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El nombre de la Rosa

En Uganda hay un partido con origen internacional que, por esa razón, es más ugandés que ninguno: el Partido Socialista. Después de la derrota, sus concubinos le sacaron las cosas a la vereda del Frente Progresista. Es un momento oportuno para preguntarse qué es ese perro verde de la política nacional.

Fotografía de Lucas Paulinovich

Por Lucas Paulinovich 25 de julio

El partido de la Ciudad  

El derrumbe del cordón industrial se llevó puesto el mito de la ciudad peronista. La Municipalidad que los demócratas progresistas -el exacto opuesto del PS en el cuadrante ugandés- gobernaron con el poder militar, retomada la democracia, hizo valer su urbanismo ilustrado, su City, sus universidades y su fe progresista frente al desorden de un justicialismo provincial en colapso.  

Si hubo revolución productiva durante el menemismo, fue en la pampa húmeda santafesina. Y donde hay negocios, hay denuncias. El moralismo impugnador de los noventa condimentó la fiebre de modernización política a la que se sumaron las izquierdas democráticas. En los noventa, la figura de Menem redistribuyó las oportunidades de ser digno de ser. Desde Uganda, Binner talló un horizonte de manos limpias ante el fichaje de Cavallero en el peronismo. Una referencia socialiberal con la salud como bandera y la obra pública como instrumento. 

Mientras se desarrollaban las bases tecnológicas del complejo cerealero-oleaginoso desplegado en los primeros dos mil, el PS se construyó como una máquina política ugandesa alimentada de espacios para la juventud y catequesis de urbanismo. Bajo la melodía de la Trova, una música que ama cantarle a Uganda, pero no sueña con ella.

La siguiente parada local reemplazó al médico por un ingeniero. Un cambio de hábito para la fascinación ugandesa por su destino europeo. El pasaje de la ubicuidad de Binner al pragmatismo ejecutivo de Lifschitz no pudo repetirse a nivel provincial. Estuvo mediada por Bonfatti, que jugó un pleno a la ilusión, y perdió.  

El salto a la Provincia se había demorado. En suelo provinciano, primero hubo un expiloto de Fórmula 1 con fama, hectáreas sembradas y relaciones departamentales. Después, un setentista que supo reconvertirse a los modales del fin de siglo, con pasaporte habilitado para el progresismo derechohumanista. 

Sin los colonos ni los obreros conmemorativos de Juan B. Justo, el socialismo sobrevivió como una tesitura intelectual de las elites urbanas. Como lo hizo Perón entre los obreros durante la crisis del cincuenta, cualquiera podría preguntar en los pueblos santafesinos: ¿alguien vio alguna vez un socialista?

La prolongación hasta la Casa Gris se la brindó un error ajeno. La nueva regla electoral otorgó a Binner la chance que no tuvo el radical Uzandizaga. El peronismo, entreverado en la sobreactuación institucionalista, fue sepulturero de su propia historia.

Los años en el gobierno ugandés le permitió al PS formar una generación de cuadros profesionales con experiencia de gestión y conocimiento del Estado, sibaritas de la exportación con ideas de Ciudad Grande. Pero el traslado a Santa Fe fue de oficio, no de presencia.  

El PS ugandés cocinó el antídoto contra la Ley de Lemas y puso al primer gobernador socialista de la historia. Fue tal el delirio que se creyó capaz de meter al presidente. Pero no pudo ser el más grande del interior. En 2011 la derrota de Binner fue la consagración de su condición de visitante. El límite de la Transversalidad sin Buenos Aires. Con las vías paralelas, los ex Ari, la Coalición Cívica y la alianza con la UCR, no daba para tanto. Lo que podía funcionar en Santa Fe, tenía un país adelante con el peronismo adentro.

La casona del progresismo en Uganda

El Partido Socialista es un edificio con departamentos de pasillo.

En una de las unidades, están el exgobernador Antonio Bonfatti; Enrique Estévez, el Hijo; Mónica Fein, la intendenta sin descendencia; y Clara García, la viuda de Miguel. Comparten medianera con Pablo Javkin, radical ido. Y sufren por igual el aliento del pactismo territorial de Maxi Pullaro o la celebridad de Carolina Losada. 

En la misma unidad, pero con cuarto propio, están Susana Rueda, desde Uganda, y Emilio Jatón, intendente de La Capital. Con la Fuerza del Territorio procuran recuperar algo de las construcciones barriales perdidas. 

En un PH próximo, más chico, están Eduardo Di Pollina, Claudia Balagué y Miguel Cappiello. Sostenedores del acto ulterior de la dignidad ideológica. Son el dique de contención frente a lo más PRO de Juntos por el Cambio. Los que acuerdan con la otra parte del peronismo.

Al final del pasillo, un monoambiente con extracciones del Partido Socialista Auténtico, los solitarios de Igualdad, los que abonan al Frente Social y Popular y otros arrabales del socialismo ugandés. Donde se erige la ofensa ética por el narcotráfico y la inseguridad. La misma que, desde el otro costado, le reprocha la Coalición Cívica.

El triunfo provincial del 2007 gozó de la comodidad del consentimiento recíproco con el kirchnerismo. A fin de cuentas, se compartían algunas devociones culturales, trayectorias académicas, funcionarios, pasantes y becarios.

Hasta el 2012, cuando Andrés Larroque habló de narcosocialismo en el Congreso Nacional. Mereció un desagravio encabezado por Hermes Binner junto a Barletta, Stolbizer, Lozano, la UCR, el PRO, Proyecto Sur, el Frente Amplio Progresista, la CGT Azopardo y la Federación Agraria Argentina. El 2008 después del 2008.

