos. Últimamente es cuando vengo al barrio a ver qué pasó la noche anterior y aprovecho a pasar a saludarla en el comedor, donde ella trabaja en la cocina para los pibes. Hoy, un miércoles que a media mañana ya arde a más de treinta grados, Ada y sus compañeras repartirán a 240 chicos unas 480 empanadas que acompañarán con arroz.

Ya hablé tanto de Gabi, su hijo asesinado a los 13 años en 2013, y tan poco de ella que pensé en que este diciembre podía ser una ocasión. Algo conté en otras crónicas, sobre un arroz con pollo que comimos en su casa un sábado de abril de 2014. Habían pasado seis meses de lo de Gabi, y su gente me había invitado a compartir un encuentro desde el cariño: esas maneras de sobrellevar los duelos que se aprehenden en su andar propio.

Nos volvimos a ver llegando diciembre de 2016, trabajando en un documental sobre la crisis del 2001, las revueltas sociales y la represión que dejó nueve muertos en la provincia. En un momento del documental surgía la pregunta: qué diferencia había entre Pocho Lepratti y Gabi. Uno maestro, el otro alumno, los dos asesinados -uno por decisión del Estado, otro por su desidia-, y ambos velados en la escuela del Padre Edgardo.

Le pregunto a Ada si recuerda aquellos días de diciembre de 2001 y me dice que sí, pero antes larga un poco de su propia historia, que es parte de los movimientos migratorios internos que convirtieron a Ludueña en un barrio de casi 50 mil habitantes. Cuenta que nació en Chaco, en el Lote 1 de unas quintas cercanas a Campo Largo, y que, en 1982, cuando tenía 11 años, sus padres quisieron venir a Rosario cansados de pelarse el lomo en la cosecha de algodón. Padre, madre, Ada y siete hermanos se subieron al vagón de un tren de carga y aguantaron 800 kilómetros hasta llegar a la ciudad con un primer objetivo: encontrar a la abuela Florinda, que vivía en Ludueña.

Ya en los 90’, con la familia acomodada trabajando el suelo en un terreno que les había cedido el Ferrocarril, al padre de Ada lo empezó a visitar Pocho Lepratti. “Se hicieron re amigos, Pocho le llevaba semillas y pollitos para que mi viejo los críe”, cuenta. A Lepratti lo mató un milico y así se marcó ese destino de mito para la militancia social, de nuevo fusilado que vive. Pero fue con el tiempo. En lo inmediato se dieron otras muertes, pequeñitas, dentro de mucha gente. Lo dice Ada: “Su muerte fue como que muchos corazones quedaron rotos”.

Después dice que Gabi, su hijo, tenía algo de Pocho porque en el barrio lo querían mucho. Pero el pibe se parecía un tanto más a Walter Campos, que tenía 16 años y había llegado desde Chaco. Vivía cerca, en Empalme Graneros, y un francotirador de la Tropa de Operaciones Especiales lo mató de un balazo en la cabeza a más de cincuenta metros de distancia, el mismo día que mataron a Lepratti. Tal vez hay que mirar para aquel tiempo al momento de pensar cuándo se empezó a naturalizar que un pibito se desplome en la calle de su barrio por un plomo en la cabeza, o que una escuela se convierta en sala velatoria.

En 2022, entre Ludueña y Empalme Graneros, los barrios de Gabi y Walter Campos, fueron asesinadas 50 personas. Una de las bandas enfrentadas en el telón de fondo de esa masacre, según una investigación judicial, estaba liderada en la calle por un pibe nacido y crecido en Ludueña. De guacho se alimentaba en el comedor de Edgardo, a una cuadra de su casa.

En 2013 estaba complicado, pero no tanto como ahora”, compara Ada con el año en que mataron a su hijo. “Ahora nos sentamos en la vereda y estamos mirando de reojo si pasa una moto. Busco sentarme mirando para los dos lados como para tener tiempo de reaccionar”, dice y pone de ejemplo un caso que pasó a metros de su casa. Doña Magdalena, 74 años, asesinada en abril por intentar parar a los gritos el ataque a tiros de unos pibes desquiciados.

Son chicos del barrio que los ves crecer y por eso duele”, lamenta Ada. Este tipo, ahora señalado como líder de una banda de Ludueña a los 28 años, era un nene cuando Lepratti todavía vivía en el barrio. Y Lepratti, que estudiaba en el profesorado de Filosofía y Ciencias de la Educación con Orientación Pastoral Juvenil del Instituto Superior San Juan Bosco, escribía sobre esos pibitos.

Para un seminario de Pedagogía Salesiana que entregó en 1999 analizó sobre la juventud: “Los medios de comunicación, las y los adultos, los profesores, las iglesias, los políticos, las ciencias sociales y médicas, la policía, entre otros están diciendo algo de la juventud como grupo social y también sobre cómo vive. De esta manera se van construyendo discursos sociales, imágenes y estereotipos, que muchas veces no dan cuenta cercana de lo que les pasa, hacen, sienten o sueñan los jóvenes. Se quedan en la apariencia y no van al fondo de lo que les significa hoy día ser joven, específicamente joven de sector popular”. Decía que, después, los propios jóvenes tendían a repetir ese discurso elaborado por otros sobre ellos mismos, limitando lo que en todo caso es el potencial: la mirada propia, la participación.

Debemos considerar que la juventud vive un presente y lucha por un futuro, vive su propio tiempo y su propia cultura, y en ella se encuentra precisamente una de las posibilidades más grandes de transformación positiva y visionaria de la comunidad en general”, pensaba. Su mirada entusiasta hoy chocaría con los números que evidencian una transformación que, lejos de ser positiva, despedazó a la juventud de esos sectores populares normalizando la cárcel o la muerte temprana como destino. La visión de los que sobreviven, mientras tanto, continúa ausente en los discursos sociales de los que hablaba Lepratti.

Con esa fe característica el tipo cuestionaba también la idea de que pronto se acabará todo: “No podemos estar al final de los tiempos, en el fin de la historia. ¿Qué hemos hecho por el mundo para que eso sea así? Recién comenzamos, está todo por hacer, hemos dejado la adolescencia y comenzamos a crecer en conciencia, queda casi todo el camino por recorrer”.

Ada vuelve a entrar al comedor para terminar de cocinar las empanadas y el arroz, los pibes empezarán a caer en cualquier momento. 

Los recuerdos del 2001 se diluyen en este presente continuo: a pesar de aquel diciembre, está el de hoy. Entonces va un deseo genuino de felicidad, como sea que te guste imaginarla. 

Gracias por acompañarme en esta visita.

Fotografía de Martín Stoianovich
Escrito por Martín Stoianovich

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