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Todas las gentes que se olvidan de Dios

Hoy, les vengo a contar la historia de un personaje, que, de alguna manera es, y a la vez, no es, los cuatro puntos en su conjunto. Una especie de materialización humana de aquella primera hipótesis. Esa persona es el Padre Ignacio Peries Kurukulasuriya.

Fotografía de Andrés Mainardi

Por Andrés Mainardi 11 de abril

Hola, ¿Cómo andás? Espero que bien, o al menos, en búsqueda de eso. Y si andás no tan bien, o mal, me gustaría que esta historia pueda distraerte un poco, y tal vez, quien dice, darte alguna cuota de fe.

Te pido que recuerdes nuestro primer correo. Ahí dijimos que Uganda se despliega en un cuadrante. Hay un eje horizontal, donde podemos encontrar Barcelona en una punta, y en la otra a Medellín. Y hay un eje vertical: en uno de sus extremos está el Puerto, y el Interior en el otro. Hoy, les vengo a contar la historia de un personaje, que, de alguna manera es, y a la vez, no es, los cuatro puntos en su conjunto. Una especie de materialización humana de aquella primera hipótesis. Esa persona es el Padre Ignacio Peries Kurukulasuriya.

El Carancho ugandés. fiel a su principios, se encuentra con Ignacio.

“No tengo religión, tengo ansiedad” canta Juanse y me identifico. Con cierto desequilibrio emocional sobre el cuerpo, arranqué  este viaje con más dudas que certezas. En mi perfil personal de Instagram, Facebook y Twitter, los lugares predilectos para canalizar la angustia y la frustración del siglo XXI, publiqué un texto para rastrear historias cercanas a él. Precisaba orientarme. Cito: “Estoy buscando relatos y experiencias de sanación/místicas con el Padre Ignacio, todo lo que puedan aportar será bienvenido.”

La primera persona que me habla es Javier. Es hijo de la ex Directora de la Escuela del Padre Ignacio. Me pasa el teléfono. Le escribo entusiasmado. Ella manda un único audio: «Disculpame, no sé qué querés saber pero la gente cercana al Padre no habla, porque de eso se trata, la lealtad se mide así, no tengo mucho para contarte, más que mi recorrido y alguna que otra anécdota». Después de eso, deja de responder. Me dolió más la contrapregunta que la clavada de visto. La interpelación: ¿Qué quiero saber sobre el Padre Ignacio? No lo sé, y ese no saber es lo que más me incomoda.

La segunda persona que me responde en Instagram es Cecilia. Tiene 25 años y estudia Medicina.

 «A mi vieja le habían diagnosticado cáncer y el pronóstico era muy malo, ella fue a lo del Padre, cuando le tocaba pasar, él la miró y le dijo que no tenía por qué estar tan asustada, que no era nada grave y que se iba a curar. Mi mamá no le había dicho ni una palabra todavía, después volvió a su casa, y a la semana hizo una interconsulta y el diagnóstico le cambió, fue mucho menos invasivo y pudo zafarla tranquila»

Me llega un tercer mensaje. Es una ex docente de mi carrera, que me pasa una nota de una revista llamada Ornitorrinco. “Acceso agua bendita” se titula la crónica de Tomás Viú. Son una serie de apuntes de un viaje al barrio Rucci, el lugar donde está la Parroquia Natividad del Señor, la iglesia del Padre Ignacio. Una curiosidad me queda grabada: “el barrio se inauguró con el nombre Primero de Mayo pero todos lo conocen como barrio Rucci”. Después, la identificación de los ojos del narrador con los míos: un joven extranjero en una zona periférica narrando los contrapuntos entre la urbe y la penumbra.

El Padre Ignacio explicando lo necesario que es ayudarnos con un cafecito.

