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Uganda rocanrol

Un grupo de jóvenes pinta una bandera con la cara de sus ídolos, otras realizan rituales para viajar a ver a su banda favorita por primera vez, otros venden remeras para costearse la vida empilchando pasiones propias y ajenas. Mientras tanto, la cronista merodea alrededor de una de las expresiones populares más importantes del mundo: el rock. Ese maldito ritmo que cada vez que dan por muerto levanta una bandera diciendo acá estoy.

Fotografía de Sofía Fernández

Por Sofía Fernández 26 de septiembre

Buenas tardes, ¿cómo estás? Nos volvemos a encontrar esta vez para hablar de un fusilado que vive: el rocanrol.

Nos remontamos a algunos domingos atrás. Son alrededor de las 6 de la tarde. El sol empieza a caer o al menos eso parece. Entre el humo, el naranja del atardecer se ve raro. Todo parece estar suspendido. Como si la nostalgia nos sostuviera para no caer.

En una terraza de Echesortu seis amigos hacen los últimos retoques a la bandera que yace en el piso. Tiene la cara de Juanse, ex líder de los Ratones Paranoicos y la del Diego, inmortalizados junto a la frase: “Para el pueblo lo mejor”. Entre choripanes y jarras de Amargo Obrero, hablan sin proponérselo sobre recuerdos: lo que el rocanrol hizo con la vida de cada uno.

“Nosotras somos todas pibas de barrios humildes. Seguíamos a los Stones hace mucho, pero cuando vinieron la primera vez a Argentina no dimensionamos la magnitud de su llegada y seguimos pateando los recitales de siempre: La Renga, Los Piojos, Callejeros. En el 2016 con gualicho mediante, sacamos las entradas y fuimos por primera vez. Fue el mejor recital de nuestras vidas. Por eso cuando en el 2017 tocaron en Barcelona y en París, algunas decidieron ir”. 

Quienes me lo comentan son pibas de la “Peña Stone”. Al enterarme de su existencia quedé anonadada. Nació al año del recital de la banda de Jagger en Argentina. La sede es el patio de una casa. Las historias son millones y me las cuentan mientras devoran latas de Quilmes, y llenan de rouge los filtros de los fasos. 

“En el 2017, una de nosotras había comprado junto a su novio las entradas para ir a verlos a París. Semanas antes del recital, se pelean. El pibe no quería devolverle su entrada. Nos organizamos y fuimos un sábado hasta zona norte en colectivo. Cinco pibas con flequillo, pañuelos, una bebé y un cochecito. Cuando llegamos a la casa del ex, nos atiende la hermana. Le dijimos que íbamos a esperarlo hasta que volviese y así lo hicimos durante horas. Compramos birras. Nos instalamos. Imaginate la forma en la que nos miraba la gente que pasaba. No entendían nada, pero no íbamos a irnos sin la entrada de nuestra amiga. Y así fue”.

Amistad, hermandad, familia. El rocanrol da eso a millones de jóvenes en todo el país. Un sentido de pertenencia. Un sentir colectivo: “Donde hay una lengua sabemos que hay uno de los nuestros. En cualquier parte del mundo”, me dicen. Y también pasa en Uganda.

Alguien va a escuchar tu remera

A comienzos de los 90, una vieja vaquería se transformó en poco tiempo en lo que ahora conocemos como “Alcohol”. La primera rockería de Uganda nació por el deseo (y la visión) de un pibe que quería conseguir las remeras que hasta ese momento solo veía en Buenos Aires. Así, empezó a traer de las bandas que iban en alza: los Rolling Stones, Pink Floyd, AC DC, los Redondos, Soda Stereo, Sumo, Attaque 77 y otras. Más tarde llegaron los parches, cintos con tachas, pañuelos, morrales, y zapatillas Converse. Los jeans, como pasaban desapercibidos, dejaron de venderlos. 

Durante décadas los jóvenes llevaron en sus cuerpos muchas modas: “Llegaron los skaters, después lo urbano y el animé, pero el rock siempre siguió siendo el contenido principal de nuestro negocio, así desde hace más de 30 años. Porque todavía hay un público que lo viste, que lo lleva como estilo de vida”, comenta Guillermo Simón, el dueño del local de Mitre 876.

Acompañando las dos caras, el público y las bandas: “Siempre estuvimos de este lado, junto a los grupos locales. Cuando Cielo Razzo salió a pistas, Pablito Pino nos trajo el afiche para ver si lo podíamos pegar. Así lo hacíamos también con Los Vándalos, El Vagón, entre otros. Nos traían incluso con semanas de anticipación. Quedaban en lista de espera hasta que las fechas de la agenda cultural iban aconteciendo y se nos despejaban las paredes y las vidrieras. Ahora la movida pasa por otro lado y pasan meses sin que se acerquen bandas a traernos algo para difundir. Quizás los chicos ya no quieren rock. No sé. La rebeldía y la explosión que generaba el rock ahora por ahí es fogoneada por otras expresiones musicales”.

