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Ni un pez, ni un arlequín, ni un extranjero

Estoy muy contento de que podamos encontrarnos de nuevo mediante esta maravilla que es la palabra escrita, prueba irrebatible de que la telepatía existe: escribo en mi casa, me leés donde fuera. Hoy mi mail, nota o cómo se le quiera llamar, va sobre un hallazgo. Un lugar que encontré carancheando en la ciudad.

Fotografía de Marco Mizzi

Por Marco Mizzi 4 de abril

Buen lunes. Espero que andés bien.

Estoy muy contento de que podamos encontrarnos de nuevo mediante esta maravilla que es la palabra escrita, prueba irrebatible de que la telepatía existe: escribo en mi casa, me leés donde fuera. Hoy mi mail, nota o cómo se le quiera llamar, va sobre un hallazgo. Un lugar que encontré carancheando en la ciudad.

Porque si, como decía el poeta, la vida de un hombre puede reducirse a un único momento, un precioso instante en el que intuye quién y para qué es, entonces todo el devenir de un territorio debería poder hallarse, concentrado, en un solo edificio. Un punto geográfico que condensa todos los espacios circundantes.

Ese lugar, esta sinécdoque existencial, es, en Uganda, la Comisaría 15. Llegué ahí por motivos penales que no vienen al caso. Y entre sus paredes descascaradas y carteles impresos en Arial 20 encontré una Rosario en miniatura.

En la puerta había dos indias, esperando algo. Una, la mayor, tejía. La más joven tenía la hechura del barro seco. Dentro de la taquería estaba un viejo, que me contó que había sido víctima de una estafa electrónica. Tras el mostrador me atendió un oficial de policía del montón: moreno, pelo cepillo, aires de importancia y sumamente amable con todos los que le hablaran con el tono indicado. Un tono que es parecido al que usan las prostitutas con sus clientes.

En las cuatro horas que estuve ahí vi desfilar a una mujer a la que le habían usurpado la casa, un psiquiatra de un manicomio de la zona que venía a avisar la fuga de un interno, una señora que acusaba a sus vecinos de maltrato animal, tres denuncias por robo, una por un choque entre una moto, un auto y un colectivo, dos personas que habían perdido los documentos y se enteraron que ese trámite ahora se hace en los distritos, y una pareja que se acusó mutuamente por maltratos y que terminaron demorados ¡en la misma celda!

Cada uno de los temas más dinámicos de la agenda de nuestra ciudad se ponían en funcionamiento en la sala de espera: la malaria económica, la antipolítica, la crisis habitacional, el caos de la movilidad, la violencia de género, el animalismo, la malaria emocional y, obviamente, la inseguridad.

Tomé un montón de notas durante todo ese tiempo. Y para no. Frente a mis ojos y oídos, y también narices, porque una comisaría, además de verse y oirse, huele, huele a humedad, a aceite de motor, a sudor, a tostadas, a perfume de mujer policía, se daba una especie de puesta de escena grotesca. Como si fuera una obra inédita de Armando Discépolo, cada secuencia seguía una lógica similar, donde la confusión hilarante daba paso a sentimientos más pesados. 

Algunas de esas anotaciones me parecen dignas . Por ejemplo:

No sé si es normal que la gente se largue a llorar sola y se siente en el piso sin saber qué hacer. No sé si es normal. Seguramente lo sea. Pero eso no lo hace menos duro de ver.

Otras son francamente malas, pero comparto una porque sé que la autohumillación está de moda:

Esa es una de las cosas que se hacen en una comisaría. Sentarse a no olvidar. Repasar lo que pasó hasta que ya pierde un poco el sentido. Y también la importancia.

Y también hay otras que son ambiguas, como este monólogo que improvisó el doctor sobre su paciente fugado mientras compartimos un cigarrillo, esperando al sumariante.

—Un día nacés y cuarenta años después te tirás de un tapial de cuatro metros de alto. Vas rengueando hasta la avenida. No conocés a nadie, nadie te conoce. Te acordás de un pariente lejano, de un amigo que no ves desde la secundaria. Te inventás un lugar al que ir. La clave es moverte. Vas, venís, pero siempre encontrás una excusa para no alejarte mucho. Y al final, pasan las horas. Te sentís cansado. Volvés. Porque estás atrapado, aunque saltés la pared más alta del mundo estás atrapado. Siempre volvés.

Medio lacónico ¿no? Capaz peca de forzado. Pero eso fue lo que me dijo el psiquiatra. Es una transcripción casi casi textual. 

Sobre el final de la tarde, cuando oscurecía, las indias de la puerta, que todo el rato habían permanecido aparte, empezaron a gritar. Se me erizaron los pelos de la nuca. Pensé en incendios, imaginé turbas iracundas. Pero era otra cosa: desde una puerta lateral salía un reo esposado.

El policía que lo acompañaba lo llevó hacia el centro de la sala. Las indias ahora lloraban. Cuando el pibe fue liberado de las garras de metal que le sujetaban las muñecas, se vio rodeado por el abrazo de las mujeres. En la confusión de cuerpos girando estrechados, alcancé a ver que el reo también lloraba. Estoicamente. Mientras las indias invocaban gracias mirando hacia el cielorraso, él apenas soltó algunas lágrimas, con la vista perdida en el suelo. 

Toda la secuencia tenía cierto aire de teatro. Los gestos, las palabras eran exageradas. Como pasa en la vida cuando los sentimientos son reales. Es que a veces la realidad es tan intensa que se vuelve irreal. Diganlé si no al cana presente en la escena, al que descubrí moqueando emocionado.

En la Comisaría 15, sita en el corazón de Zona Sur, encontré condensado todo lo que es Uganda. La inseguridad no ya como drama, si no como rutina. Las veredas anchas. Esa forma tan particular de contarle las costillas a todo y a todos, que se esconde en una mirada suspicaz o en un comentario colocado milimétricamente como si fuera al pasar. La mezcla improvisada. El tedio. El culoinquietismo. La falta de fe en las instituciones que supimos conseguir. La convicción de que podrían ser mejores. Los vecinalismos de distinta índole. El mirar paranoico por encima del hombro. La charla utilizada como pasatiempo. Los lugares comunes que son eso, lugares comunes, pero que se vuelven insólitos si uno quiere

Porque acá el sol golpea tan fuerte que todo busca sombra. Es una cualidad básica del paisaje: las cosas tienden a ocultarse para sobrevivir. Y se repliegan en dobleces. Habrá que desplegarlos. Como canta Barfeye en “Comisaría”en este manicomio a cielo abierto que es Rosario no te encuentro y no te dejo de buscar.

Con ese temazo termina la siesta de hoy.

Nos vemos el lunes que viene.

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Fotografía de Marco Mizzi
Escrito por Marco Mizzi

Marco Mizzi (1991) es trabajador de prensa y escritor. Fue redactor en Miradas al Sur y Revista Apología. Publicó folletines de cuentos y poemas, y las novelas City Center (Pesada Herencia, 2017) y Perversidad (Eloísa cartonera, 2020).

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