Después de esa crónica comienza la sed. Que no se sacia. Consumo notas, libros, papers, documentales, entrevistas, todo el Estado del Arte habido y por haber en Internet. Mientras tanto, me llega otro mensaje al teléfono. Un conocido, quien pide que respete su anonimato:

“Cuando era pendejo venía mal, fui a un médico que me dijo que tenía una enfermedad en el estómago y que la causa era porque fumaba mucho porro, con el tiempo el cuadro se puso peor, vómitos, náuseas, no podía comer ni tomar nada. Entonces, fui a ver al Padre Ignacio y me dijo que no me preocupara, y que la causa no era la mariguana, que la causa era el estrés que venía llevando, que la solución era la calma, la paz. Le hice caso y hoy soy devoto»

Hay tantas historias con las cuales se puede introducir su perfil que todo parece multiplicarse hacia el infinito irrepresentable. Entre todo ese cementerio de hipervínculos, elegí algunas anotaciones que creo convenientes para construir este fractal.

Revelando los cuadrantes del primer mail, si el Padre Ignacio es el Interior, es por la constante del iluminado: no serás profeta en tu propia tierra. El curita se refleja en el espejo de dicho espanto. Es la rosarinidad a la inversa. Hay un documental en YouTube en el cual él comenta que su destino no era nuestra ciudad, sino un pueblito cordobés. Llega acá por un reemplazo temporal, y de ahí termina quedándose acá para siempre. El oxímoron: cuando le entregan la distinción como extranjero distinguido, él responde: “ya no me siento más un ceilandés, soy por completo argentino”. Pedagogía interna: cuando me digan quién soy, diré lo contrario.

Si el Padre Ignacio es Barcelona, es por su multiculturalismo, la posibilidad de sentarse con cualquiera más allá de su origen y procedencia. El respeto hacia la diversidad es su arma de doble filo. ¿Barcelona? La Ciudad Liberada y al mismo tiempo La Sagrada Familia. El cura criado a té y colonialismo, es, para los creyentes ortodoxos de la ciudad, muy permisivo. Para los liberales no creyentes de la City, muy reaccionario, ¿Pero en el medio que hay? Un cura que escucha y se sienta con cualquiera con tal de construir.

Esa es la potencialidad de su(s) obra(s): la posibilidad de sentarse con gente de la derecha y ser corrido por izquierda, de sentarse con gente de la izquierda y ser corrido por derecha, una imagen muy franciscana que al mismo tiempo tiene como mantra la sanación. No soy yo quién les habla, soy un instrumento de Dios. 

Valga un ejemplo. En el año 2012, el cura en una nota para La Capital, nombró a la homosexualidad como un problema psicológico. La asociación civil por los derechos LGBT Vox salió al cruce, y pidió la rectificación de los dichos. El padre les ofreció una reunión en la parroquia. Del entredicho a la construcción en conjunto: al año siguiente, en el show televisivo Huellas de Navidad, Ignacio trató el tema “Familias de la Diversidad”, sentando al aire de un programa católico de televisión abierta a una pareja homosexual. 

Si el Padre Ignacio es Puerto, se puede definir necesario recuperar la eficaz sociología espontánea que hizo Pedro Patzer sobre el lugar donde se instaló: 

“Los laicos de familias acomodadas no vieron con buenos ojos la llegada del cura moreno y barbudo, sin embargo su tarea en los barrios más humildes y su vocación por unir comenzó a dar frutos entre la juventud rosarina que, sin distinción de clases (tanto los del Parque Field, zona residencial, como los del Barrio Rucci, zona más humilde) se unió a su obra y fue pilar en la construcción del centro de salud, escuela y parroquias que a fuerza de «polladas», asado de pollo para miles, les permitía reunir fondos.”. 

El Puerto es posibilidad de sociabilidad entre una sociedad postergada y otra que avanza sin cesar: el Padre Ignacio es el puente entre esos dos mundos. No sólo metafóricamente: gracias a sus desvelos, se construyó el puente que cruza la avenida Circunvalación, uniendo ambos barrios. Ignacio es la posibilidad de estar con los más humildes y el poder al mismo tiempo. Cómo funciona un puerto: operarios y CEOs transnacionales. El amor sobre toda diferencia social.

