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Un alquiler de por vida

Recorremos la vida inquilina. Las oficinas de las inmobiliarias, los avisos en los diarios y una pregunta que late por debajo de un texto profundo: ¿cuánto de nuestra vida se va en un mes de alquiler?

Fotografía de Santiago Beretta

Por Santiago Beretta 22 de mayo

Cómo me gustan los lunes, más si tengo que pagar un alquiler atrasado. 

¿Vos cómo estás? ¿Te sobra la plata igual que a mí? ¿Te sobra el tiempo y el optimismo? Bueno, empecemos. Basta de joda.

Camino despacio por Echesortu con 60 lucas en el bolsillo del saco. Me meto en una galería, subo una escalera y atravieso un pasillo oscuro, ideal para filmar una escena de cine negro. Los tubos fluorescentes que reemplazan la luz del sol logran un aire depresivo. Hay oficinas de turismo que pegan en sus vidrieras fotos de paraísos caribeños y oficinas que parecen vacías hace años. Como no estoy actuando en ninguna filmación y soy un adulto que se hace cargo de la estúpida vida adulta, termino amargado. 

Bueno, a nadie le gusta gatillar mes a mes el alquiler. Y la inmobiliaria que me alquiló la casa es algo… particular.

***

Era una casa con sus años y en las fotos se veía bien. Dos habitaciones, patio adelante y patio atrás. Buen precio. Solo faltaba la persona que vivía ahí; si hasta los cuchillos y tenedores estaban dentro del cajón de la mesada. ¿Cepillos de dientes? Sí. ¿Ropero viejo del que asomaban prendas en penumbras? También.

Había varios ambientes con humedad, y el patio de atrás, al que le habían sacado las plantas que aparecían en las imágenes con que la ofertaban, se mostraba derruido, igual que el cuartito de lavar la ropa. Las cortinas, el cubrecama, la pequeña alfombra que había en el living y los individuales que se desparramaban por la mesita del comedor eran color lila. La casa era de una señora que acababa de pasar a mejor vida.

—Le gustaba el color lila, por lo que veo —le dije al muñeco de la inmobiliaria.

 —La señora estaba muy mal, me parece que ya ni sabia como se llamaba —respondió y siguió dando vueltas por el lugar, como inspeccionándolo.

***

Recuerdo una mañana del 2016. Buscaba donde vivir y, mientras tomaba café en un bar, miraba los clasificados del diario. Casas de pasillo. Monoambientes. Departamentos. Pensiones de piezas individuales y pensiones de pieza compartida. Una de ellas se anunciaba: “Lugar tranquilo. Televisión por cable”.

Necesitaba concentrarme en mis asuntos, pero el detalle de la televisión por cable… bueno, ese detalle me hizo meditar. Me imaginé una persona grande, vendedora ambulante, que un domingo a la tarde encendía el televisor, sola en una habitación, y esperaba la llegada de la noche. Sí, ya sé. Me imaginé todo eso porque soy fantasioso, un intento de escritor. Con tiempo para perder y pensar pavadas. Pavadas estúpidas y pavadas graves, hondas.

Televisión por cable. Una compañía al final del día. ¿Por qué? ¿Qué vida amputada de la vida sostenemos día a día? ¿Por qué es tan triste la soledad de la ciudad?

***

Estoy frente a la empleada de la inmobiliaria que administra la casa en la que vivo. Cuento la plata que tengo que darle y, al levantar la vista, la noto distinta. Claro, no es la que estaba en abril… que a su vez tampoco era la que me atendió en marzo.

—Sos nueva, ¿eh? —pregunto con fingida espontaneidad.

—Sí, pero ya me voy, cobro esta semana y me voy.

—Es raro. Cada vez que vengo hay una empleada distinta.

—Es que mis jefes están locos. No se puede estar acá. A la chica que estaba antes que yo me la crucé en su último día. Me dijo: “Bienvenida a la casa de Gran Hermano” —responde y llora.

***

—¿Ya se arregló el tema de la humedad? —le pregunté entonces a quien mostraba la casa del corazón lila.

—Mirá, ayer publiqué las fotos en internet y hoy es la primera vez que entro.

—No está arreglado el tema…

—No importa, cualquier cosa te lo hago arreglar a la primera de cambio. No te preocupes.

—Ajá… confió mucho en que sí.

***

Daba vueltas por la calle con ganas de desaparecer. Acababa de separarme, necesitaba un lugar para vivir y cada vez que visitaba uno, al verlo vacío, sentía espanto.

—No podés hacer una tragedia de todo… —me decía a mí mismo.

—Esas paredes sin vida, son muy tristes… —me respondía.

Iba de acá para allá hasta cansarme. Era lo único que quería. Deslizarme por ahí. Andar.

—En la calle me siento libre, debería vivir en la selva, en la isla —me convencía.

—¿Vos? No te bancas ni que te pique un mosquito… —me retrucaba.