Con más o menos bandas, la cultura del rock todavía persiste en las calles. Resiste en los pocos lugares físicos donde sigue sonando. Y aunque cambiaron las vidrieras, las remeras se siguen pidiendo (ahora casi exclusivamente de forma virtual) para cruzarse y sonreír al ver que todavía hay alguien que está ahí, que sigue acá.

Piedras rodantes

El rock encontró en Uganda, como en Argentina, distintas trincheras: los ricoteros por un lado, los de Soda por otro. Los que preferían a La Renga, y los que elegían a Los Piojos, por solo nombrar a algunas. Y los que se embanderaron en la lengua stone escuchando a bandas como los Ratones Paranoicos, La 25 y Jóvenes Pordioseros, entre otras. Los rollingas, catalogados como “una especie en extinción” en el orden de las tribus urbanas que fueron “estudiadas” hasta el cansancio en las universidades y los programas de televisión.

Si el cuadrante de esta ciudad, tuviera en cuenta a estas culturas que la componen (rollingas y stones) seguramente los ubicaría en los lugares donde los conocí: la escalera del Credicoop de calle Ovidio Lagos, la pista de García Bar donde me enseñaron a bailar (humildemente) al ritmo de Caras de limón de Los Gardelitos, o Nena bien de la banda de Junior. También en los barrios, en las veredas de los kioscos, en los patios de las casas. Bancando al rock barrial, como La Clavija, La Doble 2, Carrocería Vieja, entre otras.

Es el caso de la “Peña Stone”: cuatro pibas que se conocían de “patear” en distintos recitales, soñaron y concretaron su deseo de verlos en vivo y en directo. Al año de haberlo logrado, se juntaron a recordar esa noche. Necesitaban algo que las identifique, las agrupe, un sello, un nombre. Y así nacieron, por la necesidad de celebrar una pasión.

“Cuando vinieron en 2016 juntamos hasta el último mango.  Hicimos la fila virtual, comiéndonos las uñas, escuchando CD’s que de a poco íbamos dejando, sin querer, en el piso, todas sentadas alrededor, hasta que nos dimos cuenta que habíamos formado una especie de ritual. Puse hasta una foto de mi viejo porque una de las pibas dijo que él nos iba a dar suerte, que había sido el más rockero. Fue un gualicho stone. Volvimos a hacerlo para despedirlo a Charlie cuando murió”.

Por fuera de esa ubicación de la cultura rollinga-stone, también hay que señalar a quienes han sostenido su impronta: podría mencionar decenas, pero esta entrega se haría muy larga.

Voy a citar al periodista Juan Cruz Revello, autor de La lengua universal. Acudí a él con la bendita pregunta: “¿Es Uganda la cuna del rock nacional?” A lo que me respondió: “En el 65 se editó el simple La Respuesta, de Los Gatos Salvajes, y puede ser considerada como pionera en cuanto a composición de autor con letra en español.  Me encantaría que exista un espacio físico –ponele museo, o como sea-, donde la gente de la ciudad, o el turismo, pueda ir, revisar la historia, pero también el presente”. 

Agrega que rollingas o stones, hay en todos lados, pero hay algo en Uganda, que la convierte en terreno fértil para que florezca la cultura popular: “No sé si nos distinguimos por eso, porque no vivo en otro lugar. Puedo decir que la música que se hace acá, al menos la vinculada al universo del rock, en general es muy buena, porque sí escucho material de otras provincias, y entiendo que nos destacamos y hay características que nos diferencian. Pero no sé si es universal. A veces siento que Rosario tiene una autonomía artística impresionante, y que vemos y sentimos a los artistas locales porque entendemos el background con el que fabrican las canciones, la idiosincrasia, el día a día, hasta quizás sus estructuras emocionales”.

Los análisis continúan, en terrazas y bares, veredas, entretiempos de partidos canallas y leprosos, en bondis que llevan a recitales, en previas a los mismos, en las mesas de las casas de amigos, al lado, casi siempre, de un fuego que no para de crecer. Una piedra rodante que sigue y seguirá girando.

Juventud, divino tesoro 

El tono de esta entrega comenzó siendo nostálgico, pero mutó con el correr de los días. En realidad no hay que añorar algo que todavía no murió. Al rocanrol lo dieron por muerto miles de veces en la historia. Incluso esta iba a ser otra más, pero no hay que apresurarse en escribir epitafios. 

Nos volvemos a ver mucho más rápido de lo que imaginan: este miércoles, como celebración de nuestros seis meses de vida, inauguramos La visita, nuestra nueva sección. Sólo para demostrar, que esto It’s not only a newsletter. Es mucho más.

Que tengan buen lunes y que suene esto. Abrazos.

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Fotografía de Sofía Fernández
Escrito por Sofía Fernández

Sofía Fernández (1992) es periodista. Redacta para Noticias D. Coordina y produce la Revista Posta de Ideas. Trabaja como CM para el centro cultural Estación Cultural, entre otros.

2 Comentarios
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Diego
2 meses antes

Excelente columna Sofi

Uganda
1 mes antes

[…] parece haber quedado enquistado en el recuerdo. Lo barrial, o mejor dicho, lo rollinga, es eso que identifica como resistencia y comunidad. Un lugar sublevado donde lo que queda se reinventa sobre sí mismo: […]

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