Y de alguna manera, si el Padre Ignacio es Medellín, es porque vive en la ciudad del silencio, donde lo oculto, aquello sobre lo que no se habla, lo que no se dice pero que se sabe, es la moneda corriente de su vulgaridad. Y acá entran dos historias recientes. 

Una es la de Luciana Vanessa, una mujer que gestionaba turnos y bendiciones en la ilegalidad. Cobraba a los creyentes, desesperados por la sanación, cifras de más de cien mil pesos por visita. Los propios allegados al cura hicieron la denuncia. Y explicaron que esta no sería la primera vez.

La otra es la de la foto despechada. La imagen con Carolina Losada. Esa postal que es sensual, porque muestra para esconder: adelante el escote, atrás el intimismo del Círculo Rojo. Eso que un viejo comenta masticando un escarbadientes: se hacen los que se pelean pero se juntan a comer todos los martes. Galdeano, Villavicencio, Losada, Martorano, Perotti, y siguen los nombres. El frente de frente de los frentes: los que pelean al mismo tiempo llevan la manija. Y en el medio, también el Padre. Eso es Medellín: lo que se teje tras las cortinas. A pesar de los pesares, es un lugar que Ignacio conoce y elige ignorar, al mismo tiempo. ¿Quiénes pagan la causa? El oportunismo del mano en mano, el chantaje, los pequeños cabos, Lucianas Vanesas en el blindaje de la vida.

Galdeano, el párroco de Funes, el padre Ignacio y Carolina Losada.

Pongo punto a esa frase. ¿Y cómo sigo?

Me veo revolviendo palabras de otros. Pasan horas. Un amigo me envía un mensaje de su madre: 

“La única vez que fui a ver al Padre fue hace 25 años, mi hija, que ahora tiene 28, tenía tres años y estaba internada en terapia intensiva por una enfermedad en la cual había que esperar un proceso para ver si se salvaba o no, y ahí cuando llegamos nos pusieron en fila, yo le mostré una foto y él dijo que iba a estar todo bien, pero lo raro fue cuando me puso una mano en la cabeza y me empezó a frotar la panza. A los pocos días me enteré que estaba embarazada nuevamente”.

Escuchar la voz de la mamá de mi amigo, me hace acordar que hace algunos días que no hablo con la mía. Mi vieja es católica, Agustina, de la Parroquia del Pilar, ubicada en Ayacucho y Pasco. Aunque es de madrugada le mando un mensaje: “Viejita, te extraño, vamos a comer algo en la semana, y otra cosa, ¿Vos no tenés alguna historia para contarme sobre el Padre Ignacio?”.

A las 7.30 de la mañana me levanta llamándome al teléfono. 

“Mientras la estábamos bautizando a Rocío, mi ahijada, él vió que estaba embarazada y me agarró la panza con las dos manos y me dijo buen parto, va a ser una llegada no tan difícil, y así lo fue”. 

Después me envía la foto que certifica la historia:

Ignacio, siempre más cerca que lo que uno puede llegar a imaginar.

El que estaba en la panza era yo, y recién, después de buscar e investigar qué relación podía llegar a tener con el Padre Ignacio me termino dando cuenta que él estaba más cerca de lo que pensaba: ¿Será todo así siempre? No lo sé.

Charly García, Clics modernos, último tema: huellas en el mar, sangre en nuestro hogar. ¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá, para estar acá?

Nos vemos el lunes que viene, otra vez, con prisa pero con pausa. Un abrazo.

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Fotografía de Andrés Mainardi
Escrito por Andrés Mainardi

Andrés Mainardi (1996) es trabajador de prensa y casi comunicador social. Produce un programa de TV para Telefé Rosario. Colabora y escribe notas para Diario La Capital, Revista Panamá y Revista REA. En sus ratos libres labura de CM.

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