Pasaron los días y conseguí una linda cueva donde parar. Un amigo me alquiló un departamento a un bajísimo precio. Pasó el tiempo. Anduve sin un mango y anduve bien económicamente. Pero la realidad es ortiba y a larga te arrincona… La desolación de vivir rodeado de paredes todavía me persigue.

***

La empleada del mes me extiende el recibo del pago del alquiler —un recibo hecho a mano— y retoma el hilo de nuestra conversación:

—Una tarde, el dueño de una de las casas que administramos escribió algo en un papel y me lo mostró. “Cuidado, están grabando todo lo que hablás. Hay celulares prendidos”. Y sí, nos graban, por si sacamos mano. Porque robar… qué vas a robar…

—¿Y ahora no están grabando? —pienso y me retracto. Tal vez sí estemos en una película. Clase Z, pero película al fin.

—Puede ser, pero no me importa, cobro la plata y me voy. Están muy locos, ¿entendés? Se viven peleando, son un matrimonio joven, pero se odian. Y te enferman la cabeza. Él es un paranoico desquiciado. Y ella es una forra. Todos los días salgo llorando de acá. Todos los días, hasta el viernes, que me voy y no vuelvo más.

***

Año 2010. Era un pibito de veinte y tenía que conseguirle una habitación a un viejo escritor de Buenos Aires que quería instalarse en la ciudad. Desde una cabina lo llamé al celular y le pregunté dónde pensaba vivir, qué tipo de lugar quería.

—Y… que tenga una ventana —dijo y cortó.

***

La casa de pasillo de Buenos Aires y Cerrito era perfecta para desmoronarse anímicamente. Tenía una alacena de un marrón casi rojo, con puertas inflamadas por la humedad, y unos azulejos naranjas en la cocina. Al azulejo que faltaba lo habían reemplazado por un cartoncito cortado a mano, con alguna tijera. Era un detalle gracioso, si es que lograba omitir que aquel paisaje podía convertirse en el paisaje de mi vida íntima por lo menos dos años.

La visité una mañana en la que inspeccioné cinco o seis casas de este estilo. No quería terminar en un monoambiente y las casas de pasillo eran mi única salida. Otro de los lugares que evalué estaba cerca de la Terminal y la pared de la pieza, que daba a un diminuto patio, tenía un enorme agujero a la altura de mi cabeza.

—¿Y eso? —le pregunté al agente inmobiliario.

—Había un aire acondicionado, de los viejos, mirá, ahí están los ladrillos, arréglalo y te lo descuento si querés —me respondió el master.

Mi hermana me había acompañado en aquel recorrido. Ya en la calle, vencido por la realidad, le dije:

—¿Por qué no puedo tener una casa linda?

—Porque salen plata, y para eso tenés que trabajar.

—Yo trabajo.

—Vender en el parque la revista donde te autopublicás no es trabajar.

—Ah, ¿no? ¿Y qué es?

—Una boludez más que decís y te quedás hablando solo.

—Tengo talento, ¿entendés?

—¡Chau!

***

La casa de corazón lila era barata y una familia con pibes, en la urgencia, podía meterse en ella e ir arreglando filtraciones. Total, que alquilen un lugar cuyo techo es un festín de goteras, ¿a quién iba a sorprender? El agente inmobiliario —una forma elegante de llamarlo—no se inmutaba. Y yo, que alquilaba hacía años y había visto cada cosa… tampoco.

—Bueno, lo pienso y te digo —dije por pura formalidad.

Habían ofertado la casa con el cadáver de la vieja todavía tibio. Con los rosarios colgados en la esquina de la cama, donde la vieja había dormido sus últimos días. Esos rosarios lilas, tan tristes como las personas abandonadas por sus seres queridos.

***

—¿Casa propia?

—Naaaaaa. Eso es antiguo. Fue.

—¿Monoambiente propio?

—Propio no, solo por tres años, siempre y cuando pueda pagar un alquiler.

***

Salgo de la inmobiliaria, doblo el recibo y lo guardo en el bolsillo del saco. Abandono la galería y en la calle los brazos celestes del cielo me envuelven con calidez. Camino hacia Pellegrini, me meto en un bar y me pido un whisky. Los alquileres suben mes a mes, todo sube mes a mes y el panorama político no es bueno. Pero no pienso en eso. Lo digo en esta nota porque lo tengo que decir. A veces, la vida está bien aunque el mundo esté mal

Y vos, igual que yo, ya sabés cómo viene la mano. 

Nos vemos la próxima. ¡Chau!

ciudadtestimonios
Fotografía de Santiago Beretta
Escrito por Santiago Beretta

Santiago Beretta (1990) es periodista y escritor. Fue director de la Revista Apología (2010-2019) y es autor de Rodolfo Elizalde (2017; Editorial Iván Rosado). Colaboró en La Capital; El Ciudadano; Rosario Express; El Eslabón; Rea Revista; La Canción del País y Boletín Enredando; y en la revistas culturales Unión & Amistad, Ciudad y Al Fin.

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