Con su núcleo ugandés encimado a la estructura departamental del radicalismo, el PS aprovechó su agrarismo modélico para desmarcarse de los coletazos del Conflicto. Los huevos de los autoconvocados fueron lanzados contra Agustín Rossi. 

El reclamo por la coparticipación fue el leitmotiv para ser otra cosa respecto al kirchnerismo. Un parecido de intenciones, pero no de formas. Los disertantes de la Usina Social vienen de afuera: geográfica y partidariamente. Podrán pensar lo mismo, pero no son lo mismo. Ventajas contractuales del pluralismo. 

En ese clima espiritual se formaron, al menos, tres generaciones de habitantes del edificio de la Rosa. 

La de los Grandes Ejemplos, que lograron la hazaña. Ahí relucen los Colaboradores, entre los que despuntan Raúl Lamberto, el ministro de la Seguridad Fallida, o Rubén Galassi, el Arreglador. Portadores de un método y carnadura de una tradición. 

La de los Discípulos que hoy integran las filas de funcionarios residuales y dirigentes en competencia. Entre las que destaca Verónica Irizar, la concejala que perdió la interna y selló el final. A la mitad en edad y experiencia, aparecen los Intermedios, como Joaquín Blanco, más útil detrás que adelante, o Mónica Ferrero, la concejala que comienza. 

Y la de los Nuevos Militantes, todavía anónimos, concebidos en la atmósfera de batalla cultural del kirchnerismo póstumo. Los que entraron por ideales y no por cargos. Herederos de la derrota que buscan reunir Partido, Organizaciones y Universidad. Marcados por el multiculturalismo, las diversidades y la poesía de los cuerpos autónomos.

Uno, dos, mil socialismos

Hay varios socialismos, pero una sola referencia partidaria desde 2002. Aunque la historia, como siempre, viene de lejos. 

En 1958, un año clave del antiperonismo, tiene una inflexión: se parte entre el PS Argentino y el PS Democrático. Una enemistad de base entre liberales occidentalistas y los agitados por el cubanismo que anticipó la revolución de 1959, cuando Alfredo Palacios saltó a las banderas de la juventud rebelde del Movimiento Nacional Reformista.    

Como razón de ser de la partidocracia argentina, la llave maestra de los enfrentamientos entre corrientes fue el posicionamiento ante el peronismo. Expresiones menores se sumaron al surco de Juan Atilio Bramuglia, canciller de Perón. Y hubo fraccionamientos vanguardistas con diferencias ideológicas, morales o tácticas. E incursiones armadas, derivaciones varias del insurreccionalismo. 

La Convergencia Programática con Alfonsín consolidó como línea rectora en el Retorno la que imponía una distancia científica con el justicialismo.

Del acercamiento entre el PSA, el Movimiento de Acción Popular Argentino y otros grupos de militantes, nace el Partido Socialista Popular. Y es cuando hace su aparición Guillermo Estévez Boero. Una expresión que pretendía dejar atrás el sectarismo sin la ironía de la Izquierda Nacional ni las solemnidades antipopulares de la elite liberal. Convergente con los progresistas exiliados del FrePaSo. Finalmente expresados en la Alianza. Exonerados de la catástrofe.

De las versiones que se reivindicaron más populares que socialdemócratas salieron múltiples brazos desde Simón Lázara, el expatriado Rubén Giustiniani o los periféricos como Carlos Del Frade. La vieja sonata de la lucha de clases reemplazada por las alusiones a la igualdad, la distribución de la riqueza y las abstractas ampliaciones de derechos.  

Una población de migrantes de la centroizquierda que en los primeros dos mil asedió con entrismos o confrontación directa al kirchnerismo hasta disolverse con el desplante de Carrió a Pino Solanas y la precipitación del proyecto UNEN para la posterior conformación de Cambiemos. La realpolitik se le paró de manos.

El mal del inquilino

El Consorcio ugandés cayó. Y la administración quedó en manos prestadas. Sin un nuevo Frente Grande que los encuentre con influencia, al menos sea oral, ninguna variante del Frente de Frentes les concede un mínimo protagonismo.

La llave de la democracia como poder centralizado y anhelo de mayorías populares, se truncó en 2013, cuando Antonio Bonfatti debió consagrar el Plan de Fortalecimiento Institucional como último intento para salvar una situación que se había desbandado. La disyuntiva de negociar para sobrevivir derivó en derrota y desplazamiento. Los garantes políticos de la Uganda desquiciada, con el empoderamiento departamental, ya no eran necesarios.

El demonio localista del Senado ganó el centro de la democracia santafesina. La primacía ugandesa perdió prestigio a fuerza de balaceras torrenciales y homicidios a cielo abierto. Ocho años después del pacto, entre intentos de purgas y reformas legales y teóricas, el maelström se devoró a Marcelo Saín. Como antes se había comido a María Eugenia Bielsa, una arquitecta en el peronismo. 

Finalmente, en 2019, al PS, le llegó el aviso de desalojo. La Grieta no dejó lugar para los débiles. Ni hubo constructores para las terceras vías. Dos años y medio después, el PS habita el silencio de la política nacional. Está en la etapa de negociaciones para lograr una rebaja, como si discutiera una ley de Alquileres electoral. El socialismo desde el interior no encuentra su unidad interna y busca habitación en alguna alianza. Para que el 2023 no sea una continuidad del velorio de los Grandes Ejemplos fenecidos.  

La historia sigue, pero nosotros tenemos que cortar la siesta. Que tengas buena semana. 

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Fotografía de Lucas Paulinovich
Escrito por Lucas Paulinovich

Lucas Paulinovich (1991) trabaja como periodista desde los 16 años. Formó parte de la revista El Corán y el Termotanque. Escribe sobre política y economía agroindustrial en Suma Política. Publicó los libros A las 7 en el sur hirviendo y Pampa Húmeda.

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